Capítulo dos.

1650 Words
Los rayos del sol iluminaron la cara somnolienta de Heather, ella soltó una maldición interna al sentir la luz incómoda contra sus párpados. Se levantó aún bostezando, luego asesinó con la mirada a su hermano, él pareció muy divertido con la escena. Después de darse una pequeña ducha en su cuarto de baño, se envolvió en un albornoz y regresó a la habitación. —Yo también me alegro de verte, corazón —ironizó Heither, ganándose otra mirada que habría helado el infierno. Ambas en el tiempo record de una misma mañana. —Que hayas llegado temprano no te da derecho de despertarme. Y por favor date vuelta, que me voy a vestir —Heather colocó los ojos en blanco antes de que él le diera la espalda. Se colocó rápidamente unos jeans negros desgastados, una camisa de botones con lirios estampados, y unos vans. —Ya. Cogió un peine y lo deslizó un poco por su cabello antes de regresarlo a la mesa, no le costó mucho trabajo, era perfecta y afortunadamente lacia por naturaleza. —Mamá me mandó para decirte que el desayuno está listo, pero quise hacer de las mías despertándote —Heither sonrió y salió de la habitación luego de intentar darle un beso en la frente, uno que ella aceptó a regañadientes. Heather amaba a su hermano, pero le caía pesadísimo cuando se ponía en plan imbécil y burlista. Después de alistar algunas cosas en su mochila, bajó hasta el comedor. Su padre estaba sentado con toda su atención en el periódico, su madre preparando unas tostadas, y Heither andaba sentado en uno de los taburetes mientras comía una manzana verde. Desayunó tranquilamente junto a su padre, luego guardó una banana en su mochila y al cabo de unos minutos se despidió de ellos para echarse a andar con Heither a la camioneta. Habían llegado hace tres días, pero su hermano apenas había vuelto de la otra ciudad, diciendo que había tenido unos problemas con la reparación del vehículo. Ella se subió a la camioneta con algo de desconfianza, si iba a morir, no quería que fuera junto al pesado de su hermano Él comenzó a conducir con la voz de un locutor de radio haciéndoles compañía. Heather sacó la banana de su bolso y comenzó a comerla en lo que mirada los otros autos pasar por la ventana, al ver por el rabillo del ojo que su hermano despegaba los ojos de la carretera para verla, ella comenzó a masticar con la boca abierta, llevándose la mirada de disgusto que esperaba. Heither podría ser un bromista empedernido con ella, pero siempre mostraba a todos su amor por la decencia —Da vuelta hacia la derecha —indicó ella al mayor. Un día antes se había tomado la molestia de conocer al menos la fachada de la que ahora sería su universidad. Entonces conocía la ruta un poco mejor que su hermano. Ambos bajaron de la camioneta y se adentraron a la universidad. Cuando Heather intentó acercarse a su hermano para despedirlo con un gesto de cariño, Heither la detuvo con la palma de su mano al retroceder. —Las muestras de afecto están prohibidas dentro de la institución, sería una gran falta de profesionalismo de mi parte abrazarte aquí, frente a todos, ¿no crees? —inquirió el mayor, adaptando una actitud completamente distinta a la de hace un par de instantes. Una actitud seria —. No arruinemos nuestro primer día, señorita Monasterio. Heather se cruzó de brazos con una sonrisa ladeada, a Heither lo habían trasladado hacia esa misma universidad para ejercer el cargo de profesor de ciencias sociales. No fue tan complicado conseguir el puesto, pues tenía una impecable carta de referencia del antiguo instituto donde enseñaba, que también era donde su hermana estudiaba. —Que tenga buen día, profesor Monasterio —ella le dedicó una última mirada antes de que ambos tomaran caminos diferentes. Los pasillos estaban repletos de caras desconocidas para Heather, su suspiro de nervios fue sordo gracias a la algarabía matutina. Bajo algunas miradas de intriga, ella se limitó a revisar los horarios en un pisarrón que se situaba al final del pasillo, junto a la dirección. Al encontrar su aula correspondiente, fue directamente hacia ella, dejando para más tarde la búsqueda de su casillero. La primera clase que le tocaba, era psicopedagogía, una de sus favoritas, eso hizo que se relajara un poco antes de sentarse en un pupitre al azar.  