Capítulo 4

2876 Words
— ¿No crees que es un poco exagerado? —intento hacerla entrar en razón. No me convence para nada su alocado plan— digo, es casi el último día de verano, no querrás gastar tus energías ahí. Intento que recapacite pero vamos, es Rachell, jamás recapacitará. — Por eso mismo es que iremos —me explica como si fuese lo más obvio. Niego aunque no me pueda ver. Mi amiga es muy terca. — Eso no tiene sentido, Rachell. Debemos quedarnos en casa para no gastar energías. — Es el final de nuestras vacaciones, hay que vivirlas al máximo y ¿que mejor lugar que Amnesia para eso? — Bien —suelto un suspiro sonando resignada. Odio no poder ganarle en nada. — Está bien. Pasaré por tu casa a las seis para arreglarnos, ¿va? — Va. — Bien, adiós —se despide para luego colgar. Creo que Rachell se escapó de un manicomio y jamás la encontraron. ¿Cómo puede estar tan loca? Lanzo el teléfono lejos y me estiro con pereza. Qué flojera tan inmensa. Me siento sobre la cama y muevo mis pies de un lado a otro mirando a la nada, mi vista pérdida. «¡Ah! Que vida tan inútil tengo». Me acuesto de nuevo sobre la cama, tallo mis ojos y bostezo. Quiero dormir por otras tres horas más. — Natalie —grita mamá desde abajo— ¿estás despierta, cielo? «¿Sería malo fingir estar dormida?». Creo que sí, posiblemente si no le contesto venga y me levante a punta de golpes que no estoy dispuesta a soportar. Decido que lo más sensato es contestar. — ¡Sí! —grito para que me escuche. — Necesito que vayas a hacer las compras. ¡Ah, maldita sea! Mis días sagrados se están yendo a la mierda. Suspiro en busca de paz interior. «Vamos, Nat. Inhala paz, exhala amor». — Está bien, sólo...voy a darme un baño. Reúno todas las fuerzas posibles hasta que me logro levantar de la cama. Me estiro ya de pie y abro las cortinas. Dios, el día está precioso: el cielo está azul, aves cantando...el día perfecto para quedarse a dormir todo el día. Lastima que mi madre y mejor amiga arruinan los planes, digo, son expertas en hacerlo. Me doy una ducha rápida que me despabila por completo. Salgo del cuarto de baño envuelta en una toalla, mi ventana está abierta por lo cual se ve el cuarto de mi irritante vecino, por suerte a ésta hora está dormido, creo. No me preocupo en cerrar las cortinas pues confío en que todo el mundo está durmiendo —como yo debería estarlo—, me quito la toalla mientras camino hacia mi armario. Ya cerca de éste tomo una de mis prendas favoritas de ropa interior, unas bragas de algodón súper suave color n***o y un top a juego. Creo que amo las prendas íntimas de colores gris, n***o y blanco. Mi armario está llena de ellas, también tengo una que otras de series animadas de TV —Sí, Bob esponja y Toy Story están ahí—. Me la coloco rápidamente para luego caminar hacia la cama y tomar la toalla para tenerla en el baño nuevamente. Salgo del cuarto de baño y camino a paso lento mientras pienso en que demonios ponerme. Cuando llego al armario, remuevo con más violencia de la que deberías las perchas de ropa, como podrán ver soy bastante impaciente. — Algo cómodo... —digo entre dientes mientras analizo mi closet. Alzo un camisa de color n***o con un dibujo raro en ella, no es mi preferida pero es cómoda, la lanzo sobre la cama y sigo buscando. Al final de cuentas termino eligiendo un short de mezclilla, es sencillo aunque algo viejo. «Ah, no voy a un concurso de súper modelos, voy a la tienda». Mis ojos se desvían al espejo de cuerpo completo que hay junto a mi armario. Dios, de la nada he agarrado un par de kilos de más, no voy a negar que estas vacaciones he comido como un demonio y algo me dice que debo ejercitarme. Aunque la última vez no salió nada bien. Creo que casi sufro un paro cardíaco mientras hacía los buppers. Sigo escaneando mi reflejo; mis