Aún mi pecho subiendo y bajando, y mis piernas bloqueadas de la adrenalina, caminé tras de él paso tras paso.
Pasamos a una sala mucho más reservada, quizás algún estilo de oficina donde él caminó hasta sentarse sobre un gran escritorio.
Una vez allí, sacó una caja de cigarrillos, ofreció uno y tomó otro hasta encenderlo e inhalar.
—Layla, Layla.—Dijo en un suspiro.—Espero que confiar en ti rápidamente no sea un gran error que deba pagar mucho más tarde.—Susurró buscando entre infinitas hojas.
—Quiero ser quien decida por una al menos una vez. Aquí tengo el control.—Insistí.
—Me gusta como piensas, Layla. ¿Pero ese control hasta donde sería capaz de llevarte? ¿Quieres hacer ésto? ¿Siempre? ¿O solo hoy?—Preguntó sin cuidado.
Caminé por toda la habitación y reí.—No estaría mal venir aquí siempre.—Susurré.
Él rió y dejó salir aquel humo había inhalado.—No todo es lindo, Layla. Necesito que firmes un contrato, al menos déjame explicarte los puntos más importantes que contiene. Repito, ésto no es un juego para mí. Necesito absoluta discreción y responsabilidad de tu parte.—Insistió.
Una vez giré a verle.—¿Ni siquiera a Sheyla?—Pregunté de manera confundida.
—Ni se te ocurra.—Dijo un poco alterado.—¿Es que acaso no sabes que sería una vergüenza que mi familia sepa ésto?—Preguntó dejando salir una vez más, el humo que segundos antes había inhalado.—Los musulmanes son posesivos y explosivos, tienen el control de todo, también en la cama. El sexo es el básico, aquel aburrido. Su principal enfoque es trabajar, mantener a tu esposa, tu hogar y nada más.—Explicó.—Algo así es una desviación, ir contra todo, nadie puede saberlo.
—¿Y tú te casarás alguna vez? ¿No deberías de tener ya esposa?—Pregunté confundida.
Pero él negaría rápidamente.—Las preguntas personales evitarlas, no te daré las respuestas que buscas. Lo que sepas de mi, será exactamente lo que quiera yo que tú sepas. Querías éstas respuestas y ya te las di, no te conozco del todo como para continuar confiando mi vida en ti.—Insistió.—Pero a lo que iba, ésto es un contrato de discreción y exclusividad. ¿Que dicen esas dos palabras? Nadie, absolutamente nadie sabrá de éstos encuentros, ni verán una relación entre ambos mientras yo no lo desee, y en cuanto a la exclusividad, aunque nadie sepa de nosotros, no puedes estar con nadie más, sexualmente hablando.—Aclaró.—Los besos en la boca están prohibidos, al igual que las preguntas personales. Yo no me meto en tu vida, tú no te metes en la mía.—Insistió.—En cuánto al cuarto rojo, allí está un mundo diferente, pero el sexo no tiene porqué ser solo allí. Como te habrás dado cuenta, el sexo no es solo penetración, eso lo aprenderás con el tiempo. Habrán palabras de seguridad y palabras claves para que sepas en que momento exacto comienza el juego.
—¿Y mis beneficios en ese contrato?—Pregunté confundido.—Hablas de poder, discreción, exclusividad y todo lo demás. Todo eso solo habla de ti. ¿Y yo?—Pregunté una vez más.—No seré sumisa, pero si me tendrías bajo tus manos.
Él rió.—Tu beneficio soy yo.—Dijo soltando el humo de su boca y lanzando aquella colilla en una papelera a su lado.—Si tu familia necesita ayuda, te ayudaré. Si necesitas ayuda con la universidad, sea en clases o nivel económico, te ayudaré. De ser posible, cubriré todos tus gastos a nivel económico.
—¿Entonces me estás comprando? ¿Eso dices?—Pregunté quedando frente a él.
Él rió y negó.—No sé lo que sea, míralo como lo quieras o pon tú tus condiciones.—Insistió.
Pero ante sus palabras, entendí que no había ni una condición que tuviese para imponer.
—Quiero que ante todos, tú y yo seamos una pareja. Pareja que se comienza a conocer, comienza a salir, tengamos citas, algún tipo de unión más allá de solo el sexo.—Insistí.
—No puedo, simplemente no puedo.—Dijo rápidamente poniéndose de pie.—Nadie puede saber sobre ésto, mucho menos que salgo con una chica venezolana y no de mi religión, no me nación. Las cosas de éste lado del mundo son muy diferentes a las que conoces, Layla.—Aclaró una vez más.—Podemos intentar ser amigos allí fuera, estar presente un par de veces, pero no puedes pedirme que me involucre sentimentalmente, mucho menos que esté por los pasillos llevando tu mano. Es arriesgado, los rumores corren muy rápido.
—Entonces creo que no estoy lista para ésto, Hassam. No me condenaré a una doble vida, dónde me mires pasar y finja que no te conozco, para regresar horas más tarde y quedar completamente desnuda ante ti. No lo veo justo.—Susurré poniéndome de pie rápidamente.—Es momento de que me lleves a casa. Y ya se las reglas, sé sobre Sheyla, sé sobre mi casa y mi familia, prometo no decir nada de hoy. Igualmente no hablaría jamás sobre mi vida íntima y sobre éste día.—Dije dirigiéndome rápidamente hasta la puerta.
—Espera.—Dijo firme y rápido.—Podemos arreglarlo, puede haber algún modo de hacerlo. Solo déjame pensar para hacer que funcione.—Insistió.—¿Una amistad al menos te sirve? ¿Comer juntos? Ir poco a poco, así tampoco Sheyla levanta sospechas.
—Me sirve.—Suavicé girando hasta volver a verle.—¿No te pondrías en riesgo?—Pregunté.
—Estoy en riesgo de solo estar aquí firmando éste contrato contigo, pero para ser sincero, nadie había logrado en mi, lo que tú has logrado hace un par de minutos allí fuera. Sigo fascinado con tu cuerpo, y estoy seguro que si no cierro éste contrato ahora, insistiré el resto del tiempo que pueda.—Avisó sin más.
—Tus palabras me confunden.—Susurré.
—Solo quiero que lo sepas. Me gusta ser sincero.—Suavizó.—Pero si haremos ésto, quiero hacerlo bien y con la sinceridad por parte de ambos. Así que tengo que volver a preguntar sobre ésto. ¿Eres virgen, Layla Hernández?—Preguntó acercándose en pasos firmes ante mi, dejando sus manos rápidamente en mis mejillas.
Yo suspiré con un poco de vergüenza, intentando ocultar mi rostro.—Soy virgen, Hassam.