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4815 Words
_ Argenis, mete la cabeza que después andas atacado de la nariz y no dejas dormir a una.           Le hice caso de inmediato. Realmente se veía bien feo que un viejo anduviese así, sacando la cabeza por la ventanilla del vehículo. Volteé la mirada y la vi tan bien bella como siempre, con su vestido encantador que, de seguro, había estrenado en alguna celebración reciente, ya que la coquetería había sido su principal arma de seducción. La amaba con un amor que era solo para ella. Transitábamos las calles despacio y, por el canal veloz, los otros autos nos aventajaban como bólidos, como que si nunca le habían tomado sabor a lo exquisito de la vida y a lo que se disfruta cuando se sabe vivir. Era una ciudad bella, nunca me cansaré de decirlo. Cada vez el adelanto se posesionaba de ella y la hacía progresar como a ninguna. La razón la mirábamos a diario y con especial orgullo; aquellas torres inmensas empapadas de tecnología, donde el oro n***o era transformado en la fuerza que mueve al mundo.           Llegamos por fin al centro asistencial donde había nacido nuestro bisnieto. Tuvimos que dejar el vehículo estacionado muy lejos de la entrada. Nos fue necesario caminar un largo trayecto. Tuvimos que hacer varias paradas para que Amada descansara ya que, debido a su patología cardíaca, le era muy difícil respirar al menor esfuerzo. Cuando llegamos Eduardo le acercó una silla, en la misma mi señora descansó de aquel extenuante esfuerzo. Un amable camillero le ofreció una silla de ruedas y se dispuso a trasladarla hacia su destino, puesto que este quedaba en uno de los pisos superiores. Mi Amada, muy agradecida, correspondió a aquel bello gesto con una mirada de esas que hablaban por sí solas.              La puerta se abrió inmediatamente después que Eduardo tocó, tras ella, mi nieto Miguelito, como le decíamos Amada y yo, apareció colmado de un inmensurable orgullo y una alegría poco ocultable. Tan pronto nos vio, se abalanzó sobre nosotros y nos cubrió de besos. Miguelito era idéntico a su padre, con sus mismos gestos y con una voz idéntica a la suya; todos teníamos una voz tan recia como la del viejo Zenón, mi padre. Era alto y muy bien parecido. La elegancia lo arropaba; típica característica de un hombre que había heredado la distinción de quien ostentaba el apellido Losada. _ ¡Miren abuelitos! ¡Miren a mi muchachito!  - Nos decía, toda vez que, tomándolo de la cuna donde jugueteaba con el viento, lo acercaba a nosotros para que pudiéramos contemplarlo mejor. _ ¡Ay Dios mío!, que niño tan bello.- Dijo mi Amada y, dejando a un lado el bastón, se prestó a tomarlo en sus manos, para lo cual Miguelito le acercó al niño un poco más. Ya con el bebé entre sus manos, se sentó y lo colocó en su corpiño. Mientras lo arrullaba tiernamente, lo miraba con orgullo crecido. _ Dios mío, gracias por haberme dado vida para mirar a esta maravilla, Hola bebé, una sonrisa para esta vieja que lo quiere mucho, una sonrisa mi vida, una sonrisita mi angelito bello.           Mi Amada tenía la gran particularidad de engalanar con su dulzura, todos los momentos bellos que nos tocaba vivir y aquel era uno de ellos. Recordé en ese instante, cuando yo tomaba a mi Eduardo entre de mis manos para exponerlo al sol de la mañana, tratando de que no se me pusiera amarillento. Los recuerdos seguían jugando conmigo. Se acercaban repentinamente para luego marcharse sin dejar rastro alguno. Aparecían en mi mente recuerdos fugaces de mi vida pasada o futura. Ya no sabía ni que pensar. Me acerqué a mi vieja por detrás de la silla, desde donde tenía mejor ángulo para observar a mi pequeño bisnieto. Miguelito, mientras tanto, dejaba para el recuerdo nuestras imágenes en una cámara de videos de la que nunca se separaba. _ ¿Verdad mi amor que se parece a su abuelo? _ ¿A su abuelo? Se parece es a su bisabuelo bello, ¿No le ves acaso la linda carita que tiene?           