piernas se agrandaron al igual que mis glúteos —no me quejo por eso—, no puedo decir lo mismo de mi pecho más o menos plano, pero me gusta mi apariencia. Me hago una coleta improvisada para poder vestirme. Camino hacia el frente de la cama con ganas de analizar brevemente mi elección de atuendo. De la nada un silbido me saca de mis pensamientos. — Guau, guau... ¿todo eso es tuyo? —la irritante voz de mi vecino se filtra por mis oídos. Frunzo el ceño ante sus supuestos ladridos. El calor sube a mi cara al recordar que estoy en ropa interior, aunque no es nada nuevo debo admitir, siempre es tan entrometido y ve por mi venta que me cacha en ropa interior o en pleno intento de vestirme. Además de eso somos mejores amigos, creo que me ha visto desnuda o en pañales desde siempre. — No West, es de tu madre —respondo con sarcasmo, me doy vuelta poniéndome de frente. Sus ojos color avellana me escanean y me sonríe descaradamente. Sí, es un jodido idiota. — ¿De donde sacaste ese cuerpo? —pregunta con curiosidad y diversión, cruza sus brazos y se apoya en el marco de la ventana de su cuarto luciendo interesado—. Cuéntame ¿como se llama tu nuevo novio? Alzo una ceja y le muestro una sonrisa cínica. — Se llama: No es tu puto asunto, chismoso —le saco el dedo medio. Él posa su mano en el pecho fingiendo que guarda aquel momento en su corazón. No sé cómo West llegó a tener tal confianza conmigo. Tal vez porque ambos nos vimos en pañales hasta crecer. — ¿Por qué siempre eres tan agresiva? —niega, desaprobando mi acción anterior—. Sólo quiero saber porque estoy seguro, cómo hombre que soy, que ese culo no lo conseguiste haciendo ejercicio. Suelto una carcajada. Por favor, yo pude haber hecho ejercicio y tener un mejor cuerpo que éste. — Adiós, West —cierro la cortina con una sonrisa falsa en los labios. — Oye, Nat. Yo podría hacerte tener un mejor cuerpo —grita, yo niego mientras ruedo los ojos. Ese chico no tiene remedio. A Wesley, mejor conocido por West, lo conozco desde que nací prácticamente, nos criamos como hermanos, yo me la pasaba en su casa y él en la mía, pero todo cambió cuando llegó la adolescencia —aunque ya volvió a la normalidad—. La pubertad le pegó fuerte, el desarrollo le asentó a la perfección; desarrolló musculatura y facciones de hombre que a cualquier adolescente con hormonas vuelve loca, pasó de ser niño estúpido jugador de fútbol a un sexy chico estúpido jugador de fútbol. West es el típico chico ardiente, ojos claros y un cuerpo atlético que me volvía loca. Cuando teníamos 15 años me di cuenta de que estaba enamorada de West —o eso creía, aunque fue algo de días—. Sé lo dije, yo no le gustaba, me pegó en ese momento pero me di cuenta de que Wesley es sólo una cara bonita. Cuando pasó el "resentimiento" debido a su rechazo me di tiempo para conocerlo, en medio de eso pude notar qué no era, ni es, mi tipo. Y considero que tenemos una muy buena amistad que no quisiera perder por nada del mundo. Me pongo la ropa con rapidez y luego me coloco mis converses negras ya algo desgastadas. Tomo mi bolsa, teléfono y bajo. — Bien, mamá. Creo que ya estoy lista —digo aun sin llegar a la cocina, ahí es donde ella se encuentra. — Está bien, hija —dice cuando me ve por fin. Cruzo el umbral de la cocina y ella está ahí barriendo—. Ten. Saca de su bolsillo la tarjeta de débito, yo la tomo y la guardo en mi bolsillo de una vez. — La lista está allí —señala la hoja que reposa sobre la barra. La tomo y le doy una mirada rápida. Deposito un beso en su frente y me dispongo a salir. — Adiós, ma —me despido, saliendo de la cocina. — Ve con cuidado, hija. Camino por el pasillo hasta la puerta, me distraigo con mi reflejo mirándome en el espejo cerca de la entrada. Mi cabello está asqueroso aunque eso no es novedad, andar despeinada es lo mío. Hago un intento de coleta baja y tomo mis lentes de sol sobre la mesita de al lado. Me observo de nuevo con una mueca. «Bien, creo que estoy mejor». Salgo de la casa mientras guardo las llaves en mi bolsa. Miro la hora en mi teléfono con ganas de calcular el tiempo el cual duraré en ir a la tienda. 