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MI RETORNO

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intro-logo
Blurb

Argenis Lozada es un anciano que, tras sufrir un ataque al corazón, regresa a la vida luego de quedar atrapado en medio de dos sitios completamente opuestos, uno muy iluminado y bello y el otro sumergido en la más completa oscuridad. Al sentirse nuevamente en la vida, sin haberse dado cuenta de lo sucedido, es decir, que había retornado del más allá luego de su fallecimiento, comienza a revivir su existencia en reversa, cada vez con menos edad y en medio de los episodios más importantes de su vida, unos felices y otros trágicos. El retorno lo lleva finalmente a un sitio no determinado desde donde narra la acción en espera de su descanso definitivo o a continuar vagando en los brazos del tiempo y del misterio del regreso a la vida. El primer paso en aquel retorno a la vida, se produce exactamente cuando el anciano celebra su cumpleaños. Aquella mañana Argenis se siente un tanto extraño, pues, a pesar de que últimamente no hacía más que dormir, como acostumbrándose a estar muerto y se negaba a consumir los alimentos; en ese momento se sentía otra persona, sentía una extraña fuerza que lo conminaba a comerse al mundo. Al no entender lo que le estaba sucediendo, sentía temor, pues creía que estaba enloqueciendo. Poco a poco se fue adentrando en su propio misterio, hasta que comprendió que estaba viviendo su vida nuevamente, pero curiosamente su final se había transformado en su principio. Revivió la muerte de su esposa, pero al siguiente paso, al presentarse en otro instante ya vivido, ella estaba presente, enferma pero presente enteramente para continuar dándole su amor. De esa particular forma, se sucedieron todos los momentos trascendentales en la vida de aquel hombre que no le había bastado una vida para demostrarle a sus seres queridos, lo mucho que los amaba.

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Recuerdo que en aquel lugar existía una quietud intensa, acompañada de una blancura radiante que solo era alterada por la algarabía de un grupo de niños ataviados de blancos ropajes. Era un sitio amplio. Existía también un conjunto de arbustos deliciosamente podados que, hilera tras hilera, lo rodeaban. Lo que más me llamó la atención, fue aquel resplandor que ocupaba la inmensidad. Los niños se confundían con lo inmaculado del lugar. Ellos retozaban sin cansancio alguno, formando una estela de dulzura en aquel sitio que se asemejaba a una inmensa nube. Se escuchaba en todos los rincones, una música muy suave, relajante; nunca había escuchado nada parecido. El hermoso paraje se parecía a la gloria; tal como siempre ha sido descrita desde tiempos inmemorables. Sin duda alguna, era un lugar ideado por Dios para demostrar la pureza de sus actos. No había nada alrededor de ese sitio excepto su gran  belleza. A cada instante el esplendor se palpaba más intenso, la paz se denotaba más pura. Quedé fascinado por todo aquel manantial de bellezas que mis ojos miraban extasiados. La paz que percibí no era de este mundo, de eso estoy completamente seguro. Minutos después, el silencio lo abarcó todo; lo tenebroso llegó inesperadamente. La luminosidad que había sido la dueña de todo ese bello lugar, dio paso a una densa oscuridad. Fue precisamente en esa oscuridad, donde se inició eso tan extraño que en este momento considero el gran enigma de mi vida.           Quise abrir mis ojos cuando dejé de percibir el encanto de aquella naturaleza divina y no pude, era como si una fuerza indescriptible trataba de evitarlo. Tampoco podía moverme, algo extraño me estaba sucediendo y no sabía qué podría ser. Traté de calmarme, pero me resultó imposible, dado el intenso terror que estaba sintiendo. Me sentí muy confundido, extrañado por lo repentino de aquella deprimente situación; después de haber disfrutado de la magnificencia de un hermoso lugar. Continué haciendo un magno esfuerzo para abrir mis ojos y no pude lograrlo, esa extraña fuerza me lo impedía.           