Oigo los pasos de Javier ir y venir, dentro de mi mente. Me despierto de un susto, entiendo que todo fue más que un sueño. Me levanto y baño rápidamente, hoy debe ser otro día aunque sé desde el fondo que todo seguirá de la misma forma.
Miro el papel que esta apoyado en la mesita de luz a mi costado, y su letra me da buenas esperanzas.
«Volveré tarde, no me esperes.»
Volverá tarde, eso significa que hoy puedo escapar.
Puedo escapar, salir al aire libre. Pero recuerdo que mis marcas son notables y mis expectativas bajan. Pienso en maquillarlas, ocultarlas. Necesito respirar, necesito salir. ¿Hace cuánto tiempo que no miro el cielo? ¿Las nubes? Me siento aislada.
Busco en el armario algo de ropa, una camisa quizás. Pantalones anchos, algo que oculte mis marcas. Tomo el maquillaje que esta a un costado de mí y paso por mi pómulo izquierdo suavemente, hasta que noto que la mancha violeta se oculta. Siento que no soy esta persona, nunca he tenido la necesidad de usar maquillaje. ¿Salir así a la calle? La gente me verá y me enviarán con la policía. Y lo peor es que a Javier es el primero que llamarán y yo no sé si podré aguantar.
Pero me siento segura, quizás con una gran máscara encima, pero al menos no me dolerá con el sol. Me levanto, decidida a irme. Sé las consecuencias que puedo tomar, que puedo hacer. Sé que si Javier llega a venir y nota que no estoy, todo el infierno volverá arder. Lo sé.
Sé el peligro que estoy corriendo, pero quiero salir. Respirar ese mismo aire que todos, sonreír a las personas mayores y hacer reír a los niños. Porqué esa es la Sofía que soy, y perdí. Dejo el vaso con agua a un costado, tomo las llaves, el bolso y antes de cerrar la puerta veo que Javier no ha llevado su maletín.
Javier es arquitecto. Administra una gran obra en el centro de Londres. Gana muy bien, pero él tiene una adicción a los juegos de casino, al alcohol y a las prostitutas finas. No es algo que a mí me moleste, pero quizás si fuese más realista, ese dinero podría gastarlo en mí.
Con viajes, chequeos médicos o incluso unos malditos chocolates. ¿Hace cuánto tiempo no pruebo un pedazo de chocolate? Ya olvidé su sabor, su textura y como ese dulce corre por mi lengua hasta llegar a mi garganta.
Ya no. Ya no hay eso para mí.
Pero sé, que Javier no volverá. Olvido la idea de que puede volver y no encontrarme. Eso no ocurrirá. Salgo de la casa, bajo los escalones de la entrada y luego tomo las llaves de una maceta que tengo escondida entre los arbustos. Es un juego de llaves que copié, en caso de emergencias.
—Recuerda volver temprano Sofía, no te quedes mirando estupideces en el centro comercial y ni tampoco hagas compras... —me digo a mi misma.
Debo recordarme que no soy completamente libre, como yo lo creo.
Mis pasos son lentos, el aire está puro y el cielo tan azul como lo recordaba. Tengo ganas de correr, correr lejos. Doblar en la esquina y tomar la bicicleta de cualquier persona que este allí. Pedalear hasta que mis pulmones digan basta, y llorar.
Me siento libre, aunque ya sé, perfectamente, que no lo estoy.
Siento como la brisa choca contra mi frente, como el viento sacude mis cabellos y como mis brazos se mueven al compás del trote.
Estoy feliz. No sé de qué, pero estoy feliz.
Y cansada, cansada de estar presa con alguien. Estar atada a una cuerda, un hilo rojo que me une al diablo en persona. ¿Por qué sigo? ¿Por qué?
Detengo mis pasos, bajo mi velocidad.
Camino lentamente mientras limpio mis lágrimas, siento que explotaré en cualquier momento. Siento estar lejos de casa, Londres es tan grande que su melodía me recuerda una vez más a Peter Pan. Aquel niño que no crecía, desearía ser igual a él. Llego hasta el centro, observando todo. Es una maravilla poder observar todo como nunca antes. Me siento una niña perdida en Londres.
—¿Estás bien? —Murmura alguien a mis espaldas.
Su mirada está fija en mi brazo y es cuando me doy cuenta que mi camisa se ha caído por mis hombros, dejando al descubierto un gran golpe de color verde.
Salgo corriendo a la velocidad de la luz, ni cuenta me doy de cuanto estoy corriendo. Me refugio en una estación de trenes, la estación central de Londres. Me escabullo entre las personas hasta meterme en un sanitario. Saco inmediatamente el maquillaje de mi bolso y nuevamente comienzo a pensar: Ésta no soy yo.