Todos celebraron con una muy sonora carcajada mi ocurrencia. Yo mismo me cuajé de la risa y por esa gracia o payasada, por poco no se me salió la plancha de la boca; en el preciso instante cuando una linda enfermera llegaba para administrarle un tratamiento a la recién estrenada madre. Mientas tanto, Eduardo se había ubicado cerca de Lizbeth, quien contemplaba la bella escena familiar. Al poco rato, cuando la linda esposa de mi nieto se quedaba dormida, decidimos marcharnos. En mi corazón llevaba albergada la gran alegría de haber conocido a nuestro bisnieto. Era la gran maravilla de la vida, la deidad de nuestro Dios, la perpetuidad que llegaba en la persona de ese encantador niño. Debido a la gran emoción que nos había embargado tanto a mi Amada como a mí, no nos acercamos a Lizbeth sino cuando ya se había quedado dormida, dominada aún por el extremo esfuerzo del parto que había tenido hacía pocas horas. De igual manera, ella iba comprender a un par de viejos que apenas tenían las fuerzas necesarias para llevar adelante la vida. El camino de regreso lo hice en el mayor de mis silencios. A nadie le extrañó aquel intenso mutismo, ya que cada quien iba distraído en sus propios pensamientos. Me preguntaba, a cuantas personas les habría pasado algo semejante; refiriéndome a mi retorno. Muchas veces escuché hablar de la reencarnación, de personas que habían retornado del más allá; pero era solo eso, eran solo palabras llenas de mitos y de misterios. Lo que me ocurría era algo que en realidad nunca llegué a imaginar. Solo logré emerger de mi silencio cuando ya el carro estaba dentro del garaje. Eduardo, colmado de su soledad, se retiró a su cuarto a realizar las tantas cosas que él solía hacer en el interior de su recamara. Mi vieja y yo nos quedamos el resto del día en nuestra habitación, hablando de todo; pero nuestra plática centró en nuestro bisnieto. En medio de ese palabrerío nos agarró la noche. Mientras daba vueltas y más vueltas en la cama, dejando escapar una que otra ventosidad que hacían volver loca de la rabia a mí Amada, me entretuve con mis pensamientos. De pronto, cuando llegaba el recuerdo de Eduardo cuando era niño, un escrito se me vino a la mente. Como si lo estuviera leyendo en la realidad, lo disfruté con supremacía extrema. Ese recuerdo bello me llenó de mágica nostalgia. Recordé que había redactado aquella prosa, cuando mi madre se llevó a Eduardo a pasar unos días con ellos; dejándonos en la más honda soledad tanto a Amada como a mí.   Refugiado y extasiado candorosamente en mis pensamientos, quise permanecer despierto durante toda aquella noche que presagié eterna. A mis oídos llegaban ya monótonos, los ronquidos rompe récords de Amada, a los cuales ya ellos estaban acostumbrados. También pude escuchar, en la distancia, el ladrido de un perro solitario y en la cercanía, el vuelo de un ave hija de la oscuridad. El amor me tenía atrapado entre sus redes desde hacía mucho tiempo, era eso lo que sentía, que había nacido para amar y, para demostrarlo, tenía un corazón que un alguna vez quise que se duplicara para poder albergar tanto sentimiento.           Por ello, siempre me preguntaba si había sido suficiente el amor que sentí por los míos; si se los habría demostrado, si no llegué a quedarme con una palabra encerrada en mi boca; con un beso que habría sucumbido antes de que mis labios lo expresara o sin una mirada que demostrara que la luz de mis ojos había arropado el amor que siempre sentí por quienes me acompañaban, tanto en el plano terrenal como en el espiritual. Siempre me pregunté lo mismo, ya que tenía el temor y la duda de que no había querido a mi familia, como ellos lo habían merecido. Para mí la familia siempre significó todo. Siempre pensé que la familia es el mayor orgullo de quien quiere a la vida. Amé y aún amo a mi familia. Siempre le pedí al Dios eterno que me permitiera vivir lo suficiente para demostrárselo con hechos. Y si me llegara a faltar vida para poder lograr ese sagrado cometido, le pedí a mi señor que me regalara otra para lograr darles todo mi amor. Entendí entonces que el milagro había obrado como demostración divina. Se había materializado mi deseo.   Dominado por el sueño, dormí placenteramente no supe cuantas horas. Al despertar aún estaba en mi habitación, pero completamente solo. La decoración que había observado el día anterior no era ya la misma. Caí en cuenta de inmediato, de que estaba en las garras de mi regreso a la vida. Me aterré de solo pensar a qué época de mi vida había ido a parar. Cavilé en cuanto a si se trataría de una inmensa pena, como la lamentable muerte de mi Amada o, por el contrario, una gran alegría, como la que había experimentado al ver nuevamente a mi esposa; luego de verla partir, víctima de aquella penosa enfermedad que la hubo atormentado por tanto tiempo.           No logré sostenerme de algún recuerdo y tuve que esperar a que los sucesos fuesen encajando uno a uno, para poder saber a qué momento había retornado.  En mi muñeca derecha llevaba un elegante reloj marca “Orient”, el cual me indicaba que eran las nueve de la mañana de no sabía que día. Me quedé sentado al borde de la cama por largo rato. Cuando sentí que se comenzaban a acalambrar mis piernas, me levanté. Me llamó mucho la atención aquel maravilloso reloj que estaba en mi muñeca. Lo miré nuevamente detallando en él, un hermoso escudo coronado sostenido por dos leones que permanecían de pie sobre sus patas traseras. Llegó en ese momento, un haz de luz a mi mente. Pude recordar una mañana como aquella, en la que Eduardo me colocaba aquella fina prenda como regalo, por haber llegado a mí octava década de existencia.            Entré lentamente al baño y miré detenidamente mi rostro. Fue sorprendente observar mis facciones llenas de vida y, aunque las arrugas de mi rostro parecían inmortales, me atreví a asegurar que parecía más joven que lo último de mí que había observado. Mi cabellera ya no era tan escasa, pero era tan blanca que se asemejaba a una hermosa nube. Bajé la mirada cuando tomé mi cepillo dental para limpiar mi plancha y pude notar que no estaba tan flaco como antes lo había estado; eso me hizo sentir fortalecido de esperanzas. Puse mi plancha en su sitio y me vi aún más joven. Después de ducharme por unos veinte minutos aproximadamente con agua muy helada, procedí a rasurarme los cañones blancos que apuntaban amenazantes y, cuando me cercioré de que mi cara estaba perfectamente lisa, me apliqué una loción que olía a mentol y que me producía un dolor infernal.           Salí con la toalla atada alrededor de mi cintura y me senté para secarme minuciosamente los pies, luego de lo cual, procedí a colmarlos de un talco especial.   Cuando ya me había colocado mi ropa interior, busqué afanosamente algo que ponerme y, por más que recorrí toda la habitación, no logré conseguir algo de mi ropa de diario. Casi me moría de la rabia, pues quería salir lo antes posible ya que mi estómago me estaba reclamando alimentos y en esas fachas, no iba a salir a comer a ningún sitio. Momentos después se abrió la puerta y apareció mi Amada; ella sabía llegar cuando más la necesitaba. _ Buenos días mi amor, mira, te traigo tu ropa; yo misma la acabo de planchar. - Decía mientras se acercaba y me besaba en los labios. - Como escuché que te estabas bañando, te serví el desayuno. Arréglate mi amor para que desayunemos.              Realmente fueron momentos gloriosos, los que me tocaron vivir al lado de esa prestante dama; ella me lo demostraba a cada instante, con cada gesto suyo, con cada mirada; con toda su vida. Lleno de curiosidad me dispuse a hacerle una pregunta: _ ¿Y nos has desayunado todavía mi amor? _ No mi vida, estaba esperando que te despertaras para que desayunáramos juntitos. Anoche te acostaste tardísimo, pensé que nunca iban a terminar de jugar al dominó malasangre ese. No es que el juego no me guste, es que suenan las piezas muy duros y el compadre Eliseo se enoja de nada.           Mi Amada lucía una holgada bata de casa que le llegaba más abajo de sus rodillas. Era de un tono perfecto y la fina tela denunciaba una suavidad celestial. Sus pies eran acariciados por unas babuchas rosadas. Nos ubicamos en el comedor uno frente al otro y probamos un suculento platillo, que consistía en unas cachapas supremas rellenas con un queso muy suave y simple, cubiertas con dulce miel. Acompañamos con sendas tazas de café con leche que me pareció muy simple, pues lo tomé inmediatamente después de haber probado la miel.             