Tragué grueso ante sus palabras.
Yo ya no sabía distinguir entre deseo y peligro.
—Voy al baño —dije con dificultad alejándome de él, y me marché antes de que pudiera leerme la cara.
No me siguió.
Pero su maldita mirada… se quedó pegada a mi espalda como una promesa.
El programa empezó como todos.
Tema del día: “Fantasías sexuales: lo que se dice, lo que se calla”.
Yo intenté mantenerme firme. Profesional. Controlada.
Hasta que llegó una pregunta del público, leída en vivo:
“¿Qué pasa si nunca he tenido una fantasía s****l? ¿Estoy rota o simplemente no me conozco lo suficiente?”
— Sofía, 23 años.
Y antes de que pudiera filtrar mis pensamientos, lo dije:
—No estás rota. Solo… no has sentido la libertad de imaginarte con alguien que realmente te haga soltar el control.
El silencio fue brutal.
No por el público.
Sino por Nic.
Me estaba mirando como si me acabara de desnudar sin quererlo.
Como si, por primera vez, dijera algo que él no podía convertir en chiste.
—¿Y tú, Emma? —preguntó, suave—. ¿Tienes fantasías?
No estaba en el guion.
No estaba en las reglas.
No estaba en mi lista de cosas que podía manejar.
—¿Yo?
—Sí. ¿Alguna vez te imaginaste en una situación… que no te atrevieras a vivir en voz alta?
Mi garganta se cerró.
Mis piernas temblaron.
Y por primera vez en cámara, no supe qué decir.
—Corte en treinta —susurró el director detrás de cámaras.
Y entonces respondí:
—Tal vez…
Él sonrió.
No con burla.
Con certeza.
Esa noche, lo encontré en el ascensor.
Solo.
Mirándome como si supiera exactamente a qué nivel estaba cayendo.
—Si aún dudas del trato —dijo—, piénsalo así: Prefiero enseñártelo yo… antes de que otro intente aprovecharse de lo que no sabes.
—¿Y qué pasa si me arrepiento?
—Lo harás. Pero no por las razones que crees.
El ascensor se detuvo.
Ambos salimos.
Y antes de entrar a mi departamento, lo dije.
Casi sin aire.
—Lo pensaré.
….
Estaba segura de dos cosas:
Uno, Nic West era un arrogante con sonrisa de villano de novela erótica.
Dos, jamás debí haber aceptado ese trato.
Aunque... técnicamente, aún no lo había aceptado del todo.
Solo le había dicho que lo pensaría.
Pero mi cuerpo…
mi cuerpo ya se estaba adelantando peligrosamente.
Y el programa de hoy no ayudó.
—¿Listos? —preguntó el director—. Vamos en cinco… cuatro… tres…
Luces. Música. Cámara.
Fingí la mejor sonrisa que tenía guardada.
—Bienvenidos a Vive y Siente. Hoy hablaremos de algo que genera más debates que certezas: ¿el sexo puede ser solo físico?
Nic ni esperó a que terminara.
—Definitivamente, sí.
Me giré hacia él.
—¿Sin emociones? ¿Sin conexión? ¿Sin consecuencias?
—El cuerpo quiere lo que quiere —dijo, cruzando una pierna con esa arrogancia elegante que le salía natural—. Y si ambas partes lo entienden, no hay nada que cuestionar.
—¿Y el alma?
—El alma no siempre necesita involucrarse. A veces, solo quiere descansar.
Mi ceja subió por instinto.
—Qué conveniente.
Él sonrió.
—¿Te asusta la idea?
—No me asusta. Me parece vacía.
—Vacía no es igual a incorrecta.
—Incorrecta no es igual a dañina.
Él rió. Rió. En pleno programa.
—¿Estás debatiendo conmigo o justificando tus creencias?
Lo fulminé con la mirada.
Sabía lo que estaba haciendo. Estaba provocándome. Disfrutando.
Y lo peor es que estaba funcionando.
—¿Y tú? ¿Estás educando o seduciendo?
Silencio.
El público en el estudio se tensó.
Las cámaras no se atrevieron a cortar.
Nic me miró.
Y por un segundo, su voz cambió de tono.
—¿Por qué no las dos cosas?
Mi estómago dio un vuelco.
Maddie, fuera de cámara, me hizo un gesto con las manos: "Sigue, sigue, esto está explotando."
