Capítulo cuatro.

4931 Words
Drogada. Heather bajó del auto de Nicholas, con cuidado de no tropezar con sus tacones, él cerró la puerta detrás de ella y compartieron una mirada cómplice junto a una sonrisa al sentir que la música hacía vibrar sus cuerpos sin siquiera haber entrado a la fiesta. Eso iba a estar buenísimo. La fiesta era en la casa de Sabina, sus padres habían salido de la ciudad por asuntos de negocios y su hija aprovechaba cualquier oportunidad para divertirse y emborracharse, además, le convenía ganar popularidad. Durante ese mes de clases, los tres habían conectado muchísimo, hasta se habían creado un team y todo. Hacía una semana que se hacían llamar los H3, puesto que los tres tenían una H como inicial. Heather la tenía en su primer nombre; Sabina también, se llamaba Helen, pero no le agradaba mucho su primer nombre; y Nicholas la tenía en su apellido: Holmes. Ambos se echaron a andar, ya percibiendo el olor a alcohol y cigarrillos. Aquello terminaría en desastre, eso era seguro, pero Heather había pasado tanto tiempo sin divertirse en serio, que aquello lo sintió como un respiro después de tanto encierro.  Había un rebulicio de gente en la parte de afuera, adentro muchas más personas bailando al ritmo de la electrónica; otros competían a unos metros, hacían barras para animar a otros a continuar bebiendo y, lo que jamás faltaba, personas metiéndose en las lenguas contra los rincones. —¡Haches! —Sabina llegó hasta ellos con una sonrisa radiante mientras sostenía un vaso desechable en su mano. —¡Hey! —Heather y Nicholas soltaron al unísono, los tres abrazándose. La primera se sintió un poco incómoda, pero decidió dejar eso de lado. Habían pasado casi dos semanas desde que Sabina le había confesado a Heather que le gustaba. No, que le encantaba. Que en muchas ocasiones había soñado con ella y se despertaba excitada, que... Bueno, cosas fuera de lugar que dañarían la amistad de no ser porque Heather le restó importancia y la rechazó de la manera más tranquila posible. Ella no sentía ningún tipo de atracción hacia su mismo género, por ello, seguía sintiéndose extraña cuando pillaba a su amiga mirándola más de lo necesario. Pareció haber aceptado su puesto en la friendzone, pero seguía actuando un tanto extraño... Ya se acostumbraría a que Heather la ignorase en ese aspecto, ¿no? —¡La única regla esta noche es que no hay reglas! —Sabina alzó su vaso y varias personas la imitaron para secundarla— Pueden tomar lo que quieran. Hay varias clases de alcohol, hay refresco, jugo, snacks, LSD —comenzó a enumerar con los dedos de su mano libre, Heather frunció el ceño. —¿Qué es LSD? —Heather pestañeó varias veces, tal y como lo haría una niña pequeña a la que había que explicarle todo con dibujitos. La gente la veía así, normal, pero ella tenía veinte años. —Es droga —le contestó Nicholas, bebiendo de una lata de cerveza que ella notó hasta entonces. La rubia asintió, dándole la razón a su amigo, y se alejó de ellos luego de un ahí se ven. Ellos dos se adentraron un poco más a la sala principal, se mezclaron entre la gente y comenzaron a bailar bajo el ritmo de la electrónica. —Hablame más del LSD —dijo ella, alzando un poco la voz para que pudiera escucharla con claridad. —Solo debes saber que es droga —él se limitó a contestar, frunciendo el ceño. —Oh, vamos. No me escapé de Heither para que tú me trates igual —bufó. Sí, Nicholas podría lucir un poquito —demasiado— correcto y tranquilo. Habría que corromperlo un poco, ¿no? Heather rodó los ojos. Jamás en su vida había probado algo como tal, ni siquiera tenía conocimiento de su existencia, sólo sabía de la más común que era la marihuana. Su cuerpo seguía moviéndose en la pista de baile, pero su mente estaba divagando entre los posibles y desconocidos efectos de la droga esa, ¿qué