I
Peino mi cabello de mala gana, fastidiada de mis padres, de la mafia, de todo. Simplemente estoy harta de tener que vivir como una criminal cuando no he cometido ningún crímen... Al menos, no alguno que pueda salir a la luz. No entiendo por qué la mierda de mis padres siempre tiene que salpicarme a mí.
—Tía, ¿Me puedes atar el lazo del vestido? —me pregunta mi sobrina menor, Fabiana.
—Sí, mi princesa —hago lo que me pide y sale de mi habitación.
Mi hermana mayor entra, y suspira al ver mi semblante cansado y molesto. Es la hermana del medio, en realidad.
—Eres la heredera de los negocios, Reinaiah— me recuerda lo que tanto me hastía oír—, ese fue el deseo de papá antes de morir.
—Pero yo no quiero ser la heredera de nada, Ana Patricia. Estoy harta de todo esto. Quiero ser una adolescente normal, quiero tener amigas comunes, salir a discotecas sin tener encima dos pares de ojos de los guardaespaldas que tanto me fastidian.
—¿Y es que tú creer que Tobias está muy contento con la idea de que tú seas la dueña de todo? Él es el hermano mayor, el que ha dado más por mantener el cartel arriba. A mí también me desagrada que la parte más grande de la fortuna te corresponda a ti, yo he trabajado durante muchos años por crear drogas diferentes, únicas, y a mí nuestro padre nunca me tomó en cuenta para nada.
»Siempre fuíste su consentida, y ahora una mal agradecida también.
Mis fosas nasales se agrandan mientras me aplico perfume en el cuello.
—¿Qué pretendía mi papá? ¿Que yo fuera una Pablo Escobar femenina, o qué mierda?
—No sabes cuánto daría por revivirlo y preguntarle lo mismo —hace una mueca de asco, mirándome a través del espejo—. Lo que me causa más coraje es tener que servirte. Eres una maldita egoísta, ¿Por qué no me quitas el peso de una vez?
Me volteo, encarándola.
—Para la molestia de ambas, yo soy la dueña de todo. Podré estar cansada de esta obligación de tener que parecer mala y perfecta para que no me metan un tiro en el cráneo, pero no soy ninguna bruta como para echarte. Me sirves, Ana, no conozco a ninguna científica tan eficiente como tú, a pesar de que repudie tener que confesar tu utilidad.
»Tobías es bueno con los negocios, a él tampoco lo puedo echar. Algún día seré lo suficientemente fuerte para marcharme, pero mientras siga siendo pequeña para la OCC, tendrás que hacer lo que yo diga. ¿Crees que no me he ido porque me toca el corazón abandonar a la única familia que me queda? Te aseguro que no es por eso. Es porque soy grande aquí en Colombia, pero no en el mundo. Apenas alcance el sabor de la victoria en el puesto de Bohër, te liberaré —me acerco más a ella, y le susurro:- y eso implicará tu muerte.
—¡Hija de...!
—Cuidado —la interrumpo—, que si terminabas tu frase, insultarías a tu madre también.
—No sabes cuánto odio tenerte de hermana.
—Ay, cariño —esbozo una sonrisa de pesar, agarrando mi cartera—. El sentimiento es tan recíproco...
—Mamá, tío Tobías dice que ya hay que subir al helicóptero —la voz de Fabiana hace que la estúpida de Ana salga de mi habitación, no sin antes darme una mirada de asco.
Uy, si las miradas tuvieran poder.
Agarro una Beretta de la caja fuerte, la meto en mi cartera y me vuelvo a ver al espejo con una seriedad innata. Mi papá siempre me prefirió porque la maldad ha habitado en mí desde que nací y se iba incrementando conforme pasaban los años. Él era el hombre más respetado de Colombia, y un traficante muy reconocido el latinoamérica, distribuía todo tipo de drogas y tenía otras nuevas como un proyecto futuro, Catalepsia era una de ellas, quería hacerla para dormir a las personas a tal punto de hacerlas pasar por muertas, dándole todo el crédito de su nombre a sus efectos. Pero lastimosamente murió antes de finalizar ese proyecto, y ahora Ana Patricia está intentando continuar con él.
