Capítulo 2

1248 Words
Manuela. Bueno no había manera de decir que no, mi adorado padre me dejo atada de pies y manos y con la mayor responsabilidad sobre mis hombros; investigar su muerte. Había muchas cosas que aún no sabía y que al parecer tenía que descubrir sola y a ello sumarle el que no podía confiar en nadie. El licenciado Benítez, abogado que trabajó con mi padre redactó un contrato prenupcial donde pude poner mis condiciones y de alguna manera protegerme de las garras de Gonzalo, pero no pude cantar victoria, él también colocó sus reglas sucias como única condición para aceptar mis términos. Me ató de manos y sería el único beneficiado con ello. —Estás en tu derecho de poner condiciones y no puedo negarme a firmarlo, tomando en cuenta que te estás viendo forzada a este matrimonio. Solo quiero hacerte una pregunta y quiero que contestes con toda sinceridad, sin temores. —Me dijo Gonzalo aquel día. —Dime —Le dije casi de inmediato. — ¿Crees que con el tiempo este matrimonio pueda funcionar? No era una pregunta fácil de responder. ¿Podría enamorarme algún día de él? ¡Definitivamente no! Pero no fui capaz de decirlo directamente. —Eres mucho mayor que yo, existen algunas grandes diferencias entre nosotros, no creo que pueda hacerme la idea de que seré tu esposa, nos hemos criado como hermanos desde hace unos años— le dije intentado no gritar cuando detestaba esa idea. Pero era inmadura y apenas estaba dando un pequeño paso dentro de ese gran imperio Rivera al que me estaban negando ingresar. Tenía derechos sobre ella, pero para todos ellos, no era nadie. —No somos hermanos —dijo él —Ni siquiera te ha adoptado, solo ha sido tu tutor legal y yo, he sido un amigo más en tu vida— se acerca y acaricia mi rostro— para mí siempre has sido una mujer hermosa, fuerte y decidida. Estaré más que dichosos de ser tu esposo. El que lo dijera me hizo estremecer, hace unos meses era solo una niña y me sentía aterrada por la posibilidad de estar a solas con un pervertido. Pero no había que retroceder, estaba dentro, si no aceptaba, no podía tomar control de mi porcentaje, ¿Qué sabia de manejar una empresa? Nada, mis sueños de estudios estaban lejos de esa empresa, pero por mi padre, me doblegue y acepte sus absurdos pedidos. ¡Grave error! Eso le permitió tomar control sobre mí, sin que lo notará me tomaría entre sus manos y se apoderaría de mi vida como un maldito parásito. Después del matrimonio más esperado del milenio poa si decirlo, nos fuimos de luna de miel al Caribe, ni siquiera en mis mejores sueños aspire ir tan lejos, a un paraíso como ese. Lo mejor fue que fueron verdaderas vacaciones, Gonzalo respetó el contrato firmado al pie de letra y evito tocarme ese día y los primeros años sin poner una excusa. De hecho vivir con Gonzalo no fue del todo malo. Me permitió crecer como persona y me dejo continuar con mis metas y sueños. Fui a la universidad sin que mis labores de la empresa se cruzaran, me gradué y llevé una vida social sin ataduras como cualquier chica de mi edad. Por supuesto que tuve algunos beneficios por ser su esposa, pero diré que me gané a pulso cada logro. Pero mis sueños terminarían cuando tuve mi título de abogada en las manos. El puesto de papá en la empresa esperaba por mí, y mi amado esposo se encargó de repetírmelo los últimos meses de estudio. Hace dos años asumí el cargo más alto de la empresa y aunque no ha sido del todo malo, tengo a muchas personas en contra de lo que me pertenece, no por ser la esposa de Gonzalo, sino por ser la hija de Alfred Fernández. La que más me odia después de Consuelo, es Janeth la esposa del primo de Gonzalo. Mis días transcurren en una oficina del tercer piso de la empresa D’Rivera, firmando papeles y ordenando pedidos. Y mi diploma de abogada se sigue empolvando en la pared de mi recámara, junto a los sueños de ser una abogada importante y aplastar a esos miserables. Pero sé que llegará el momento en que tropiecen y entonces estaré ahí para tomar esa ventaja. Más, en esas noches desgarradoras cuando él se cobra la firma del contrato y posee mi cuero, me hago nada y siento que todo lo que hasta ahora he recorrido no ha servido de nada. Cada segundo de dolor que vivo me recuerdan que no soy detective y mi caso sigue lejos de ser resuelto. Sé que no debo desfallecer, pero hay días que son más grises que otros y cada escalón que trepo tiene muchas trabas. En la empresa más que nada, donde solo soy la esposa de Gonzalo, la joven usurpadora del director Rivera. —Al fin la gata saco las garras. Quién diría que después de seis años sin aparecer por aquí, sin hacer mucho esfuerzo un día llegues y te sientes en la silla presidencial. Eso es tener suerte ¡Por qué no creo que estés capacitada para siquiera firmar un papel de baño! —Dice Janeth. —Buenos días, Janeth, a mí también me da gusto verte —Le digo restando importancia a su comentario mal intencionado. —Solo eres una arribista, una caza fortuna, la hija de un ladrón. —¡Escúchame bien cucaracha! — Le grito —A mí puedes decirme lo que se te dé la gana, pero jamás se te ocurra mancillar la memoria de mi padre, porque entonces, me convertiré en una gata salvaje y te sacaré los ojos con mis uñas. —Eres una amenaza para todos, no perteneces a este lugar. —En eso estamos de acuerdo. Yo no pertenezco a esta casa de víboras, pero tú encajas perfectamente. La veo irse hecha una fiera. Para lo que me interesa caerle bien a una víbora como ella. Sin contar que cuando se reúne con Consuelo el golpe llega doble. Pero no estoy sola, tengo a mis dos mejores amigas Ankly y Catalina, que desde la universidad se han convertido en mis hermanas, mis consejeras y mis cómplices. Por supuesto sigo contando con Julia; mi nana y mi madre adoptiva desde hace 16 años. Y si cuento a las personas que me quieren, pues, también tengo grandes amigos fuera de casa; la familia de Fermín, las personas mejores que he conocido y que sé que podría confiarles mi vida. Por otro lado, aunque no logró confiar al cien por ciento en mi abogado, cuento con él y con el tío Edward, un hombre misterioso, que solo aparece para traerme desgracias. Hace unos días me llamó. —Antes de que tus padres se fueran de mi casa dejaron un sobre para ti, se supone que debía entregártelo cuando cumplieras dieciocho, pero se me paso el tiempo, lo olvidé sin querer. — ¡Espera! Llamas después de dieciséis años para decirme que tienes algo importante para mí, que debí recibirlo hace seis años. Te has puesto a pensar en lo indispensable que puede ser esa información en mi vida— expreso enojada. —Lo sé, lo lamento —Me cortó de inmediato. —Qué poca memoria la tuya… —Digo enojada. — Lo sé, estoy en deuda y no sé cómo remediarlo, por lo pronto estoy llegando a Lima. Debemos vernos.
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