CAPÍTULO 5

1464 Words
La ciudad, incluso en silencio, era un monstruo que masticaba pensamientos. El camino de regreso desde la playa lo hizo en piloto automático, sin música, sin distracciones. Solo el sonido de sus propios pasos, y aquella frase que no dejaba de repetirse: "Quizá no te estás perdiendo... quizá te estás encontrando." Casi le irritaba lo mucho que resonaba. ¿Quién era ese hombre para meterle ideas en la cabeza? ¿Y por qué diablos se sentía menos sola desde que lo escuchó? Al llegar a casa, evitó a su madre. Fingió cansancio, subió las escaleras como si cada peldaño costara una confesión. Cerró la puerta de su cuarto y apoyó la espalda contra ella. No lloró. Aún no. Pero algo en su estómago se encogía con fuerza. Como si su cuerpo supiera lo que su mente aún no aceptaba: que se había abierto una g****a. Pequeña, pero profunda. El vacío no se había ido. Pero ahora tenía nombre. Se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas, rodeada de telas, papeles y dibujos a medio terminar. En cualquier otra noche, se habría volcado en el trabajo como una autómata. Pero esta vez no. Esta vez sus ojos no buscaban inspiración, sino recuerdos. Miró al estante más bajo del armario. A esa caja olvidada. Una caja de cartón sin nada especial, salvo por una palabra escrita en tinta azul casi borrosa: “Andrés.” No tenía que abrirla. Podía ignorarla como siempre. Podía seguir fingiendo que la historia de su padre era un capítulo mal escrito que se tachó con marcador n***o. Pero la verdad era que lo recordaba. Vagamente. A retazos. Su perfume cuando la cargaba. El sonido de su risa grave. La manera en que le llamaba “hormiguita” cuando corría por la sala. Y luego... el silencio. El abandono. Abrió la caja con las manos temblorosas. Dentro había una pequeña colección de objetos que parecían de otro universo. Un reloj antiguo, elegante, con la correa agrietada. Una fotografía en la que ella tenía unos cinco años, subida a los hombros de un hombre que sonreía como si todo estuviera bien. Unas entradas de cine, dobladas. Y, encima de todo, una carta sellada con su nombre: “Para Tracy. Ábrela cuando estés lista.” Tracy tragó saliva. Había olvidado completamente esa carta. ¿Cuántos años llevaba ahí? ¿Diez? ¿Más? La sostuvo como si quemara. Una parte de ella quería lanzarla al fondo del cajón. Otra, abrirla y gritarle al papel todo lo que su boca no pudo decir en años. Se levantó. Caminó por la habitación con la carta en la mano. Iba y venía como si eso retrasara el momento. Se asomó a la ventana. El cielo estaba despejado, oscuro, y la luna colgaba del cielo como un ojo que todo lo ve. Sus ojos se llenaron de lágrimas contenidas. No lloraba por él. Lloraba por ella. Por la niña que no entendía por qué papá ya no estaba. Por la adolescente que decidió que no valía la pena preguntar. Por la mujer que fingía que no le importaba. Volvió a sentarse. Esta vez frente al escritorio. Respiró hondo. Y con una decisión casi brutal, rompió el sobre. El primer golpe fue la caligrafía: limpia, elegante. Tan distinta a su madre, tan cuidada. Leyó las primeras palabras y algo en su pecho se aflojó. “Tracy: Si estás leyendo esto, supongo que algo dentro de ti ha decidido que es tiempo. No tengo derecho a pedirte nada. Ni a justificarme. Solo quiero contarte mi verdad, no para limpiar mi conciencia, sino porque creo que mereces saber quién eres, de dónde vienes… y por qué me fui.” Su respiración se hizo más lenta. Las palabras golpeaban como olas. No eran frases rebuscadas. No era un intento de redención. Era un hombre roto, hablando desde el lugar donde se esconden los cobardes. “Siempre supe que eras más fuerte que yo. Desde que naciste. Esa mirada tuya… era una mezcla de fuego y hielo. Me dabas miedo, ¿sabes? No porque fueras mala. Al contrario. Porque eras tan real, tan intensa… y yo ya no sabía cómo vivir con algo real.” Tracy sintió un nudo en la garganta. Cerró los ojos. ¿Qué se suponía que debía sentir? ¿Rabia? ¿Tristeza? ¿Paz? Era todo eso a la