Yo maté a mi madre, quizás esa fue otra razón para hacerme respetar en esta casa. No me arrepiento de lo que hice, la ambición y los celos me llevaron a hacerlo. A veces mi padre le daba más importancia a ella, y eso era algo que no me cuadraba. ¡Nadie podía ser más importante que yo! Tenía trece años cuando comencé a envenenarle la comida, a los cinco meses ya estaba fingiendo llorar en su funeral mientras recitaba el panegírico con la mayor hipocresía.
Nunca oculté que yo fui la culpable de su muerte, mi padre no me guardó rencor, más bien admiraba mi maldad más y más. Supongo que también me tenía miedo, pues una niña no puede ser tan respetada sin causar algo de temor.
Macabra, eso era. Mis hermanos a menudo intentan descifrar el origen de mi maldad. A veces, no hay que buscarle origen a la maldad que habita en el villano, tampoco pensar qué tragedias lo llevaron a serlo, ¿Acaso alguien dijo que ser maldito no puede llevarse en la sangre y ser, en definitiva, un simple factor natural poco común del individuo excepcionalmente hijo de puta?
De ser así, nací para incendiar todo a mi paso con el fin de complacer mis propios caprichos malévolos.
No podía salir a la calle y jugar con mis vecinos, el simple hecho de ser la hija de Gaspár Hernandez hablaba mal de mí. Tampoco asistí a escuelas, la única vez que pisé una, envié al mismísimo director al hospital, omitiré los detalles. Admito que me causaba algo de tristeza no poder convivir con la civilización, lejos del mundo criminal. Es algo que todavía deseo, pero mi primitiva y peculiar naturaleza no lo permite.
Mi malicia era indescriptible, también altamente peligrosa, pero nadie me detuvo, más bien los alagos acrecentaban mis ansias de ser la mujer más infame del jodido planeta. Nunca tuve la intención de tener poderío, mi único objetivo era ser la prioridad personal de mi papá. Me daba igual si Ana Patricia y Tobías eran su mano derecha en el trabajo, yo lo único que deseé fue la admiración del hombre más importante de mi país.
Murió hace dos meses de un vacío cerebral, lo cual me destrozó por completo. No digo que yo no lo merezca, toda persona llena de pecados, pese a ser nefasta, ama algo, y tal vez mi karma fue perder tan pronto al único hombre que jamás habría intentado cambiar mi sed de sangre por amor rosa y unicornios. Él nunca habría permitido que siquiera deseara en ser una mujer ordinaria.
Mis hermanos dejaron de admirarme apenas leyeron el testamento, me empezaron a odiar a muerte, ya que todo el resultado de su esfuerzo pasó a ser mío, y no es para menos. ¿Lo peor? En el testamento dice que si se rehúsan a obedecerme, serán desterrados del país, y sin un peso. Lo único que los mantiene cerca de mí, es que por ley, tengo que compartir mi fortuna con ellos.
—Ya es hora de irnos —avisa Tobías, dando suaves golpes al marco de la puerta.
A pesar de que él también me guarda rencor, no tiene la osadía de enfrentarme e insultarme como Ana Patricia. Es un cobarde, pero a veces me gusta que lo sea. Someterlo complace mi ego.
—Hermano, ¿Serías tan amable de refrescarme la memoria? —me coloco unos anillos de plata en la mano izquierda y volteo a verlo —¿Qué es eso del Choegoui him?
Él mira hacia arriba, exasperado. Limpia pelusa invisible de su traje y avanza, sentándose en la orilla de mi cama.
—El Choegoui him es un evento global que se hace cada dos años, ahí eligen al Bohër, quien será el mandatario de todas las mafias y bandas del mundo, por setecientos treinta días.