—Quizás hay cosas que no se enseñan en televisión, Nic.
—Por eso te propuse enseñártelas fuera de cámara —murmuró, sin que nadie más lo oyera.
Tragué saliva.
El director hizo la cuenta regresiva de cierre con los dedos.
Tres.
Dos.
Uno.
Corte.
Aplausos del público.
El equipo estalló en comentarios.
Yo salí del set como si me hubieran empujado.
Maddie me interceptó en el pasillo.
—Emma. ¡El rating! ¡Jamás habíamos tenido una subida así! ¡Twiter está enloquecido!
—Genial. ¿Qué sigue? ¿Un striptease?
—Si lo haces con esa cara que pusiste cuando te dijo “¿Por qué no las dos cosas?”, te haces viral.
—¡Maddie!
Ella alzó las manos, divertida.
—Solo digo… el odio vende. Pero la tensión s****l vende más. Y ustedes tienen ambos. En vivo.
Me apoyé contra la pared, cerré los ojos y respiré profundo.
Era oficial:
Mi carrera iba por buen camino.
Mi vida emocional, en picada.
Y lo peor…
Es que una parte de mí ya no estaba segura de querer detener la caída.
…
¿Te ha pasado alguna vez que alguien te cae tan mal, tan profundamente mal… que no puedes dejar de pensar en él?
A mí sí.
Se llama Nicolas West.
Tiene una sonrisa peligrosa, una voz que debería ser ilegal, y un doctorado en joderme la existencia con frases como:
—¿Ves cómo tu cuerpo me cree, aunque tú no?
Bastardo.
Volví a casa después del programa con ganas de gritar. De romper algo.
De romperle algo.
Preferentemente la boca.
Pero no grité.
No rompí nada.
Solo me miré al espejo.
Y me dije en voz alta:
—Lo odias. Lo odias. Lo odias.
Tres veces. Como si fuera un hechizo.
El problema fue que después de la tercera, me sonrojé.
Porque había una parte de mí que no lo odiaba.
Lo deseaba.
Y eso me enfurecía aún más.
Así que hice lo que haría cualquier persona racional en mi lugar:
Fui a su puerta y toqué.
Una. Dos. Tres veces.
Cuando abrió, estaba descalzo, con pantalón de algodón gris y una camiseta negra que le marcaba los brazos.
Perfecto.
Como si me estuviera esperando.
Como si supiera que iba a caer.
—¿Emma? —sonrió, apoyándose en el marco—. ¿Perdiste algo?
—Sí —dije, seca—. Mi dignidad.
Se rió, bajo.
—¿Vas a entrar?
—No. Solo vine a decirte algo.
—Te escucho.
—Acepto.
Él parpadeó.
—¿Aceptas…?
—El trato.
Silencio.
Su sonrisa bajó.
No por decepción.
Sino por algo más serio.
—¿Estás segura?
—No.
—Entonces no lo hagas.
—Lo haré igual.
—¿Por qué?
—Porque tengo miedo —solté—. Y si no aprendo a dejar de tenerlo ahora, nunca lo voy a hacer.
Nic se enderezó. Dejó de sonreír.
Y me miró con esos ojos suyos que a veces parecen leer más de lo que deberían.
—Hay muchas formas de aprender, Emma.
—Y ninguna me sirve si no empiezo a sentir de verdad.
Silencio.
Otra vez.
Pero distinto.
—Está bien —dijo al fin—. Mañana. A las ocho. Aquí.
—¿Eso es todo?
—Eso es el comienzo.
Me di la vuelta.
Y cuando estaba por entrar a mi apartamento, él habló de nuevo.
—Y Emma…
—¿Qué?
—No me odias.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque nadie mira así al que odia.
Cerró su puerta.
Y, maldita sea, tenía razón.
…
Nunca había estado en el departamento de Nic.
Sabía que vivía en el 5B. Sabía que tenía una voz capaz de desvestirte sin tocarte. Sabía que lo odiaba... un poco menos cada día.
Pero no sabía que su casa olía a madera, cuero, y algo más oscuro.
Algo masculino y elegante, como si cada rincón hablara en voz baja.
—¿Quieres algo de beber? —preguntó.
—Agua.
—¿Segura?
—Si me das vino, pierdo el control.
—Eso es el punto, Emma —sonrió—. Pero está bien. Agua.
