El sol se presentaba como el único invitado que llegaba sin que nadie lo invitara. Con pasos dudosos, pero firmes y seguros, asido por precaución a mi servicial andadera, me trasladé hasta la ducha para realizar lo que ya casi había olvidado; posarme allí, debajo de aquella maravilla que años antes había sentido caer sobre mi cuerpo, como millones de diminutas e inofensivas lanzas. Sin dudarlo un instante, corrí la puerta plegable que me separaba de aquella maravilla y me dispuse a entrar en aquel sitio memorable. Trastabillé torpemente cuando tropecé con aquel quicio inoportuno que osaba separarme de esa bendición. Permanecí inmóvil por un momento, tiempo lo suficientemente necesario para recordar que hacía un tiempo inmemorable, me internaba en la sala de baño de la alcoba matrimonial con mi Amada y nos deslizábamos, juguetones, entre las acariciantes aguas que eran nuestras cómplices, para hacer en ese sitio lo que hicimos muchas veces.
Llegó un poco de melancolía a mis sentidos, cuando recordé a Amada, quien fue mi compañera por muchísimos años, quien me consintió, me tuvo paciencia; la madre de mi único hijo. Con mucha nitidez recordé a mi querida esposa, la mujer a quien amé intensamente, al igual que ella me hubo amado. Recordé a esa magnífica mujer y rememoré, como una ráfaga instantánea, que hacía algunos años me había dejado solo para reunirse con Dios. Cuando pude recobrar el equilibrio que había sido secuestrado por mi traspié, entré a la sala donde estaba situada la ducha y me quité las pantuflas, puesto que siempre me había gustado bañarme descalzo, sin temerle a los malignos hongos que constantemente me causaban los endemoniados sabañones que siempre padecí. Sentí la gélida textura del piso y un estremecimiento se apoderó de mi desgastado organismo, pero no le hice el menor caso.
Decidido, tomé entre mis manos la válvula de la regadera y dejé escapar ese torrente acuoso que, desesperado, quise sentir en todo mi cuerpo. En unos segundos ya estaba empapado, el agua fría se deslizaba por entre mis eternas arrugas cayendo hacia su destino obvio. Recibí ese refrescante aliciente por un rato que se prolongó en una leve eternidad, hecho lo cual, tomé la pastilla de un jabón azul celeste que dejaba escapar una fragancia a pétalos de flores y cubrí con su espuma toda mi integridad. Lo disfruté tanto, hasta que esa misma espuma que me hacía sentir como me hube sentido hacía ochenta y tantos años atrás, se introdujo en mis ojos produciéndome un intenso ardor.
Levanté mi rostro como cuando era un niño, dejando que el agua penetrara a mis ojos y apartara de esa forma, la obstinada espuma que por momentos me había hecho daño. Cuando creí que era suficiente ya el tiempo que había permanecido bajo las aguas, cerré la llave de la ducha y dejé que dicho líquido se escurriera de mí ser, cosa que no fue muy difícil ya que, por lo escaso de mis carnes, mi organismo no era muy amplio y no había entonces tanta agua que desalojar.
Disfruté mucho aquella ducha. Creo que nunca la había disfrutado tanto estando solo. Fue una sensación muy agradable sentirme tan limpio como en ese momento me sentí. El aire acondicionado había sido desconectado desde una fuente que existía en el exterior de mi recámara, lo que denunciaba que dentro de poco vendrían por mí. Le gané una carrera una vez más al tiempo y, no existiendo el frío que siempre odié al salir del baño, caminé desnudo por toda mi habitación. No necesité aquella andadera que estaba dispuesta al lado de mi cama. Busqué mi ropa interior en varios sitios, hasta que finalmente la conseguí entre las gavetas de mi guardarropa. Sorprendido yo mismo de mi extraordinario equilibrio, levanté mi pierna tan alto como pude para poder colocarme mi ropa. No había sido necesario aquel movimiento tan exagerado, pero quise hacerlo para comprobar una elasticidad que había perdido no sé en este momento, cuánto tiempo. Mis reflejos resultaban extraordinarios.
