Heather subía las escaleras con el fin de llegar a su habitación, colocarse un pijama e ir a descansar. Permanecía serena mientras tarareaba una canción de The Beatles. Sintió que la semana había pasado rápida, eso fue gracias a la compañía de Sabina y Nicholas que le alegraron cada clase que compartían.
Ambos parecían prestarle más atención de la necesaria... pero a Heather eso no le importaba con tal de no estar sola y aburrida en una universidad tan grande y abarrotada.
Peinó distraídamente su cabello luego de hacerse con un babydol lila, se acurrucó entre sus sábanas, encendió el aire acondicionado con el control y cerró sus ojos para conciliar el sueño.
Estaba logrando quedarse dormida cuando una especie de crugir hizo que saliera de las sábanas, soltando un gruñido de fastidio, quizás era algún animal noctur...
Soltó un grito exagerado cuando se asomó por el balcón, sus ojos casi amenazaron con salir de sus órbitas. Mike, el chico que conoció unas noches atrás mientras caminaba por las calles, puso los ojos en blanco ante su absurdo chillido de terror.
—¡¿QUÉ MIERDA HACES AHÍ ARRIBA?! —reclamó Heather, con el corazón en la boca.
—Te dije que pasaría por ti el sábado —contestó Mike en su lugar, sin siquiera inmutarse por la reacción de la chica.
—Hoy no es sábado, Mike —ella frunció el ceño, él dio un suspiro cansado y apretó los labios.
—Hoy es sábado, Heather.
La susodicha entreabrió los labios, ¿en dónde había tenido la cabeza? Bueno, a ser sincera, ella casi se había olvidado de la existencia de Mike, je, je...
Él terminó de subir el árbol sin mucho esfuerzo y se sentó en el borde del balcón, acto seguido se encendió un cigarrillo y expulsó el humo contra la cara de Heather, ella puso una mueca de asco.
—¿Cuándo dejarás de hacer eso? —inquirió, agitando la mano para alejar el olor repugnante—. Es extremadamente desagradable.
—¿Irás vestida así? —él la ignoró, arqueando una ceja.
—¿Como sabías donde vivo? —tal parece que estaban jugando a desviar las preguntas con otras que ni iban al caso.
—Te dije que por ahí averiguaba —él volvió a colocar los ojos en blanco en lo que daba otra calada y retenía el humo para luego verlo disiparsd en el aire—, y así lo hice.
Después de comprender que él no estaría dispuesto a alimentar mucho su curiosidad, Heather regresó a su habitación y se cambió el pijama por una falda blanca y un top verde militar que cogió de una gaveta al azar, se dejó el cabello suelto y regresó al balcón.
Mike se lanzó al ver que ya estaba lista, ella lo miró con incredulidad.
—Para eso está la puerta, Mike —le recordó—. Aunque no estuvo tan mal eso de querer ser Romeo —alzó la comisura de sus labios y él simplemente bufó, pisando la colilla del cigarrillo con la suela.
Heather agarró su monedero y bajó con cuidado las escaleras para después salir de la casa con el mayor de los sigilos. Lo último que quería era que su hermano se enterara de que andaba a esas horas por la calle junto a un desconocido, Heither había comenzado a ser más precavido con ella desde el intento de secuestro.
Aunque no iba con un completo desconocido, al menos sabía que se llamaba Mike, ¿no?
Mike comenzó a caminar cuando la vio salir, ella tuvo que trotar un poco para lograr igualar su paso.
—¿A dónde vamos?
Él rascó su nuca y soltó una profunda exhalación.
—¿Qué?
—Preguntas mucho.
Heather abrió su boca para protestar, pero le dio una mala mirada y siguieron caminando en silencio.
Duraron al menos veinte minutos andando. Todas las calles estarían del todo solitarias de no ser por los vagabundos y animales callejeros, los únicos establecimientos abiertos eran unas cuantas farmacias.
—Quitate los zapatos y luego cierra tus ojos —pidió Mike, deteniéndose por algún motivo que Heather no alcanzó a discernir.
—¿Como para qué?
—¿Confías en mí? —él se cruzó de brazos.
—No —contestó ella, casi de forma automática.
—Eso está bien —Mike soltó una risa por lo bajo—. Nunca confíes en mí, ¿bien? —musitó, aún con un tono burlista.
Aquello le causó una especie de escalofrío a la chica, hace un par de días Nicholas le había dicho que tuviese cuidado por el solo hecho de ser demasiado hermosa, y ahora Mike le salía con que jamás debía fiarse de él.
El sol intenso de Miami Beach como que quemaba la coherencia de sus habitantes.
