II

1224 Words
El recuerdo de su aliento regado por mi cuello me mantiene ida. Sus manos presionando mi espalda baja para pegarme a su torso eran la sensación no s****l más exquisita nunca antes experimentada... Y la certeza de que alguna vez probaríamos el veneno del otro quedó grabada en mis labios con una mueca de satisfacción indeleble... —...Reinaiah— escucho cómo el chasquido de unos dedos me sacan de mis fantasías clandestinas. —¿Qué pasa, Tobias? —de repente recuerdo vagamente lo que ocurre a mi entorno, quedo desorientada por los flashbacks de la noche anterior. —¿Me estás prestando atención?— inquiere con una sonrisa apática, pero en tono de queja. —No —contesto con una mueca de desinterés, sin importarme los hombres a mi alrededor que intentan cerrar negocios con nosotros—. Sea lo que sea, resuelvelo. No tengo tiempo para pequeñeses —enfatizo. Me levanto de la silla giratoria y salgo de la sala de conferencias, me subo al ascensor y marco el número de mi piso. Cuando las puertas se abren, arrugo las cejas tanto como puedo. Avanzo hacia el centro de la sala, pisando algunos pétalos de rosas con las agujas de mis tacones; en el centro de la gran mesa redonda de cristal reposa una canasta con una botella de vino añejo y dos copas. No hay ninguna nota, lo cual comienza a encender mis instintos psicóticos al notar que alguien ha tenido la osadía de invadir mi penhouse. Por un instante pienso en la posibilidad de que haya sido... Sacudo la cabeza y lo descarto de inmediato, es insólito. Reinaiah, ¿Desde cuándo te precipitas? Me pongo de cuclillas y alcanzo unos de los pétalos carmesí, asesino su esencia al refregarlo con mis dedos mientras arrugo las cejas. Mis tacones resuenan contra la cerámica a medida que camino hacia la terraza a buscar indicios del posible responsable de la invasión a mi sala, pero no hallo pistas, el mismísimo culpable me espera sentado con traje y corbata. —Reinaiah —el hombre se levanta y me hace una referencia apenas me ve. —¿Padrino? ¿A qué debo la dicha? —lo saludo con un beso en cada mejilla y me siento frente a él en la mesita de madera. —Es una lástima para mí no haber podido estar presente en el sepelio de tu padre, pero he intentado compensar mi ausencia con una corona de rosas blancas que dejé hace unos minutos junto a su lápida. Asiento levemente, la muerte de mi padre no es mi tema predilecto de conversación. —Él lo habría comprendido —es todo lo que digo para no causarle remordimiento—. Ser imprudente no es de mi agrado, padrino, pero aún no has contestado a mi pregunta. Él sonríe abiertamente y se acomoda en su sitio. Lo detallo. Es un hombre amante a las informalidades, y a juzgar por la elección de su vestuario esta mañana, descifro que ha venido a cerrar un trato. Y él sabe que lo sé, por ello permanece en silencio, espectante a que yo diga algo más. —Nada me hace falta, por lo que presumo has venido a pedirme, ¿Me equivoco? —Mai —confirma en su idioma, con ese acento tan peculiar—. Ahora que has quedado huérfana y solo estás relacionada con tus hermanos por pura conveniencia, estoy dispuesto a cumplir hasta tu más inaudito capricho. Tú, ahijada mía, eres el único pariente que tengo, al menos el único con el que yo desee relacionarme. —Aquí hay gato encerrado —alzo una ceja—. Tenemos tiempo sin comunicarnos por e-mails, ni siquiera cartas a puño y letra o señales de humo, ¿Dos años quizá? Él alza la comisura de sus labios. —Por esa astucia eres mi favorita. —No creas que lo rubia artificial me hace tonta —bromeo—. El agua oxigenada no quema neuronas. Gerónimo Ferrara, el amigo más íntimo de mi padre se tensa, mi radar de victimaria detecta sus nervios a flor de piel a pesar de estar a varios metros de distancia. —Quiero que te cases conmigo, que me des una hijos que puedan heredar la fortuna para no dar el esfuerzo de mis antepasados por perdido. Una carcajada trepa por mis cuerdas vocales y se propaga por la terraza, tan sincera. —Olvídalo. Me alzaste en tus brazos cuando no sabía ni balbucear, ¿La demencia ha llamado a tu puerta tan temprano? —¿Quieres gloria, Reinaiah? Exhalo, aquella simple inquisición me causa tanto interés que saco el corcho de una botella de vino y sirvo una sola copa para mí. —¿Eso no queremos todos los metidos en esta bazofia criminal? Sí, ansío poder, más del que tuvo mi padre, pero puedo conseguirlo sin llevarme parientes lejanos a la cama. Hago el amago de levantarme, pero él dice algo tan negociable que me deja el culo pegado a la silla por un momento. —Escarlata —pronuncia, acariciando los pétalos de una rosa que alcanzó de la mesa—. El color de la sangre que estoy dispuesto a derramar para convertirte en reina a cambio de uno o dos herederos. Su metáfora es trifásica, pero no sé me antoja suficiente. Esta vez sí me levanto y le doy la espalda, pero una vez más me detiene, ahora antes de cruzar el umbral. —Böher. A paso acelerado me acerco nuevamente y estampo mis manos abiertas contra la superficie de la mesa. —¿Cómo sabes eso tú? —Era una suposición que ahora me acabas de confirmar. —¿Cuánto me lo garantizas? —indago. —Esa corona es tuya, la iridiscencia de tus ojos delata tu determinación. Sé que con o sin mí la conseguirías, pero yo puedo ser ese aliado que te lleve más rápido al poder. Yo necesito más de ti que viceversa, pero unidas las fuerzas cada quien tendrá lo que estima. —La única sangre que correrá será la tuya sin escoñetas la promesa. —¿Quién habló de promesa? Reinaiah, es un maldito juramento. Mi padrino tantea los bolsillos de su pantalón sin cortar el contacto visual. Saca un pequeño cobre de terciopelo azúl marino y estiro mi mano para que deslice el aro de oro blanco por mi anular, el diamante deslumbra con los rayos del sol. —Sé que no me deseas, y no te obligo a que lo hagas, solo pido fidelidad y colaboración de tu parte. Paso saliva ante su pedido, la imágen de aquellos ojos negros devorando mi escote llega a mis pensamientos y tortura mi cordura. Me siento sobre su regazo y entrelazo los dedos detrás de su nuca. Mi padrino, con sus ojos miel y su cabello grisáceo por la factura de sus cuarenta y dos años, se inclina hacia adelante y me susurra al oído: —Una vez nacidos nuestros hijos y alcanzado tu poder, solo deberás hacer que tu viudez luzca como un accidente. Solo entonces estarás liberada y yo podré permanecer en paz. Para sellar el matrimonio por contrato apalabrado como si una sortija de millones fuese insuficiente, halo su corbata y lo atraigo más hacia mí para que se deleite con el sabor del vino añejo y mi voracidad de poder.
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