Una semana más tarde, me encontraba en el laboratorio subterráneo de la mansión, evaluando los avances científicos del proyecto que mi padre dejó en proceso.
Ana Patricia me tenía más rencor que de costumbre por mi reciente compromiso, pero como a mí solo me importaba mi opinión, actuaba con naturalidad y ella tenía doble trabajo.
—¿Dices que la Catalepsia está presentando efectos secundarios indeseados? —le pregunté.
—Así es. La hemos inyectado en un indigente hace quince horas y sigue sin reaccionar.
—¿No es esa su utilidad?
—Más o menos, el punto es que su cuerpo presenta espasmos como convulsiones, su piel adquiere una temperatura demasiado elevada cada ocho minutos y luego se muestra en estado de reposo otra vez.
—No podemos sacar eso al mercado.
—Coño, no lo había pensado —la ví rodar los ojos.
—Solucionalo —ordené y le di la espalda.
—Es todo lo que he estado haciendo —contestó con ironía.
—A mi parecer, no haces más que quejarte y jugar con una droga defectuosa. Hace meses solo le faltaban pocos retoques, y ahora resulta que da epilepsia.
—Al menos intento continuar el puto trabajo, ¿Qué has hecho tú?
Chasqueé la lengua. Ana Patricia y Tobías se mataban por el sueldo miserable que yo les daba a cambio de distribuir y manejar los ingresos de la mercancía mientras yo me bañaba en plata, pero no me sentía culpable en lo absoluto, de hecho, estaba ufana con eso se ser millonaria sin mover un solo dedo.
—Pero no llores —me burlé—. Al rato te subo un poquito el salario para que te vayas a comprar unos pañuelos.
Y con eso, salí del laboratorio.
•°★°•
Tres horas después, estaba en un angar junto a Tobías, ambos vestíamos uniformes militares para no levantar sospechas. Abordamos una avioneta que en pocos minutos nos dejó a orillas de una playa desolada, donde nos subimos a unas lanchas con cinco lotes de reina blanca.
Yo permanecía sentada al borde de mi lancha con las piernas cruzadas y mis gafas oscuras, ignorando deliberadamente la existencia de los contrabandistas. Cuando no me apetece relacionarme con las personas, la mugre inexistente de mis uñas suele captar mi completa atención.
—¡Maldita sea! —exclamó de repente Tobías.
Lo primero que hice fue voltear a ver su rostro colérico. Mi hermano suele ser un tipo antiparabólico, así que detallar su expresión furibunda saqué la Beretta de mi cinco y lancé las gafas de sol hacia alguna parte.
Entonces capté el grupo de lanchas que venía contracorriente, no solo eso, enfoqué un individuo en particular.
Bajé la guardia tan solo un instante cuando observé su musculatura desnuda por la franela negra que llevaba, su cabello se movía ligeramente con la brisa y sus cejas espesas casi se acariciaban por su ceño fruncido. Llevaba pantalones informales negros y una cara de pocos amigos que de repente se me antojaba cambiar por una de mil demonios.
Habían pasado tan solo quince días desde aquella noche de deseos prohibidos y las ganas seguían conteniéndose entre ambos, lo supe cuando se percató de que yo me acercaba, lo ví relamer sus labios en cámara lenta.
Cuando nuestras lanchas quedaron frente a frente, el silencio habría reinado de no ser por la corriente del río.
—¿Quién coño nos sapeó? —inquirí directamente, cruzada de brazos.
Y no lo hacía para lucir cabreada... Lo estaba porque saboteaban el contrabando, claro, pero aquella acción la ejecuté con el propósito de que mis senos lucieran más voluptuosos aún bajo el uniforme de camuflaje.
—Tiene que haber un pajuo en la OCC —declaró uno de los tipos venezolanos que me trabajaba.
—Coño e' la madre vale —farfulló otro.
—¿Qué? —lo miré por encima de mi hombro.
—Que necesito el biyuyo de esta vuelta y esta gente vino a joderla.
Ofendida, le di la espalda breves segundos al enemigo y caminé hasta el venezolano.
—La próxima vez que insinúes en mi mando que una vuelta está jodida, llevas plomo.