Me puse mi pijama y luego peiné mi blanca y escasa cabellera para luego sentarme a mirar la televisión. En ese preciso instante, hizo acto de presencia el enfermero que desde hacía varios años se encargaba de mis cosas personales. Se trataba de Luis, el joven que me aseaba, me vestía; me alimentaba y hasta me entonaba melodiosas canciones que inventaba para hacerme dormir, tal como se hace con un niño. Confundido, me miró con sorpresa. Estoy completamente seguro de que en ese momento pensó que Eduardo me había realizado el aseo matinal antes de que él llegara, por lo que le restó importancia. Se sentó a mi lado. De vez en cuando me miraba, tal vez le sorprendía que mirara con tanta atención el programa que en ese momento transmitían. Era lógica su extrañeza, ya que nunca me había observado mirar nada con detenimiento. Seguramente el n***o Luis creía que no estaba entendiendo lo que un periodista y dos invitados, embarrados hasta lo máximo en política, discutían con vehemencia.
Eduardo llegó junto a Gladis, la mujer del servicio, quien mantenía entre sus manos mi desayuno, colocado cuidadosamente sobre una bandeja dorada. Mi hijo se acercó cariñosamente a mí y, besándome en la frente, me pidió la bendición, pero no como siempre lo había hecho, con su voz tan recia y perfectamente modulada, sino más bien en una voz muy baja, casi como un susurro: “Bendición papá”, suponiendo mi bello hijo que su anciano padre no le escucharía ni le respondería.
_ Doctor Eduardo, ¿también le va a dar el desayuno al abuelo? – Preguntó Luis, aún presa de su confusión. Mi hijo le restó importancia al comentario expresado por el n***o Luís, creyendo que se trataba de una astucia de zorro viejo, para continuar mirando el programa que se había tornado interesante.
_ Dáselo tú, como todos los días. – Solo atinó a decir Eduardo antes de proceder a salir de mi alcoba.
Mi hijo se retiró después de haberme dado otro beso en la frente. Nadie había sospechado nada. Gladis dejó mis alimentos en una mesa que estaba dispuesta cerca de mi cama y se ubicó en una silla esperando que Luís me sacara de la habitación tan pronto acabara mi desayuno. Mientras tanto, aprovechó el pequeño momento de ocio para echarle un ojo a la televisión, interesada como todos en la entrevista política que era ya una escandalosa discusión; donde los insultos eran para que no salieran al aire.
Concentrados cada cual en la bulla que salía del dichoso aparato, no se percataron de que me había levantado. Me senté en la silla que había cargado hasta donde estaba colocado mi desayuno, el cual despaché con apetito voraz. Lo que sucedió luego me causó mucha gracia. Luis, apenas hubo terminado el agreste debate, se dignó por fin a darme mi desayuno y se tornó un tanto nervioso, cuando comprobó que ya lo había ingerido. Gladis, al ver de igual manera que ya mis alimentos no estaban en el plato, se retiró en busca de los enseres para realizar la limpieza de mi habitación. Uno pensó que la otra me había servido el desayuno y viceversa, por lo que la alarma no fue mayor. Mientras Luís caminaba conmigo hacia el patio, Gladis se adentraba en la alcoba y cuando pasaba a nuestro lado, Luís le agradeció lo que había sentido como un gran favor, por lo que la dama, sorprendida, lo miró extrañada.
Últimamente no había tenido oportunidad de mirar el gran patio de la casa. Era hermoso, era magnífico; como me enorgullecía siempre al decirlo. En él existía una frescura de naturaleza virgen que le daba un aire de quietud. Era ese mi Edén, donde varios limoneros antiquísimos hacían una descomunal sombra, que era aumentada por la que brindaba un inmenso árbol de mangos, en cuyo grueso tronco Eduardo, en una ocasión, presa de un romanticismo precoz, grabó un gran corazón traspasado por una flecha, dentro del cual hubo marcado dos letras. De esas dos letras solo quedó la E, ya que la otra la borró después de que se hubo terminado la fiebre de un amor pasajero.