Al mediodía desistí del almuerzo porque había desayunado muy tarde. Amada hizo lo mismo y nos tendimos en la cama a mirar la televisión. Ella, mientras contemplaba su programa favorito, acariciaba un mechón de mis blancos cabellos, toda vez que con la otra mano sostenía tiernamente la mía. De vez en cuando nos dábamos un piquito y nos decíamos cuanto nos queríamos. Las horas pasaron ligeras. Nos quedamos dormidos aproximadamente a las tres. Eran las cuatro de la tarde cuando entró nuestro hijo y nos despertó con una alharaca que por poco nos mata de un susto. Llevaba un bello traje en sus manos. _ Mire mi viejo lindo lo que le traje. - Me dijo cuando ya yo estaba sentado al borde de la cama. _ ¡Ay Dios mío! ¿Qué hora es? - Preguntó mi Amada a quien le hiciera la caridad de contestarle. _ Son las cuatro y cuarto. Se nos va a hacer tarde. - Le respondió Eduardo, quien estaba perfectamente vestido y perfumado. _ Papá apúrate, mira que tú te demoras mucho vistiéndote. _ Se me había olvidado lo de esta tarde. ¿Dios mío, dónde tengo yo esa cabeza? Argenis, vístete rápido que yo me voy a dar un baño y en un momento estoy arreglada.           Antes de marcharse, Eduardo dejó el fino traje sobre la cama, luego sacó de una las gavetas mis medias, mi correa y todo ese poco de cosas que uno se pone de guindalejos; cuanto se coloca un traje de gala. Era un Giorgio Valentino color azul marino, el cual iba a combinar con una camisa y una corbata de un tono azul suave. Mi bello hijo había escogido las yuntas más bellas del gran grupo de ellas que poseía. Amada se internó en el baño y de inmediato se escuchó la regadera. Mientras me vestía me preguntaba: “¿Qué será lo de esta tarde Dios mío?”           El nerviosismo no me permitía colocar mi ropa. Traté de tranquilizarme respirando profundamente varias veces; como había visto que hacían los que meditan.  Finalmente, estando un poco más tranquilo, comencé a vestirme. Aunque ya estaba casi vestido cuando Amada salió del baño, fue ella quien me hizo el nudo de la corbata. Luego de colocarme la chaqueta, me roció con un exquisito perfume que ella guardaba celosamente, me besó en la frente y se dispuso a vestirse, mientras tarareaba una canción que en ese momento no reconocí.            Era una situación un tanto incómoda, puesto que no sabía a ciencia cierta qué era lo de esa tarde. Tendría que ser algo grato, porque mi esposa e hijo estaban muertos de la felicidad. No me atreví a preguntarle a mi Amada lo que iba a pasar esa tarde, porque me iban a tildar de inmediato de olvidadizo. Se suponía que si era tan importante como para lucir aquellas galas, no tendría porque haberlo olvidado. Busqué afanosamente en el laberinto de mi mente y nada me orientó. Cuando Amada estaba lista, me miró de frente y me dijo algo que nunca olvidaré: _ No te avergüences mi amor, que a mí me pasa a cada rato. ¿Se te había olvidado lo de esta tarde?           No supe que decirle, pero de lo que sí estaba seguro era de que ella significaba todo en mi vida, de que era mi gran aliada y amiga, además de una complaciente esposa; de que yo no era nadie sin mi Amada. Realmente, a esa edad ocurre muy frecuentemente que una persona presente episodios breves de amnesia, pero yo estaba completamente seguro de que mi mente normalmente no me habría jugado esa mala pasada. Cómo decirle que no sabía nada de lo que estaba ocurriendo, que estaba regresando a mi vida después de haber muerto. Por lo tanto, no tenía un argumento valedero ante su insinuación. _ Me da mucha pena contigo querida. - Solo atiné a decirle, deseando infinitamente que ella me diera, por lo menos, una pista para deslizarme en una realidad. _ Toma mi amor, si estás buscando lo que escribiste ayer en la tarde, aquí está. Lo leí y me pareció tan bello mi amor. Eres muy especial, sobre todo para mí, mi vida. - Amada me demostraba de esa manera, que también era mi confidente. No había nadie en el mundo que me conociera mejor que ella.                    Cuando ya estábamos arreglados, se presentó Eduardo nuevamente.  A las seis de aquella tarde que se desprendía de la monotonía, nos dirigimos hacia un destino desconocido para mí en ese momento. Mi nieto se encargaba de conducir el auto, mientras lo hacía, acariciaba distraídamente su barba en forma de candado que le quedaba perfecta. Por esos tiempos frecuentaba a una chica llamada Lizbeth, quien era una dulzura de mujer. Así se lo hice saber cuando la conocí. En esa ocasión me dijo muerto de la risa, una frase inolvidable: “Viejito vagabundo”. En realidad la  muchacha era dueña de una belleza sin límites.             