El piso estaba cubierto por una alfombra ostentosa y perfecta, la cual se hundía placenteramente bajo nuestros pesos. Las paredes eran de frisos pulidos y eternamente brillantes; estaban abrazadas a un color rosa que le daban un toque de encanto. Se sentía en el ambiente, un aroma de magnolias que descaradamente conducían al relax. Existía allí una sala de baño. Al llegar a ella, sentí algo extraño al mirar que era asombrosamente bella y que me parecía familiar. Quedé atónito al sentir que mil pensamientos y otros tantos recuerdos querían apoderarse de mi mente. Por fortuna, un raciocinio justo evitó que aquello sucediera, dejando colar solamente algunos por unos instantes. Las palabras de Eduardo me sacaron de aquel momento de estupor.
_ Pasa papá que tú más que nadie la conoces. ¿Acaso no recuerdas la recámara matrimonial?
A insistencias de Eduardo entré a la sala de baño. Miré la blancura de las baldosas y la magnificencia de su armoniosa construcción. En ese momento llegó a mi mente un recuerdo fugaz. Recordé a mi Amada, con quien compartí infinitamente aquella alcoba y por supuesto, aquella sala. Cerré los ojos y en la oscuridad propiciada, miré a mi gran amor. Pude contemplarla en aquella tina colmada de espumas. También pude mirar cuando me introducía pícaramente en aquella tina. En ese momento, en resguardo de una maravilla, abrí mis ojos. Constaté mi realidad y sentí unas terribles ganas de llorar, pero me repuse de inmediato. En lugar de ello, introduje mi humanidad bajo aquella ducha y, completamente desnudo, dejé que el agua me acariciara. Eduardo estaba atento justo en la puerta del baño por si se me ofrecía algo. Estoy seguro de que mi hijo disfrutó más que yo al ver cómo me regalaba esa caricia de aseo.
Más tarde, cuando el día se prestaba a despedir, Eduardo me condujo al patio; donde un gran grupo de personas estaba presente. Era justo bajo el tinglado de mi vida, donde habían ubicado una gran mesa atestada de delicados manjares y de varias botellas de vino; mi eterno delirio. Había también un inmenso pastel con una gran vela en el centro. Todos me recibieron con gran beneplácito y, uno a uno, me fueron abrazando a la vez que depositaban en mi rostro muchos besos, expresando con ellos sus más sinceras palabras de felicitaciones.
Cuando estaba a punto de languidecer la noche, en coro, me cantaron una bella melodía digna del folclore mexicano y que hacía alusión, contradictoriamente, a unas “mañanitas”. Posterior a ello, interpretaron el cumpleaños feliz de rigor. Luego partieron aquel enorme pastel. Para sorpresa de muchos, comí un enorme pedazo. Después de eso quise dormir. Cuando ya el sueño estaba a punto de vencerme, mi hijo me hizo el regalo que le hube implorado. Quise dormir junto a él, en la que había sido la recamara matrimonial.
Era una delicia aquel paraíso que se discurría en aquel aposento colosal. Mientras nos quitábamos nuestras vestimentas para colocarnos las de dormir, dejamos escapar varias sonoras carcajadas. Después, tiramos las ropas que llevábamos puestas, para entonces, dormir desnudos como a ambos siempre nos hubo gustado. Eduardo me contó, seguro de que lo había olvidado, que hacía varios años me había cambiado de habitación para evadir los recuerdos. Yo sabía a qué recuerdos se refería, por ello, solo miré a mí alrededor mientras mi hijo me abrazaba y me colmaba de besos. Abrazado a mi hijo pude sentir que el sueño poco a poco me secuestraba la razón.
Aquella mañana desperté sobresaltado. Una luz débil que penetraba por debajo de la puerta, me permitió comprobar que no estaba en aquella extraordinaria cama donde había pasado la noche con mi hijo. Aún en mis sentidos cabalgaba aquel mágico momento. En ese instante estaba completamente solo en una reducida cama, donde a duras penas cabía mi cuerpo enjuto. Extrañado, busqué en la penumbra algún indicio que me orientara en el tiempo y en el espacio, pero no pude lograrlo. Nada de lo que alcanzaba a ver, que no era mucho, me era familiar. Me encerré nuevamente en un profundo mutismo, tratando de ubicarme en aquel momento y en aquella situación que desconocía totalmente.
