Capítulo uno.

1332 Words
—Yo llevo estás últimas dos, tú ve, el camión está por irse  —Heither le dio un leve empejón a su hermana para encargarse de las dos cajas que quedaban. Heather le echó un último vistazo al lugar y sintió una especie de nostalgia adelantada al tener que despedirse del primer hogar que le había pertenecido, aquel donde creó los primeros y más bellos recuerdos junto a su familia. La comisura de sus labios bajó junto a sus hombros, no era justo tener que irse por culpa de un fanático loco que intentó llevársela —quién sabe para qué— a mitad de la madrugada. Ese era un misterio que seguía sin ser resuelto. La policía dijo que no podían denunciar a alguien del que no conocían ni el nombre. Ese hombre que se metió a su habitación, había planeado todo perfectamente, pues no había dejado huellas, el único margen de error —y la salvación de Heather— fue no haber notado un estúpido banquito de madera. En fin, para la policía era completamente absurdo ir tras un fantasma sin pistas ni procedencia. La única alternativa que tenían era irse de la ciudad y comenzar desde cero en un sitio distinto Heither terminó de subir las últimas cajas al camión y se despidió de sus padres y hermana con un gesto antes de entrar de nuevo a la casa. Él se encontraría con ellos unos días después, luego de solucionar la venta de esa casa y reparar la camioneta para viajar hasta allá. *** —Me duele cada partícula del cuerpo —Heather soltó un quejido de cansancio al bajar del camión. Ya habían llegado a donde se suponía que debía adaptarse, el solo recuerdo de tener que dejar su antigua universidad, amistades y demás, hizo que suspirara con algo de tristeza. Su madre la había obligado a cortar comunicación con cualquier persona a excepción de ellos, por seguridad. En fin, estaban en Miami Beach. Y su mal humor quemaba con la intensidad de mil soles. —Que exagerada —su madre rió antes de dirigirse a bajar la mudanza. Heather relajó un poco los músculos al ver el jardín principal de la que sería su nueva casa, la idea de poder plantar lirios la animó un poco. Al ceciorarse de que no la necesitaban para bajar las cajas, se adelantó a explorar un poco el interior de la casa de dos plantas. Al entrar, visualizó que la sala de estar era inmensa; siguió a la cocina y, aunque no era su lugar favorito, supo que su madre estaría maravillada con la encimera y los cajones para guardar comida. Heither había comprado la casa, su hermanito hasta buen gusto tenía. Con un poco más de ánimo, subió las escaleras de madera pulida y se encontró con un pasillo mediano, sus dedos acariciaron un cuadro con un arte abstracto que reposaba en una pared. —Cinco habitaciones —dijo para sí misma. Abrió las puertas una por una, cada cuarto tenía su toque único, pero a ella le llamó más la atención la cuarta habitación; tenía un baño privado con una bañera y una ducha individual, luego se fijó en el balcón, del cual se apoyó un momento para quedarse tranquila, mirando un árbol que tenía justo al lado. Después se fijó en una cerca blanca que separaba el patio trasero del de sus nuevos vecinos y parpadeó con algo de... ¿paz? —Veo que ya alguien escogió su habitación —la voz de su padre la hizo voltearse para mirarlo con un atisbo de sonrisa. —Sí, me quedaré con esta. Tal vez los nuevos comienzos no sean tan malos... ¿verdad? *** Heather terminó de colocarse un jersey n***o junto a um gorro de lana color gris. Bajó las escaleras para luego salir de la casa, no sin antes avisar a sus padres que caminaría por ahí un rato para ir conociendo el lugar. Miami era caluroso, pero en la noche sí que hacía frío. Se abrazó a sí misma después de colocarse los auriculares y seleccionar su playlist de Shawn Mendes. Comenzó a caminar de manera despreocupada mientras se limitaba a escuchar Stitches. Detuvo su solitaria travesía al encontrarse con una figura masculina, sentada a unos metros en la acera. Ella pausó la música, pero no se quitó los audífonos. —Sé que tengo mala pinta, pero no voy a robarte —expresó aquel hombre desconocido, con un tono fuerte y delicado a su vez. Expulsó humo de su boca, sólo entonces Heather se dio cuenta de que él sostenía un cigarrillo entre los dedos. —¿Eres nueva por aquí? —él lanzó la pregunta, alzó la cabeza para dejarse ver el rostro, y Heather frunció ligeramente el entrecejo al ver aquella heterocromía que habitaba en su mirada. Tenía el ojo derecho color azul oscuro con— lo que parecían ser— manchas marrones, y el izquierdo era simplemente de color café. Heather reaccionó al captar que el desconocido elevó una de sus cejas, no hacía falta ser adivina para darse cuenta de que aquel gesto lo hizo al creer que era medio retrasada. La verdad era que había quedado atontada con la diferencia de sus ojos. —Sí, llegué hoy —contestó, luego de lo que pareció ser una eternidad. Él asintió, pensativo, y palpó sus bolsillos antes de sacar una cajetilla de cigarrillos. —Bienvenida al vecindario... —le ofreció un cigarrillo y, a su vez, intentando recordar su nombre, pero la verdad era que no se lo había dicho. —Heather —ella le hizo saber, quitándose los auriculares para no pasar por mal educada. —Heather —repitió el hombre. —Gracias, pero no fumo —ella arrugó la naríz con disgusto, y él simplemente se encogió de hombros. —Más para mí. Volvió a sentarse en la acera y se encendió el cigarrillo. Heather dudó en si sentarse, o seguir de largo. El sitio no era muy transitado que se pudiese decir. —Te van a salir raíces —comentó el aún desconocido en un tono burlón al ver que ella seguía ahí parada, ella apretó los labios. Le fue a la primera opción y se sentó a su lado. —¿Tú como te llamas? —preguntó luego de unos largos minutos donde el único ruido fueron algunos autos pasando. —Mike —contestó, expulsando humo de su boca hacia la cara de Heather, aquello la hizo toser como loca. —¡Que grosero! —chilló, él la ignoró, asegurando en su mente que observar el humo disiparse en el aire resultaba más interesante que pasar tiempo junto a esa tal Heather. Muy simpático el tipo. Heather sacó su reproductor de música para poner una playlist de Harry Styles, y así ignorarse mutuamente. Pasaron unas cinco canciones, tarareó algunas mientras Mike solo se dedicaba a fumar y ver hacia la nada. Lo miró por el rabillo del ojo. Iba todo vestido de n***o, a excepción de su gorro que era gris igual al de ella, uno que otro mechón rebelde se salía de él. Ella opinó con una mueca casi invisible que tenía un cabello marrón muy bonito. Se giró para volver a ver hacia el frente y abrazó sus piernas. Un par de minutos más bastaron para que se cansara de estar ahí sentada sin hacer nada, Heather se levantó y miró la hora en el pequeño reloj digital de su muñeca. 10:01 p.m. Sin preocuparse por despedirse de Mike, comenzó a trazar el camino de vuelta a casa. Alguien le quitó uno de los auriculares y se giró para encontrarse con él nuevamente. —El sábado a las nueve, te paso buscando. —¿Siquiera sabes donde vivo?— ella alzó su rostro para verlo con el ceño fruncido, era dos cabezas más alto que ella. —Por ahí averiguo —soltó sin esperar respuesta de su parte, y se giró para comenzar a caminar en sentido contrario.
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