10:43 am. Ah...qué flojera. Comienzo a caminar hacia la tienda más cercana, no queda muy lejos por lo que decido ir a pie. Visualizo a la mamá de West —la señora Amelia— regando las flores en su mini jardín. Es aficionada a la jardinería, de hecho su jardín es el más hermoso entre todos los del vecindario. — Naty, hola. Buenos días —me saluda apenas me ve. La señora Amelia me adora desde pequeña. Sí, soy irresistible. — Buenos días, señora Amelia —me detengo a saludarla. — ¿A donde vas tan temprano, cielo? —pregunta con una sonrisa. Se limpia las manos con un pequeño pañuelo y se levanta para verme mejor—, tengo entendido que no te levantas temprano los fines de semana. Sus palabras me causan diversión así que esbozo una sonrisa, me conoce muy bien, todos lo hacen. Sin embargo, ¡NO RESPETAN MIS PUTOS DÍAS SAGRADOS! Contengo el tic nervioso en mi ojo izquierdo. — Me conoce usted muy bien —le hago saber, se ríe ante mis palabras; su risa es suave, maternal—. Voy al mercado por unas cosas para mamá. — Oh, Wesley va a salir para allá. Te puede dar un aventón. Me sería bastante útil ese aventón, pero sonrío con educación para luego negar. — No es necesario... — Oh, no seas testaruda —niega mientras sonríe—. Espera un poco, no tarda. — Bien...sólo por usted —le hago saber. — ¡Wesley Jones! Baja en este mismísimo instante —grita la señora Amelia para que su hijo salga de donde sea que esté. — ¡Voy! —grita éste desde el interior de la casa. Un par de segundos después, West sale por la puerta principal. — No es necesario que grites —se queja, acomodado los lentes de sol oscuros que cubren sus ojos claros. Virgen de la belleza, West es una de tus hermosas creaciones... lástima que lo conozco lo suficiente para saber que es un idiota. Alza la mirada y me enfoca. Una de sus cejas se eleva mientras una sonrisa pícara aborda sus gruesos labios. — Hola. — Hola —lo saludo mientras niego. Sé lo que posiblemente se imagina. Pervertido de mierda. — Wesley, compras lo que te dije. Llevas y traes a Natalie —objeta su madre. — Sí, seguro —muestra desinterés por las palabras de su madre—. Vámonos. Esta vez se dirige hacia mí, luego lo veo caminar hasta el garaje. — Adiós, señora Amelia —me despido con la mano. — Adiós, cielo. Sigo a West en un trote leve. Lo espero mientras saca su lindo auto color n***o del garaje. Cuando por fin está afuera, me hace señas para que suba dentro del auto. Lo hago sin hacerme de rogar, quiero comprar las cosas y volver a casa a dormir. — Dios, pero que lindas piernas tienes —musita con un leve toque de coquetería. Niego ante sus palabras. — Gracias, West —respondo como si ese hubiese sido de los halagos más comunes que he escuchado. — ¿Eso es lo único que vas a decir? —pregunta mientras da marcha al auto. Mis cejas se fruncen. — ¿Qué se supone que quieres que diga? — No sé ¿lanzarte encima de mi cómo lo hacen todas? ¿Insinuarte? ¿Qué se yo? Eso es cosa de chicas. — ¿Cómo qué cosa de chicas? ¿Por que demonios eres tan imbécil? —me quejo, retorciéndome en el asiento—. Además, no creas que soy como todas las chicas con las que sueles salir.