Me entregó el vaso y se sentó frente a mí. No demasiado cerca. Pero lo suficiente como para que el aire entre nosotros se calentara.
—Antes de tocarte, quiero que entiendas algo —dijo, dejando el vaso en la mesa.
—¿Qué?
—Esto no es sexo. Esto es aprendizaje. Voy a enseñarte a sentir. A reconocer tu cuerpo. A no pedir disculpas por el placer.
Mi piel se erizó.
No por sus palabras, sino por el tono con que las dijo.
Como si de verdad creyera que esto era un acto de respeto. No de conquista.
—¿Vamos a tener sexo? —Pareció que mi pregunta era un chiste cuando él se rio.
—¿Cómo puedo enseñarte si no es con la práctica? El buen sexo no se lee. Se siente. Quiero que tu lo sientas, lo vivas y lo disfrutes.
Sus palabras me hicieron apretar las piernas. Estaba demente si aceptaba esto, si aceptaba acostarme con este hombre. Pero no podía más, lo necesitaba.
Nic se volvió a acercar un poco a mí. Pero se detuvo antes de seguir. Por primera vez lo vi ser gentil.
—¿Puedo acercarme?
Asentí.
Se sentó a mi lado.
Despacio.
Sin invadir.
Solo estando.
—¿Te tocas?
La pregunta me dio un escalofrío.
—A veces —susurré.
—¿Y cuándo lo haces, lo haces rápido, sin mirarte, con culpa?
Silencio.
Él ya tenía la respuesta.
—Esta es la primera lección —dijo—. Sentir sin culpa.
¿Puedo tomar tu mano?
Asentí de nuevo.
Su palma envolvió la mía.
Grande. Cálida. Firme.
Llevó mi mano a mi propio cuello.
Su mano sobre la mía.
—Cierra los ojos —ordenó.
Obedecí.
—Ahora, deslízala por tu cuello. Siente tu piel. ¿Está fría? ¿Tensa?
—Tibia… tal vez nerviosa.
—Bien. Sigue bajando.
Su mano guió la mía, bajando por mi clavícula.
El roce era lento, casi insoportable.
—¿Sabes qué partes de tu cuerpo te excitan sin que te toquen ahí abajo?
Negué, apenas respirando.
—Hoy vas a aprender eso.
Mi mano —con la suya encima— siguió bajando, sobre el borde de mi blusa.
—¿Puedo?
—Sí.
Sus dedos soltaron los botones con una delicadeza que no esperaba.
Uno. Dos. Tres.
La tela se abrió.
Mi respiración también.
Él nunca tocó más de lo necesario.
Pero su mirada me hacía sentir desnuda.
—Apoya tu mano aquí —susurró, colocándola sobre la curva de mi pecho, sin tocarme directamente.
—¿Qué se supone que sienta?
—Eso —dijo—. El calor. El pulso. El temblor. Todo eso es tuyo, Emma. No necesitas a nadie para encenderte. Solo dejarte sentir.
Seguí explorando mi cuerpo, sintiendo como de apoco, mis propias caricias encendían mi interior. Se sentía bien. Nic guiándome, acariciando mi cuerpo indirectamente. Pasando mis dedos por mi sostén, sintiendo como mis pezones se endurecían aprisionados en la tela. Dispuestos a querer mostrarse.
Mis labios se abrieron. Los humedecí con mi lengua mientras soltaba un pequeño jadeo. Ni siquiera me importó que Nic pudiera escucharme. Me sentía tan excitada que mi entrepierna comenzó a humedecerse.
Una lágrima bajó por mi mejilla. No sé por qué.
Tal vez porque nunca nadie me había tocado con tanta paciencia.
O tal vez porque me di cuenta de que... estaba aprendiendo.
—Abre los ojos.
Lo hice.
Sus ojos estaban fijos en los míos.
—¿Sabes qué sigue?
—¿Qué?
—Nada.
—¿Nada?
—Por hoy. Nada. —Se inclinó—. Quiero que te vayas a casa así. Encendida. Temblando. Y pensando en lo que viene.
—Pensé que dijiste que tendríamos sexo. —Mis palabras salieron.
Él rio, una risa genuina. Pero negó y no sé porque me hizo sentir decepcionada.
—Lo tendremos, pero no hoy.
Se apartó. Me ofreció la mano.
Yo me levanté en silencio.
Y por primera vez en mi vida, deseé más… sin recibir nada.