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La melodía de Sofía

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Blurb

Sofía es profesora de música, donde su vida ya no tiene melodía.

Vive bajo violencia y amenaza de su marido, Javier, del cual es difícil escapar. Un infierno convertido en cárcel, y una vida destruida, ella desea con todas sus fuerzas poder ser libre. Sin ninguna condición.

El destino le traerá a dos personas que le cambiarán la vida, y recuerdos inolvidables que serán parte de su historia. Como también, la libertad de cambiar aquello que la atormenta.

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Capítulo 1
Un golpe más vino a mi mente, su aroma estaba completamente alcoholizada y yo estaba más indefensa que antes. Hace tiempo que Javier no me golpeaba de esta forma o quizás hace tiempo no sentía su mano arder en mi mejilla. Y otro golpe más, para caer al suelo inmediatamente. Me sujetó del cabello y nuevamente me levantó. Sentía como mis lágrimas recorrían mis mejillas, estaba llorando como nunca antes y eso siempre le molestaba a Javier. Me decía que era una niña llorona, que no debía llorar por los castigos que él me daba. Como si fuera un castigo encerrarme por 48 horas en la habitación, sólo por no haberle hecho la apuesta en su casino, como solía hacerlo diariamente. Desde que me he casado, todo empeoró. Javier me ha cautivado con su música, y eso me inspiró a estudiarla. Y ahora, por estas circunstancias, no puedo ejercer el trabajo de maestra. Los golpes en mis brazos son notables, no puedo salir fuera del edificio, a menos que sea con él. Hace semanas atrás, había recibido un gran golpe de él en mi pómulo izquierdo, tenía un huevo de avestruz en mi rostro. Por eso mismo, Javier ha tomado la precaución de encerrarme por 48 horas. Era obvio, el plomero debía arreglar las cañerías que Javier rompió cuando me empujó contra la cocina. Y también la culpa era mía. ¿A caso no pensó que mis piernas tiemblan cuando me mira de esa forma? De esa misma forma que me miró el primer día que me golpeó. Javier finge con sus compañeros de trabajo, finge todo el tiempo. Es mentiroso, manipulador y obsesivamente celoso. Recuerdo que en nuestra boda, le ha dicho a los demás que estaba embarazada. Sí, lo estaba..., pero a la semana y media sencillamente lo perdí. Gastamos dinero en médicos, tratamientos y remedios, buscando la maldita cura para que pudiera tener un hijo en mi vientre. Pero nada funcionó y eso empeoró, no sólo mi matrimonio, si no que también al mismísimo de Javier. Y él se volvió más obsesionado aún que comenzó a hacer apuestas en el casino. El dinero que ganaba trabajando, él quería duplicarlo. Pero no, sus falsas apuestas lo llevaban a perder todo y a largarse de allí en busca de un bendito whisky. No puedo recordar nada más, cada vez que trato de volver al pasado, lo único que atraviesa en mis ojos son puros recuerdos vacíos, inundados de tristeza y heridas causadas por golpes. Todo lo que se ha nublado, comienza a aclararse. Trato de agarrar las pocas fuerzas que tengo mis piernas y decido levantarme, en busca de hielo. Pero Javier esta acostado sobre la heladera, no es momento de buscar hielo, es momento de huir. Y luego recuerdo, que él estúpido de mi esposo, ha puesto rejas en todas las ventanas. Veo que él se acerca, inmediatamente mi mente dice que me aleje de él, no es seguro después de haberte golpeado y tratado de una zorra. Debo ser fuerte, una vez más, sólo una vez más. —Lo siento tanto... —Quiero estar sola. —Lo siento. —Repitió. Y rápidamente tomó sus llaves y salió del hogar, no pude aguantarme a llorar una vez más, quería llamar a mis padres, pero había sido rebelde y me había escapado de casa para estar sólo con Javier. Estaba pagando mi error de no haberme dejado cuidar por mis padres. Quizás es Javier quien me esta abriendo los ojos por mi rebeldía, pero esta no es la forma correcta de hacerlo. Nuevamente me incorporo, vuelvo a la Tierra después de vagar en mis pensamientos. Abro la heladera y saco de ahí tres cubos de hielo, para luego envolverlo en una pequeña toalla y colocarla en mi frente. Me quejo del dolor, cada día mis golpes estaban siendo más graves. —Puedo escapar una vez que vaya al supermercado, pero tengo todas mis cosas aquí. No puedo, si quiero, pero no puedo. Y ya no conozco un lugar a donde ir, Javier conoce a medio mundo y encontrarme será muy fácil. Quiero terminar con todo este dolor, con todo. Pero no puedo ya cuidarme a mí misma, quizás alguien tenga que hacerlo conmigo, pero yo no puedo. Ya no. Soy débil, cada vez estoy más débil. Cada vez siento más vacío, cada vez estoy más vacía. Había conocido a