Valeria Smith:
Estas últimas semanas en Canadá han sido un torbellino de emociones, aprendizajes y momentos inesperados. Desde que acepté quedarme en el departamento de Daniel para acompañarlos, mi rutina ha cambiado drásticamente. Aunque al principio fue una decisión motivada por cuestiones prácticas y profesionales, no puedo negar que este tiempo con él y con James me ha marcado de una forma que no esperaba.
Cuando Daniel me pidió que los acompañara, lo vi como un acto de conveniencia: estar cerca para cualquier trámite o asesoría legal. Sin embargo, me di cuenta de que lo hacía también porque él quería que James sintiera estabilidad, un verdadero hogar, algo que probablemente jamás tuvo con Olivia. En este espacio compartido, he visto a un hombre diferente, mucho más humano, vulnerable y dedicado. Por primera vez, no es el empresario frío y calculador que conocí hace años en el despacho de mi padre; ahora es un padre completamente entregado y, en ocasiones, sorprendentemente encantador.
Y James… ¿qué puedo decir de James? Es imposible no enamorarse de ese niño. Su risa, su entusiasmo y su forma inocente pero perspicaz de observar la vida han logrado conquistarme. No soy una mujer acostumbrada a los niños, pero con él fue diferente desde el primer momento. Hay algo en su mirada, una mezcla de esperanza y necesidad de afecto, que despierta en mí un instinto protector que ni sabía que existía. Hacerle waffles y ver cómo los devora con tanta alegría se ha convertido en una de las cosas que más disfruto. Es un niño increíblemente fuerte, pese a todo lo que ha vivido.
Recuerdo una mañana en particular, mientras estábamos desayunando. James estaba feliz, como siempre, pero noté que Daniel me miraba fijamente, perdido en sus pensamientos. Fingí ignorarlo, pero la intensidad de su mirada me puso nerviosa.
—¿Qué pasa, señor Mackenzie? —le dije, rompiendo el silencio con mi característico tono irónico.— ¿Necesita un café para volver a la realidad?
Él sonrió, tratando de disimular. —Disculpen, estaba pensando en asuntos importantes… Como estos waffles. ¿Qué les pusiste, Valeria? ¿Magia?
No pude evitar reír. —Si fuera magia, Daniel, no necesitarían mantequilla extra.
La carcajada de James me llenó de calidez, pero lo que realmente me desarmó fue el destello de admiración en los ojos de Daniel. No era algo que él pudiera ocultar, aunque lo intentara.
Sin embargo, no puedo ignorar que hay un conflicto interno constante en mí. Daniel y yo tenemos algo complicado. No puedo olvidar tan fácilmente como me hizo sentir “un error”, como si el momento que compartimos no tuviera valor alguno. Me juré a mí misma no volver a caer en esa vulnerabilidad, pero ahora aquí estoy, compartiendo desayunos y conversaciones con él y su hijo, sintiendo cosas que habia decidido enterrar por mi propio bien.
Las cosas se complicaron aún más cuando, una noche, mientras tomábamos té en la sala, Daniel me confesó lo que James le había dicho.
—James cree que deberías ser su mamá —soltó, casi como si lanzara un reto al aire.
Mi reacción inicial fue reírme, pero la verdad es que esas palabras resonaron profundamente en mí. James me ha aceptado en su vida de una manera que no esperaba, y aunque lo intento, no puedo ser indiferente a ello.
—¿Eso dijo? —respondí, intentando sonar casual.
—Sí. Según él, haces los mejores waffles y yo parezco feliz contigo.
Reí con ligereza, pero no pude evitar sentir una mezcla de emociones. Por un lado, la idea de formar parte de sus vidas era tentadora. Por otro, sabía que Daniel aún cargaba con inseguridades y miedos que, si no superaba, terminarían alejándonos.
—Daniel, eres un hombre complicado —le dije, dejando entrever mis propias dudas.— Y yo no estoy acostumbrada a dejar que alguien me complemente… y menos alguien que alguna vez me llamó “un error”.
Vi cómo el peso de mis palabras lo golpeaba. Su expresión cambió; ya no era la misma seguridad que suele mostrar frente al mundo. Era vulnerabilidad.
—Sé que hice mal, Valeria —me respondió con sinceridad. —Pero me preocupa defraudar la confianza de tu padre.
Esa respuesta me enfureció.
—Ese es tu problema, Daniel. Siempre piensas en los demás, pero nunca en mí. ¿Cuándo seré yo tu prioridad?
No quería sonar tan dura, pero necesitaba que lo entendiera. Si íbamos a construir algo juntos, él debía enfrentar sus propios temores y demostrar que estaba dispuesto a luchar por mí, por nosotros.
Los días siguientes en el departamento fueron una montaña rusa de emociones. Daniel intentaba acercarse de pequeñas maneras, mientras yo mantenía mi distancia, evaluando si realmente estaba preparado para ser el hombre que yo necesitaba. Sin embargo, todo cambió el día que fuimos al almuerzo en la casa de Bruce.
Desde que llegamos, vi cómo James se iluminaba al reencontrarse con Bruce. Fue un momento conmovedor, y aunque me alegró verlo tan feliz, no pude evitar pensar en cómo este niño ha tenido que adaptarse a tantas cosas en tan poco tiempo.
Cuando Bruce nos presentó a Alina, su futura esposa, algo en mí se suavizó. Ver a esa pareja, tan compenetrada y segura de su amor, me hizo pensar que tal vez yo también merecía algo así. Sin dudas, su historia había superado obstáculos y eso me inspiró.
Durante el almuerzo, James habló de sus planes para mudarse a Texas, pero no pude dejar de notar la tristeza en su voz cuando mencionó que no vería a Bruce tan seguido. Fue un recordatorio de lo difícil que es este proceso para él. Sin embargo, Bruce lo tranquilizó, asegurándole que siempre encontrarían formas de verse.
Esa noche, mientras regresábamos al departamento, me encontré reflexionando sobre todo. James, con su inocencia, ya había aceptado esta nueva etapa. Pero yo aún cargaba con el peso del rechazo de Daniel y mis propios temores.