Ya por la mañana. Kublai despertó notoriamente mejorado. Al ver a Heller, pálido, malherido del brazo, y recostado en el suelo, supo que tenía que aprovechar ese momento, pretendía marcharse y ya. Pero retrocedió. Aquello debía tratarse de un espejismo, era una trampa tecnológica. Ahora, en el lugar de Heller estaba Tell. Aquello era inconcebible. De todas formas, Kublai avanzó hacia él. El rostro de Tell estaba muy pálido, y frágil, aquello le parecía tan irreal, le turbaba. Y de vuelta, aquella persona, ante sus ojos, se convirtió en Heller. Kublai sentía nauseas, una punzada en la cabeza que casi le obligaba a perder el equilibrio, retrocedió hasta verse obstruido por la pared, se dejó caer hasta el suelo. Entre delirios Heller abrió los ojos, murmuraba. —Ah, mi Kublai, no salga