Cerré fuertemente mis ojos tratando de despertar a esa nueva realidad. Recordé que me había estado sucediendo desde hacía un tiempo impreciso, una situación increíble; estaba viviendo nuevamente, había regresado del más allá. Aún me costaba creerlo. No sabía exactamente a que tiempo de mi vida había ido a parar. Desconocía si aquel fenómeno que creo que nadie había sentido, me había alejado de pocos o de muchos años. Sentía que la vida se burlaba de mí y utilizaba al tiempo para confundirme, para hacer aún más tétrico aquel asunto engorroso. Tras un impulso instintivo, estiré mi brazo derecho hasta toparme con un objeto de plástico; era el recipiente para depositar mi orina que en ese momento mi reflejo natural necesitaba con premura.
Lo acerqué e hice mi apremiante necesidad, colocándolo luego nuevamente en su lugar con una lentitud extrema, tratando de que no se derramara su contenido. Según un reloj que se hacía sentir en plena oscuridad, ya comenzaba a despuntar el día, era la única manera de saberlo, puesto que no había ningún televisor que se encendiera automáticamente a las seis de la mañana. Aproximadamente media hora después, un quejido agudo y lastimero llegó a mis oídos temerosos. Sentí que alguien se movía entre las afelpadas cobijas de una cama inmensa que estaba ubicada muy cerca de donde yo me encontraba totalmente desorientado. Ya la claridad del nuevo día comenzaba a iluminarlo todo, por so pude contemplar que en realidad no estaba solo.
Inmediatamente, de otra cama chica que estaba cerca de la mía, alguien se abalanzó y, de un certero movimiento, encendió la luz quedando todo perfectamente iluminado.
_ Que te pasa mamá, ¿te sientes mal?
_ No hijo, ya se me está pasando. No era nada. Sigue durmiendo.
¡Dios mío!, no podía creerlo, se trataba de Amada; era mi adorada esposa quien estaba en la gran cama. La sentí tan distante, la sentí como nunca la había sentido. Ella me miró con una gran tristeza dibujada en un rostro exprimido de la alegría que siempre se había reflejado en ella. Eduardo no volvió a su cama. Mirando tiernamente a su madre, acercó una silla para sentarse a su lado. La acariciaba tiernamente. Ella recibía sus caricias como una bendición. Todos los momentos de aquella realidad llegaron a mi mente para iluminar esa etapa de mi retorno. Pude recordar en ese momento que Amada había estado padeciendo del corazón desde hacía mucho tiempo. Una severa insuficiencia cardíaca había estado mermando su salud lentamente. Era eso lo que me había explicado nuestro hijo Eduardo, quien era un eminente galeno. Él se había encargado personalmente de la enfermedad de mi querida Amada. Busqué entonces refugio en la mirada de mi muchacho y en ella, no pude encontrar otra cosa que no fuera miedo. Tenía mucho miedo mi muchacho, su nerviosismo poco ocultado y la torpeza en sus movimientos lo delataba. Miraba con tristeza a su madre. Temía que ella dejara de estar a nuestro lado en cualquier momento.
Amada respiraba con un esfuerzo gigantesco. Se notaba un excesivo movimiento en el vaivén de su diafragma. Las venas alrededor de su cuello, daban la impresión de que iban a reventar en cualquier momento. También se apoderaba de ella, insistentemente, un color violáceo en su cara y sobre todo en su boca; otrora pincelada de rojo carmesí, en la cual dejé plasmados infinidades de besos empapados de un amor eterno. No podía creerlo, pero había retornado al desgraciado momento, cuando mi adorada esposa había amanecido gravemente enferma. De inmediato llegó a mi mente, toda mi vida a su lado. Me dispuse de inmediato muy cerca de aquella valerosa mujer. Contemplé con extrema pena, el cuerpo de mi esposa lacerado por la brutalidad de una enfermedad que se había ensañado contra ella que era una santa.