¿Desde cuándo debo esconderme? ¿Desde cuándo siento tanto miedo a que las personas me vean? Siento mi teléfono vibrar, y siento que las señales de advertencia recorren por mis venas. Respiro, suspiro, es un mensaje de Javier.
Javier [12:30 hs]: «¿Dónde estás, Sofía?»
Trato de mantener la calma y respirar.
Tecleo rápidamente.
Yo [13:00 hs]: «Estoy en el mercado, estoy de regreso en 10 minutos».
Javier [13:01 hs]: «Más te valga, Sofía, más te valga».
Estoy en problemas, lo sé. Debo volver a casa, antes de que sea más tarde. Salgo del sanitario, sin importarme que el maquillaje se haya corrido, vuelvo a trotar al mismo ritmo que antes y trato de buscar un autobús que me lleve hasta mi hogar.
Pero ninguno quiere detenerse.
Entonces debo correr, llegar de alguna u otra forma.
Muevo mis pies rápidamente, trotando, tratando de llegar lo antes posible. No me doy cuenta, que estoy corriendo a una gran velocidad. Siento que voy a caerme, pero también estoy muy cerca. Y me detengo.
Tengo miedo una vez más.
Las luces de la casa están encendidas, aún siendo de día. No es tan tarde, ni tan temprano, es sólo el mediodía. Camino lentamente hasta llegar a casa, saco las llaves de mi bolsillo y las coloco en el picaporte para abrir.
Pero se abre sola. Javier me da una bienvenida cálida. Y una vez más, espero el golpe que nunca llega, estoy preparada. Siempre lo estoy.
Hazlo Javier, lo siento en tu mirada.
Tu mirada que pesa más que el aire que respiro.
—¿Por qué tardaste tanto? —Pregunta. Dejo el bolso arriba de la barra de la cocina, y deposito un beso en su mejilla—. ¿No habías ido al mercado?
—Sí, creo que... Creo que olvidé las bolsas allí. Necesitaba salir.
—¿Con el permiso de quién? —Vuelve a preguntar. Siento que estallaré en lágrimas, siento su ira salir y volver a entrar por su nariz.
—Volviste temprano... —respondo.
Javier sonríe. Cínico.
—Pero tú no.
Caigo al suelo, sin saber el por qué. Siento un golpe en mis costillas y un tirón en mi cabello. Javier me levanta del suelo y me obliga a mirarlo. Sus ojos arden, su boca está sedienta, y una vez más sus jadeos son mezclados con alcohol.
—No volverá a ocurrir... —digo entre jadeos.
La presión de su cuerpo contra el mío, me produce asco.
Quiero vomitar, salir, pegarle. Pero no puedo.
Javier toma de mi mano, y la echa hacia atrás.
Su presión, su cariño salvaje.
Estoy sufriendo. Lento. Dolorosa, y cruelmente.
—¡Eres una malagradecida! —Siento arder mi rostro, mi cabello esta jodidamente en su mano y él no me deja en paz. Vuelvo a caer al suelo una vez más, sintiéndome aislada.
—De verdad lo siento, Javier.
—¿Con el permiso de quién? ¿Eh? —Vuelve a la misma pregunta, me suelta y luego me acaricia como si lo que me hubiese hecho fuera amoroso.
Siento el asco recorrer mi garganta.
—De nadie, de nadie... —respondo.
—Exactamente, de nadie, no quiero que salgas más sin mi permiso, ¿entendiste bien? —Asiento, Javier quita una sonrisa de sus labios y se inclina para besarme. Mi beso no siente nada por él, siento como todo el asco quiere escupir en su rostro, pero no tengo el valor de hacerlo.
—Lo siento —murmuro, pero esto no detiene a Javier.
Él sólo vuelve a sonreír, sintiéndose un triunfador y ganador.
Saco comida de la heladera, Javier no mueve un sólo dedo. Trato de mantener la calma, pero no puedo. Siento que voy a caerme, y me acuesto sobre la heladera. Su mano toma mi mentón nuevamente, me obliga a mirarlo una vez más y siento que otro golpe va a venir. Otra herida más que sanar. Pero no pasa, así que me relajo.
—Haz algo de comer, tengo hambre. Lo quiero listo en media hora, y si no me lo traes, vendré por ti y te arrepentirás de haber nacido. ¿Oíste?
—Sí —respondo.
Javier me suelta y me acaricia. Odio su bipolaridad.
—No eres nada más que una rata para mí.