tan mala podría ser? ¿Serviría para divertirse, o llegaría hasta el punto en que al día siguiente uno no recordaba más que pequeños flashbacks? Todo estaba yendo bien... pero en el fondo ella seguía estresada por todo lo que tuvo que dejar atrás. La intriga la carcomía, necesitaba hacer más que emborracharse esa noche, para olvidarse de sus problemas pasados. —Heather... —el pelirrojo arrastró su nombre como advertencia—. Sé lo que estás pensando, y mi respuesta sigue siendo un rotundo no. —¡Solo tengo curiosidad! —exclamó, haciéndose la inocente —¡Sería solo una probadita chiquitita! —hizo un ademán con sus dedos. —Mi postura se mantiene —farfulló Nicholas, bebiendo de su cerveza. —Nicholas —Heather le colocó la mano en el hombro como si estuviese a punto de darle la lección más grande y significativa de su vida—. No todo es responsabilidad, estamos con amigos, es sábado ¡Hay que alocarse un poco! Muchas personas la animaron al oírla, sin importar que ni siquiera la conocían. Nicholas se puso rojo de la vergüenza al instante, unos pocos segundos bastaron para que se rindiera ante su auto-presión de ser correcto. El pelirrojo hizo un último mohín de duda y, al final, suspiró en rendición e hizo un ademán con su mano a Heather para que lo siguiera, ella dio saltitos en su lugar antes de tomar su mano para que la guiara. Esquivaron una gran cantidad de personas, murmurando repetitivamente un gracias o permiso. Hubieron varias oportunidades donde Nicholas rodó los ojos, lo peor era que los atravesados eran las demás personas y se molestaban. Finalmente, y después de que algunas personas le metieran mano a Heather en partes que preferiblemente no se mencionarán, ambos llegaron a una mesa donde habían tres bolsas llenas de estampillas coloridas. ¿Por qué habían estampillas en una fiesta? Nicholas sacó una con la imágen de Scooby Doo y se la ofreció, casi deseó retractarse por la cara que puso ella. —¿Y esto para qué es? —le preguntó con el ceño ligeramente fruncido. —Eso —señaló la estampilla con su índice —es LSD. Heather hizo una mueca extraña, pues había creído que se trataba de algo mucho más interesante e, incluso, de algo turbio. Al final, entreabrió sus labios, aunque mínimamente sorprendida.  —¿Se echa en la bebida o cómo? —terminó por cuestionar, jugando con el cuadrito entre sus dedos. —Sí, también te lo metes por el ojo, o te lo colocas en la lengua —le explicó Nicholas, arqueando una ceja. —¿Por el ojo? Heather se convencía cada vez más de que la gente de esa ciudad era, casi en extremo, anormal. —Ajá, así. El pelirrojo agarró una estampilla de —lo que parecía ser— un arcoíris. Alzó un poco sus gafas y se colocó el papel colorido bajo el iris. Heather arrugó la nariz con incomodidad, así que se limitó a colocarse la suya en la lengua y a esperar que se disolviese con saliva y un poco de cerveza. —¡Deditos de queso! —exclamó y caminó rápidamente hacia un chico que llevaba los bocadillos sobre una bandeja plástica. —Alguien se divertirá bastante esta noche —murmuró el desconocido al ver que la chica agarraba varios dedos de queso. Heather, sin saber por qué coño él decía eso, alzó una ceja y luego simplemente se encogió de hombros antes de darle la espalda y comenzar a comer. Visualizó a Sabina a mitad del camino, entonces se acercó hacia ella y se puso a reír con el grupo de gente que la acompañaba. No sabía con exactitud de qué se reían ellos, pero a ella le divertía ver cómo el rostro de algunos se distorcionaba. Frunció el ceño e hizo una mueca de burla cuando Sabina le decía algo que ella no escuchaba, pero sí podía ver humo de colores brotar por sus oídos. Heather sintió que su piel comenzaba a cosquillear cuando mordió el quinto dedo de queso. Sonrió cuando Nicholas llegó hasta ella y le sacó la lengua, mostrando otra