Prólogo
Mi padre, era uno de los socios fundadores de la empresa de muebles D’Rivera; una de las principales empresas del país. Por muchos años mi padre cerró grandes contratos y viajó a diferentes países, por una o dos semanas terminaba ausentándose de casa.
Pero esa mañana, durante el desayuno, papá recibió un mensaje, luego de leerlo, nos miró con la alegría dibujada en sus ojos.
— ¡Familia, prepárense! Mañana en la tarde salimos rumbo a Florida. Serán dos semanas atareadas, pero al fin podremos decir que estaremos de vacaciones familiares y pagadas.
Una gran sorpresa, no sabía que significaba exactamente Vacaciones pagadas, pero sonaba genial. Mamá lejos de alegrarse empezó a preocuparse por detalles como: el pasaporte, la niñera, las maletas, el hospedaje, las rutas del recorrido y más.
—Tranquila, amor, todo está arreglado —Dijo mi padre —¡Recuerdas a Edward Davis! Pues, me ofreció su casa para alojarnos. Sobre los pasaportes diré que la magia del dinero estuvo presente. —Sonrió— En un rato me los traerán y adivinen cuál es la mejor noticia de todas —Dejó una pausa crítica—Julia también viene con nosotros.
Todos festejamos esa gran noticia. No podría estar lejos de mi querida nana Julia; llevaba cuidándonos más de 12 años y ya es parte de esta familia.
Después del desayuno mamá nos hizo empacar, no quería que nada importante se quedara fuera de las maletas. Preparándonos para el viaje se pasó nuestro día.
A la mañana siguiente ya estábamos rumbo a Florida y en un abrir y cerrar de ojos estábamos bajando del avión. El tío Edward, como le gustaba que lo llamen, nos recogió del aeropuerto.
Lo que sucediera después tiene mucho que ver con las llamadas misteriosa que recibió papá esos primeros días.
Al cuarto día, durante la cena vuelve a recibir esa llamada.
—Cariño que dijimos sobre los móviles encendidos cuando estamos en la mesa—Dijo mamá mirando a mi padre.
—Es que espero noticias muy importantes—respondió él mirando el celular y luego de un gesto de extrañeza rechazó la llamada.
Poco después ingresó un mensaje y a pesar de los gestos de mamá, papá abrió el mensaje. Esta vez su cara se desdibujó, pero no dijo nada y al igual que la vez anterior guardó el celular y continuó comiendo. Al finalizar la cena él y el tío Edward, se encerraron en la biblioteca.
¡Dios mío! Los años han pasado y sigo recordando ese terrible día tratando de encontrar algo que me aclare lo que mi corazón me grita “¿Por qué me dejaron vivir? O, si mi familia sigue con vida ¿Cuál fue el propósito de este gran sufrimiento?”
Aquella mañana trágica, mis padres me enviaron con Julia al supermercado, estaban actuando muy raro, desde que hablaron en privado sentí algo extraño en mi corazón. Tenía miedo, cuando volví del supermercado, ellos ya no estaban, el tío Edward dijo que tuvieron que salir de priesa y que yo me iría en el vuelo de la noche, no habría mucha diferencia, pues me estarían esperando en el aeropuerto. No dijo más, como si eso fuera suficiente para que una niña de 9 años entendiera que se encontraba sola en otro país y que su familia que tanto amaba, simplemente la habían abandonado. No la habían olvidado, ¡no!, simplemente consideraron que ya no era importante en sus vidas.
Mi nana por su parte empezó le reclamó airada y exigió explicaciones para esta atrocidad.
— ¡Dios bendito! Como es posible que hayas permitido que se vayan sin mi niña, es su hija y la abandonan como si fuera un estorbo. Los demandaré, cuando regrese a Perú pondré la denuncia, ¡Me oíste! —Gritó enfurecida—Están abandonándola, se fueron del país dejando a una pequeña de 9 años como si fuera un estorbo—empezó a llorar.
Yo seguía sintiendo ese dolor incontrolable en mi corazón, ese mal presentimiento me acotaba la respiración, esa sanción inexplicable que me hacía temblar de miedo, lloré y lloré sin poder dejar de pensar que jamás los vería a ver.
—¡Cálmate, Julia! —Pidió Edward —, sé que en estos momentos suena descabellado y cruel, pero lo entenderás. Ahora necesito hablar contigo.
Mientras Rosella; esposa de Edward me consolaba, él y julia hablaron en privado por un largo rato.
Me habían abandonado, mi propia familia me abandonó, para una niña de 9 años, apegada a su familia toda la vida, rodeada de amor y cariño, esto fue más que una pesadilla. Una mezcla de sentimientos estrujaron mi corazón y me hicieron llorar sin consuelo.
Horas después, el tío Edward nos llevaba al aeropuerto, Julia estaba más calmada, pero yo seguía muriendo. Entonces lo peor llegó a mi vida.
En el aeropuerto había mucho movimiento y la policía se movilizaba por todas partes.
— ¿Qué está pasando? —Pregunté saliendo de mi tristeza
Julia me miro y no dijo el clásico “No lo sé niña” esta vez me abrazó fuerte y me pio que fuera muy valiente, que mis padres me amaban y que lo que pasara después de ese día era obra del destino.
—No te entiendo—dije casi llorando, algo en mi corazón me decía que jamás los volvería a ver y qué Julia sabía más de lo que aparentaba.
El sol no pudo taparse con un dedo y las peores noticias llegaron de inmediato. Los noticieros transmitían en vivo; el avión donde viajaban mis padres había caído al mar. Helicópteros con reporteros sobrevolaban el lugar y la tragedia se confirmaría. En la lista de pasajeros se encontraban mis padres.
“Estamos trasmitiendo en vivo desde la zona del desastre. Está confirmado, lamentamos dar esta noticia, pero no hay sobrevivientes. En estos momentos, personal capacitado está haciendo lo mejor que pueden, para rescatar todos los cuerpos. Seguiremos informando.”
De esta manera toda espera desapareció. Congelada frente a ese gran televisor en el aeropuerto estaba aceptando mi destino, mi familia había muerto y yo estaba sola en el mundo.
— ¿Cuál es el lado bueno de esto? —Grite con todas mis fuerzas estrechándome en los brazos de mi nana —¿Para qué seguir con vida? ¿Para qué? ¿Para qué? —Grité una y otra vez hasta desmayarme.
Cuando desperté estaba en un hospital, sin duda la noticia de que seguía con vida era un misterio que los socios de mi padre querían saber. El mismo Federico Rivera, junto a su hijo Gonzalo, viajaron a Florida. Antes de que ellos hablaran conmigo Julia lo hizo, lo que me pidió que hiciera luego me ha mantenido con vida todos estos años.