Los árboles estaban ubicados a la derecha y a la izquierda de un cobertizo de techo ligero y de comodidad suprema. De él pendían dos hamacas inmensas que llamaban al retozo, en una de la cual; Luís me ayudó a recostar. Justo a esa hora, el sol acariciaba mi delicada piel torturada por la edad. Al final del patio estaba el jardín. Estaba siempre florecido mi bello jardín; cuánto lo había extrañado. Quise dirigir mis pasos hacia él, pero no consideré oportuna esa acción y me conformé con mirarlo desde la distancia, imaginándome las fragancias de las flores, pues no alcanzaban a llegar hasta donde estaba yo ubicado.
Los minutos pasaban ligeros. Un recuerdo repentino y fugaz de las personas que había amado, dejó cabalgar en mi memoria un gran sentimiento de ternura. Era como una ventana mágica que le daba la luz a todo mi pasado. Lo quise disfrutar a lo grande, saboreando cada recuerdo como si lo estuviese viviendo nuevamente. Estando inmerso en esos bellos recuerdos transcurrió mucho tiempo. Sin que me diera cuenta, me trasladaron a mi recámara donde continué abstraído en mis remembranzas. Me olvidé por completo de mí y de lo tan misterioso del fenómeno que estaba sucediendo en mi vida. Recordé a mis padres, a mis hermanos, a mi esposa y a mi hijo; en fin, recordé a toda mi familia.
Para todos era común verme encerrado en un mutismo, pues llevaba muchísimo tiempo así, ajeno a todo cuanto me rodeaba; por lo tanto, nada extraño notaron en mi actitud. Recordé buena parte de mi pasado. Interpreté aquellas evocaciones, tal como si hubiesen sido un sueño, en el cual toda mi vida se aglomeraba para gritarme posiblemente un presagio. No imaginé que iba a revivir literalmente todo mi pasado; en realidad, a nadie, en condiciones normales, se le ocurriría tal utopía. Como era tan larga mi existencia, mis recuerdos demoraron mucho en acercarse a mi aturdida razón. Cuando regresé a la realidad, habían transcurrido ya varias horas.
Mis recuerdos se llenaron de vida; mi vida se introdujo en mis recuerdos. Extrañamente, en ese momento, todo mi pasado se apartó de mí y solo se presentaba a medida que lo iba reviviendo; porque como una parodia de la vida, mi pasado sería ahora mi futuro. Como cuando era niño y aún siendo un joven, quise refugiarme en el claustro de la noche silenciosa y allí, envolver mis extrañezas y mis temores. Pude notar que en el silencio me sentía maravillado, porque allí me creía protegido. Sin percatarme siquiera, el sueño me aturdió y me arrebató la voluntad, transportándome con sus brazos amables a un sitio desconocido y placentero.
No sé cuánto tiempo dormí, pero por mi embotamiento al despertar, deduje que había sido mucho. Pude sentir que estaba en un tiempo indeterminado de mi pasado. Recordé que estaba siendo víctima de un extraño fenómeno, en el cual me enfrentaba a una regresión inaudita. Eso fue lo único que logré recordar, mi mente permanecía en blanco; solo retozaba en ella lo macabro de mi resurrección. No existía tan solo un recuerdo que me hiciera aferrar a ese momento que estaba viviendo.
Me incorporé de mi aposento y, como siempre, me dejé llevar por la inercia de la rutina hasta el baño, donde hice lo que siempre hacía al entrar; mirarme al espejo antes de disponerme a hacer alguna necesidad apremiante. En aquel espejo me aguardaba una realidad; el rostro de un nonagenario que se notaba distinto al que había contemplado la última vez, no sabía entonces cuanto tiempo hacía de ello. Miré a mis ojos, antes apagados, brillantes como cuando era joven; cuando tenía tantas ganas de recorrer el mundo para conquistarlo. Lo rutinario lo hice sin prisa, luego regresé a mi cama para tratar de dormir otro poco. Di muchas vueltas sobre aquel acariciante colchón, sin embargo no logré conquistar el sueño nuevamente. Traté de evocar algo que me orientara, pero todo fue en vano; nada llegaba a mi mente.
