Capítulo 4: Poder.

1014 Words
Estaba confundida, aterrada, simplemente plasmada. ¿Que significaba todo eso? ¿Una mentira? ¿Una manipulación? ¿En qué mundo Hassam Vali era sumiso? —No te creo nada.—Dije finalmente poniéndome de frente ante su cuerpo en la cama. —¿Por qué crees que todas se van?—Preguntó una vez más.—A la mujer le gusta ser sumisa, recibir órdenes y muy poco llevar el control. En ésta habitación necesito mujer con decisión que les guste tomar el poder, dar órdenes y ponerme de sumiso.—Insistió. —Sigo sin creerte nada, Hassam. No tiene sentido para mí. Solo buscas mentirme para que me vaya.—Suavicé. —Eres libre de cualquier cosa, Layla. Te lo dije, independiente de que pase, todo queda aquí. No sale ni una palabra sobre lo que te dije, ni de lo que dije.—Volvió a insistir. —¿Y cómo sabes con firmeza que no iré por allí diciéndole a todos lo que ya sé?—Pregunté desafiante. Pero él reiría.—No hago las cosas al azar, Layla Hernández. Estás aquí y se dónde vive, sé de tus padres, sé de Sheyla, sé absolutamente todo, y tengo el poder necesario para hacer que guardes silencio sobre todo lo que quiera que calles. ¿Aún así vuelves a hacer la pregunta?—Preguntó.—Nada pasa solo porque sí. —¿Ésto lo habías planeado?—Pregunté confundida. Pero él se puso de pie y tomó mi cuerpo con fuerza rápidamente hasta lanzarlo sobre la cama. Haciéndome mirarle ante sus ojos penetrantes y quedar completamente inmóvil. En ese instante, mis miedos llegaron y me arrepentí rotundamente de haber subido a ese automóvil por decisión propia. —No me hagas daño.—Susurré cerrando mis ojos con fuerza.—Prometo que no diré nada, no tienes que hacerme nada, dijiste que no harías nada que no quisiera.—Susurré casi inaudible. Pero una vez más, él rió.—Pensé que tenías temperamento, Layla. Vi algo en tu cuando subiste al automóvil, no titubeas aunque mueras del miedo. Eso me dice mucho de ti, aunque seas reservada, callada y no sepas mucho de lo que está allí fuera, no tienes miedo. No veo miedo en ti.—Susurró acercándose a mi oído y tomando mis brazos con fuerza sobre la fineza de aquellas sábanas blancas. —Pero si tengo miedo. Tengo miedo de ti, tengo miedo de lo que piensas hacer y tengo miedo de lo que pueda pasar.—Insistí en un hilo de voz. Él negó una vez más.—Puedo ser un obstinado y un terco, Layla. Pero realmente me ofende que puedas al menos dudarte si soy un violador.—Dijo manteniendo una mirada fija ante mi.—He sido transparente desde que llegaste. Querías respuestas y te las di, te metí en mi mundo sin pensarlo, ¿Y tú crees que soy un violador?—Preguntó ofendido. —Nunca dije eso.—Insistí. —Creo que ha sido muy rápido para confiar en ti, me equivoqué, no tienes esa valentía y voracidad que miré en ti. Vamos, te llevaré a casa.—Dijo alejándose rápidamente de mi y ayudándome a poner de pie. Lo miré sin cuidado y seguí sus pasos. Mirando cada rincón de aquella habitación. —¿Las has traído a todas aquí?—Insistí. —No hables con un violador.—Fue su respuesta. Pero finalmente rió y negó.—No, nunca han pasado más allá de los automóviles. Todas se lanzan sobre mi y todas quieren lo mismo, una cogida y de regreso a casa.—Sonrió.—Me gusta, no lo niego, pero realmente no me llena. —¿Y que te llena?—Insistí. —El cuarto rojo, Layla. Me gustan los juegos previos, cambios de rol, me gusta todo aquello que sale de lo común. Si tan solo conocieras éste mundo, estoy seguro que el otro simplemente te aburriría.—Aclaró. Pero ante mi expresión de confusión, me miró perplejo.—¿Eres virgen? Yo negué rápidamente.—No, no.—Reí.—¿19 años y siendo virgen? Ni de chiste. Solo mantengo mi vida privada, muy privada. Tanto como tú.—Insistí. Él rió una vez más.—Te llevaré a casa. Y ambos salimos de allí. En el pasillo, mi mirada se desviaba ante tantas obras preciosas y únicas a su modo. Hassam no era un monstruo y por mucho, no era nada de lo que imaginaba. Una parte de mi quería quedarse allí, quería mentir, quería saber hasta que punto podía llegar, pero aquella parte que había sido criada por unos padres estrictos y en un molde perfecto, me llevaban a marcharme. Había mentido, jamás había tenido novio, mucho menos relaciones sexuales, él tenía razón al decir que era diferente, venía de una burbuja perfecta, quizás mi propia prisión, no sabía más allá de lo poco que estaba aprendiendo en esos días de universidad, y el único sexo que había vivido, eran las infinitas historias de Sheyla follando hasta no poder más. Fue entonces cuando ese pensamiento volvió a llegar. ¿Cuando Layla comenzaría a vivir de verdad? ¿Cuando me atrevería a romper las reglas? ¿Sentir adrenalina? Y detuve mis pasos firmes. Me quedaría. Hassam me miró confundido y se detuvo ante mi.—¿Todo bien? ¿Te sientes mal?—Preguntó. —Quiero saber más.—Susurré intentando mantenerle la mirada fija. Pero él reiría.—Demasiado tarde, Layla. Es momento de ir a casa. Te llevaré y fingiremos que nada de ésto nunca pasó. Y recuerda una vez más,—Dijo acercándose a mi oído.—La cosa de dos, entre dos se queda. —Tu secreto está a salvo, Hassam.—Insistí.—Solo quiero terminar de conocer sobre tu mundo.—Suavicé. —No.—Dijo firme.—Suficiente por hoy. —Las reglas las pongo yo, ¿no?—Dije firme.—Me quedo.—Dije tomando su cuello con fuerza. No hizo más que guardar silencio y mirarme fijamente.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD