POV Luciana
—Entonces… aceptaste casarte con Alaric —dijo con voz serena, aunque sus ojos revelaban el torbellino de pensamientos que pasaban por su mente.
Heracles había venido a visitarme, luego de llamarme preocupado para saber como continuaba mi situación. Él era muy importante para mí, por lo que no podía ocultarle los recientes detalles.
Sonreí con suavidad y levanté mi mano, mostrando mi anillo de compromiso.
Heracles entrecerró los ojos antes de cerrarlos por completo durante unos segundos. Cuando los abrió de nuevo, negó con la cabeza y chasqueó la lengua.
—No voy a mentirte, me alegra que finalmente te hayas divorciado de Camilo —declaró con firmeza—. Una rata como él es indigna de seguir casada con alguien como mi querida hermana.
Su cariño y su lealtad inquebrantable me hicieron sonreír. Sabía cuánto me quería y cómo siempre había estado dispuesto a protegerme de todo.
Dejando su taza de café a un lado, apoyó las manos en sus rodillas. Su expresión cambió, su mandíbula se tensó levemente mientras sus ojos recorrían mi rostro con cautela.
—Sin embargo —prosiguió—, no sé si Alaric sea la mejor opción como esposo.
Lo miré con calma, sin sorprenderme por su comentario. Sabía que Heracles siempre pondría mi bienestar por encima de cualquier otra cosa.
—Quizás esto te tome por sorpresa —respondí, sosteniendo su mirada—, pero esta unión traerá grandes beneficios a la familia, Alaric es un hombre sabio en los negocios y me ha dejado en claro que tiene buenas intenciones para hacer alianzas con Vigna Reale.
Heracles frunció el ceño y desvió la vista por un momento.
—No me gusta cómo suena eso —admitió—. Tú no eres de las que toma decisiones apresuradas, pero esto es…
—Una estrategia —lo interrumpí con tranquilidad—. Y no una que vaya en contra de mis propios sentimientos.
Él me estudió en silencio. Sabía que no estaba completamente convencido.
—Tal vez deberíamos comunicarnos con nuestros padres —sugirió después de un momento.
Negué suavemente.
—No. No quiero que se preocupen por esto. Especialmente mamá. Sabes lo mucho que le afectaría en este momento.
Heracles apretó los labios y me miró con intensidad.
—Tarde o temprano lo sabrán, Luciana y sabes muy bien que nadie te culpará, por el contrario, estaremos aquí para apoyarte.
—Lo sé —asentí—. Pero aún no. No hasta que tenga todas las acciones de Vigna Reale en mi poder.
Él no respondió de inmediato. Parecía debatirse entre lo que creía correcto y su instinto de protegerme.
Tomé sus manos con delicadeza y le dediqué una sonrisa, transmitiéndole mi confianza.
—Confía en mí, Heracles. Necesito tu apoyo.
Suspiró profundamente, y tras un momento de silencio, finalmente asintió.
—Sabes que no podría negarte nada, querida hermana.
Mi sonrisa se ensanchó, mismo instante en que Alaric hizo aparición.
—Oh Alaric, espero que no te cause molestia que haya invitado a mi hermano.
Ellos intercambiaron miradas.
—Para nada, sabes muy bien que esta es tu casa, y no es ninguna molestia recibir a mi cuñado. De hecho, estaba pensando en pedirte que me proporcionaras su número para hablar con él.
—¿Hablar con mi hermano? —levanté una ceja.
—Me encantaría hablar con él, conocernos un poco más, además puedo intuir que él también desea hablar conmigo.
Miré a Heracles, quien miraba intensamente a Alaric.
—Me parece adecuado —añadió mi hermano, poniéndose de pie para hablar con Alaric.
—Hercales…
—Descuida hermana, te prometo que solo conversaremos.
Al final no pude intervenir, ellos en su silencio querían decirse tantas cosas que solo me quedó dejarlos ir.
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POV Alaric
Desde que vi a Heracles supe que no era un hombre que escondiera su desconfianza, y mucho menos cuando se trataba de Luciana.
Lo guié hasta mi despacho, un lugar donde reinaba la sobriedad y el orden. Cerré la puerta detrás de nosotros. La tensión en el aire era densa, cargada de expectativas y advertencias no dichas. Nos quedamos de pie, mirándonos fijamente, como dos guerreros midiendo fuerzas antes de la batalla.