El sobresalto me dominó, cuando entró a la recámara una joven muy morena con un reducido traje, quien llevaba los corotos que antes había llevado Gladis, o mejor dicho, los llevaría después. Sin mirarme siquiera y menos aún, dirigirme una palabra, se sentó en una de las sillas y me miró de soslayo. Comprendí lo que quería decirme con esa mirada y, sin hablarle, me levanté de la cama y salí por mis propios medios de la habitación. No se percató la joven de que no me estaba apoyando como siempre, en la andadera. Caminé despacio hacia el patio.
La chica, a quien solo le decían “La Negra”, encendió a todo volumen un aparato para escuchar música que llevaba con ella a todas partes y, dando trastazos, comenzó a limpiar. Mientras me dirigía hacia el patio, miré curiosamente hacia la habitación cuando sentí un extraño ruido. Con extrañeza noté que la chica se había quitado algo de la poca ropa que llevaba, quedándose solo con una tira que le cubría los inmensos senos y una especie de traje para la playa que le quedaba tan ceñido; que podría confundirse con su piel de ébano. Comprendí que eran cosas de la juventud y continué mi camino en solitario. Me quedé estático en medio del patio, en mi gran orgullo; donde las flores le quitaban espacio a la belleza para demostrar una vez más, que la omnipotencia de nuestro creador es ilimitada.
Caminé como un autómata y me detuve en un sitio glorioso, aquel hasta donde los extraños momentos de ocio de mi pasado querían regresar, para que los disfrutara plenamente una vez más. Se trataba del cobertizo que yo mismo había construido en medio de aquel maravilloso patio. En el tinglado pude mirar ese día una hamaca, en lugar de las dos que siempre habían estado allí; dispuesta para quien quisiera entregarse a un merecido descanso. Estaba la amarilla con blondas, que era mi favorita y que resultaba muy parecida a la que mamá había comprado para mí, cuando prefirió que cada muchacho tuviera su propia hamaca.
Aquella cama colgante me atrajo de inmediato. Siempre me había resultado inevitable pasar ceca de ella y no dejarme atrapar por su extrema suavidad. Me acosté en ella y de inmediato, a pesar de que recién había despertado, sentí que mis ojos comenzaban a cerrarse como si estuviese siendo víctima de algún extraño hechizo. Me estaba quedando dormido, ese era el efecto que aquella hamaca siempre causaba en mí. De pronto abrí los ojos y un escenario distinto al que acababa de vivir estaba justo frente a mí. Era el mismo escenario, pero en otro momento de mi vida.
Pude ver que un pequeño niño me miraba. Al notar que había despertado, el muchachito se abalanzó sobre mí de manera violenta. Entré en pánico. Por primera vez desde que había comenzado aquello, presencié lo que no había recordado en aquellas evocaciones que me habían mantenido sumido en una especie de letargo. Cuando quise asirme a alguno de los recuerdos que sí había evocado, sentí que ellos no existían sino vagamente, por tanto; tenía que enfrentarme a la dulce o amarga tarea de recordarlos a medida que los sucesos se fuesen presentando.
El niño me miraba fijamente. Se notaba muy entusiasmado. Su rostro reflejaba mucha alegría. Era un niño muy bello. No superaba los siete años a juzgar por su tamaño. Me llegó entonces un recuerdo leve. El niño era idéntico a Eduardo cuando tenía esa edad. Pensé que aún estaba en mi hamaca amarilla con blondas, pero no fue así. Estaba en una recamara que no era la mía; en una cama que tampoco me pertenecía. Estaba en un tiempo que no era el que había vivido hacía poco; aunque en realidad se trataba del que había vivido hacía mucho tiempo. El niño mientras me abrazaba gritaba:
_ ¡viejito lindo, felicitaciones, estás de cumpleaños!
