Invitada

1380 Words
POV Bibiana —No entiendo por qué tengo que repetir cada cosa diez veces. ¿Acaso son sordos o simplemente idiotas? —Mi voz resuena en el amplio salón, donde decenas de empleados corren de un lado a otro, algunos tropezando entre sí como si fuera tan difícil entenderme. La visión me enferma. ¿Cómo puede ser tan difícil seguir instrucciones claras? No les estoy pidiendo que reconstruyan un edificio, solo que hagan lo que les digo, exactamente como lo digo. —¡Las flores! ¡Dije lirios blancos, no esas cosas de mercado! —grito, señalando un arreglo deslucido que alguien tuvo la osadía de colocar en la entrada. Me llevo las manos a la cabeza, sintiendo el frío de la tiara que ya me ajustaron hace una hora. —¿Tengo que hacerlo todo yo misma? El florista, un hombrecillo pálido que no debe pasar los treinta, intenta calmarme con una sonrisa nerviosa. —Señora, yo puedo encargarme. Confíe en mí, he organizado eventos de esta magnitud antes —dice con voz temblorosa, sosteniendo sus tijeras como si quisiera esconderlas de mí. —¡Pues no parece! —escupo las palabras como veneno—. Esta boda no es cualquier evento, es mi boda. ¿Entiendes la diferencia? No es una fiesta para cualquiera de esas familias mediocres. Aquí se hará todo como yo diga. Y si no puedes seguir instrucciones, estás despedido. El hombre baja la cabeza y murmura algo que no me interesa escuchar. Giro sobre mis talones, el encaje de mi vestido roza el piso. Me aseguré de que cada cosa del salón brillara, cada candelabro reflejara la luz con la elegancia de una joya recién pulida. Pero aún así, nada es suficiente. Mi boda tiene que ser perfecta. Impecable. Un reflejo absoluto de mi poder, mi belleza, mi posición. No permitiré que nada, ni nadie, me arruine este día. —¿Dónde está la coordinadora? —reclamo, mis tacones resonando mientras camino con la furia de un huracán. Una joven de rostro afilado y coleta apretada aparece al borde del salón, con una carpeta contra el pecho como si fuera un escudo. Sus labios tiemblan cuando me ve acercarme. —¿Qué pasa con la alfombra roja? —la encaro—. Tiene que extenderse exactamente desde la entrada principal hasta el altar. Ni un centímetro más, ni uno menos. Y quiero que esté impecable, como si la acabaran de tejer solo para mí. ¿Me expliqué? La chica asiente frenéticamente. Pobrecita, parece que va a llorar. No me importa. Si llora, que lo haga lejos de aquí. —Sí, señora. Ya mismo me encargo —balbucea antes de desaparecer. Me apoyo en una de las columnas y respiro hondo. Mi reflejo se filtra a través de uno de los espejos barrocos que adornan el salón. Me veo magnífica. El vestido luce como aquel que vi en una revista, el velo cae como cascada de seda y las joyas solo resaltan mi belleza. Soy el centro de todo esto, como debe ser. Todo el mundo debería estarme agradecido por presenciar este día. —¡Más rápido! —grito a los empleados—. ¡Quiero que esto brille como mis malditas joyas! —señalo los adornos. Ahora yo sería la señora de todo esto y nadie me impediría de hacerlo. ———————— POV Camilo Estoy sentado en mi habitación, con la cabeza apoyada en las manos, mientras el tic-tac del reloj parece burlarse de mi inminente destino. De pronto, alguien toca la puerta con insistencia. Levanto la vista y escucho la voz del empleado, fría y profesional: —Señor, ya ha llegado el oficiante. Sus padres y el resto de los invitados están en la ceremonia. Un largo suspiro escapa de mis labios. Me levanto, con la sensación de que cada minuto pesa más que el anterior, sabiendo que ha llegado el momento. Al salir de mi habitación, me encuentro con toda la decoración del lugar. No puedo evitar fruncir el ceño al observar lo ridículo que se ve. Cada flor, cada adorno, cada detalle me resulta absurdo, como si todo hubiese sido montado por alguien que se deleita en la exageración. Bajo las escaleras, me