Cuando estaba a punto de saber qué era lo que estaba pasando, mi mente quedó obnubilada, atrapada en aquella oscuridad desafiante. No logré asirme a la realidad. Mis ojos continuaron cerrados sin que pudiera evitarlo. Me esforcé por abrirlos, pero mis esfuerzos continuaban resultando infructuosos. Me apabullaba aquella oscuridad extensa. Se  apoderó de mí en ese instante un gran desespero. Estoy seguro de que nunca podré olvidarlo, incluso más allá de los límites de mi muerte. Al no poder abrir mis ojos sentí temor, por ello me quedé estático, casi sin pensamientos. No podía respirar ni moverme adecuadamente. Era como estar y no estar. Era como sentir y no percibir. Opté por entregarme a un final que presentí que había llegado, tal como llegan sin demora, los inclementes tentáculos del tiempo. Me estaba sucediendo algo extraordinario, lo que nunca había experimentado y a lo que empecé a temerle.           Esperé inmerso en aquella oscuridad suprema, la llegada de alguien que pudiera rescatarme de aquella situación tan deprimente. Ya no cabía en mí un momento más de angustia, de miedo; de esa turbación que hacía que una tonelada de pesares se dejara sentir en mi atribulada humanidad. Cuando estaba a punto de gritar, me di cuenta de que mi boca estaba cerrada a palabra alguna y más aún, a un grito que pudiera exteriorizar mi gran tormento. Sentí que mi final había llegado, en ese momento estaba muy seguro de ello. Bastante había vivido, aunque en ese momento no recordé cuanto. Quise recordar mi pasado y tampoco pude lograrlo. Cuando ya la locura se posesionaba de mí, ocurrió el maravilloso milagro; se dio la luz a mis ojos. También pude moverme. Sentí que con un movimiento de mis párpados lo tocaba todo. Pude abrir mis ojos. Pude mirar, pude palpar palmo a palmo lo que estaba frente a mí. Mis movimientos se iniciaron lentos, débiles; pero determinantes.              Estaba allí, un mundo del que había estado ajeno nunca supe por cuánto tiempo. Estaba allí, una vida de la que me había sentido por un tiempo indeterminado, vacío. Estaba allí la realidad, mi despertar después de haber estado sumido en los misteriosos linderos de una oscuridad avasallante. Entonces, los recuerdos se volvieron a sentir y llegó, instantáneo, el preciso instante cuando algo poderoso me transportó hasta aquel sitio; donde todo era cubierto por una luz blanca extremadamente preciosa y que luego resultó tomado por aquella tétrica obscuridad.           Toqué instintivamente mi rostro y aparté las lágrimas que lo habían cubierto por completo. Pude mirar mis manos y contemplé en ellas el gran paso de los años. Estaban cubiertas por mil toneladas de vejez, prueba de ello eran los abundantes surcos que se dibujaban en su decadencia. Quedé sorprendido de aquella flacidez, de lo extenso de mis huesudos dedos, de la brillantez que se dejaba escapar de ellas. Inmediatamente después, al caer en cuenta de que estaba en una realidad, comprendí todo lo que en mi vida estaba sucediendo. Palpé la totalidad de mi cuerpo menudo y mientras recorría mis piernas con aquellas manos huesudas, en una de ellas pude palpar una gran cicatriz, la cual la hacía mucho más delgada de lo que realmente era. Comprobé que mi extremidad parecía más bien, un hueso tapizado con una piel apergaminada.           Miré a mi alrededor, estaba en mi realidad, era esa mi vida; la recordé palmo a palmo, segundo a segundo. Fue ese el principio, cuando segundos antes había sido el final. Estaba sobre mí, el eterno horizonte de madera que constituía el techo de mi habitación, el que cada noche me desafiaba, como queriendo bajar despacio y desatar sobre mi cuerpo todo su peso. Sentía todo eso, mientras permanecía refugiado en la temible soledad de una alcoba difusa, perdida en la enmarañada inmensidad de una enorme casa; donde todos los recuerdos de mi existencia se encontraban día a día y se negaban a morir.           Una tenue luz llegaba por una minúscula ventana, la misma que dejaba que, inquieta, una aterciopelada cortina se moviera a sus anchas jugueteando íntimamente con una suave brisa que se acercaba tímidamente, deseosa de acariciar aquella fibra tersa. Dejé de mirar mis manos y de palpar la horripilante cicatriz de mi pierna izquierda. Toqué entonces mi rostro que, lánguido, se negaba a expresar una mueca que reflejara alguna señal de vida. Exploré un cuerpo que se oponía a continuar un camino. Palpé más surcos, más años, más eternidad. Todo lo palpado, toda la longevidad que sentí en mí, me indicaba una realidad. Me demostraba que mi vida se había adentrado mucho más allá de lo esperado. Nunca pensé que iba a vivir tanto, más, cuando recordé que en mis mocedades había sufrido un horripilante accidente, que me hubo colocado muy cerca de los brazos de la muerte.           