estampilla de esas que daban risa. Heather, sin tener una razón exacta, sólo porque sí, colocó la lengua sobre la de su amigo y en menos de cinco segundos ya se estaban besando lentamente. Sabina se acercó para separarlos, ya que era bastante probable que se arrepintieran de ello a la mañana siguiente, pero sus intenciones se esfumaron cuando Nicholas la haló por la muñeca y la incorporó al roce de lenguas que se transformó en un voraz beso de tres. Al separarse, el mundo comenzó a tambalearse para Heather, entonces ubicó a duras penas un sofá y se sentó a beber junto a ellos. Junto a Nicholas, ambos se reían de las otras personas que adoptaban formas extrañas frente a sus ojos, incluso a Heather le pareció ver a una chica bailando sobre una nube espesa de la cual brotaba brillantina y claves de sol. Una estampilla más en su lengua bastó para que besara a Nicholas una vez más, su cordura fue derrotada por el LSD. Lo último que recordó fue estar besando a su amigo junto a una sensación de vacío en sus piernas, no sabía si era que sus pies habían desaparecido o si estaba levitando, sólo se dejó llevar por alto estado de locura hasta que sus ojos se sintieron lo suficientemente pesados como para mantenerla despierta. *** Con la noción del tiempo inexistente junto a la cordura desaparecida en algún lugar recóndito de su memoria, Heather parpadeó varias veces para intentar acostumbrarse a la poca iluminación del lugar en el que se encontraba. La música golpeó sus oídos cuando regresó en sí a la realidad, entonces se dio cuenta de que aún era de noche. ¿Cuánto había dormido? ¿En qué momento se trasladó a ese sofá? Se llevó una mano al entrecejo sin comprender el por qué de su inconsciencia. Al girar el rostro para escanear su entorno en busca de una respuesta sensorial, se encontró con el cuerpo de Nicholas echado a su lado; estaba despeinado con los primeros botones de su camisa desabrochados, sus labios permanecían entreabiertos y un reguero de estampillas de colores yacía desperdigado sobre sus piernas, sus anteojos ni siquiera estaban cerca. La chica se rascó la cabeza cuando recordó lo tanto que le había insistido a su amigo que le enseñara el LSD, todo se había vuelto difuso desde entonces. Se levantó para ir al baño, puso una mueca de sorpresa cuando notó que no se tambaleaba, simplemente sintió que por su piel corría un ligero cosquilleo. No tenía ni la más minúscula idea de qué efecto causaba ligar LSD con un par de cervezas, al menos podía mantenerse de pié sin problemas, quizás la droga no era la gran cosa... Esquivó a las personas que bailaban en medio de la sala y alzó las piernas un par de veces para no resbalar con las latas de cerveza que estaban tiradas en el suelo. Todo lucía igual que cuando había llegado, tal vez... tal vez sólo había cerrado los ojos por unos minutos. En medio de la misión de encontrar un baño, se acercó a una mesa que tenía deditos de queso y se llevó varios a la boca, siempre había sido fanática de los bocadillos. Se dio media vuelta e intentó seguir caminando, pero su andar se hizo más lento cuando le tocó apretar las piernas ante una extraña sensación en su intimidad. Su respiración se agitó, su piel comenzó a emanar un calor tan infernal que deseó quitarse la ropa en medio de todos con el fin de sentirse fresca nuevamente, ¿serían los efectos de esas estampillas del demonio? Tuvo que recostarse de una pared, presa de aquel efecto tan anormal. Intentó volver a andar, pero sólo fue capaz de llevarse una mano a la cara interna de las piernas y apretujarse la zona, ¡estaba teniendo un puto climax en plena fiesta! Estaba consciente de lo que sucedía, pero el apetito s****l que se acrecentaba en su interior era completamente una locura. Veía a varias parejas besándose contra los rincones, intentó pronunciar