Introducción.
una noche fría y desolada, de esas donde ni las estrellas tienen ganas de hacer acto de presencia. Por una razón que siempre fue un misterio, una mujer esbelta y con una gran nota de cansancio marcada en su semblante, transitaba aquella noche por las calles sin rumbo fijo.
Su mirada ojerosa se iluminó cuando ya llevaba rato andando y el silencio rozaba la madrugada. La mujer no tuvo que pensarlo dos veces al dejar la cesta que llevaba entre sus manos con tanto remordimiento, tocó al timbre del orfanato que se cernía frente a ella y se echó a andar sin mirar atrás, dejando que la oscuridad arropase sus sombras, y que la distancia borrase sus memorias de ser una madre involuntaria.
Una hermana somnolieta salió, miró a ambos lados de la calle y suspiró con amargura al pensar que habría sido una broma de algún muchachito rebelde, pero espabiló en sí cuando sus oídos se agudizaron y percibieron un quejido, fue entonces cuando miró la cesta en el suelo. La hermana se agachó y cubrió su boca con sorpresa al remover las sábanas y encontrarse con una bebé que no debía tener más de dos meses de nacida. Se persignó y pidió perdón de parte de cualquier persona carente de alma que había cometido la acción pecaminosa de abandonar un ángel en medio de una calle tan gélida y solitaria.
Habían pasado siete años de aquel suceso cuando un maravilloso matrimonio de un solo hijo decidió adoptar a esa niña. No le habían asignado un nombre específico porque el orfanato era algo pobre como para darse el lujo de acudir a trámites legales para colocarle nombre a alguien. El hijo de su familia adoptiva se llamaba Heither, entonces, la niña por decisión propia, quiso llamarse Heather para así compartir algo casi común con su hermano.
Casi parecían hermanos de sangre, se llevaban demasiado bien.
Heather se convirtió en la consentida de su padre conforme pasaba el tiempo.
Una tarde, mientras su madre estaba en casa de una vecina, y su padre en alguna licorería disfrutando de algún partido de fútbol junto unas buenas cervezas y amigos; Heather estaba en el cuarto de su hermano, viendo revistas al azar.
—¿La conoces? —le preguntó una Heather de nueve años a su hermano mayor, quien revisaba distraídamente su portátil.
—¿A quién? —inquirió él, sin apartar la vista del teclado.
—A ella, a la chica de la portada —la pequeña colocó la revista frente a él para que pudiese entenderla.
—No —le respondió su hermano, con simpleza.
—Y si no la conoces, ¿por qué tienes una foto suya?
Heither rió entre dientes y continuó ignorándola, su hermanita tendía a ser bastante curiosa.
—¿De qué te ríes? —no recibió respuesta —Oye, no me ignores —tomó una almohada y golpeó a su hermano en la cabeza.
—La tengo porque me gusta —respondió Heither, al fin—. ¿Feliz?
La nena volvió su mirada gris y curiosa a la mujer de la revista, se veía muy linda con unos vaqueros y un sujetador que cubría apenas una pequeña parte de sus senos.
—Si yo fuera como ella, ¿también le gustaría a los chicos? —continuó ella con sus preguntas, su hermano rodó los ojos antes de dejar la portátil a un lado para prestarle más atención.
—¿Qué quieres exactamente? —cuestionó, repiqueteando los dedos sobre su estómago.
—Quiero ser como ella —señaló la imágen —. Quiero aparecer en revistas y ser así de bonita.
—Entonces hablaremos con papá para que entres a una escuela de modelaje.
—¿Harías eso por mí? —su mirada se iluminó.
—Claro, hermanita —él estiró una mano para desordenarle el cabello, a lo que ella puso una mueca de disgusto.
Dos semamas después, su padre ya la había inscrito a la mejor academia de modelaje de toda la ciudad.
Heather había descubierto que aquello le gusta mucho, y se convenció de ello mientras pasaba los años y colgaba más bandas y medallas en la pared de su cuarto. Esa hermosura de ojos grises y cabello penumbroso había nacido para la pasarela, había nacido para ser admirada...
Su propia belleza, en parte, fue el inicio de su tragedia.
Heather tenía diecinueve años cuando una noche despertó de un respingo al sentir una presión sobre su boca. Un hombre con pasamontañas la había tomado con brusquedad para que no pudiera hacer ruido. Un fanático.
Heather quedó rígida al sentir el metal frío contra su cuello, vio por el rabillo del ojo su propio reflejo en la hoja de la navaja con que la amenazaban si gritaba.
El intruso la hizo salir de su habitación con sigilo y cuidado, ella en ningún momento dejó de tener el objeto filozo contra su piel. Las lágrimas calientes descendían por sus mejillas, estaba muerta del miedo. ¿Qué harían con ella? No dejaba de imaginarse lo peor, miles de posibilidades pasaron por su mente, y todas tenían un final trágico.
Una taquicardia atemorizante comenzó a rugir con insistencia bajo su pecho ante la idea de dejar de ser modelo de revistas para pasar a salir en carteles blanco y n***o junto a la palabra "Desaparecida" sus dedos temblaron un poco, apenas podía caminar por el susto.
Emitió un chillido agudo cuando su captor tropezó con un pequeño banquito de madera, entonces él inmediatamente se sintió amenazado al no poder disimular su error. Primero, la apretó contra su pecho, sin saber cómo proceder ante la situación, había estropeado cualquiera que hubiese sido su plan; luego la soltó y la hizo caer al suelo con brusquedad, haciendo que ella se golpeara la cabeza contra el borde de una baja mesa de cristal.
Heather comenzó a marearse a causa del golpe, luchó por mantenerse despierta para no correr peligro de ninguna forma... pero lo último que fue capaz de visualizar, fue la luz de la habitación de su hermano ser encendida, y al encapuchado correr hacia la ventana de la cocina. Luego todo fue oscuridad.