Entendí que la vida me estaba regalando otro año de vida, pero enseguida deduje que, contrariamente, me lo estaba quitando. Estaba confundido, estaba viviendo o estaba muriendo en reversa. No lograba asimilar aún aquello que me estaba sucediendo. La mirada y el abrazo de aquel niño, me indujeron a pensar en lo que me depararía aquella locura que recién estaba comenzando. Por el momento no quise especular en nada de eso, ya habría tiempo para ello. Quise disfrutar de aquel momento hasta donde había ido a parar.
_ ¡Abuelito, abuelito, estás de cumpleaños! ¡Abuelito, abuelito, estás de cumpleaños…!
Repetía incansable el niño, mientras comenzaba a retozar sobre mí, adherido a mis pocas carnes; estropeándome inocentemente. Cuando yo ya estaba a punto de enojarme más de la cuenta, cosa que era muy frecuente; se acercó un hombre de unos treinta y tantos años, quién tomó al chico del brazo para apartarlo de mí.
_ César, deja a mi abuelo tranquilo. - Le decía, mientras el travieso niño se soltaba y se abalanzaba nuevamente sobre mí. Al hacerlo, golpeaba mi rostro con su cuerpo toda vez que yo, aterrado, me desesperaba en extremo tratando de quitármelo de encima.
_ Yo quiero estar con mi abuelito. - Y se aferraba de mí con sus manos firmes y decididas. Tras la insistencia de querer estar conmigo, comprendí que el niño me amaba. Su ternura resultó tan prodigiosa, que hizo que desapareciera por completo mi miedo.
_ Bueno, está bien, pero no seas tan agresivo. Trátalo con mucho cariño hijo, él está muy viejito.
Ambos nos abrazamos. Llegamos a compenetramos de tal manera, que sentí una gran paz interior, me sentí dichoso. Me resultó muy agradable aquel niño. César, mi bisnieto, era un niño un tanto enérgico, natural para su edad. Me pregunté en ese momento algo que nunca iba a poder responder: ¿Cómo si estaba tan anciano, mis pensamientos en ocasiones llegaban muy lúcidos? Mi pasado retornaba con cada paso que daba. Era la primera vez que miraba a ese niño y tan pronto pude acariciarlo, una ráfaga de tiernos recuerdos se presentaron en mi mente.
Mis pensamientos no se tomaban de la mano con mi cuerpo y ya quería yo dejar de ser ese anciano que cumplía año ese día, para transitar con ese chiquillo los diversos corredores de la vida. El niño traveseó sobre mí por largo rato. Yo quería jugar con él, retozar con él, gritarle que era un maravilloso ser; pero solo me entregué a mis pensamientos, temeroso de que me tomaran por decrépito. Dejé que por un rato, hiciera lo que le diera la gana conmigo, mientras que su padre vigilaba que no me hiciera daño alguno.
El niño, después de tanto retozar, se quedó dormido sobre mí. Sus cabellos me hacían algo de cosquillas, podría decirse que hice un esfuerzo sobrehumano para no reírme, ya que podía despertarlo y por supuesto que no quería eso. Sentí su respiración en cada parte de mi cuerpo, a pesar de que materialmente solo la apreciaba sobre mi pecho. Era tanta la sorpresa que había sentido cuando el bebé se hubo abalanzado con insistencias sobre mí, que no logré detallar muy bien al caballero que había intentado quitármelo de encima, al pensar que sus juegos podían convertirse en una agresión involuntaria.
Recordé que ese joven le había dicho al niño que dejara en paz a su abuelo. Me encontraba aún perturbado cuando, después que se hubo llevado al niño, aquel muchacho buenmozo regresó y se sentó al borde de mi cama. Luego de contemplarme por un buen rato, colocó su rostro en mí pecho y me expresó, con un sentimiento infinitamente sentido, unas bellas palabras colmadas de un amor descomunal. Nunca olvidaré aquellas bellas palabras; aún hoy, en este sitio impreciso, las recuerdo con sumo agrado.
_ Abuelo, no te imaginas cuánto te amo. - Esa frase fue más que suficiente para hacerse sentir.
Era Miguel, mi nieto. Era él, lo recordé en ese momento precioso. De pronto, un torrencial de recuerdos traspasó la barrera del tiempo y se acercaron a mí para que sintiera a ese muchacho en todo su esplendor. En ese instante, me cubrió el peso de las tantas toneladas de amor que siempre sentí por mis seres queridos; sentimiento que aún siento. Mi único nieto, el único descendiente de mi también único hijo. Lucía una estatura asombrosa. De acuerdo con mis inequívocos cálculos, tenía tal vez treinta y dos años; a lo sumo treinta y tres. Llevaba vestido casual muy elegante y, como herencia mágica, un cabello encanecido decoraba su personalidad; dándole un aire de mucho interés. Era precioso, siempre fue lindo mi nieto. En el pasado, en los momentos de mi retorno, en este sitio impreciso donde me encuentro y posiblemente, en cualquier parte y por toda la eternidad; siempre he dicho y siempre diré, que estoy muy orgulloso de ese muchacho.
El día había transcurrido parcialmente cuando me quedé solo. Aproveché aquel momento para hacer un análisis exhaustivo de lo que hasta ese momento me había sucedido. No lograba comprender muchas cosas. El silencio se tornaba en mi contra, como para darle un aire de mayor misterio a lo que estaba viviendo. Se presentaban muchos recuerdos a mi confundida mente y, de igual manera, se marchaban otros tantos. Por ello, había veces que me quedaba como en la nada, sin saber a qué momento de mi vida asirme; sin un bendito recuerdo que me indicara que había vivido, que aún estaba vivo.
Me incorporé como impulsado por algo que aún no he logrado determinar de qué se trataba. Miré en un espejo cercano, a un anciano un poco menos anciano que el que había mirado la última vez. Los cabellos me parecieron más abundantes y la mirada estaba nuevamente iluminada por el brillo del amor y por la alegría de vivir. No estaba tan lánguido como la última vez, pero aún llevaba mi senectud como prueba irrefutable de mi larga vida. Lo que no lograba identificar era el sitio donde me encontraba. Era muy distinto a la alcoba que se había afianzado profundamente de mi mente y que, por supuesto, era mucho más grande.
Añoré aquella cama enorme y suave, la cual había albergado a mi cuerpo; en concordancia con lo que en ese momento había recordado. Igualmente, extrañé las afelpadas cobijas que me habían arropado cálidamente, aislándome del odioso frío expelido de aquel acondicionador de aire que me hacía tiritar sin remedio, cuando aquella lanosa lencería no estaba sobre mí, envolviéndome cual puro. También evoqué con mucha nostalgia la ducha que en ese sitio no existía.
En ese momento me encontraba en una recámara de aproximadamente ocho metros cuadrados. Ostentaba una puerta minúscula y una ventana que daba hacia el interior de la casa, al contrario de la otra alcoba; que poseía una puerta grande y una ventana que, aunque no tenía un gran tamaño, daba hacía la naturaleza, hacia la deidad del cielo; hacia las fragancias de los azahares y demás perfecciones fragantes del jardín y a la presencia celestial de los pájaros los cuales, en ese momento; cómplices de mi retorno, me dedicaban sus trinares.