Javier en la preparatoria, era todo lo más lindo que había experimentado. Ambos éramos la pareja del año, Javier era muy conocido y yo sólo una chica invisible del montón. El tiempo decidió que ambos no estudiáramos y que viviéramos juntos. Eso fue lo que cambió todo. El maltrato verbal se volvió mutuo. Por no responder a sus preguntas o quizás, solo por no mirarlo a los ojos cuando me hablaba, el insulto estaba siempre allí; en la punta de su lengua, lista para atacarme. Meses más tardes, a mis 22 años de edad, lo verbal fue de a poco a lo físico. Empujones, pequeños golpes. Hasta que aquí estoy, estoy en el extremo y última línea. ¿A qué le tengo miedo? A muchas cosas, sobre todo a que Javier vuelva ahora mismo y me de otra de sus golpes, en donde sea. Esto ya no es amor, ya no es cariño, esto no es como deben arreglarse las cosas. Pero claro, su mente machista solamente me dice que lo que él hace esta bien, porqué yo no soy nadie para interrumpir sus golpes. Sólo porqué cree que es un castigo, cuando no lo es. Javier no entiende, ni entenderá, lo lastimada que suelo estar luego de que él desaparece sin dejar un maldito rastro. Y así, vuelvo a tener miedo. Tengo miedo cuando duermo, cuando me despierto. Estoy sola, estoy aislada. No tengo empleo, no tengo hermanos y mis padres no quieren verme. No tengo a nadie de quién sostenerme, sólo lo tengo a Javier. El hielo es un desastre en mi frente, me quito la toalla y los hielos caen al suelo. Otro desastre más que limpiar. Ya no quiero tener que ser golpeada nuevamente por sus grandes manos, sus ojos llenos de furia mirándome y deseando golpearme una vez más. Siento como la ira recorre mi cuerpo, y se aloja en mis ojos. Necesito llorar, sea por dentro o por fuera. El infierno se apodera de mí, y es el diablo más poderoso que duerme a mi lado todas las noches. Me besa la frente después de venir sobrio de su trabajo. Y el problema no es el alcohol. Pero tomo fuerzas, de algún lado. Voy lentamente a mi habitación, sin tropezarme. Mis piernas tiemblan, mi suéter esta manchado de sangre, estoy frustrada. Cada día trato de levantarme y volver a empezar, pero caigo ante los pies de Javier..., después de sus golpes. Me acuesto, me quito el suéter y comienzo a mirar la ventana. Como las ramas chocan contra el ventanal, las cortinas blancas de seda y la luz amarillenta que viene de afuera, reflejan mi rostro. No soy la misma que antes. Siento el miedo, invadiendo mis venas, mi corazón. Cada día trato de seguir sin este miedo, pero es difícil hacerlo con Javier detrás de mi. Unas luces de un coche reflejan la pared, y es cuando más mis lágrimas piden auxilio. Javier vuelve, seguramente, de haber estado en algún bar. Siento el golpe de la puerta, resonar en cada parte de mi piel. Es cuando siento miedo, y más miedo. Sus pasos recorriendo el pequeño pasillo y llegar a la puerta. Estar de espaldas, mirando el ventanal, es punto blanco para que el me sujete del cabello y me obligue a tener sexo con él. Espero el golpe, el tirón, pero no llega. Siento su cuerpo recostarse a mi lado, suspira y su respiración parece ahogarse: —Yo no quiero lastimarte, Sofía. No quieres Javier, pero lo haces. Y duele. No respondo nada, aún esperando el golpe. Pero al parecer Javier no ha ido a tomar, sino a otro lugar que no debo conocer. Su mano se apoya en mi hombro, esta tibia. Es áspera y grande, tan grande como mi miedo a sus ojos. Mi piel se escabulle, quiere esconderse de su piel. Me hago a un lado, esquivando su roce, pero el insiste. —Sólo quiero que sepas, que quiero cambiar, de verdad quiero. Mis lágrimas son lo único que responden. Ya no Sofía, consigue trabajo, vete de la ciudad, haz algo, di algo. —¿Podrías dejarme sola? —Murmuro, y siento la mano de Javier recorrer toda mi espalda. Me tenso, ya que su áspera piel me hace querer llorar aún más. —Sofía... Quiero que me respondas algo, ¿te estoy lastimando? Me doy media vuelta, y finjo dormirme en su pecho. No estoy preparada para responder su pregunta, o quizás no estoy preparada para recibir una herida más. O simplemente, ya no tengo fuerzas. Vivir bajo una prisión no es vivir en libertad. Cuando eres joven, adulto, e incluso mayor, tiendes a hacer tu vida tal como quisiste. En mi caso, jamás pude. Mi libertad estaba condenada, y yo estaba condenada a pasar un infierno bajo el mismo techo que un depredador violento. Las marcas, que estaban destinadas a no ser vistas por nadie, se ocultaban tras un maquillaje barato. Y el aliento a sobrevivir eran nulas. Hasta que un día todo cambió. Y ese día, le di otra oportunidad al destino. La oportunidad de ser libre al fin.

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