Capítulo 1

1263 Words
Manuela- quince años atrás. Cuando el abogado de mi padre fue a vernos, habían pasado dos días desde que volvimos a Perú. Con días tan grises, mi cabeza no estaba preparada para recibir nueva información. No tenía idea de lo que decía, pero Julia; mi nana, parecía estar conforme con todo. Después de eso se acordó una cita con Federico Rivera, hasta ese momento no entendía que tan importante era ese nombre. Fuimos a su casa y se dio lectura al testamento. En la lectura se dijeron muchas cosas de empresarios que no entendía. Pasado eso me enteré de que, el señor Federico pasaría hacer mi tutor legal. Muchas cosas no encajaban, pude darme cuenta de ello a pesar de no saber del tema. ¿Papá mintió? O simplemente nunca presté atención a sus conversaciones en familia. —Señor Federico —Dice el licenciado Pacheco —, su socio y amigo el señor Alfred Fernández dejó escrito en su testamento que, si muriese antes de que Manuela cumpliera los 18 años, usted pasara a hacer su tutor y maneje las acciones de la empresa hasta que ella pueda hacerse cargo. Esa última frase sobresaltó a Consuelo Landoño; esposa de Federico, que me clavó su mirada de muerte diciéndome. Gritó a los cuatro vientos que eso era un error, que no era más que la hija de un arribista que ahora pretendía aprovecharse de su muerte para robar sus acciones y hacerse de dinero fácil. —Jamás robarás un centavo de mi familia, maldita perra, mientras este con vida me encargaré de que eso no suceda ¡Entendiste pequeña arribista! Primero tendrás que pasar sobre mi c*****r —grita descontrolada, siendo sujetada por Gonzalo. Sin duda, un diminuto secreto de familia estaba saliendo a la luz, el imperio Rivera no solo era de ellos. Estaba herida y dolida, pero por primera vez, al ver ese rencor brotar de los ojos de Consuelo me dio satisfacción. “Un pequeño pellizco” me dije, dibujando una ligera sonrisa mientras era sacada de la sala de juntas. No fue agradable escuchar que el posible culpable, ahora sería mi protector. “¡ironía de la vida! O plan macabro de mi padre”, me volví a decir.   Unos años después Mi padre al parecer dejó todo preparado para que su pequeña hija investigara su muerte. ¡Sí!, sabía que moriría y se las ingenió para burlar a sus asesinos y dejarme solo pistas sin sentido, para obtener justicia. “¿Por dónde empezar las investigaciones?” fue lo que me dije hace unos años, cuando solo tenía nueve y empezaba a superar sus muertes. ¿Quién le creería a una niña si dijera que lo que mató a sus padres, no fue un accidente? Y si en este entonces, hubo alguna manera de probarlo, su teléfono móvil con las llamadas misteriosas que recibió papá antes de morir, se perdió junto a él, en el océano. A veces pienso que es una locura lo que estoy haciendo, han pasado nueve años y no he encontrado nada. Estoy frustrada, atrapada en un callejón sin salida y viviendo quizá con el hombre que planeó la muerte de mi familia. Son simples especulaciones, todos a mi alrededor son demasiado cuidadosos y con aparente vida perfecta. Quién podría decir que alguno de los miembros de la familia Rivera o quizás todos, son unos asesinos. Solo tengo unos gestos de asombro y desagrado grabados en mi memoria, desde el día que se dio lectura al testamento de mi padre. Momentos incómodos que no dicen nada; solo lo mucho que me odian y en estos años transcurridos, todo ha sido igual. Con el pasar de los años el dolor se ha congelado y el triste recuerdo se ha convertido en mi escudo para sobrellevar tanto odio, fingiendo ser una dulce niña inocente, que no tienen idea de los malévolos planes que los Rivera tienen planeado para la pequeña huérfana arribista, heredera del 40% de la empresa de muebles más importantes del país. Sé que no tengo ninguna oportunidad de encontrar la verdad en esta casa y en más de una ocasión maldije el seguir con vida. En unas semanas cumpliré dieciocho y Federico desde hace unos días ha dicho que planea realizar una gran celebración, pues es un día especial. Sí que finge ser un excelente tutor, pero presiento planea algo más, ha estado actuando muy misteriosos y esta reunión privada o que me ha pedido tener con él y mi abogado, no me da buena espina. Unas horas después que llega el licenciado Pacheco, nos dirigimos al despacho de Federico en la empresa D’Rivera. Cuando llegamos, el licenciado me recuerda que en unas semanas seré mayor de edad y podría hacerme cargo del porcentaje que me corresponde. Sinceramente eso no me emociona, solo quiero salir terminar mi carrera de abogada y un día cercano llevarlos a todos tras las rejas. No tardamos en llegar a la oficina del viejo Rivera, era la primera vez que subía hasta su oficina elegante. Se veía feliz el hombre, como si los resultados dela lotería que espera, fuese positiva. Luego de sentarnos nos invita un café y coloca un folder frente a nosotros. Sin perder tiempo, muy feliz se sienta tras su escritorio y dijo que me casaría con Gonzalo en dos semanas. Me quedé congelada, mi corazón se detuvo y mi mente solo pensó en “Ni estando muerta”. —Quiero que lo veas como una puerta abierta a la vida empresarial, en unas semanas serás mayor de edad y deberás manejar tus acciones. ¿Sabes? Me ausentaré del país un par de años y te necesito en la empresa, Gonzalo por tener más experiencia tendrá que manejar los asuntos financieros, reuniones y tratos con nuevos socios. No puede estar en todos lados y tú como hija de mi socio y mejor amigo, eres la indicada para este puesto. — ¿Y no solo puedo ocupar el puesto sin casarme? No se ofenda, pero Gonzalo es mucho mayor. Siempre ha sido bueno conmigo y le tengo afecto y todo, pero no quiero casarme con él — le aclaré en cuanto pude hablar. No es la respuesta que espera escuchar. ¿Por qué? Porque le convenía mantenerme atada a su imperio. Porque si estaba casada con su hijo, sería más fácil seguir apoderándose del dinero de mi padre y mantener las pruebas incriminatorias bajo siete llaves. —Quiero que entiendas una cosa Manuela, tu padre no me consultó el dejarte bajo mi amparo si moría. No me consultó cuando contrató a un abogado para investigar a mi empresa en su nombre, cuando ya estaba muerto—Levantó la voz, furioso—No me consultó tantas cosas y dijo llamarse mi mejor amigo ¿Quién sabe cuántas cosas más hizo a mis espaldas? — Trató de controlarse—Ahora quiero que entiendas que no estoy pidiendo tu opinión, estoy diciéndote lo que tienes que hacer. Te guste o no, te casarás con Gonzalo en dos semanas. —Bien —toma la palabra el licenciado Pacheco—. Pero, solo si Gonzalo está dispuesto a firmar un contrato prenupcial. ¿Qué? Mi propio abogado me entregaba en bandeja de plata, ¿Qué estaba pasando? ¿Acaso él sabía algo que ignoraba? No dije nada, solo vi como la cara de Federico desdibujaba la sonrisa. —Como quieran. Hagan lo que tengan que hacer, que Gonzalo lo firmará sin problemas. Pero que no pase de tres días, porque la boda no tendrá retraso alguno. —dice el viejo.
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