Aún me era muy difícil aceptar que estaba experimentando aquella locura. Era, indudablemente, una manera espeluznante de vivir; sabiendo que las sorpresas llegarían tarde o temprano, con dolor o con dulzura. Era el juego macabro de mis recuerdos; de mis instantes ya vividos. Las evocaciones llegaban y se iban a sus ligeros antojos. Había veces que recordaba toda mi larga vida y, en otros casos, no sabía siquiera quien era yo. Recordaba a mi madre en todo su esplendor y todo lo que tenía que ver conmigo a su lado; pero habían también momentos que carecían de fundamentos y no recordaba qué había pasado con ella. Evidentemente que era una situación terrible desde cualquier punto de vista; pero estaba allí, entonces era parte de mi vida y, como fiel cumplidor de los principios cristianos, tenía que vivirla dignamente. Atormentado por aquella marejada de recuerdos que se acercaban y se alejaban instantes después como burlándose de mí, me quedé dormido. Esa noche tuve un hermoso sueño. Presencié un suceso hermoso que sucedía en alta mar, a bordo de una pequeña embarcación y que tenía como principal protagonista a una gran mujer.
Eduardo interrumpió aquel sueño que duró tan solo unos pocos minutos; tiempo lo suficiente necesario para haberme hecho sentir extremadamente feliz, pues aquella hermosa mujer era mi madre. Cuando vi a mi hijo, me sentí nuevamente orgulloso de él; aunque en realidad nunca había dejado de estarlo. Ya estaba algo viejo mi muchacho. Pude notar en él un dejo de permanente tristeza. En ese momento vino a mi mente atolondrada, un recuerdo que no pude determinar; pero que, sin lugar a dudas, llegaba con mucho resplandor y con mucho amor. Sin saber de dónde provenía, saboreé con entusiasmo aquella magna musa que se presentaba en aquel momento, donde la confusión me había estado torturando. En verdad estaba necesitando un aliciente a mi apremiante desespero. Se trataba de un relato relacionado con un hijo y con unos padres. Fue tanta la hermosura de aquel milagro convertido inexplicablemente en un recuerdo, que quise guardarlo en mi memoria por siempre.
Eduardo se aproximó a mi regazo. Al estar muy cerca de mí, acarició lentamente mis canas, tocó mi mejilla y, acercando su rostro al mío, hizo algo que me llenó de encanto, conminándome a recordar toda mi vida a su lado; me dio un beso en los labios. La totalidad de mi vida se presentó fugazmente en ese momento mágico. Entonces, como un ligero cometa, otro recuerdo se presentó para hacerme revivir las veces que también en los labios, besé a mi padre en la época de mis mocedades y aún después de ella.
_ Viejito mío, ya son noventa años y te ves muy fuerte. ¡Te amo papá! Ojalá nunca nos abandones viejo querido. - Me expresaba Eduardo, toda vez que me abrazaba tiernamente. Con aquel abrazo, mi muchacho me conminaba a ponerme de pié. Quería mi hijo que me arreglara, que me pusiera presentable; no supe en ese momento con qué objeto. Pude sentir su extrañeza al observar que por mis propios medios había podido ponerme de pie; afortunadamente no reparó en ese gran detalle. Caminé lentamente tratando de enmendar aquella indiscreción y, tomando lo necesario para mi arreglo personal, le dije con una voz entrecortada y algo clara:
_ Quiero bañarme. – Fue eso lo único que atiné a decirle. No quise decir nada más, pues temí que descubriera algo que ni yo mismo estaba seguro que estaba ocurriendo.
_ Cla... claro papá. - Titubeó y, desde luego, me complació. Me llevó hasta un cuarto extremadamente grande, donde la pulcritud estaba presente en cada rincón y por ende, permanecía cada cosa en su sagrado lugar. Era una recámara donde la luz era complaciente y, cuando se quería con más o menos poderío, bastaba con activar un pequeño dispositivo en la pared. Tiempo después o mejor dicho, antes, me enteraría de que aquello se llamaba regulador de intensidad o algo así. El ajuar era delicado. Una hermosa cama de abenuz contrastaba con unas mesas, cuyos topes eran color marfil. Las mismas mantenían sobre sí, una gran gama de sutilezas femeninas que parecían evocar tiempos remotos.