—¿Y cómo se llega a Bohër? —escuché a mi padre hablar del puesto alguna vez, pero sólo sé que es alguien con mucho poder.
—Por medio de votaciones, todos los mafiosos del mundo son libres de votar por quien quieran, a la persona se la elige por decisión unánime. Hay que tener fama para llegar a ese puesto.
—¿Cómo? —indago.
—¿Es en serio, Reinaiah? Se nos hace tarde.
—Dime —ordeno, con un tono más amenazante.
Él exhala profundamente y continúa explicando.
—Todo depende de la fama de tus negocios a lo largo del mundo, básicamente tienes que tener sobre ti a la OCC para que te hagan más reconocida. Debes tener una buena imágen y negocios impecables, conseguir aliados y tener seguros sus votos.
—Es algo así como —busco el término más similar—... ¿Elecciones presidenciales?
Tobías chasquea los dedos.
—Algo así, pero clandestino.
—Ya veo...
Vuelvo a levantarme de la peinadora, agarro mi cartera y Ana la luz de la habitación, lista para irnos.
•°★°•
Dejo atrás a Ana Patricia, quien se está despidiendo de sus hijos, antes de que se los lleves a la fiesta que supuestamente hacen aparte para los niños mientras los mafiosos asisten a la reunión. Avanzo, agarrada del brazo de Tobías, quien saluda a algunas personas que se supone que también son colegas míos, pero que sinceramente no conozco porque sus vidas son insignificantes para mí.
—¡Selene, Joshua! —Tobías sigue haciendo relaciones públicas, me obligo a sonreír forzadamente a la pareja —Reinaiah, ellos son los Parker, colombianos al igual que nosotros.
—Que gusto —me suelto de su brazo y estrecho las manos de ambos—. Oh, tendrán un bebé —menciono al ver el vientre crecido de la mujer sobre el vestido ceñido, intento ser amable. Tendré que bajarle un poco a lo antipática si quiero tener poder lo antes posible—. Felicitaciones.
—Muchas gracias —contesta el hombre.
—¿Y ya saben qué sexo es? —les pregunta mi hermano, apretando mi mano cuando ve mis intenciones de apartarme.
Que fastidio.
—Es un niño —le dice la mujer—, se llamará Christian.
Dejo de prestar atención a su conversatorio, me enfoco en mi entorno. Del techo cuelgan candelabros, a sus lados hay telas de seda color ébano, como adornos del techo. Las paredes son color crema, igual que los manteles de las mesas y los vestidos de las sillas. El piso es de mármol n***o, pero reluciente. Todos los presentes visten trajes y vestidos de marcas reconocidas, no visten de un color en específico, la ocasión es semejante a una gala. Al frente, yace un podium sobre unas escaleras imperiales, detrás hay jarrones marrones con grandes espigas y hay globos metalizados de color dorado, formando un arco en el centro.
Cuando Tobías se digna a dejar de charlar con los tales Parker, nos dirigimos a una mesa situada casi al frente del escenario, Ana Patricia ya está sentada y bebe un vaso de ginebra. Gente de muchos estados de Colombia se acerca a saludarme y intenta entablar conversaciones conmigo como si nos conocieramos de toda la vida. Que ellos me conozcan y yo no a ellos, me hacen saber que soy excepcional.
—Se acerca uno de nuestros clientes más fieles, actúa con simpatía, ¿Al menos eso puedes hacer? —me dice Ana, rodando los ojos y sirviéndose más ginebra.
—Reinaiah Hernandez, es un placer conocerte en persona —un hombre enclenque, blanco y de barba me ofrece su mano.
—Carlos Alberto Lovera —me susurra Tobías con disimulo.
—Carlos —lo saludo con un beso en la mejilla—, ¿qué tal los negocios? —cuestiono, aceptando la copa de champagne que me ofrece un mesero.
