Ella sabe que no puede levantarme en mis días sagrados. O sea, sábados y domingos ¡días sagrados, joder!
— Cero-prostitución, a su orden —mi voz sale rasposa y carraspeo levemente.
— Buenos días, Natalie —canturrea mi mejor amiga, haciéndome rodar los ojos. Apuesto mi vida a que tiene una sonrisa pintada en el rostro.
— ¿Qué te sucede? ¿Acaso no estás viendo la hora, Rachell? —me quejo mientras tallo mis ojos.
Nadie, ¡Absolutamente nadie! Tiene derecho a molestarme en mis días.
— No empieces con tus cuentos de días sagrados —bufa con fastidio—. Son las diez de la mañana, levántate que ya es tarde.
— ¡Ahg! —ahogo un grito en mi almohada—. ¡Es domingo, por Dios!
— Recuerda que hoy es mi día de salida.
No puede ser.
¿Ya es fin de semana de nuevo?
Los fines de semana mi mejor amiga y yo planeamos algo divertido, salir a comer helados o a pasear por ahí, todos los fines de semanas nos turnamos para elegir a donde ir, uno ella y otro yo. Por mi parte siempre elijo ver una película en alguna de nuestras casas, ir a Mc Donald's, pero cuando le toca a ella… ¡madre mía! Nunca sé que esperar. Le encanta ir a fiestas alocadas y bares nocturnos con mucho alcohol, arrastrándome con ella hasta donde quiera.
— Sí, lastimosamente lo recuerdo. ¿A qué infierno me quieres arrastrar hoy? —cuestiono mientras me estiro un poco sobre la cama.
— Hoy iremos a Amnesia.
Mis párpados se abren de golpe, me lamento inmediatamente gracias a que la luz solar se cuela por mis ojos.
Amnesia, el bar nocturno más conocido de la ciudad. Tiene millones de historias que no me gustaría corroborar, desde las fiestas más íntimas y costosas, hasta las fiestas más alocadas de toda la ciudad.
No puedo creer que mi mejor amiga piense en arrastrarme hacia allá. Seguramente quiere drogarme y hacerme perder la virginidad en uno de esos asquerosos baños. No, no quiero ir pero ¿cómo cancelo mi cita semanal con ella? Eso es imposible.
— Eres una perra.
— Tú favorita —responde riéndose—. ¿Entoces iremos a Amnesia?
Suspiro.
— Iremos a Amnesia.
La mediana luz solar se filtra por toda la habitación haciéndome cerrar los ojos con fuerza. A pesar de ser las seis de la tarde hace un sol del demonio.
— ¡Buenas tardes, señora Bethany! —la chirriante voz de mi ardiente vecino llega a mis oídos.
— Buenas tardes, West cariño — apuesto que mi madre sonríe como si su vida dependiera de ello.
Mi madre enciende la luz del cuarto, acción que conlleva a que yo apriete mi mandíbula con irritación.
— Te necesito despierta en una hora, Natalie. Levántate ya —me da una nalgada por encima del edredón, luego oigo la puerta cerrarse tras ella salir.
Me pongo de pie muy irritada, como oí a mi mamá saludar a West me asomo por la ventana con fisgoneo, mis ojos van al punto exacto en donde seguro él debe estar: la ventana de su habitación.
Mi molesto vecino —también mi mejor amigo— está sin camisa y sudado por el ejercicio que seguro práctica, ya que pertenece al equipo de fútbol del colegio siempre está haciendo actividades físicas que beneficien sus capacidades dentro del campo. Debido a qué está ejercitándose, el cabello se le adhiere a la frente debido al sudor. Parece una regadera.
«Qué asco».
West parece darse cuenta de mi presencia gracias a que no disimulo al estar detrás de mi ventana mirándolo como toda una loca. Me escanea con disimulo y luego sonríe.
— Búscate una vida y deja de espiar por mi ventana —bromeo mientras me acerco más a la ventana y cierro las cortinas.
— ¿Te recuerdo quien espiaba a quién?
Ruedo los ojos al recodar la etapa de mi adolescencia en la cual me gustó el asqueroso neardental que tengo como vecino y mejor amigo.
— Fue hace dos años. Supéralo de una vez —bufo con fastidio.
Comienzo a ordenar mi cama desordenada y a ordenar el cuarto desordenado en sí. Se puede decir que soy una floja maniática con el desorden, sí, raro pero algo de lo cual no me quejo.
Mientras limpio mi cuarto mi desastrosa y preciosísima perrita puddle aparece de debajo de mi cama.
— Aquí estás, traviesa —la señalo sintiendo como en mi rostro se dibuja una sonrisa. Mi bolita de pelos color blanco menea la cola con efusividad—. ¿Quién es una perrita hermosa?
Acaricio su pancita regordeta mientras ella se acomoda en el suelo.
Debo aceptar que tener a North es un consuelo. Con ella me desahogo, con ella converso y un sinfín de cosas más, las mascotas son fieles acompañantes en tus días mas oscuros. Sí, llámenme loca por hablar con mi bebé pero es la que me escucha, me entiende, sin juzgarme, sin mirarme mal...
«Claro, es que no puede hablar».
Estoy segura de que no es por eso.
Dejo mi perrita sobre su cama junto a la mía, aunque tiene cama propia le gusta dormir debajo de la mía, y sigo en la limpieza de mi habitación. Encuentro zapatos y juguetes rotos, también un par de cartas de mis antiguos enamorados completamente destruidas. Perra desastrosa.
Cuando siento que todo mi cuarto está limpio —cosa en la que tardé media hora, más de lo necesario debo admitir—. Me doy una ducha rápida y bajo a ver qué cosa quiere mi madre.
— ¿Solicitaste mi presencia? — cuestiono, observándola picar un par de vegetales.
Mi madre es una mujer joven, lindísima y que no aparenta los cuarenta años que tiene. Una mujer dulce pero de carácter terrible que pocos son capaces de soportar. Tiene su cabello rubio atado en un moño desaliñado, una camisola color blanco recubre su cuerpo y lleva encima de éste un delantal que junto a Nate le regalé el día de las madres ya hace un par de años.
Aprovecho entrar en la cocina y me preparo un sándwich de jamón y queso crema, el hambre que manifiesto después de levantarme de una siesta de más de dos horas no es para nada normal.
— Sí, Natalie —responde a mi pregunta lavando sus manos para luego secarlas con un pañuelo que hay sobre la barra—. Tu padre y hermano vendrán a cenar.
Me informa, picando zanahorias con una habilidad sorpréndete. Si hubiese sido yo seguramente ya estuviese de camino al hospital sin un dedo.
— Necesito que me ayudes con la cena ¿sí? —súplica mientras hace un puchero—. Solo me ayudas con el arroz, ya yo estoy haciendo el pollo, y el puré de papas junto al jugo son lo de menos, ¿qué dices?
Me gusta cocinar, pero como dije anteriormente, todo me da flojera.
Pero ¿quién podría resistirse a la forma en que mamá hace ojitos? pues yo no, así que en medio de un leve bufido acepto.
— Sabes que no puedo negarme —me caigo de hombros y termino de comerme el sándwich.
— Sabes que te amo —me da un casto y sonoro beso en la mejilla, haciéndome sonreír.
— Lo sé —le hago saber mientras me pongo de pie para ir a lavar mis manos—. Y yo te amo mucho más.
Comenzamos a cocinar, yo ayudo con lo que me pide e incluso con otras cosas hasta que todo parece estar listo. Cuando son las siete y por fin mi labor está lista, la oigo preguntar:
— ¿Preparada para volver a clases?
Mi madre ha decidido preparar arroz con pollo en salsa; Es su especialidad, hace que cualquier persona quede flechada con ese platillo apenas lo prueba, es el favorito de mi padre y de Nate.
Remuevo con una cuchara el arroz, si hay algo que me queda delicioso sería un arroz; el olor que desprende es delicioso. Está listo.
— La verdad no —admito, alejando mis manos de la cocina para sentarme en la barra.
Mi madre, quien está de pie frente al pollo que se cocina, menea con una cuchara de madera el contenido humeante y oloroso de la sartén.
— Estudiar es genial.
— Te graduaste hace años, claro que es genial para ti —bromeo, tomando asiento en la barra.
— No creas que es muy divertido trabajar —continúa ella, haciéndome reír.— Touché.
Seguimos conversando mientras la observo terminar con la cena. Hablamos sobre cosas triviales de las cuales teníamos tiempo sin hablar, me contó que le va muy bien en su nuevo trabajo el cual no sabía que tenía, al parecer es enfermera en un hospital que está en el centro.
Hablamos sobre las próximas clases y me es difícil olvidar que en tan solo dos días volveré a verlo.
Ah, de solo pensarlo un mal humor se asienta en lo más profundo de mí ser.
— Bien, terminamos —informa, poniendo la cuchara repleta de la salsa del pollo en el fregador. La cocina obtuvo un olor exquisito que haría alucinar a cualquiera. Mi madre es una excelente cocinera.
— No me cansaré de decir que este aroma es celestial —me pongo de pie y cierro los ojos apreciando el olor.
— Receta tradicional —se quita el delantal y me da una sonrisa—. Mi abuela la hacía para mí y ahora yo se las preparo a ustedes. Deberías aprender.
Suelto una carcajada.
— Sí, claro, y cuando veas a los bomberos entrar a tu casa que se incendia no me eches la culpa —exagero todo mientras busco un vaso para servirme agua.
La oigo reír.
— No incendiarás nada, dramática.
— Díselo al horno anterior —le recuerdo el pequeño incidente del año pasado.
Hace un año intenté preparar panecillos de canela y miel, y fui tan estúpida como para olvidar que el horno tenía una fuga de gas y tampoco pensé en el tiempo de los panecillos dentro del horno...al abrirlo ya se imaginarán que ocurrió.
— Era mi horno favorito —suspira, sonriéndome acusatoriamente.
— Perdón —me disculpo, sonriendo con culpabilidad. No fue mi intención, casi me quedé sin pestañas.
— Anda a ducharte —me apresura, cambiando de tema—. Ellos llegarán pronto y tú pareces una pordiosera.
— Qué sutileza —me burlo, luego salgo de la cocina.
Subo a la habitación dando saltitos en la escalera mientras tarareo una de las canciones pegadizas de los tiktoks, aceptemos que es una aplicación adictiva.
Entro a mi habitación cerrando la puerta detrás de mi, luego camino hacia el baño con ganas de perderme bajo las tibias gotas de la regadera.
Me desnudo dentro de éste —sí, West siempre anda al asecho mirando por mi ventana y obviamente no quiero parecer una nudista delante de él—. Mientras bajo mi pijama con pereza, noto la pequeña cicatriz que me trae viejos recuerdos.
Un partido.
Él y sus lindísimos ojos.
Yo cayendo al césped como estúpida.
Sí, un hermoso recuerdo que memorar.