Heather simplemente asintió y se quitó los zapatos para luego cerrar sus ojos y que pasara lo que tuviera que pasar, ya si sucedía algo raro, contaba con la desgracia de que no recordaba cómo coño devolverse a la casa. Mike colocó sus manos sobre los párpados de Heather para que no pudiera ver nada, luego la hizo caminar descalza sobre ek asfalto, la hizo cruzar hacia alguna dirección desconocida y luego la sensación de suelo desapareció para ser reemplazada por algo más ligero... ¿Madera?
Sí, eso era, madera.
Mike le pidió que se sentara en el suelo y ella lo hizo con ciudado, él apartó sus manos con lentitud y Heather parpadeó varias veces para acostumbrarse al panorama.
—¡Por Dios, Mike! —ella cubrió su boca con asombro—. Esto está hermoso.
—Ajá —él se deshizo del calzado y se sentó junto a ella, a la orilla del muelle.
Sus piés jugueteaban dentro del agua, moviendose hacia adelante y hacia atrás, la luna llena se veía súper grande a lo lejos, anque daba la sensación de que sólo debías inclinarte un poco para poder tenerla entre las manos.
—¿Por qué lo hiciste? —Heather sompió el espeso silencio que los envolvía, interrumpido sólo por el chapotear del agua.
Él simplemente se encogió de hombros antes de encenderse el segundo cigarrillo de la noche, expulsó el humo contra la cara de Heather. Pese a que sólo se habían visto dos veces, se estaba convirtiendo en una especie de constumbre eso de aspirar el resultado de su vicio.
—Te pareces a la oruga de Alicia en el país de las maravillas —Heather apretó los labios—. Y yo soy Alicia.
—Mhmm —expresó indiferencia ante su comparación—. Es relajante venir aquí. Casi siempre lo hago —formuló más de una oración, por primera vez en lo que llevaba de noche.
—¿Desde cuando vienes? —se atrevió a preguntar, aprovechando que al Mike le había picado el mosquito de la comunicación.
Él colocó una mano subre su barbilla en un gesto pensativo. Heather palideció y se arrepintió de curiosear al escuchar su respuesta.
—Desde que maté a mi novia.
Lo dijo así, casual. Como si uno matara a su novia todos los días, como un pasatiempo común de fin de semana...
Heather se tensó mientras sacaba lentamente los pies del agua, no se percató de su lentitud sino hasta que se levantó y Mike encerró el puño sobre su muñeca sin dificultad alguna.
—Heather —pronunció, afable.
—Sueltame —pidió ella. Mike sólo acrecentaba su desespero al mantener su expresión impasible y sombría—. ¡Me lastimas!— con la otra mano, ella intentó liberarse, pero Mike reafirmó el agarre.
—Heather, ni me has dejado explicarte —se mantuvo sereno en todo momento—. Veo que te gusta juzgar sin conocer —negó con la cabeza, como si fuese ella la loca—. De paso, si hubiese querido matarte a ti, ya lo hubiese hecho.
Miró directamente los ojos de Heather, ella tragó saliva nerviosamente. Bueno, tenía razón, tampoco es que aparte de ser modelo supiera defensa o artes marciales. Debía mantener la calma...
Cuando pareció más tranquila, Mike la soltó. Ella, orgullosa de su magnifica y eficiente actuación, echó a correr sin mirar atrás.
Objetivo: Perderlo de vista.
Destino: A donde sea que no sea con él.
Consecuencia: Posiblemente, nueva mudanza.
Obstáculo: El presunto psicópata era más rápido que ella.
Al alcanzarla —cabe destacar que sin mucho esfuerzo—, la agarró por la cintura, haciendo que ella se helara, y no precisamente por el frío que estaba haciendo.
—Vuelve a sentarte, por favor.
Heather se dio vuelta, ya sin saber qué hacer, tenía todas las de perder. Miró al cielo, buscando alguna señal divina o ventaja misericordiosa, pero sólo encontró constelaciones que desconocía. ¿Acaso su destino era ser la obsesión de un psicópata? Más que una pregunta, resultaba ser una afirmación.
Dos veces en menos de un mes, no podría ser pura coincidencia.
Caminó los pocos metros que recorrió ridículamente, volvió a sentarse bajo la mirada hermética del loco ese, y no lo quedó más remedio que meter la dignidad junto a sus piés en el agua. Los dedos de las manos le temblaban, su piel estaba erizada.
Miró a Mike por el rabillo del ojo, quien se quedó fumando y ya. La chica también se preguntó si su destino era ser asesinada por una chimenea andante.
Heather lo odió en ese momento, mientras detallaba con disimulo las facciones de su perfil, ¡Era malditamente atractivo!
¿Por qué los hombres así de excitantes tenían que ser locos o gays? Puto mundo.
