Capítulo 3

1652 Words
Sobre todo la parte en la cual quedé en ridículo frente a todo el campo por tropezar con una piedra y rasparme la rodilla dejando una innecesaria y pequeña cicatriz. Aunque no me caí por obra y gracia del espíritu santo, claro que no, fue gracias a una personita por la cual hoy babeo, literalmente. Nomar Davis. Hagamos un pequeño resumen sobre él: mujeriego, hermoso, experto en fútbol y súper ardiente. Algo cliché, sí, pero vamos, siempre hay alguien así en nuestra adolescencia y él es quien está en la mía. Es típico que cualquier chica babee por él, tantas chicas que quizá no pueda contarlas con mis dedos. Nomar físicamente es súper caliente: cuerpo delgado pero torneado a la perfección, alto, con cabello castaño oscuro, sonrisa encantadora y ojos color chocolate. Perfección. Un ángel caído del cielo que se convirtió en demonio, un jodido y atractivo demonio. Fue una tarde calurosa como el infierno —no muy diferentes a las de ahora, solo que para ese entonces era una niña—, estábamos en un partido de fútbol no tan importante, tenía ocho años y me encantaba mi entrenador. Nomar era el capitán del equipo de fútbol, eligió las posiciones y toda la cosa, cuando por fin comenzamos con el partido, en un momento que recuerdo como si hubiese sido ayer, yo tenía el balón entre mis pies y corría con agilidad, estaba a punto de meter un gol cuando mi queridísimo amor platónico me empujó y yo caí, cortando mi débil piel con una roca. Estúpido, sí, pero la cicatriz aún sigue. Desde pequeña había participado en ese equipo de fútbol, cosa que dejé por mi «pequeño enamoramiento» el cual resultó no ser para nada pequeño. Era una excelente jugadora y tenía al mejor entrenador: Nomar —mi actual crush— es un año mayor que yo y lo conocí en los entrenamientos. »Lo admiraba. Adoraba verlo jugar, correr, beber agua, era —es— perfecto. Me ayudaba en cada entrenamiento, era atento y me motivaba a ser la mejor, creo que sin duda alguna esos pequeños detalles hicieron que la atracción que él causaba en mí fuese aumentando. Ahora que han pasado unos nueve años me doy cuenta de que es el sentimiento de estar enamorada. Al principio creí que era algo pasajero, ya saben, amor de niña, fácil de olvidar, creí que podría superarlo fácilmente pero ¿qué creen? La vida es una perra y puso a Nomar en mi camino estudiando en mi instituto. La cosa empeoró, como era de esperarse comencé a verlo todos los días, a mirarlo caminar, correr, comer, todo...mirarlo charlar con mi hermano era algo majestuoso, su rostro esculpido por los mismísimos ángeles... Dios, es perfecto. Verlo con frecuencia hundió las cosas, me enamoré y sí, quizás me falten algunas neuronas por enamorarme de un chico que seguramente tiene muchísimas chicas más y no recuerda la mocosa que siempre babeó —y sigue babeando— por él. Llámenme loca pero Nomar me enamoró completamente. Su estatura, sus lagunas achocolatadas llenas de diversión, su sonrisa extremadamente sexy, su cuerpo delgado pero atlético. Sí, todo en él es perfecto, sexy y jodidamente perfecto. Como toda buena enamorada sé que Nomar se residencia en el mismo vecindario que mi hermano —la razón de que quizá visite a Nate con frecuencia—, lo acoso pero en buen sentido; me gusta observarlo porque es adictivo mirarlo hacer cualquier cosa. Mi pequeña obsesión con él es mucha. Conozco posiblemente todo de él. Su círculo amistoso —amigos y amigas (perras. Bueno, perras no, no tienen la culpa de tener la suerte que yo no)—, aspiraciones y metas, familiares, todo lo que tiene que ver con él.7 Sonrío al recordarlo, pero inmediatamente el malhumor me recubre. Recordarlo es como un sabor agridulce. Me molesta y me entristece solo recordar que no tengo ninguna oportunidad con él, es frustrante y agotador. Aparto el tema de mi mente con agilidad, pensar en él no me ayudará en nada. Ignoro todo y comienzo a ducharme. Al terminar, salgo y me coloco un vestido veraniego color turquesa —obvio luego de ponerme ropa interior—, fresco y de corte un poco más arriba de las rodillas, unas sandalias color blanco dejan ver mis bonitos pies y dejo mis cabellos color chocolate sueltos. Me maquillo básicamente colocando rubor y gloss labial, me agrego perfume y lista. Bajo a la cocina con mi teléfono en mano, encontrándome con que mi mamá aún se está duchando. Tomo asiento frente a la barra y miro la hora: 07:42 pm. Excelente, mi padre y Nate llegarán a las ocho. Nathan es mi hermano mayor, estudia con Nomar y son amigos —sí, genial (tos, sarcasmo, tos)—, estudia en mi misma preparatoria y es muy celoso, demasiado... Desde pequeños, antes del divorcio de nuestros padres, Nate y yo hemos sido como uña y mugre, inseparables, y creo que la distancia no ha cambiado eso después de todo. Nathaniel es mi padre. Viví con él los primeros siete años de mi vida antes que él y mamá se separaran por las continúas peleas —horribles, con gritos y golpes de por medio—, llegaron a un acuerdo por el bienestar de ambos hijos y decidieron dividir la custodia, creo que ya saben con quién me quedé. En ese instante me molestó la separación pero con el tiempo comprendí que era lo mejor. Entro a revisar i********: con rapidez y, como la mala suerte es mi compañera fiel, lo primero que me aparece es una foto de un sonriente Nomar con una de sus amigas —que obviamente se tira— rodeando su cintura. Un nudo se forma con mis intestinos, mi cuerpo se calienta y no sé si es por lo sexy que él es o por la rabia al ver a su estilizada amiga rodeando su cintura. Frunzo los labios, molesta y dolida. ¿Por qué no puedo ser yo la que rodee su cintura de esa forma? Han pasado nueve años, ¡nueve años! y Nomar ni siquiera se da cuenta de que me gusta —creo yo— y mucho menos muestra indicios de atracción hacia mi persona. ¿Acaso qué? ¿Tengo algo malo? No lo creo, las chicas con las que sale tienen: dos ojos, una boca, una nariz, dos brazos, un par de piernas, respiran, un par de pechos y una v****a, ¡Yo tengo lo mismo! —aunque en menos cantidad. Sí, tengo senos pequeños pero eso es igual— ¿Por qué no se fija en mí? Es un misterio igual que el del triángulo las bermudas, indescifrable y sin razón aparente. Suspiro, cerrando i********: sin siquiera revisarlo, luego alzo la vista y miro la silueta esbelta que se posa en el umbral de la cocina. — ¿Qué tal me veo? Mi madre, con el cabello rubio atado en una coleta, está vistiendo un finísimo vestido color blanco de encajes que jamás había visto, con un poco de maquillaje y sandalias estilizadas que dejan ver sus arreglados pies. Le sonrío. — Preciosa, debo aceptar. Su esbelto cuerpo y ojos claros, fue una lástima que Nathan y yo heredáramos casi todos los genes de papá —a excepción de Nate que me robó los ojos claros que tanto desee por parte de mi madre—. En cambio obtuve cabello con leves ondas color chocolate, acompañado de ojos café comunes, figura delgada parecida a la de mis tías paternas y una altura normal —por lo menos no fui un minion como mi madre y su familia—. Tengo mucho vello que de modo a que si no me depilo en una semana parecería un lobo, tengo una piel de tez blanca algo tostada y labios algo carnosos con un tenue color rosado. Linda ante unos ojos, pero no los de Nomar claramente. Una maldición. — Tú también estás preciosa —se acerca a mí y me rodea con suavidad, dejándome oler su perfume con olor a gardenias. — Te adoro —la abrazo con fuerza, recordando cada cosa que ha hecho por mí. Me separo con lentitud, mirándola con detenimiento. Sus ojos están llenos de amor y confianza infinita. Me sonríe tiernamente y acaricia mi mejilla con su dedo pulgar. — Eres hermosa —le digo mientras me separo con suavidad—. Malditos genes, jugaron en mi contra. Me da una mirada severa. — Nada de groserías, jovencita —me golpea los labios con su dedo índice. Ruedo los ojos y asiento. — Sí, como quieras. Pero eres hermosa. Palpea mi frente con suavidad. — ¿Qué te sucede, Natalie Blake? No parecen cosas tuyas —golpetea mi nariz y se ríe, divertida. — Hablo en serio, mamá —la acompaño en su risa. Rueda los ojos sin borrar la sonrisa. — Lo sé, cariño. Tú eres muchísimo más preciosa. — Te amo y si me llegaras a faltar yo me muero ¿sabes? A la urna me lanzo contigo —eso la hace reír. — Yo te amo más —me besa la nariz y todo el rostro—, eres mi vida, todo para mí junto a tu hermano. Son lo mejor que la vida me pudo dar y mientras yo pueda jamás los voy a dejar. La atraigo hacia mí abrazándola con fuerza, me devuelve el gesto mientras acaricia mi cabello haciendo que el sueño se apodere lentamente de mí. Mi madre y yo establecemos una conversación normal cuando ya los separamos una de la otra, hablando de las series que siempre miramos en Netflix, eso me ayuda a desaparecer los pensamientos que azotaban mi cabeza con una simple palabra: Nomar. Mientras conversamos el timbre suena, se pasó el tiempo muy rápido mientras hablábamos. — Deben ser ellos —mi mamá me sonríe—. ¿Estás lista, cariño?
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