Capítulo 3: Tentaciones

1010 Words
No sabía el significado exacto de la palabra «tentación», fue cuando conocí a Hassam que entendí que él lo era. Había pasado toda mi vida oculta y con miedo, y por primera vez había algo real en mi vida que me llenaba de adrenalina y aceleraba mi pulso. Eso era un nuevo sentimiento, y un sentimiento que me gustaba por mucho. También sabía que estaba lista para comenzar a ser libre e ir en contra de todas esas privaciones que tuve durante años. Así que ese día regresé al aula y Sheyla me miró confundida. No era buena mintiendo, mucho menos mintiendole a mi mejor amiga, pero buscaría el modo de vivir por primera vez a través de mis experiencias y no la de otros. El resto del día no hice más que pensar en él, en sus palabras, sus movimientos y sus facciones. ¿Qué había en él que lo hacía diferente a todos? Era capaz de acelerar mi pulso, poner mis piernas a temblar y hacerme dudar de todo en cuestión de segundos. ¿Por qué habían tantas cosas que decir de él y nadie decía? Tenía no solo que vivir, si no resolver el gran misterio que Hassam traía a la vida de todos. Cuando llegó el momento de irnos, me excusé con Sheyla diciendo que me quedaría en la biblioteca, algo que supe que no me creería pero dejó pasar. Una vez ví que se marchó, salí de la biblioteca y caminé hasta la entrada. Busqué a Hassam con mi mirada por todos lados, pero él no estaba allí. ¿Era una broma de mal gusto lo que me estaba haciendo? No hice más que reprochar y lamentar el no haberme ido con Sheyla, pero comenzado a dar los primeros pasos fuera del instituto, el automóvil deportivo de Hassam se detendría ante mi. —Sube, ahora.—Ordenó rápidamente. Mi pulso una vez más comenzó a subir una y otra vez. Tomé mi bolso con fuerza y subí hasta el puesto del copiloto. Una vez dentro, el auto fue acelerado a altas velocidades. Cerré los ojos con fuerza y apreté mis manos contra el asiento.—No te asustes, soy muy buen conductor.—Se excusó bajando la velocidad del automóvil. Abrí los ojos poco a poco y pude verle mientras manejaba y desviaba su mirada hacia mi un poco. —Dijiste que tendrías respuestas para mí, por eso estoy aquí.—Me defendí rápidamente. Él sonrió, rió y tomó el volante con fuerza, una vez más, su mirada quedó fija ante el camino y guardó silencio un par de minutos.—Te dije que te lo demostraría, ¿Segura que estás lista para eso?—Preguntó rápidamente. Asentí y lo miré de reojo. Él sonrió una vez más y aceleró. No hubo más palabras, mucho menos una conversación, subió a la radio y se mantuvo así hasta detenerse en el camino. Fue hasta la parte de atrás y regresó con una venda negra que puso en mis piernas con delicadeza y cuidado.—Póntela.—Ordenó mirando aquella venda en mis piernas. —Debes estar bromeando, ¿Que mierda?—Pregunté sin más. —No me gustan las malas palabras, ahórratelas cuando estés conmigo.—Dijo firme.—Quieres respuestas, yo también tengo condiciones. Es tema de seguridad, úsala.—Dijo levantandola entre sus manos. Lo miré una vez más y miré sus manos, mis alarmas de miedo se encendieron. —Bien, confiaré en ti.—Susurré tomándole y cubriendo mis ojos. —Eso es lo único que debes hacer, no haré nada que no quieras que te haga.—Continuó. Una vez más el automóvil comenzó a moverse y no vi más nada del camino. Pasados unos 15 minutos, el automóvil se detuvo una vez más. Al abrir mis ojos, nos encontramos en un estacionamiento subterráneo que no me dejaba ver mucho. —Tranquila, seguimos en la ciudad. Es mi hogar.—Avisó sin más bajando del automóvil. Mis piernas se bloquearon del miedo y pasados los segundos tuve el valor de bajar. Seguí sus pasos en silencio, muchos más autos estaban allí dentro, nunca hice preguntas, nunca hablé. Una vez dentro, me sentía dentro de una película. Habíamos viajado en el tiempo, eran cosas antiguas y delicadas que decoraban aquella casa. —Sígueme.—Ordenó subiendo unas escaleras largas en mármol. Yo solo guardé silencio y observé cada rincón de aquella enorme casa. Había silencio por todos lados, y lo único que se escuchaba eran nuestros pasos sobre el suelo. Caminamos un largo pasillo y finalmente nos detuvimos sobre una puerta blanca. Un letrero de prohibido el paso fue lo primero que ví. —Tranquila, tu confía en mí.—Dijo girando la manilla sin cuidado. Una vez abierta la puerta, no hice más que abrir los ojos y quedar boquiabierta. —Espero ésto resuelva una parte de tus preguntas.—Dijo rápidamente encendiendo las luces y dejándome ver aún más sobre lo que había allí dentro. Una gran cama de sábanas blancas, juguetes, barra de bebidas, bandas y muchas cosas más que no entendía. —...¿Eres como Christian Grey?—Pregunté entre susurros y miedo. Él rió y se lanzó sobre la cama sin miedo.—Un poco sí, un poco no. No puedo explicarte mucho por ahora, supongo que no confío del todo en ti. Pero confío en que así ésto termine bien o mal, quede entre ambos. ¿Entendido?—Preguntó sin despegar su mirada de mi. —No pienso hablar sobre tus perversidades.—Dije mirando cada rincón de aquella habitación. Entonces él rió.—¿Sabes cuál es la diferencia entre el cuarto rojo de Christian Grey y el mío?—Preguntó sin más.—Ese lo usaba él, aquí lo usarás tú.—Dijo rápidamente. Lo miré en silencio y confundida.—No lo entiendo, no tiene sentido para mí. ¿Usarlo? ¿Yo?—Pregunté una vez más. —No serías la sumisa, Layla.—Informó rascando su nuca.—Yo sería el sumiso.
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