una frase de ayuda, quiso llamar a Sabina o a cualquier persona lo suficientemente sobria como para ayudarla a caminar, pero nada más pudo morderse el labio inferior para no soltar un jadeo involuntario, era presa de las palpitaciones que se producían en su intimidad. Estaba teniendo un problema demasiado inusual, jamás había sentido tal cosa sin un acercamiento masculino. Casi cantó victoria cuando un tipo alto y de piel morena se acercó a ella, pero el desconocido se apoderó de sus labios y llevó una de las piernas de ella a su cadera con exigencia. Heather ni siquiera fue capaz de pensar, sus sentidos se desconectaron cuando se vio obligada a corresponder el beso. El extasis aumentaba más y más con cada roce de lengua, ella agarraba al tipo por el cuello mientras que él se la colocaba encima sin romper el contacto de sus bocas. En pocos segundos, ella tenía le rodeaba el torso con las piernas y el moreno le apretaba las nalgas. Heather jadeaba contra su boca sin timidez, mientras que su cuerpo le pedía ir mucho más allá. Él atravesó torpemente la sala y empezó a subir las escaleras en lo que ella le desordenaba el cabello. Ya en el pasillo de las habitaciones, el tipo se llevó por delante a un gentío y abrió la primera puerta que encontró. Le destrozó la camisa a la chica con una fuerza brutal, le quitó los tacones con una velocidad urgente y los lanzó en algún punto inexacto del cuarto. La espalda desnuda de Heather tocó una superficie acolchada mientras sus dedos batallaban con los botones de su pantalón, cerró sus ojos y agarró la cara del tipo para continuar con la acción que demandaban sus cuerpos, pero, por alguna extraña razón, no logró sentir nada más antes de volver a caer inconsciente. *** Heather despertó a causa de un ruido abrupto de algo cayendo al suelo, se sobresaltó tanto que intentó llevarse una mano al pecho para intentar disminuir su taquicardia, pero se percató de que se le dificultaba mover los brazos. Se removió un poco, parpadeando para acostumbrarse a la escasa ilumunación, la única luz provenía de la rendija que había debajo de la puerta. Volteó hacia los lados, buscando alguna pista de su paradero desconocido, pero cuatro paredes negras fueron lo único que captaron sus ojos. Aquella no era su casa, mucho menos su habitación. Se removió un poco más e intentò levantarse de la cama, pero cayó de bruces al suelo a causa del nudo que envolvía sus piernas. Ahogó un grito de dolor, haciendo el intento de llegar hasta el amarre y obteniendo un éxito ficticio. Al fijarse en sus brazos subiertos por una tela azul, se dio cuenta de que tenía puesta una camisa de botones, y lo más inusual del caso era que estaba abrochada por detrás. Esa ni siquiera era su ropa, soltó un resoplido sin saber qué coño pasaba y no pudo evitar imaginar lo peor. ¿Y si esta vez la habían secuestrado de verdad? ¡¿Qué miersa había pasado?! No recordaba la mitad de lo que había pasado en la fiesta de la noche anterior... maldito LSD. Dejó caer su cabeza en el suelo y respiró profundamente, tratando de no entrar en pánico. Cerró los ojos e intentó recordar algún acontecimiento importante de la fiesta, pero sus recuerdos parecían estar extintos, o simplemente bloqueados por la nota de estampillas que se metió. Otra vez, maldito LSD. Una pequeña tos la atacó junto a un horrible dolor de garganta, ¿desde cuándo no bebía agua? —Calma, Heather —intentó animarse. Quizás estaba aún en la casa de Sabina. Sí, eso debía ser... Pero, ¿entonces por qué estaba atada? Recordó que la rubia la había mirado de forma extraña luego de haberla rechazado con toda la amabilidad que reunió, comenzaba a tener malos pensamientos... esperaba estarse equivocando. Su piel se erizó cuando detalló una ballesta colgada en una de las paredes, ¿por qué Sabina tendría algo