Por cierto, además de una escultural modelo e hija consentida, Heather tenía el sueño de ser maestra de pre-escolar —Disculpa —una chica rubia y esbelta tocó un hombro, fue en ese momento que Heather apenas notó que había alguien en el pupitre contínuo. —¿Sí? —¿Me prestas una cola? Hace mucho calor y me molesta mi cabello— la chica rubia se echó aire con las manos dramáticamente, aquello hizo que Heather soltara una pequeña risa. Por suerte, tenía una en su muñeca. —Ten —se la tendió y su presunta compañera de clases la cogió rápidamente para trenzar su cabello. —Me llamo Sabina —ambas estrecharon sus manos. —Yo Heather. —Eres nueva, ¿cierto? Te vi ayer, en la salida, pero no tuve la oportunidad de presentarme —explicó—.Tus ojos son verdaderamente hermosos —se acerca a su rostro y la miró fijamente. La tal Sabina era agradable, y algo entrometida a su vez... —Ehhh, sí —contestó con incomodidad, cerró sus ojos como una clara indirecta para que dejase de mirarla, pero fue peor el remedio que la enfermedad porque:  —¡Cielos! ¿Tus pestañas son de verdad? —Sabina abrió sus ojos exageradamente. —Lo son —confirmó Heather y se dio vuelta lentamente para no lucir odiosa. La profesora de psicopedagogía entró en el aula y todos se quedaron en silencio al dar por comenzada la clase. *** Sabina y Heather salireron del aula apenas escucharon el timbrar de la campana, iban cuchicheando mientras se dirigían a la cafetería con la intención de merendar algo. La conversación fue interrumpida cuando el cuerpo de Heather chocó abruptamente con otra anatomía. —Lo-lo siento —un chico pelirrojo se disculpó sin siquiera mirarla mientras se reacomodaba sus anteojos. —Tranquilo —ella le dedicó una pequeña sonrisa y continuó trazando el camino a la cafetería junto a la rubia.  —¿Quieres que pida por ti? —Sabina ofreció al ver que Heather se preocupaba más por encontrar una mesa. —Sorprendeme —accedió ella, sin dejar de buscar alguna mesa desolada. Suspiró al resignarse ante la idea de que todas se encontraban ocupadas, en esa universidad estudiaba demasiada gente, ni que fuese un publico. Arqueó una ceja inconscientemente y se acercó a una mesa donde estaba sentado el pelirrojo con el que se había chocado accidentalmente unos minutos antes. —¿Puedo sentarme contigo? El chico asintió y Heather miró hacia atrás, haciéndole una seña a Sabina antes de volverse hacia él. —Soy Heather —le hizo saber con un un tono afable, él parecía ser una persona asustadiza con los nervios a mil por minuto. Pero a ella igual le pareció buena persona. A veces Heather no prestaba mucha atención a las actitudes de las personas y sólo comenzaba a relacionarse con ellas para ser agradable. Bueno, en su antiguo hogar no tenía amigas porque eran algo... ¿envidiosas? El punto era que estaba cansada de vivir en un círculo social limitado. —Nicholas —contestó el pelirrojo, apenas alzando las pestañas. Sabina se sentó en la mesa, junto a Nicholas y le pasó a Heather una bandeja que contenía una hamburguesa de pollo, papas fritas y un jugo de naranja. —¿Y bien? —inquirió, llevándose una papa a la boca. Heather dio un mordisco a su hamburguesa y le alzó ambos pulgares como aprobación. Regresó su vista al pelirrojo y lo observo detalladamente, tenía pecas esparcidas por el puente de su nariz, unas grandes gafas sobre sus ojos ébano, su cabello era ondulado y opaco. Nicholas escribiendo cosas en un papel con su mano izquierada. A simple vista lucía como un friki, hasta se le podía comparar con ese chico Lander de Perfectos Mentirosos, pero si lo detallabas a fondo, notabas que tenía su atractivo. Heather se concentró en terminar su hamburguesa cuando él la pilló en plena observación. —Lirios— él miró fijamente su camisa, Heather alzó la comisura de sus labios al volver a mirarlo. —Son mis favoritos —dijo, tomando un sorbo de su jugo—. ¿Te gustan? —Algo, sí —respondió Nicholas con simpleza. —Sabina, él es Nicholas— los presentó, al parecer no se conocían. Ambos se saludaron con una seña y nadie volvió a hablar en lo que las chicas terminaban de comer. Los tres dejaron las bandejas en su sitio y comenzaron a hacerse paso a la salida de la cafetería, dispuestos a entrar en la siguiente clase. —Heather— Nicholas llamó a Heather, antes de que ella entrase a su aula. —Dime. —Eres muy bonita —dijo con una seriedad nata, casi sombría. —Grac... —Deberías andar con cuidado —la interrumpió, aquello hizo que ella se tensara, casi sin razón—. Tu propia belleza podría condenarte. —Bien —ella optó por mirarlo con el ceño fruncido. —No lo digo por mal, ¿bien? —soltó un bufido y subió la cremallera de su suéter —. Sólo... ten cuidado. Heather asintió, a pesar de que él no la vería porque le había dado la espalda. Ella pasó saliva invisible y se adentró al salón, donde ya Sabina le había apartado el puesto. Pero la repentina y extraña advertencia de aquel chico dio vueltas en su mente durante lo que quedó de la tarde.
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