vez. Y nada. “Te fallé. Y no espero perdón. Pero quiero que sepas que mi amor nunca se fue. Solo yo me fui. Por cobarde. Por débil. Porque pensé que era mejor que crecieras sin mí que conmigo hecho pedazos.” Ahí se detuvo. Apretó la carta contra su pecho. No la terminó. No todavía. Pero algo había cambiado. No era redención. No era reconciliación. Era un primer paso hacia la verdad. Y la verdad —aunque dolía— era el único lugar desde donde podía comenzar a reconstruirse. El silencio era espeso. Podías masticarlo. Podías tragártelo como si fuera culpa. Tracy tenía la carta frente a ella. La había sostenido por tanto tiempo que el papel estaba tibio, como si absorbiera la duda que le recorría los dedos. “Para Tracy. Ábrela cuando estés lista.” Ese “cuando” había llegado sin pedir permiso. No por valentía. Por agotamiento. Porque seguir ignorándolo pesaba más que enfrentarlo. Despegó el sobre con lentitud. No por delicadeza, sino por miedo a que al leerla... ya no hubiera excusas. La hoja estaba escrita a mano. La misma caligrafía firme, exacta. No temblaba. No parecía la de alguien arrepentido, ni quebrado. Era serena. Casi… dolorosamente clara. _“Hola, Tracy. Si estás leyendo esto, es porque ya no tengo derecho a pedirte nada. Y eso está bien. No espero que me perdones. No escribo para defenderme. Solo quiero que tengas algo: La verdad.”_ Tracy tragó saliva, obligándose a seguir. _“Me fui porque no supe cómo quedarme. Porque tu madre y yo ya éramos un campo de batalla y tú apenas una niña. Me convencí de que mi presencia te haría daño. Lo fácil hubiera sido quedarme y fingir. Pero soy un cobarde. Y los cobardes siempre encuentran excusas que suenan como razones.”_ El corazón de Tracy empezó a apretar. No dolía en lágrimas. Dolía en la garganta, como un nudo, como cuando te dicen “te quiero” y no sabés qué responder. _“Te vi una vez, años después. Estabas saliendo de una feria de diseño. Llevabas una libreta en la mano y ese gesto concentrado que heredaste de tu madre. No me acerqué. No tuve derecho. Pero te vi. Y sentí orgullo. Un orgullo absurdo, lo sé. ¿Cómo puede uno sentirse orgulloso de alguien que ha fallado en cuidar?”_ Tracy apoyó la carta en el escritorio. Respiró hondo, como si hubiera corrido. No sabía qué sentir. Ni qué pensar. Era como si alguien hubiese abierto una ventana en un cuarto cerrado por años y la luz… molestara. _“No quiero que pienses que esto es una despedida. Es solo… un testimonio. De que existo. De que te pienso. Y de que te amé. Aunque haya sido mal. Aunque haya sido lejos.”_ La última línea la leyó tres veces: “Tú no tuviste la culpa de nada. No dejes que mi ausencia te enseñe lo contrario.” No lloró. Al menos, no como esperaba. Pero se quedó sentada frente a la carta mucho tiempo. Sin moverse. Sin diseñar. Sin pensar en telas, en deadlines, en r************* . Solo ella. Ella y esa versión suya que siempre creyó que no era suficiente para que su padre se quedara. Ahora lo entendía: no se había ido por ella. Se había ido por él mismo. Y eso, de algún modo extraño, dolía y aliviaba al mismo tiempo. —¿Qué estás haciendo despierta a esta hora? —dijo la voz cansada de su madre desde el pasillo. Tracy no respondió enseguida. Dudó. Por costumbre. Por defensa. Pero esta vez… algo cambió. —Estoy leyendo algo de papá. Un silencio. Casi eléctrico. —Ah… —dijo la madre. Ni sorpresa ni reproche. Solo resignación—. ¿Encontraste la carta? Tracy asintió. Y contra todo pronóstico… se atrevió a preguntar: —¿Por qué nunca hablaste de él? La mujer apoyó la espalda en el marco de la puerta. No entró. Pero tampoco huyó. —Porque no quería que te rompiera como me rompió a mí. Tracy bajó la mirada. —Ya estaba rota. Esa noche no durmió. Pero no porque el pasado pesara… Sino porque por primera vez, quería entenderlo. El día amaneció lento. Y ella tenía una decisión que tomar. No sobre perdonar. Eso podía esperar. Sino sobre si iba a seguir diseñando desde la rabia… o desde la verdad.
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