como eso? Hasta donde sabía, era lesbiana, no masón. Bueno... Analizando la situación en la que estaba, ya no sabía en qué creer. Intentó ver alguna imágen a través de la única ventana que había, pero las cortinas eran gruesas y oscuras. A duras penas se proyectaba un hilo de luz exterior por la rendija de la puerta. Se arrastró como pudo hasta estar más cerca de la puerta y se colocó boca abajo para intentar ver hacia el otro lado, visualizó unas botas negras acercándose hacia esa habitación. La intriga y el pavor la carcomían por partes iguales. Alguien abrió la puerta, esa persona llevaba una bandeja entre sus manos. Su rostro no era visible porque la luz natural que se proyectaba desde su espalda dificultaba la claridad desde donde estaba Heather. Pero el misterio no duró mucho, la persona encendió la luz sin muchos rodeos, haciendo que Heather jadeara de la sorpresa. Y también que se sintiera estúpida al instante. —¿Mike? —inquirió, aunque lo dijo más para convencerse a sí misma de que era él. Mike sacudió la cabeza sin mostrar expresión. —Justin Bieber —pronunció con una nota exagerada de ironía. A la chica no le molestó su sarcasmo, estaba demasiado ocupada intentando atar unos cuantos cabos. —¿Có-cómo llegué aquí? —¿No recuerdas nada? —él desvió su pregunta, esbozando ahora una sonrisa extraña. Heather abrió los ojos como platos cuando detalló su expresión. —No me digas que tú y yo... —No —la interrumpió antes de que lo pronunciara. Se agachó frente a ella—. A mí me gusta que mis víctimas estén en sus cinco sentidos —se colocó sobre ella, dejándola a horcajadas bajo su cuerpo, acercó la boca a su cuello para luego morder con suavidad el lóbulo de su oreja—. Buenos días, Heather —le susurró, causándole más cosquillas que escalofríos. ¿Por qué no le aterraba su presencia si sabía que era un tipo peligroso, y que de paso él mismo le aseguraba que no era de fiar? —¿Entonces por qué traigo puesta tu ropa? ¿Por qué tengo las piernas amarradas? —lanzó aquel cuestionario que el heterócromo simplemente ignoró— ¿Por qué estoy contigo? ¡Contestame, Mike! Él se levantó y llevó las manos a su rostro, irritado. —¡Deja de joder con tantas preguntas! Unos segundos después de que ella obedeciera, Mike le desató las piernas y le desabrochó la camiseta que ella decidió dejarse puesta porque avistó que no llevaba sujetador. —Fueron los malditos dedos de queso —explicó él, sentándose en la orilla de la cama. La expresión de Heather casi gritó: WTF?! —¡¿De qué mierda hablas?!— chilló, sintiendo que sus cuerdas vocales eran cortadas por la más filosa de las navaja. —¡Deja la maldita tertulia! —Mike se llevó los dedos a la sien, implorando paciencia a sus adentros—. Te vi desde que llegaste a la fiesta con tu amiguito pintica de nerd. Vi desde que consumiste LSD hasta donde te comiste más de media bandeja de bocadillos y después casi te follas a un moreno ahí. —¡¿DE QUIÉN MIERDA ME HABLAS?! —ella se alteró al percatarse de que, en definitiva, no se acordaba de un coño. —¡DEJA DE GRITAR! —¿De quién hablas? —reiteró en un tono más moderado. —Los dedos de queso tenían Mefredona —empezó a explicar—. La Mefredona es una droga a la que llaman la reina de la fiesta porque la utilizan para el placer, tiene hormonas sexuales o algo así —resopló—. Tú te comiste más de una jodida docena y, aunque no lo recuerdes, esa fue la causa de que estuvieras sufriendo un orgasmo en plena sala —rodó los ojos, a Heather le costaba creerle. »Te fuiste con un tipo a una habitación. Los seguí de inmediato, cuando los encontré, él te estaba quitando la ropa y tú estabas inconsciente por andar borracha y drogada —negó con desaprobación, de repente ella se encogió en su sitio, presa de la pena—. Te cargué hasta aquí, te até los piés y te puse una de mis camisas al revés porque