Comprendí entonces, que era yo un anciano que hacía pocos momentos, tal vez unos minutos, unas horas o quizá algunos días; había sentido un horrible dolor en el pecho. En aquel momento recordé lo que me había expresado hacía muchos años, el sabio médico que llevaba las cuestiones de mi salud a insistencia de Eduardo, mi hijo y que había establecido desde ese entonces, una maligna cardiopatía que se hubo anidado en un corazón que había sido presa de los desacuerdos que siempre tuve con una alimentación sana. Nunca establecí la rutina de una vida saludable. Era preciso que mi paladar sintiera la tibia sensación de una grasienta fritanga, de una comida que desbordara colesterol al menor contacto con mi ansiosa boca y, aunado a eso, detesté desde que era un mocoso; las visitas a los galenos y, con mucha más energía, fui enemigo de tomar pastillas, píldoras, cápsulas o cualquier otro artificio de los que se valen los médicos para devolvernos la salud.           Ese día al despertarme, sentí una obnubilación, un dolor leve en mi pecho y un mareo que me imposibilitó para levantarme de mi regazo y hacer lo que hacía todos los días, nada. Por un momento me quedé caviloso, enredado en mi malestar y en las caricias de quién compartía conmigo en ese momento la intimidad de mi cama; la delicada y tibia cobija de un grosor insoportablemente delicioso, la cual utilizaba para resguardarme del aterrador frío que se desprendía de una consola del modernismo, que estaba instalada justo encima de mis narices.             Poco tiempo después, el malestar había quedado resguardado en un momentáneo olvido. Me incorporé de mi cama, apoyado en una andadera que estaba a mi entero alcance, dejando tras de mí; el desorden eterno de mi descanso diario, demostrado en una almohada que había ido a parar al piso frío, varios pañales atestados de orine arrojados por toda la habitación y las huellas de mi propia caca que había dejado en los calzones que estaban secos ya debajo de la cama; como queriendo ocultarse de la vergüenza que ya yo no sentía.  Me quedé sentado en el baño, sobre el trono de todos los días, olvidando como siempre; que ya mis esfínteres no me hacían caso alguno.             Era día martes, era dicho a viva voz por el moderador de un programa de televisión, ese aparato que escasa vez miraba, el cual encendía por sus propios medios y también se apagaba a determinada hora, víctima de un modernismo que nos ha conllevado a hacer menos cosas cada vez.  Ese día hice lo que siempre hacía a diario, protestar por todo con una voz que casi nadie entendía, menos aún, cuando me oponía rabiosamente a que me instalaran mi prótesis dental. Tardé una eternidad en tragarme mi desayuno. Era que ya mi cuerpo no quería seguir alimentándose, para evitar de esa forma, continuar una vida custodiada por la longevidad.           Posterior a ello, un joven moreno, quien nunca me hablaba, me llevó a asolearme como una lagartija, mientras alguien limpiaba mi habitación y abría de par en par la puerta; para que el hedor de mis consecuencias saliera libremente. Sentí nuevamente un horrible dolor en mi caja torácica. El mareo se acentuó más triunfante que al principio de ese inolvidable día; pero le hice caso omiso. Más tarde, cuando comenzaba a fascinarme con la fragancia de las flores que crecían a mí alrededor en unos fabulosos jardines, un hombre maduro, con una cabellera grisácea y una leve curvatura en la columna vertebral, me tomó del brazo derecho y me condujo a la habitación. Me colocó con inmenso cariño en mi regazo ya arreglado y me contempló con una mirada colmada de encantos.           Se sentó al borde de la cama y me acarició los escasos cabellos que aún conservaba. Me arropó con la cobija limpia y fragante que acababan de colocar en mi lecho, me besó en la frente dulcemente y volvió a mirarme con mucho más encanto que antes. Yo no supe hacer, más que corresponder a esa divina paz que de él recibía, con una sonrisa amplia que mostraba mis encías desnudas como las de un bebé. Al poco rato, cuando sintió que el sueño me vencía, se paró con algo de dificultad y se alejó de mí diciendo unas palabras que apenas llegaron a mis cansados oídos. _ Hasta luego papá, descansa. Voy donde mi compadre Ricardo, porque no me he sentido muy bien. Más tarde nos vemos.            Era mi hijo Eduardo quien, ya entrado en años, se despedía de mí. Mi hijo se disponía a visitar al médico, porque él sí estaba pendiente de su salud. Estaba entrado en una senilidad precoz, tenía algo más de sesenta años y se presagiaba ya; que iba a vivir mucho tiempo como su padre y su abuelo. En ese momento me exalté y, de soslayo, lo miré caminar hacia la puerta. Recordé fugazmente, con nostalgia y devoción, cuando sobre mi mano lo exponía, teniendo solo unos pocos días de nacido; a los suaves rayos del sol de la mañana, para evitar con eso, que se pusiera amarillento. Dormí toda la tarde. Cuando me desperté, casi al mismo tiempo se dejó escuchar el antiguo reloj de péndulo que perseveraba en el corredor, el cual anunciaba que eran las cinco de la tarde; perfecta hora para tomar el té.              A las seis en punto el aparato de televisión se encendió automáticamente, apareciendo como por arte de magia un hombre ataviado de n***o, con capa, sombrero y antifaz del mismo color; cabalgando sobre un perfecto caballo igualmente n***o; no le presté atención. Cuando intenté salir de mi cama, sentí nuevamente el agudo dolor en mi pecho, un dolor que en ese momento se extendió por todo mi brazo izquierdo, llegando hasta a mis espaldas. Me faltó el aire, aquella sensación de ahogo fue inefable; quise llamar a alguien, pero no pude emitir una sola palabra. De pronto, sentí que no podía moverme siquiera. Percibí una extraña sensación, sentí que mi espíritu salía de mi cuerpo. Fue en ese momento cuando apareció ante mí, aquella magnífica luz blanca que me cautivó enormemente.           Al poco rato todo era ya distinto. Me sentí aún en mi cama, rodeado por todo lo que me había rodeado últimamente; pero no sentía aquel terrible dolor que me había dominado. No sentí nada que perturbara mi tranquilidad. Una misteriosa energía se había apoderado de mí, haciendo que de un solo impulso pudiera ponerme de pie. Me coloqué la prótesis que estaba aguardándome sumergida en un vaso casi lleno de agua y por primera vez desde hacía mucho tiempo, oriné voluntariamente en la sala de baño. En ese momento el reloj marcaba las siete de la noche, a juzgar por las siete campanadas que retumbaron en toda la casa y que llegaban con una intensidad fabulosa a mis oídos.           Algo había ocurrido en mí que no lograba comprender y que me embargaba de temor y a la vez de emoción. No me imaginé orinando a voluntad, ya hasta se me había olvidado como se hacía. Recordé en ese momento, la blancura divina en la cual me había sentido rodeado de muchos angelitos. También recordé el misterioso y tenebroso sitio colmado de sombras. Pero todo había pasado, estaba allí nuevamente, sano, con unas ganas inmensas de llevarme el mundo por delante; pero en ese momento solo quería dormir. Nadie se había percatado de que había sucumbido ante la feroz agresión de un infarto fulminante, que había fallecido y que había retornado de la muerte. Nadie se había percatado de ello. En ese momento, ni siquiera yo mismo lo sabía.            Momentos después el sueño me venció. Se presentó nuevamente una oscuridad, pero por fortuna fue una oscuridad benigna, la que siempre se presenta cuando el sueño nos gana la batalla. Aquel instante se quedó perenne en mí, resguardado en unos recuerdos bonitos, esos recuerdos que se evocan cada vez que queremos ser felices. Estaba consciente de que algo grave me había pasado, mi corazón llevaba varios días previniéndome de ello y yo, testarudo, no le había hecho caso. Ese día de julio terminó desbocándose, para conducirme sin remedios a los predios de un infarto con doctorado. Todo había sucedido en lo más íntimo de mi habitación y en mi más caradura soledad.           Todo sucedió un ocho de julio de un año inolvidable. Era yo un anciano noble cubierto por noventa y dos años, cuyo único equipaje parecía ser un esqueleto tapizado con un pellejo diáfano y casi transparente. Pero más allá de lo que observaban los mortales, estaba el cuerpo legendario de un hombre que había logrado mucho, que albergaba los recuerdos inviolables de dos hermanos muertos; de una madre fabulosa que había fallecido de cáncer, de un padre que supo ser eso y que también había partido a la gloria de Dios; de una esposa a quien amó eternamente, además de un hijo que miraba por él, que a cada paso suyo, estaba pendiente que no le faltara nada; amén de otros descendientes que de seguro tenía, pero que en ese momento no recordaba.           