topé con mi madre. Su semblante y su mirada desaprobadora lo dicen todo. Sin rodeos, murmura: —¡Qué clase de payaso decoró este lugar! Inmediatamente, la tensión se agrava. Trato de suavizar la situación: —Por favor, mamá, hoy no lo critiques —digo en voz baja, intentando evitar un enfrentamiento innecesario. Ella suspira y, sin insistir, se retira al lado de mi padre, dejando en claro que su disgusto es compartido en silencio. Avanzamos en dirección al altar. La sala se transforma en un escenario de luces y sombras, en el que cada detalle me resulta peor. Creí que Bibiana haría esto bien, pero… parecer que solo colocó las cosas más lujosas sin saber si era adecuado. Llegamos al altar, y allí, en medio de la multitud expectante, se abren las puertas del pasillo. La figura de la novia aparece de manera impactante: Bibiana, vestida con un atuendo que resulta en un insulto, mi madre desde su rincón, no oculta con su gesto la total desaprobación, retirándose discretamente, como si esa fuera la única forma de expresar su desprecio sin pronunciar palabra alguna. Esto ya no podía ser peor, sin embargo, yo estaba muy equivocado. Los murmullos de los invitados se desvanecen por momentos, y el sonido de mis propios latidos se mezcla con el roce de la tela nueva de mi traje. Entonces, las puertas se abren. Levanto la mirada por reflejo y ahí está ella. Luciana entra como si la luz la persiguiera, como si el aire mismo la despejara a su paso. Camina con la espalda recta y la barbilla apenas elevada. Su vestido es impecable y hermoso que deja sin aliento. No hay exageración, no hay ostentación, solo Luciana, envuelta en una elegancia que siempre le sentaba bien. Mis labios se entreabren sin darme cuenta, y mis ojos la siguen sin parpadear. El hombre que la acompaña —Alaric— la sostiene de la mano. Una sujeción firme, segura, pero no posesiva. Luciana y él se mueven como si estuvieran perfectamente sincronizados. Mi mandíbula se tensa. Luciana no me busca con la mirada. Sonríe, no para mí, sino para todos. Con la tranquilidad de quien sabe que cada par de ojos está sobre ella. Esa sonrisa serena que no dice nada y lo dice todo. La sangre me hierve, pero en medio de ese desconcierto, la ceremonia inicia. La señal de que debo tomar la mano de Bibiana me obliga a mirarla, ella sonríe y muestra sus mejillas sonrojadas. Quizás esto resultaría bien, Bibiana no tenía la educación que Luciana recibió pero yo podía enseñarle, después de todo ella tendría a mi hijo. Las palabras del juez de paz dan inicio, nuestras votos no hacen esperar al público que presencia todo y finalmente… El “acepto” hace eco entre todos. Bibiana y yo somos declarados esposos, dando paso a una ola de aplausos. Finalmente lo más difícil había culminado, pero vaya que estaba equivocado. En tan solo un instante, Bibiana estaba sosteniendo un micrófono que era del cantante de la boda, ¡¿Qué demonios cree qué hace?! —Sé que muchos aquí están por el gran cariños que nos tienen, a pesar de que la boda fue improvisada, pero quiero agradecer a quién vino a pesar de todo, a alguien a quien no guardo rencor… A Luciana Salvatore. El desconcierto de todos no se hizo esperar, ¿Cómo se le ocurría a Bibiana hacer alto así? Caminé hacía ella con la intención de quitarle el micrófono, pero cuando traté de hacerlo una voz intervino. —Gracias por el aprecio Bibiana, y antes que nada, les agradezco por permitirme presenciar un momento tan... especial. —Hace una pausa mínima, lo justo para que cada palabra caiga con su propio peso—. Camilo, Bibiana… qué decirles. Les deseo que este matrimonio esté lleno de todo aquello que tanto valoran. Espero que cada día puedan recordarse mutuamente por qué eligieron estar juntos. Felicidades a ambos. De corazón. Que esta unión sea tan memorable como ustedes desean.
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