te levantaste a mitad de la madrugada, todavía con el efecto de la droga esa encima y, básicamente, intentaste violarme —sonrió con hipocresía. Las mejillas de Heather ardieron de vergüenza bajo la mirada de reproche que le daba Mike, aún sabiendo que todo aquello podría ser cierto, no era capaz de creerlo. ¡De inmediato comprendió por qué el tipo que llevaba la bandeja con dedos de queso se le quedó mirando con expresión burlista! Tenía presente que no debía confiar en Mike, pero por alguna razón, tuvo el presentimiendo de que él no le estaba mintiendo. Igualmente, lo miró con el ceño fruncido y apretó la tela de la camisa contra su pecho para que no quedara a la vista la protuberancia de sus pezones erectos por el frío. Mike se echó a reír de forma escandalosa, haciendola sentir aún más estúpida, si es que eso se podía. —Cada vez que pienso que no puedes ser más ridícula, haces algo que se caga en mi creencia —elevó una de sus cejas pobladas y se adelantó a seguir hablando cuando ella dio señales de querer refutar—. Anoche te cargué hasta mi cama, te desvestí para colocarte ropa mía y piensas que tengo planes perversos contigo —se llevó una mano al mentón, pensativo—. Bueno, sí tengo planes perversos contigo, pero no se llevarán a cabo si tú no quieres. Aunque también es imposible que no quieras porque soy malditamente irresistible —volvió a reírse solo—. En fin, por si no te queda claro que no me interesa aprovecharme de ti, échate una mirada y date cuenta de que llevas puestos unos de mis bóxers. Ah, y de que no te he tocado ni un pelo con intenciones depravadas. Heather se levantó y le propinó una bofetada que le hizo girar el rostro. Mike no esperó para meditar nada, se volvió hacia ella y la acorraló contra la pared, agarrándole las muñecas con una sola mano por encima de su cabeza. Pasó su mano libre por uno de sus pechos por encima de la tela, Heather tomó una bocanada de aire por el impulso tan brusco y repentino. —Ahora que estás despierta y bien cuerda, ¿no te apetece jugar? —le pasó la lengua por los labios, ella los apretó para impedirle el paso a su boca. —Mike... —Shhhh —subió la mano a su mejilla, donde le dio caricias circulares—. Hablas mucho, deberías callarte un año y apreciar lo atractivo que es el silencio. Cuando ella no dijo más nada, Mike sonrió contra sus labios y salió de la habitación luego de señalar la bandeja que había llevado y agregar: —Ahí tienes desayuno. Y no, no está envenenado. De igual manera, ella ni siquiera se acercó a olerlo. Se limitó a darse una ducha rápida y a colocarse la misma ropa, a excepción de la camisa, pues se la cambió por otra que había sacado de unos cajones. Salió a la sala y la detalló un momento mientras nadie la veía, las paredes eran negras, había un juego de muebles del mismo color y la cocina también, ¿acaso Mike no conocía más colores? Porque su vestimenta también era oscura. Aún así, todo lucía impecable, tanto que Heather sentía que ensuciaba con su presencia. —Tus ojos parecen dos lunas llenas. Ella dio un pequeño salto en su sitio, lo vio recostado de la encímera con un vaso de agua en la mano. —Son muy grises —formó una delgada línea con los labios. —¿Donde está mi ropa? —ella lo ignoró, cambiando radicalmente el sesgo de sus palabras. —El tipo ese te desgarró la camisa y el sujetador. —¿Y mis pantalones y ropa interior? —se cruzó de brazos, impaciente. —Los quemé —contestó casual. —¿Por q...? —Sus asquerosas huellas estaban marcadas en toda tu ropa, así que la quemé. También te tocó el cuerpo desnudo, cabe destacar que me vi en la obligación de también darte un baño —alzó una ceja. —¿Y cómo es que me trajiste hasta aquí? ¿El tipo ese no se puso a pelear contigo? —inquirió ella, ceñuda. —Ah sí —hizo un ademán, como si fuera irrelevante—. Lo maté. A Heather se le