Era yo en verdad, un leve anciano que casi no podía con la vida, lo cual demostraba antes de ese mágico momento; con la gran dificultad que me producía el hecho de incorporarme de mi cama, de tragar una cucharada de líquido alimento; de simplemente hacer mis necesidades. Nunca recordaba que mis esfínteres habían abandonado todo recurso de obediencia a mi cerebro. Mis esfínteres ya no servían para nada, ya que mis orines y mi caca se quedaban por doquier.           Ese era yo, un viejo, una piltrafa humana al margen de una mínima utilidad; a la zaga de toda realidad. Pero esa tarde y esa noche me sentí el anciano más feliz del mundo, de eso sí que estaba bien seguro. Era pues, un anciano que había conocido muy de cerca la gloria y el infierno. Ahora, en este sitio y en este tiempo indeterminado a donde he venido a parar; tengo certeza de que mi Dios bendito, mí adorada madre; mi padre querido, mis hermanos; la dulcinea de mi vida, mi hijo bendito y el resto de mis descendientes; quisieron que retornara a esta vida en la que hoy me siento tan útil.           Me desperté tras la premura de mi esfínter que me indicaba que mi vida había cambiado. Me levanté deprisa y caminé sin asirme de las paredes hasta llegar al baño, allí me detuve a mirarlo todo. Miré un sincero espejo de regular tamaño que se anunciaba sobre mi estatura. Acordé con mi realidad y busqué una bacinilla que coloqué boca abajo. Me encaramé en ella para lograr mirarme, ya que mi reducida estatura me impedía ver mi propio reflejo.           Lo que vi estaba triste. Eso pensé en ese momento, luego me di cuenta de que no era tristeza, era solo que mi sonrisa aún no se exteriorizaba. Estaba mirando a un anciano, pero que parecía estar joven. Mi vejiga reclamaba atención y presuroso la atendí, sorpresivamente oriné a voluntad. Cuando escuché que el reloj daba las cinco, ya yo estaba despierto desde hacía aproximadamente una hora, lo que no pasaba desde hacía tanto tiempo, puesto que el día me tomaba dormido y si no hubiese sido por las personas que me cuidaban y por Eduardo, habría pasado toda la vida durmiendo o haciéndome la idea de estar muerto. En la penumbra de mi habitación, pude darme cuenta de que mis pasos eran ligeros, de que mi respiración carecía de sibilantes y que mis pantorrillas no estaban enmascaradas con tanto líquido. Tenía ganas de vivir, quería hacerlo y en algo había repercutido aquel sueño o pesadilla que el día anterior había tenido.            A las seis de la mañana el televisor se encendió y la preciosa dama que en ese instante había comenzado a narrar las noticias, dijo que era día lunes, un lunes de julio; un día exacto, un día antes. Recordé el sueño de la noche anterior. Fue el sueño más complaciente de mi extensa vida, me complazco ahora en anunciarlo; ya que fue el sueño donde evoqué a mi madre, a mi padre y a mis hermanos. Mis padres fueron primordiales en mi vida, al igual que lo fueron mis hermanos, mi esposa y mi hijo.            Era lunes en la mañana, mi conciencia comenzaba a exigirme una respuesta ante una extraña situación. Recordé, de manera suspicaz, todo lo que me había pasado el día anterior. Creí en un principio, que se había tratado de una jugarreta de la senectud y, acudiendo a mi blando sillón extensible, esperé a que cada uno de mis actos inmediatamente transcurridos, hiciera eco y aclararan la situación vivida. No pasó mucho tiempo, para que el asunto se tornara claro como agua de cristal de roca. Entonces comprendí lo que ha sido para mí, lo más extraño del mundo. Por ello, mi silencio se tornó irrompible, puesto que era mi misterio y nadie tendría que tocarlo. Era lunes, un día misterioso, inolvidable, puesto que precisamente ese día se reanudaba un ciclo. Se trataba de un ciclo inolvidable, el cual me llevaba del brazo hacia el más intenso de los misterios. Al misterio de mi retorno a la vida.                  

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