—Sé lo que estás tratando de decirme —dije con voz profunda, rompiendo el silencio.
Heracles arqueó una ceja antes de soltar una risa seca, sin humor.
—¿Ah, sí? —su tono era afilado como una daga—. Entonces dime, ¿a qué demonios estás jugando?
—Esto no es un juego —contesté con firmeza, sin apartarle la mirada.
—¿No lo es? —espetó con sarcasmo—. Entonces dime, ¿qué tienes que decir acerca de las notas de prensa?
Sabía a lo que se refería, y eso lo supe desde que lo vi por primera vez.
—Nada —respondí con calma.
Los ojos de Heracles se entrecerraron peligrosamente. No estaba satisfecho con mi respuesta.
Con pasos firmes, se acercó hasta quedar a solo un par de centímetros de mí. No aparté la mirada ni retrocedí. Pese a la tensión, me mantenía imperturbable.
—Escúchame bien, Alaric —dijo con voz grave—. No voy a permitir que nadie lastime a mi hermana. Nadie, y mucho menos un sospechoso de asesinato.
Sus palabras pesaban, pero no me intimidaban.
—Si estoy libre es porque se comprobó mi inocencia —repliqué, mirándolo con frialdad.
Heracles frunció el ceño, sus ojos oscuros brillando con advertencia.
—¿Y qué es lo que realmente quieres de Luciana? ¿Qué pretendes conseguir de ella?
Esa pregunta tenía muchas respuestas, pero ninguna que él quisiera escuchar.
—Luciana ya ha sufrido demasiado desde niña —continuó, con el peso de la tristeza en su voz—. Cuando supe todo lo que ella atravesó, me juré que jamás la dejaría volver a sufrir.
Había cariño en su declaración, un cariño inquebrantable por querer proteger a lo que tanto quieres.
—Haré cualquier cosa por ella —añadió, con una determinación única.
—Lo sé —dije con honestidad—. Y por eso, te doy mi palabra de que no busco burlarme de Luciana.
Heracles me miró en silencio. Parecía buscar algo en mi mirada, algo que confirmara o desmintiera mis palabras.
—¿Y por qué debería creerte?
Respiré hondo.
—Porque sé lo que es perderlo todo. Sé lo que es estar solo, rodeado de sombras y enemigos. No me interesa jugar con Luciana. Me interesa su capacidad, sé lo valiosa que es.
Heracles permaneció en silencio por un largo rato, analizando cada matiz de mi expresión. Finalmente, exhaló con cansancio.
—Si me entero de que le haces daño… —comenzó.
—No lo harás —lo interrumpí.
Hubo un instante de mutua comprensión.
Di un paso adelante y estiré mi mano hacia él.
—Hagamos una alianza por Luciana —propuse.
Por un momento, pensé que no la aceptaría. Sus ojos viajaron de mi mano a mi rostro con escepticismo. Pero entonces, justo cuando el silencio comenzaba a alargarse demasiado, una voz suave rompió la tensión.
—¿Están aquí?
Luciana.
Sin apartar la mirada de mí, Heracles finalmente estrechó mi mano. Su agarre fue firme, casi amenazante. Me estaba dejando claro que su confianza aún no era mía, pero al menos, me daba una oportunidad.
Solté una leve sonrisa y él solo apretó más su agarre antes de soltarlo.
Nos giramos hacia la puerta y la abrí.
Luciana nos miró con cierta preocupación, como si intuyera que la conversación no había sido precisamente amistosa.
—¿Todo está bien? —preguntó, con el ceño ligeramente fruncido.
Heracles, con su capacidad natural para cambiar de actitud en un segundo, sonrió con ligereza.
—Solo quería hablar con… —hizo una pausa y me miró de reojo antes de continuar—, mi futuro cuñado.
Luciana parpadeó sorprendida, pero no dijo nada.
Heracles se acercó a ella con suavidad, tomando su rostro entre sus manos y besando su frente con afecto.
—Lamento tener que marcharme —dijo con un suspiro—. Tengo cosas que solucionar en Vigna Reale.
—Lo entiendo —respondió ella, con una sonrisa que ocultaba un matiz de tristeza—.
Él se alejó unos pasos, pero antes de girarse hacia la puerta, se detuvo para añadir:
—Estaré presente el día de tu boda.
Luciana sonrió más ampliamente.
—Te esperaré, hermano.
Con esas palabras, Heracles se marchó, dejándonos a solas en el pasillo.