—Esta semana ha estado bastante movida— le pide una botella de ron cinco estrellas al mesero y sigue contándome—, gracias a ti. La marihuana en Caracas se vende como pan caliente, sobre todo en mi punto.
—Me da gusto saberlo —inclino levemente la cabeza, hablo con él un rato más hasta que se marcha a otra mesa.
Algunos artistas famosos cantan en el centro del lugar, obviamente forzados y no invitados, se notan sus nervios aunque intenten disimular. Al rato las melodías de unas trompetas y tambores crean una algarabía agradable, seguido del comienzo de su música bastante movida, mujeres salen de distintas puertas. Visten faldas brillantes y cortadas, de manera que se muevan sus trazos conforme bailan, sus corpiños cubren sólo lo necesario y sus cabezas son adornadas con plumas de distintos colores. Todas están descalzas y bien curvilínea a punta de cirugías plásticas, los hombres se alborotan por sus coreografías insinuantes, al igual que ellas ante el ritmo de los tambores.
Algunas se van cuando termina el espectáculo, otras permanecen sobre las piernas de algunos hombres, bebiendo junto a ellos.
Una mujer con enanismo se ubica frente al podium con ayuda de unos guardias y empieza a hablar.
—Quiero dar a todos la bienvenida al Choegoui him de este año, espero que su estadía esté siendo agradable. Para los que vienen por primera vez, me presento: Mi nombre es Eloísa Castro, he sido la presentadora y encargada de estos eventos por diez años consecutivos.
»En esta ocasión, decidimos celebrar el primer Choegoui him hecho en Venezuela con una exclusiva danza de Garotas para ustedes, este tipo de baile es originario de Brasil, pero aquí lo celebramos como costumbre en algunas fiestas. Pasarán más presentaciones artísticas para su entretenimiendo durante los próximos minutos, espero que la velada sea de su agrado. Nos vemos en un rato.
Todos aplauden, yo nada más me dedico a servirme otra copa de champagne y a saludar a todo el que se acerca. Realizan otros tipos de baile, tal y como lo dijo Eloísa, un hombre árabe hace el típico show de la flauta, hipnotizando a la cobra; solistas presentan canciones de diversos géneros musicales. Dejo de prestar atención a las presentaciones cuando visualizo a cierto individuo que me causa intriga unas cuantas mesas a mi izquierda.
Él parece estar tomando champagne, al igual que yo. Levanta su copa hacia mí con una sonrisa ámplia y de dentadura perfecta.
—¿Quién es? —le pregunto a Tobías, pero parece estar embobado con las strippers.
Sin embargo, la sapa de Ana Patricia sí escucha mi pregunta.
—No sé qué estés pensando, pero que ni se te ocurra acercarte —me dice, con una mirada de advertencia, a lo que yo arqueo una ceja.
—¿Cómo? —la invito a repetirlo.
Su advertencia solo aumenta mi curiosidad.
—Es Victorino Presley, el hijo del líder del clan opositor.
El que sea prohibido, enciende más mi atención. Intento levantarme, pero Ana me toma del brazo y me devuelve a la silla de un movimiento brusco.
—Actúa como una adulta, al menos por una vez en tu vida —me dice—. No puedes estar con alguien del clan opositor, tendríamos el deceso asegurado.
Ya sabía yo que me encanta llevarle la contraria a Ana Patricia, sobre todo cuando siempre he tenido el poder de hacerlo. Pero... ¿Indagar en lo prohibido? No sé exactamente cómo se siente quemarse, pero ese Victorino aparentemente es fuego, y la inquietud de querer probar el sabor de la candela corre por mis venas.
—¡Es peligroso, Reinaiah! —abre sus ojos al límite, pero evado su mirada, concentrándome en el hombre prohibido.
—¿Cómo podemos saber qué es la vida si no se cae al menos una vez en la tentación? —mi pensamiento sale de mi cabeza, protectándose a través de mis labios.
Muerdo mi labio inferior sin dejar de ver a Victorino, él alza la comisura de sus labios en una sonrisa maliciosa que causa en mí un echizo tentativo, inefable.