_ Viejo, anda a acostarte que todavía es temprano. Yo me siento bien. - Me decía aunque ella misma no se lo creía, pues esa mañana había amanecido en muy malas condiciones generales. Aquellas palabras sonaban a sacrificio. Como siempre, trataba de que yo me sintiera cómodo y feliz. Miré que un manantial de lágrimas se deslizaba por sus mejillas. Mi gran y único amor me regalaba, en medio del sufrimiento que estaba padeciendo, una mirada de encanto; colmada de la tristeza más grande del mundo.
_ No vieja, yo me quedo a tu lado para lo que salga. - Le decía, mientras que ella me respondía con una de sus bellas sonrisas. En ese momento me enfrentaba a una de mis grandes realidades. Estaba frente a los últimos momentos de la vida de mi adorada esposa. Mi existencia me demostraba una vez más, el inmenso amor que sentía por ella, que había sentido desde el instante cuando la conocí en mi ciudad natal, cuando éramos apenas unos adolescentes. Sentí, al igual que lo siento en este sitio indeterminado en el que me encuentro en este momento, que una vida extra me sería insuficiente para seguir amándola. El peso de la muerte se dejaba ver en ese terrible instante. Pude mirarla parada frente a ella. Asechaba cual perro de presa, esperando el momento oportuno para quitar de mi lado a mi amada esposa, a la mujer más buena del mundo.
El corazón de mi esposa se resistía a dejarlo todo en un camino y partir rumbo a un horizonte sin pesares. El pobre corazón de mi señora no podía albergar la sangre que llegaba a borbotones a él, lo que le ocasionaba todos aquellos graves deterioros en su salud. La pobre luchaba por la vida, y la manera gallarda de hacerlo era amándome hasta lo último y amando también, a nuestro bello muchacho. Eduardo la examinó detenidamente. Le midió la tensión arterial, verificó el número de sus pulsaciones y de sus respiraciones; la auscultó detalladamente y, sin mediar palabras, salió de la recamara prometiendo su pronto retorno, con un medicamento que Amada requería. Me acerqué a su rostro y deposité en sus labios, un delicado beso que contenía todo mi amor. Ella correspondió muy ansiosa a esa tierna caricia. Lo hizo de manera breve, ya que necesitaba sus labios entreabiertos para tratar de respirar a través de ellos.
La vida se escapaba de mi bella dama, la dulcinea de aquel caballero errante que había dedicado toda una larga vida al amor. Nunca podré expresar cuánto amé y cuanto aún amo a mi bella familia, en especial a mi Amada, a Eduardo y a todos quienes se apersonaron en el mágico camino de nuestras vidas. En ese triste momento sentí que me estaba quedando sin el gran amor de mi vida. Aquella tragedia me aturdía de tal manera, que solo quería llorar y lavar mi desdicha suprema, con las lágrimas que eran depositadas en ese pecho que subía y bajaba de manera desordenada y poco efectiva. Ella me miraba, como queriéndome decir que me adoraba, que no quería dejarme solo. En verdad era así, yo entendía sus pensamientos como si ellos hablaran por si solos. Escuchaba, por obra y gracia de ese amor desmedido que aún siento por ella, hasta los bellos pensamientos de esa noble mujer. En nuestras vidas, las palabras salían sobrando para decirnos cuanto nos amábamos.
Sus menudos ojos, humedecidos por unas lágrimas incipientes, resultaban inyectados por aquel esfuerzo supremo, que era el precio requerido por mantener ese hálito de vida a nuestro lado. Aún así, aquel último beso resultó ser el más bello y tierno de todos cuántos nos dimos durante tantos años. Aquellos ojos flavos se volvían hacia mí y me miraban exquisito; me miraban reflejando una triste e inminente despedida. ¡Dios mío!, nadie podría imaginarse jamás lo triste y desgraciado que me sentí al verla así, tan frágil, tan vulnerable. Quise sufrir por ella. Le pedí a mi Señor, que me enviara el castigo a mí si es que existía tal condena.