tensaron hasta los pelos del... Ajá, bueno. —Nadie puede acercarse a ti si no me da la gana. Eres mía, Heather. Me pertenece hasta el aire que respiras. —¿Desde cuando? —preguntó, en un tono desafiante. Él ignoró su pregunta porque estaba más que seguro de sus palabras, caminó hacia la cocina y lavó el vaso que tenía en la mano. ¡Joder, sólo había bebido agua! —Te irás con mi ropa puesta— comentó, sin mirarla—. Te regalo mis boxers y esa camisa... ¿Te gustan las galletas de limón con pasas? —¿Limón con pasas? —ella arrugó las cejas. —¡Venga! —soltó una risotada —Te dije que te regalaba mi ropa interior, ¿Y sólo te preocupas por las galletas? Ella le dio una mirada furibunda e indignada —Bueno, las galletas de limón con pasas son mis favoritas —se alzó de hombros—, ¿sabes por qué? Su subconsciente le gritaba que no preguntaba, que por primera vez en su vida se quedara con una duda para mantener la poca dignidad que le quedaba, pero lo que pronunciaron sus labios fue: —¿Por qué? —Porque saben a limón con pasas. Oficialmente, había perdido toda la dignidad. Ah, y la habían vacilado en el proceso. —¿Mike? —¿Por qué aún me llamas así? Te dije que ese no es mi nombre. —Mike —sonrió para molestarlo—. ¿Dónde están mis tacones? Él sonrió aún más, mostrando todos sus dientes. —Por Dios, no me digas que... —Sí —la cortó. Heather ahogó una maldición. —¡Eran mis zapatos favoritos! —¿Me importa? No me importa —agarró el control remoto y encendió la televisión. —¡Eran de diseñador! —Sigue sin importarme. Apagó el televisor al no encontrar nada interesante para ver, se levantó del sofá y en un movimiento rápido cargó a Heather sobre su hombro como la noche que regresaron del muelle. Ella suspiró resignada, sabiendo que no la iba a bajar. *** —¡¿Dónde mierda se supone que estabas?! —Heither sacudió a su hermana por los hombros cuando atravesó la puerta de la casa. —¡Te esperé durante toda la maldita noche y nunca llegaste! ¡Maldita sea, Heather! Ella se sobresaltó, no le gustaba ver molesto a su hermano, odiaba cuando se enfurecía así con ella. Siempre había sido sobreprotector. Ella le pidió disculpas en voz baja y con la cabeza agachada. Suspiró disimuladamente cuando él le dio la espalda, haciendo el ademán de olvidar el tema, pero de repente volvió a mirarla con más furia aún. —¡¿POR QUÉ TRAES PUESTA ROPA DE HOMBRE?! —la agarró por los hombros, tanto que a ella le dolió. —¡Suéltame, Heither! —ella se zafó de su agarre—. Ya no tengo quince años, ¡tengo veinte! ¡Deja los malditos celos! —le reclamó. Heither caminó de un lado a otro, sobándose la sien, luego se sentó en un sofá y la miró, ahora un poco calmado. —Sabes lo mucho que me asusté cuando intentaron secuestrarte. Tal vez papá te dejó salir como si nada, pero yo me preocupo por ti —suspiró con algo de resentimiento—. Al menos me pudiste haber llamado para avisar que todo iba bien. —Sé cómo te pones de intenso —ella rodó los ojos—. Por eso anoté la dirección en un papel y lo pegué en la puerta de tu habitación, ¿acaso no lo viste? —¿Y tú crees que no fui? ¡Cuando llegué, estaban todos borrachos y la mitad drogados! ¡¿Tú dónde coño estabas?! —se volvió a alterar. Ella guardó silencio. No sabía si contarle o no sobre Mike, mejor no, tampoco es que fuese muy casual explicar: estaba con mi amigo psicópata, él me llevó a su casa porque un tipo intentó violarme en la fiesta. Se llama Mike, me quitó la ropa y me dio una ducha mientras estaba inconsciente. Sí, lo normal. —Heither, siempre es lo mismo —ella terminó por evadir la pregunta y colocó sus ojos en blanco—. Estoy bien, no me pasó nada. Se acercó, le dio un beso en la mejilla junto a un "te amo" y subió rápidamente a su habitación, antes de que él siguiera con su interrogatorio fastidioso.
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