— Quizá por eso nunca te hice mía —dice, cayéndose de hombros cómo si lo que acaba de decir hubiese sido lo más normal. — Ni siquiera quería que me hicieras "tuya" —le hago saber— y agradezco que digas que por ser como soy nunca me llevaste a la cama. — ¿Por qué? No es un cumplido precisamente. — Cállate, West —ruedo los ojos comenzando a ver por la ventana. — Bien, mejor hablemos de los chismes del colegio. Sonrío. — Eres peor que una mujer. Hace una mueca graciosa comenzando a hablar. Charlamos de estupideces camino a la tienda, sus vacaciones, las mías, entre eso los chismes del colegio. Él es muchísimo más popular que yo por lo que sabe los más oscuros secretos que habitan en los pasillos de nuestra preparatoria. Cuando por fin llegamos a la tienda, aparcamos en un lugar vacío, bajamos del auto y nos despedimos dentro ya que él va hacia la sección de verduras y yo hacia donde están las carnes. Camino por el pasillo mirando los anaqueles mientras frunzo las cejas instintivamente. Saco la lista de compras del bolso y la leo. — Bien...salchichas —digo de manera baja, es lo primero que hay en la lista. — ¿Te gustan la salchichas? —una voz femenina conocida entra en mis oídos. Me doy vuelta para encontrarme con Nazareth y Nairobi, primas de mi mejor amiga —además de primas de Nomar—. Hace mucho tiempo que no las veía.7 — ¡Nat! —chillan, lanzándose sobre mí, rodeándome en un abrazo asfixiante. — Chicas —les devuelvo el abrazo. Las extrañaba. ¿Toda las vacaciones de verano sin saber de mis mejores amigas? Eso es una tortura. — Tanto tiempo sin verte, te extrañamos tanto —asegura Nazareth mientras se separan de mí—. Mírate, estás preciosa. — Yo la extrañe más —les aseguro—. Y...eh...bueno gracias. Ustedes están bellísimas. — Ay, gracias —responde Nai, sonriendo con dulzura—. ¿Qué haces aquí? Bien, eso sonó estúpido, obvio que comprando. Reformulo la pregunta ¿qué me cuentas? Mi cerebro sufre un borrón automático y olvido completamente que hice en todas mis vacaciones. — No tengo nada nuevo para contarles. Pero cuéntenme de ustedes ¿Qué tal sus vacaciones? — Bueno, vinimos con los chicos a comprar unas cosas para mamá y nuestras vacaciones fueron lo máximo ¿verdad, Naza? — Estuvieron buenísimas —responde Nazareth en medio de un chillido—. ¿Qué vas a hacer en la noche? — Sí... ¿Qué vas a hacer? Salgamos un rato —sugiere Nai con emoción. — Em...Rachell y yo teníamos planeado ir a Amnesia pero... — ¡Amnesia me encanta! —suelta un gritito Nazareth. Nai y yo la callamos ya que llama la atención de varios clientes. Dignas primas de Rachell debían ser. Ambas fiesteras hasta cansarse y aman ese antro con su vida. — No grites —me apresuro a decir entre risas. Extrañaba sus locuras. — Bien, iremos a Amnesia entonces —sentencia Nai— ¿nos vemos allá a qué hora? — Doce, ¿les parece? —sugiero, maquinando dentro de mi cerebro si en ese tiempo mi mejor amiga estará lista. — Sí, me parece perfecto —acepta Nazareth. Puedo notar lo emocionada que está. Las chicas me ayudan a buscar las cosas de la lista para terminar mas rápido, mientras lo hacemos ellas me cuentan sobre lo divertidas y alocadas que fueron sus vacaciones. Me alegra que se hayan divertido tanto. Cuando por fin terminamos, es hora de despedirnos. — Bien, gracias por ayudarme —les agradezco después de haber pagado por las compras. — No te preocupes —Naza sonríe y toma una de las bolsas ayudándome con ella. Salimos de la tienda y no veo al imbécil de West. ¿Donde se habrá metido? Busco su auto con la mirada dentro del estacionamiento y ahí está, en el mismo sitio, lo que quiere decir que está aquí por algún lado. Mis ojos escanean el lugar hasta dar con un grupo de personas conocidas en donde se encuentra él. Está recostado a una camioneta gris gigantesca. Habla con dos chicos a los cual conozco muy bien. Ni siquiera me doy cuenta cuando mi corazón comienza bombear sangre con irregularidad. Ah, mierda. Y ahí está, sonriendo como sólo él sabe hacerlo, aquella sonrisa que tiene la capacidad de detener mi corazón. ¿Por qué que tenías que ser tú? Tú otra vez.
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