En este instante no tengo palabras para expresar cuánto padeció mi adorada esposa. No era justo que una mujer tan buena enfrentara esa terrible enfermedad. Sentía su fragancia como la había sentido siempre; exquisita, ya que era esa su esencia. Para mí no era una loción de tocador, no era el cosmético que se aplicaba; era su olor, el de su cuerpo. Era el aroma bendito de su amor inmortal lo que percibí, lo que por siempre estará en mi vida.
Eduardo llegó con el medicamento urgido. Se desvivía tanto para dárselo, que derramaba el agua de puro nerviosismo. Secó el cuello de mi Amada con una esquina de la afelpada cobija y la miró con pena. Es triste mirar que alguien tan especial como lo es una madre, se escape de nuestro lado. En algún lugar de mi pasado estaba alojado un momento idéntico al que estaba viviendo mi hijo en ese instante; por esa razón lo comprendí tanto. Esa tristeza la llevaré por siempre en mi alma. Mientras tanto, me tiré en la pequeña cama a llorar mi desgracia. Lloré en silencio para no perturbarla siquiera con mi llanto, pero ella no necesitó escucharlo para saber que, como ella, lo estaba haciendo. Eran lágrimas que surgían desde lo más profundo de mi alma. Eran lágrimas de amor.
De repente apareció en mi memoria un relato exquisito, se trataba de un poema de amor. Llegaban aquellas letras a mis pensamientos, como escritas en la inmensidad del cielo. Se acercaban como queriéndose identificar conmigo. Era mi pasado el que me hablaba. Era mi futuro el que quería acercarse a mí de una vez por todas. Entendí que el pasado, en ese alocado retorno a mis pasos andados, sería entonces mi futuro. Era una sensación que me agobiaba, una verdadera locura; algo fuera de este mundo. Cuando comenzaba a saborear aquellas delicadas expresiones de amor, las mismas se disiparon como arrastradas por la brisa, dejándome un amargo sabor de impotencia.
No logré leerlo todo, pero lo poco que había alcanzado a leer, de inmediato apartó aquel destello de amargura; transformándolo en uno de amor. En ese instante me pregunté de dónde provendría aquel recuerdo tan bello como fugas. Tal vez lo había leído en alguno de los tantos libros que solía leer a menudo. Olvidaba por completo, que había sido yo el autor de esas líneas, las cuales había dirigido con todo mi amor, a la única mujer que amé y de quien aún estoy enamorado.
Mientras lloraba amargamente y con toda la razón del mundo a la vez que recibía aquel destello de recuerdos, Eduardo le colocaba un instrumento a mi Amada en la nariz. Se trataba de una mascarilla, a través de la cual le hacía llegar oxígeno de un cilindro color verde que estaba al lado de la cama. De un atril que permanecía a la derecha de la cama, pendían dos recipientes con un líquido transparente; de ellos salían unas conexiones que llegaban al cuerpo de mi adorada y se insertaban en su antebrazo mediante una aguja hipodérmica. Era precisamente por una de esas conexiones, donde mi hijo le administraba una inyección, tratando, en vano, de que su madre mejorara.
A esa altura de la situación, ya el corazón que en otros tiempos había sido portentosamente sano, portador de un cúmulo de sentimientos perfectos; estaba siendo azotado por una incapacidad bárbara. Estaban los rigores de una terrible enfermedad, desbaratando la salud de una bella mujer que había llegado a este mundo, al parecer, con la única intensión de entregar todo su amor de manera incondicional. Eso fue lo que por siempre hizo mi amada, se entregó por completo a su familia. En verdad me siento feliz de haber amado a esa mujer y de haber recibido todo su gran amor.
