Capitulo 04.| Infierno familiar.

1131 Words
POV: BENJAMÍN. ―Cambia la cara hombre ―se burló Tom luego de llegar a la mesa donde yo meditaba con displicencia y en silencio― solo es un rechazo nada más. Una chica pasó detrás de él en dirección a la barra y no perdió oportunidad de desnudarme con la mirada, algo a lo que yo estaba acostumbrado y que en otra ocasión hubiese sido el primer paso para iniciar un coqueteo que terminara en el jacuzzi de una habitación de hotel o en el baño del club, cualquiera de las dos seria valida, pero no ahora que me encontraba cabreado a mas no poder y con la mente hecha un lio. ―Deja de joderme la paciencia Tom, no estoy para chistes ―solté al tiempo que me reclinaba para recostar mi espalda contra el respaldo del asiento―. Sabes que no es tanto el rechazo al fin de cuentas, si no el caso de que al abuelo se le haya metido en la cabeza la idea de obligarme a buscar a esa indigente… solo una mujer ignorante y sin sentido común sería capaz de rechazarme a mí. Tom soltó una risita burlona, como solo el podía hacerle burlándose de mí en mis narices sin correr el riesgo de comprometer su integridad física, sin embargo no pude evitar sentir la rabia hirviendo mi sangre. Él se percató de mi absoluta incomodidad por lo que barajó la situación ofreciéndome un trago. ―Bebe hombre, tu ánimo lo necesita. ―Ya te dije que no puedo bro ―me negué al tiempo que me ponía de pie―. Esa reunión que el abuelo convocó es clave para librarme de ese maldito requisito. Bruce la planificó todo. Me sacrificaré al fin con lo del matrimonio… si todo sale bien estaré como el primer heredero en el testamento del abuelo como siempre debe ser. ―Pero estarás casado ―susurró Tom con un dejo de asombro. Yo asentí con rabia. ―Pero no con esa indigente desubicada… Bruce y la tía Jade, presentaran al abuelo una candidata más idónea para convertirla en mi esposa. ― ¿Con Ivy? ¿La rubia pechugona? ― ¡Callate idiota!… después de esta noche puede que se convierta en mi esposa. Le di un puñetazo en el hombro, cogí las llaves de mi coche y me fui de ahí. ***** El Clan Blackwell se reuniría esa noche, o por lo menos aquellos que podían sentarse a la misma mesa sin querer arrancarse los ojos unos a otros. El abuelo Igor había convocado a la familia para comunicar una importante noticia, por suerte para mí el asunto del capricho del abuelo, de querer casarme con aquella detestable indigente, parecía haber quedado en el olvido después de que la ingrata se preciara de rechazar mi ofrecimiento un par de días atrás. Esa cena era la oportunidad perfecta para llevar a cabo el plan propuesto por el tío Bruce. Yo quería complacer al abuelo, después de todo era la única persona en el mundo que me importaba realmente, pero no podía permitir que sus ideas arcaicas truncaran los mejores días de mi juventud. Buce y la tía Jade se encargarían de todo, por lo que yo simplemente debía presentarme y dejar que todo fluyera. Tom me ofreció algo de tomar esa tarde, pero preferí llegar sobrio hasta la noche; era la oportunidad perfecta para resarcir mi imagen frente al abuelo aunque apenas llegar al estacionamiento de la casa del abuelo me percaté de que entre los coches aparcados, había uno en especial que vaticinaba la presencia no grata de un familiar cercano. Baje de mi deportivo (el menos exuberante de ellos, seleccionado específicamente para comunicar una idea de sobriedad y recato en mi llegada la cena del abuelo), abroche mi chaqueta de corte italiano que había combinado con una camisa sencilla de color blanco y sin corbata y comencé a caminar hacia el salón mientras repasaba en mi mente los detalles que había acordado con Bruce y Jade. Apenas llegué al salón y antes de comenzar con los saludos correspondientes, constaté que mis sospechas eran ciertas: Frederick estaba allí. ―Primo, tan impuntual como siempre ―me saludo con alegría, pero a mí me pareció ver un dejo de hipocresía manifestado en su rostro. Las cosas en el clan familiar se manejaban como si de una sucesión monárquica se tratase: intrigas y mentiras a más no poder. El abuelo fue el primogénito de sus hermanos y por ende había llevado la primacía y el derecho de dirigir el destino de la empresa familiar, con tan buen atino, que después de más de cuarenta años en la presidencia la había llevado a posicionarse en el top tres de las corporaciones nacionales con mayor presencia en el mercado continental. Por derecho, la sucesión en la presidencia tras la muerte del abuelo debía corresponder a mi padre, pero con su muerte al lado de mi madre y en circunstancias trágicas, había trastocado el orden que se venía respetando desde las tres últimas generaciones. La codicia, las disputas, la avaricia y las pretensiones de todos se habían evidenciado de maneras asquerosas desde el mismo funeral de mis padres, cuando yo apenas era un crio que ni siquiera atinaba a entender lo que estaba ocurriendo. Hermanos, tíos, sobrinos y primos por igual, se pusieron manos a la obra para tratar de ganarse el derecho a esa presidencia. De todos los pretendidos aspirantes, tras la manifestación del abuelo de hacerme a mí el principal heredero, solo uno mantuvo su postura en mí contra; mi rival de toda la vida: El Ned Flanders de carne y hueso. ―Primo Frederick ¡que gusto y que sorpresa verte esta noche! ―le respondí con desgano y poco interés, pasando de largo para cerciorarme de que Bruce y Jade, estaban sentados a la diestra del abuelo Igor, quien ocupaba la cabecera. Intenté dirigirme en su dirección para saludarlos a ellos también, pero el abuelo parecía tener demasiado empeño en que mi noche comenzara mal desde el principio, pues antes de alegrarse por mi arribo, sus ojos se fueron directos a la entrada del salón a mis espaldas. El silencio de todos los presentes me heló la sangre, pero cuando escuché el saludo del abuelo entendí que el asunto realmente no estaba olvidado. ― ¡Bienvenida mi niña! ―saludó el abuelo a la persona que yo solo podía desear no fuera. Giré sobre mis talones y allí estaba ella: La indigente que vestía modestamente. Su rostro reluciente; cabello suelto y rebelde, acompañado de accesorios baratos. Aunque debo admitir que ese vestido corriente insinuaba la perfección de una silueta esbelta. Estaba de nuevo con esa mirada atrayente que no podía explicar. ―Maldita sea mi suerte ―susurré.
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