Una vez advertido, me dirigí nuevamente a la punta de mi lancha, Victorino ya estaba parado en la punta de la suya, con los brazos en jarra. Cara a cara, puedo jurar que me sentí desnuda bajo sus ojos que reflejaban absoluta penumbra, desde entonces comenzaría a llamarlo Cuervo en mis pensamientos; por el aire arcano y elegante que destilaba su presencia, también por su audacia y la oscuridad de sus vestimentas predilectas.
—¿No eres un maldito inversionista de Quito y Santiago? ¿Qué mierda haces en mi territorio?
El muy hijo de puta chaqueó la lengua e imitó mi postura de brazos cruzados.
—Esta es mi tierra también.
—Ni siquiera tienes cargamento, Presley, deja las malditas intenciones de querer cagame el negocio.
—Esta pirova... —se echó a reír, sus hombres se unieron a su carcajada en conjunto.
Sabía que no serviría de nada, pero no iba a permitir que se burlaran en mi cara sin intentar nada.
Alcé el brazo y le apunté a la garganta con la Beretta. Por la cercanía de las lanchas, el cañón alcanzaba a rozarle la manzana de Adán.
Al menos un trío de armas apunta ipso facto a mi cabeza, sus hombres amenazan a los míos con rifles y viceversa. En medio de la amenaza, Victorino suspira.
—Solo a ti se te ocurre jugar así —dice.
—¿Estás subestimando mi poder, Presley? Yo no lo haría —finjo pesar, quitando el seguro a la pistola, nuestros súbditos no tardan en copiar mi acción.
—No lo harás —asegura—. Una mujer con el orgullo herido es capaz de quemar el mundo con el fin de poner a valer su dignidad, pero sé que no vas a dispararme, y para desdicha de su orgullo, tampoco pienso pedirte una disculpa.
Bajo el arma y suelto un disparo a su pie, él brinca a la vez que suelta una maldición y vuelve a situarse frente a mí, dejando que le pegue el cañón a la garganta otra vez.
Victorino hace una seña a sus hombres y ellos bajan sus armas inmediatamente, pero continúan en guardia.
—Si es una tregua lo que buscas, pierdes el tiempo —le digo—. Si no se van, los acribillo aquí mismo.
—Estás muy consentida, me parece —alza una ceja—. Papi te vanaglorió tanto que te dió el poder de ser una igualada y creer que dominas el país con dos pares de manes con pistolitas que dan risa en lugar de pánico.
—¿Me subestimas? —avanzo un paso, las puntas de mis botas quedan fuera de la lancha.
—Qué va —chasquea la lengua—. Te hago saber lo que tanto te cuesta aceptar.
»Pero un padre hace todo por sus hijos, ¿No? No soy quién para cuestionar las mentiras que sembró el señor Hernández en su princesa. Si te crees la gran cosa, la gran cosa eres —se inclina hacia adelante con una mano en el pecho en señal de reverencia—. Majestad. Ya me parecía que sería una falta de respeto creerte poco si literalmente te llamas Reina.
Me está dejando en ridículo con argumentos perfectamente armados, y aunque pienso joderlo, me jode más el hecho de no saber cómo contraatacar sin violencia o amenazas.
¿Qué puedo decir? Si me hipnotiza el tono de su voz aunque con farsante educación me insulte, que sus ojos azabache me reten me prende en lugar de hacerme enfadar... O quizá hace ambas cosas a partes iguales.
Y odio sentirme así, impotente en una situación donde pongan a temblar mi corona ficticia.
Por encima de su hombro, visualicé un par de canoas que se aproximaba, eran los jíbaros a los que distribuiríamos la coca esa tarde.
—Me despido, Señorita, no quiero que mi presencia traiga desgracia a su negocio, al menos no en esta ocasión —me guiñó el ojo, yo le mostré mi dedo corazón—. Soy una tormenta, tú un caos, ambos juntos en un momento conflictivo casaríamos la destrucción de Colombia como mínimo. Por ahí nos vemos.
Lo ví sentarse mientras uno de sus hombres encendía el motor de la lancha y luego hacerse pequeño por el río. Francamente, no sé aún con exactitud si sentí coraje porque se alejaba o porque me dejó con ganas de insultarlo o de que mi pistola no fuese más que una amenaza.
Lo cierto fue que en menos de media hora Tobías consiguió hacer un trueque con el cargamento y, de camino a la mansión, no hice más que pensar en acelerar los planes de mi boda falsa para alcanzar el poder lo antes posible y callarle esa boca que a la vez añoraba besar con desenfreno.