Su respiración se tornaba cada vez más difícil. Tanto sus piernas como sus brazos estaban enmascarados por una hinchazón bestial. Su brazo derecho estaba cubierto por un gran hematoma, producto de la estropeada involuntaria que había sufrido, tras los tantos intentos para poder insertarle una aguja en un sitio imposible para ello. Los últimos años de su vida, ella los había vivido prácticamente internada en el centro asistencial de siempre y donde había laborado nuestro hijo por tantos años. Esa vez no quiso mi Amada que Eduardo la llevara a ninguna parte, ya que presentía que su vida había llegado a su final y quería, como siempre me lo había hecho saber, morir en su casa.
Su agonía se prolongó por mucho tiempo. Las horas pasaban lentas, sus miradas reflejaban una ternura sin igual. Aún en sus últimos momentos, mi Amada se desvivía por demostrarnos su amor. ¡Caramba!, cuanto amor recibo de ella, incluso en este instante de lo que creo que es mi vida. Aquella mañana mi Amada me regaló su última mirada. Sus lindos ojos negros se despidieron de mí. En ese instante quise irme con ella, quise morir a su lado. Quise, de haber sido posible, rasgarme el pecho y a este corazón que aún hoy palpita incesante por ella, decirle que ya no lo quería. Quise extraerlo y colocarlo en lugar de aquel corazón enfermo que se estaba llevando para siempre a mi gran amor; pero la realidad estaba allí, grotesca, con unas garras que destruían nuestras esperanzas y nuestro deseo de seguir en un camino.
No quería que me dejara solo en aquel camino que habíamos prometido caminar juntos. Me aterraba quedarme sin sus tibios abrazos, sin los delicados pétalos de flores que resultaban ser sus manos; sin la mirada de perpetua ternura que me obsequiaban sus ojos de miel. Quise en ese momento, que mi adorada esposa se levantara de esa cama y corriera a mis brazos enamorados, los mismos que por siempre la estarán esperando. Pasado el mediodía llegó Miguel acompañado de Lizbeth. A su lado caminaba un pequeño niño de unos tres o cuatro años. Nadie dijo nada, solo rodearon a mi Amada, tratando de darle el ánimo que ya no recibía ya. Ella solo miraba hacia un sitio fijo del techo, ajena a toda realidad. Lo último consciente que hizo, fue mirarme tiernamente a la vez que entre labios, sin que nadie le oyera, incluso yo; me decía que me amaba. Cuando Miguel procedió a cargar a Cesar para que mirara a su bisabuela, Eduardo se acercó a mí y me tomó de la mano.
Fue aquel tacto divino de mi hijo lo que alimentó las escasas fuerzas que me estaban quedando. Las caricias de mi hijo me gritaban que la vida tenía que continuar, que mi Amada se marchaba; pero que yo tenía que continuar en ese camino en el que también estaban mis descendientes. En ese momento, una frase adorada por mí, que siempre traía a colación cuando era necesario; la cual hubo sido escrita sublimemente por alguien muy especial, se presentó a mi mente. El contacto con la mano de mi hijo y la presencia instantánea de ese pensamiento se dio al unísono. “Cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño, por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado para siempre".
Amada dejó de existir a las tres de la tarde. Sentí que mi vida ya no tenía ningún sentido. No sabía a dónde iba a dirigir mis solitarios pasos, sin la brújula que por tantos años había orientado mi vida. Mis lágrimas salían en torrentes; el sufrimiento no quería abandonarme. Mi hijo lloraba desesperado por su madre muerta. Al mirarlo así, sufriendo de esa manera, consideré que mi sufrimiento era superior a cualquier otro, ya que sufría por mi dolor y al ver sufrir de esa manera tan única a mi hijo. Me desesperé hasta lo inimaginable, al sentir que me quedaba solo en un camino que habíamos planificado juntos.
Aprecié en mi corazón un estremecimiento terrible, una molestia pasada de tono. Ya la había sentido en otras oportunidades pero no tan intensas como en ese momento. Sentí que aquella terrible agitación amenazaba mi vida, que, aunque avanzada en años, era mi vida; no obstante, en ese momento la consideraba vacía. Sentí, igualmente, un gran deseo de marcharme con ella, de acompañarla como siempre lo había hecho. Quería tenerla a mi lado en todo momento y a partir de ese instante, solo la tendría en cada rincón de mi vida, en cada flor, en cada fragancia bendita; en cada rayo de sol y en mi amor eterno.
Los restos de mi querida Amada fueron trasladaron esa tarde hasta la capilla que quedaba muy cerca nuestra casa. En aquel sitio, las manifestaciones de pesar de nuestros familiares y amigos no se hicieron esperar. Se sentía en cada uno de ellos, la honda pena de despedir a mi querida esposa. Yo no miraba a nadie, no quería hacerlo, no podía; mis ojos solo querían mirar a mi Amada por toda la eternidad. A pesar de la oposición de Eduardo para que no asistiera a la cremación de mí adorada, quise asistir a dicha ceremonia; pues no quise separarme un instante de ella. Fue en ese momento, antes de ser cremada, cuando le coloqué los aretes, aquel regalo de su madre que había mandado a restaurar; los mismos que le hube entregado cuando cumplimos medio siglo de unión matrimonial.
Al finalizar aquella triste formalidad y luego del sepelio de mi Amada, cuando apenas habíamos dado unos pocos pasos fuera de la necrópolis; me acurruqué al pie de un árbol de los tantos que allí había. Abrazando mis rodillas, coloqué entre ellas mi anciano rostro y lloré como un niño. Todos a mí alrededor me miraron consternados. Nadie quiso alejarme de ese sitio, salvo mi hijo que se acercó para persuadirme a que mantuviera la serenidad y continuara nuestro camino. Aún no sé cuánto tiempo permanecí en ese sitio. Eduardo finalmente me tomó de las manos y, sin mediar palabras, me levantó del piso prácticamente cargándome como a un niño.
Esa noche Miguel nos llevó a Eduardo y a mí a su casa, donde había dispuesto la recamará de huéspedes para que durmiéramos en ella. La tristeza no me dejaba pensar siquiera. Tenía sus miradas grabadas aún en mi mente, como queriéndome decir mil cosas. El tiempo nunca borrará de mi memoria, aquella noche infame que pasé por vez primera sin ella. Cerré mis ojos fuertemente para ocultarme en mi propia soledad, pero cuando me aferraba a la sensación de resguardo que ella me ofrecía; la realidad se enfrentó a mí. Era mi realidad, aquella donde existía el resto de mi familia. Pensé en ellos y comprendí que tenía que ser muy fuerte. Sabía que no iba a ser fácil, pero era necesario que me repusiera por ellos y para ellos. Sabía que mi Amada me iba a dar las fuerzas necesarias para ello. Estaba seguro de que mi vieja me iba a regalar eternamente, sus sonrisas de oro y sus miradas de terciopelo.
El gorjeo de las palomas me atrajo a la realidad. Había llegado un nuevo día y aún me encontraba sumergido en las tibias sabanas de una sobrecogedora cama. Extrañamente sucedía eso, puesto que siempre me levantaba cuando aún era de madrugada. Creé ese hábito, ya que cuando trabajaba en el turno matutino dejaba el desayuno y el almuerzo preparado. Las luces estaban apagadas, pero la claridad ya era evidente, porque se introducía por las pequeñas ranuras que existían bajo la puerta y por las ventanas. Tuve ganas de continuar en aquel paraíso que significaba la tenue claridad que ya amenazaba con crecer; pero desistí de ello cuando sentí que alguien se acercaba, ya que escuché pasos cercanos. La puerta se abrió lentamente haciendo un leve ruido. Sentí un gran resplandor que me dejó momentáneamente aturdido. Quien entraba a la alcoba cerró la puerta con sumo cuidado, tratando de no molestarme.
_ Argenis, levántate para que vayamos a conocer a nuestro primer bisnieto. Miguelito llamó hace rato para decirnos que Lizbeth parió anoche. No nos llamó enseguida, porque ya era muy tarde. Eduardo amaneció allá.
Estaba frente a mí una mujer muy bella sosteniendo un bastón en su mano derecha. Caminó lentamente hacia mí. Pude escuchar su respiración jadeante. Sentí una agradable fragancia, era su perfume natural. Fue la manera de despertar más bella de mi vida. Era ella, era Amada la persona que estaba allí. Aunque permanecía oculta en la penumbra de la recién llegada mañana, pude reconocerla; además de ello, su dulce voz era inconfundible; por algo la había escuchado durante tantos años. Se acercó a mí con extrema lentitud, arrastrando sus pasos; como queriendo perpetuar ese instante que era ya sagrado. No quise recordar mi ayer, quise vivir a plenitud ese hermoso presente; puesto que de inmediato me percaté de mi retorno. Consideré entonces que aquel extraño acontecimiento no significaba un fenómeno; simbolizaba sí, la mayor bendición que Dios me había regalado.
No quise pensar más en los días que vendrían y las cosas que me traerían, las alegrías, las penas, las dudas y las sorpresas, en fin, en todo lo que se habría de presentar. Quise pararme de inmediato, pero ella me lo impidió porque, ya estando junto a mí, se sentó a mi lado en el sitio que le correspondía en nuestra cama, acariciando tibiamente con ambas manos, mi rostro perplejo, besando en la distancia toda mi vida. Luego, acercando su rostro al mío, me regaló el beso de todos los días, sin importarle que aún no me hubiese lavado la boca.
_ ¡Ay Argenis Losada!, qué hace que nació Miguelito y ya es papá Nos estamos poniendo viejos. Arréglate porque después que desayunemos vamos a ir a visitar a nuestro bisnieto.
Me paré, y como si mi larga vida no hubiese sido suficiente, me acerqué a ella y la abracé delicadamente. Quise abrasarla de esa manera, porque pensé que nunca lo había hecho de ese modo; con un perfecto amor como nunca creí que existiera, ya que mi aturdida razón no me había revelado ese detalle y, de esa manera, quise reivindicarme por siempre. Ella correspondió a mi abrazo, como quien abraza algo frágil, algo que se quiere tener para siempre tan cerca, que pareciera nuestra propia piel y, acercando sus labios a mis oídos, me dijo:
_ Nunca te olvidas de abrazarme así tan sabroso todos los días mi amor.
En ese abrazo sentí todo su gran amor. No supe que decirle, solo quise agregar algo a lo que ella me había dicho hacía rato, eso sí; con el toque de encanto del buen humor que en ese momento recordé que siempre me había acompañado y que había sido mi gran aliado para poder soportar tantas penas.
_ Te estarás poniendo vieja tú Amada, porque yo me siento todavía como un muchachito.
_ Ja, ja, ja ...- Fue lo único que pude escuchar, mientras cerraba la puerta después de haber salido a calentar el desayuno que ya me tenía preparado desde las seis de la mañana, puesto que ya eran las ocho.
Una hora después, Eduardo fue a buscarnos para llevarnos al centro asistencial donde había nacido nuestro primer bisnieto, como bien lo había dicho mi Amada. Estaba mi muchacho henchido de orgullo, puesto que era su primer nieto, ya que como yo, había procreado solo un hijo. Manejaba despacio, debido a que su vista se había deteriorado con el paso de los años, además de que siempre mantuvo la prudencia en el manejo. Su auto lucia impecable, siempre fue aficionado e ellos.
De adolescente, compraba revistas donde aparecían carros transformados en verdaderas joyas y se extasiaba mirándolos con glotonería, como el hambriento que mira al banquete. El hospital quedaba distante de donde vivíamos, había que cruzar toda la ciudad y, mientras lo hacíamos, dejé que la brisa diera de lleno con mi rostro. Quise palpar de cerca la vida entera, para ello solo me bastó con deslizarme un poco en el asiento y sacar mi cabeza por la ventanilla del auto. Desde el asiento posterior Amada me reprimió como se hace con un niño que, travieso, desobedece a su madre.