Me safo con fuerza del agarre de Ana y camino entre las mesas y la hipnosis de su mirada. Tiene los ojos azul verdosos y el cabello azabache como el corazón de un abismo, sus labios son carnosos y están humectados por las bebidas que han rocado recientemente.
—¿Bailamos? —me preguntó con una sonrisa ladeada, y ofreciéndome su mano sin siquiera levantarse.
Yo no le contesto, basta con el rose de mis dedos con los suyos para afirmar que quiero algo con él, y no bailar precisamente.
Al tomar su mano, sellé el pacto de nuestra encantadora destrucción.
Sus manos en mi espalda baja me erizan la piel al tiempo que se aviva el deseo s****l de sentir sus dedos en otras partes de mi cuerpo. Sus ojos negros detallando sin prudencia mi escote me enciende conforme me presiona contra su cuerpo y mi respiración choca con su cuello, emborrachándome con su fragancia Shumukh y mirando fijamente su corbata de color tinto, mismo color de la sangre que correría si finiquitábamos todas las fantasía que el silencio y con respiraciones pesadas me confiesa.
Al invitarme a dar una vuelta sobre me eje, la falda de mi vestido n***o acaricia la brisa y me desnudó hasta los muslos. Al atraerme nuevamente a su torso, se inclina y suspira contra mi cuello, cierro los ojos ante aquel contacto letal.
Había escuchado de su familia, de su padre al menos, su trabajo, más que traficar reina blanca al Distrito Federal, era intentar sabotear el contrabando de mi padre, y lo llegó a conseguir en ocasiones. Su familia y la mía han heredado el negocio ilícito desde los setenta, no sabemos dedicarnos a nada más que engañar y negociar.
Y en este momento puede estar pretendiendo acercarse y tantear el terreno de la heredera de su rival, aunque su lenguaje corporal me enciende y sus manos viajando por mi espalda marcan un camino que me hace anhelar que cambie su rumbo y descienda, no pienso mostrarme vulnerable... Puedo ser una jodida caprichosa cuando se me antoja, pero si a algo puedo ser devota, es a la memoria de mi padre, así que hoy gritaré con impotencia contra mi almohada al cortar el posible mejor polvo de mi vida.
Cuando finaliza la balada, él se echa hacia adelante para que arquee mi espalda y dejar fallecer el baile con un movimiento de película. Reprimo un jadeo al sentir su cálida respiración besar la zona de mis clavículas y ascender hasta mi mentón, sus labios suenan contra mi mejilla al cambiar la trayectoria del beso que iba dedicado a mis labios escarlata sabor champagne.
La palma abierta de mi mano se posa sobre su pecho y lo empuja levemente hasta separarnos unos milímetros, la escasa distancia sigue siendo incitante, pero el desvío de mi rostro ha dejado claro que ansío conocer sus cincuenta sombras, pero que no mancharé el legado de mis antepasados con traición.
Victorino encierra mi muñeca en su puño y presiona una zona específica con su pulgar. No me muestro pálida, pero mi semblante se torna sombrío al notar que me mide el pulso.
—Lo deseas tanto como yo —esboza una sonrisa tan maliciosa que juré ver mi alma reflejada en su expresión—. Pero yo tampoco creo que valga la pena destrozar todo lo que hemos conseguido por una aventura.
Su cordial rechazo fue lo que quitó todo color a mi rostro, salvo por el maquillaje.
—Acostarse con el diablo es una experiencia por la que hasta el más puritano angel se corrompería a sí mismo —pronuncio.
—Y esta noche, Reinaiah, ¿Quién sería el ángel?
Mis palabras lo interesaron, pero yo ya no estaba interesada en probar un poco de su infierno. No esa vez.
—No lo sabremos.
Y él lo capta. Se inclina y deja un beso casto sobre mis nudillos.
—No ahora.
Y ambos quedamos conformes con aquella afirmación.