—Le gustaba mucho la mafia, robos y esas cosas —comenzó a relatar él, mientras miraba hacia el frente—. Yo era el legal, pero tenía sus amoríos a escondidas —rió con ironía—. Esos amoríos la intentaron matar varias veces por cuestiones de dineros y drogas. Me ganaron los celos y solo les hice el favor —se encoge de hombros.
—¿Tú...?
Parece que él adivinó el final de la pregunta que ella había decidido dejar en el aire.
—No. Hace un año que estoy limpio, solo fumo cigarrillos.
Ella levantó ambos pulgares, confusa, al menos no era drogadicto, ¿eso era un avance? Mike sólo alzó la comisura de sus labios en una sonrisa algo torcida.
Se acercó a su rostro, el olor a cigarrillo golpeó el olfato de Heather de inmediato. Él se acercó aún más, serio, hasta el punto en que sus respiraciones se rozaron. El rostro de Mike bajó hasta su cuello, donde la piel estaba más erizada, el miedo reflejado de esa forma pareció encantarle. Él se inclinó, acabando con cualquier atisbo de distancia, y besó su cuello, el suave contacto de sus labios se convirtió en una succión para que poco a poco pasara a ser una mordida intensa.
¡Joder! Se sentía peligrosamente bien, pero a Heather le llegó rápido el impulso de empujarlo. Aunque ni tan rápido, pues ya él había conseguido dejar la zona teñida de un color rojizo que al día siguiente sería violeta. A ella le desagradó al instante, que marginales eran los chupetones.
—¡¿Qué coño haces?!
—Te marco... Para que todos sepan que ahora eres mía —contestó él, como si estuviese pronunciando un dahh.
¿Suya? ¡¿Acaso estaba demente?! Bueno, demente sí estaba. Bueno, de pronto sí quería ser su... ¡No! ¿Qué estaba pensando?
Nuevamente se levantó, no con temor a él, sino a que sus deseo repentinos la traicionaran. Sacó un pequeño espejo de su monedero mientras se alejaba del muelle y volvía a pisar el asfalto, se movió hasta que la luz de la luna le favoreció un poco y pudo ver su cuello. Había dejado un morado.
¡Maldición!
Visualizó sus zapatos a unos cuantos metros y dio zancadas hasta ellos para colocarselos. Luego se dio media vuelta y colocó ambas manos alrededor de su boca para poder hacer eco.
—Mike —lo llamó, él permaneció sentado, soltando nubarrones grises e intermitentes. —¡Mike! ¡MIKE!
—¡¿Qué coño quieres?!
—¡Llévame a casa!
Su cara se acoloró al instante de la vergüenza. Ella se iría solita, pero, ejem, ¿cómo era que habían llegado ahí? Ya a esas horas no trabajaban los taxis, y tampoco eran confiables a esas horas...
Pero su lado poco coherente supuso que era más confiable andar con un ex-drogadicto que mató a su novia mafiosa. Cool. Muy bonitas sus juntas.
Mike caminó con su santa calma hasta que se detuvo frente a ella, colocó un brazo detrás de las rodillas de Heather y se la echó al hombros como si fuese un costal de papas.
—Serás imbécil... —murmuró — ¡Bájame!
Él le dio una nalgada para que cerrara la boca, ella le dio en la espalda con el puño cerrado.
—¿Eso es todo lo que tienes? Más duro pegaba mi abuela —se burló—, y eso que era manca.
Ella se quedó un buen rato de cabeza y mirando las piernas del heterócromo, bueno, no solo las piernas, pero obviamente Heather no iba a confesar que las nalgas de Mike eran un buen espectáculo.
Luego de cargarla todo el camino, aunque Heather no paraba de decir que era estúpidamente innecesario, él la bajó de su hombro, justo frente a la puerta de su casa.
—Adiós, Mike —ella se cruzó de brazos, esperando que él se fuera para poder entrar a la casa. Lo último que le faltaba era que se quedara por ahí escondido a espiar su sueño.
—Hernán —contestó él.
—¿Qué?
—No me llamo Mike, me llamo Hernan —aclaró, bien relajado.
—¿Mike es tu segundo nombre?— él negó —¿Apodo? —volvió a negar —¿Entonces por qué me dijiste que te llamabas Mike?
—Te mentí —sonrió, entusiasta.
—¿Por qué?
—Preguntas mucho, Heather Monasterio.
—¿Quién te dijo mi apellido?
Él la miró como obviedad, queriendo remarcar lo último.
Heather frunció el ceño y sacó las llaves de su monedero. Antes de poder entrar, él volvió a llamarla.
—¿Heather?
—¿Qué? —se giró con fastidio.
Él invadió su esoacio personal y acercó la boca a su oído, ella ni se molestó en apartarlo.
—No confíes en mí.
Se dio vuelta, y se echó a andar hasta hacerse pequeño en el asfalto.