Poco tiempo después, llegamos a un sitio muy lujoso. Miguelito y Eduardo nos condujeron por un laberinto de pasillos, hasta que por fin llegamos a una especie de auditórium de gran aforo. La antesala estaba atestada de personas vestidas preciosamente y de luces; de muchas luces. Mientras aguardaban para acceder al sitio, todos conversaban al mismo tiempo, provocando un ruido ensordecedor. Aquella algarabía aumentó aún más mi nerviosismo. En realidad lo que me mantenía nervioso, no era aquel lugar que en ese momento sentí desconocer, ni la gran cantidad de personas; lo que me mantenía al borde del desespero, era que no lograba asirme de alguno de mis recuerdos para poder ubicarme en aquel momento al cual había ido a parar.           Dos chicas muy hermosas nos estaban esperando en la puerta del auditorio.  Ellas, muy amablemente, nos condujeron hasta donde permanecían unas personas muy serias, sentadas en unas sillas especialmente decoradas. Amada y yo nos sentamos en la primera fila, mientras que Eduardo y Miguelito lo hicieron un poco más atrás. Aquellos asientos estaban reservados para nosotros, ya que sobre cada silla permanecía un cartel con nuestros nombres. Las jóvenes retiraron aquellos cartelitos y, tan pronto nos sentamos; se marcharon presurosas a continuar recibiendo a lo que supuse, eran los invitados especiales. Miré a mí alrededor, tratando de encontrar algo o a alguien que me resultara familiar, pero todo fue en vano. Eduardo conversaba animadamente con alguien que estaba sentado a su lado, mientras que su hijo, muy pícaramente, coqueteaba con una preciosa joven que estaba justo delante de él.  Una bella dama se ubicó frente a un micrófono y su agradable voz se dejó sentir por todo el ambiente. Anunciaba esa dama un supremo hecho. En verdad resultaba interesante el asunto que la bella mujer anunciaba. Presentí que lo que allí se iba a llevar a cabo, daría un perfecto sentido a esa nueva realidad que estaba enfrentando y a la cual aún no me acostumbraba. Mi mente me regaló la diadema de un fugaz recuerdo. Fue el recuerdo de un grato momento, el cual habrá de permanecer por siempre prendido en mi corazón.  Eran los últimos días de un noviembre delicioso y uno de mis sueño se cumplía. Recordé el momento de mi grado académico. En aquel destello que llegó a  mi aturdida razón me contemplé vestido con un traje verde, muy bello. Fue el agradable recuerdo del momento cuando el rector de aquella ilustre universidad, me otorgaba el título de Licenciado en Enfermería.           Permanecía presa de ese pensamiento cuando, objeto de un homenaje por mis infinitos años de lucidez en mi carrera, fui llamado a decir unas palabras. Mi realidad retornó, no sabía que decir, estaba estático; aún empapado por la imagen de mi padre, de mi hijo, de mi esposa y de mi madre del alma, en mi acto de grado. Me había olvidado de la seguridad que siempre me había obsequiado mi Amada. Busqué el manuscrito en el bolsillo interno de mi saco y no lo encontré, lo busqué en el otro, sin resultados y, cuando me disponía a darme por vencido; mi Amada me tomó fuertemente de la mano y al oído me dijo esta frase: _ Mi amor, toma, se te salió del bolsillo cuando te estabas bajando del carro y yo te lo guardé. – Dicho esto, me entregó aquella pieza de papel donde estaba escrito mi discurso. Realmente, por la premura de mi realidad y lo corto del trayecto desde la casa, no había logrado leer la nota por completo; pero no me preocupé mucho ya que confié en mi gran amor. Si ella había dicho que estaba bien redactada aquella nota, no tenía porque dudarlo. Generalmente, siempre que tenía que leer alguna nota en los tantos actos que asistí como maestro de ceremonia, repasaba el contenido de la misma varias veces para familiarizarme con lo allí escrito, aunque yo mismo lo hubiese redactado; gajes de mi profesión de locutor. Pero el nerviosismo, hizo que cavilara mi veteranía en aquellas lides que llegué a dominar perfectamente, gracias a los tantos programas de radio que hice.           En ese momento sentí que adoraba tanto a mi esposa, al igual que a toda esa bella familia que Dios me había dado como preciado bien. Por eso, cuando caminé hacia aquel sitio bendito, pensé en ellos: en mi madre, en mi padre, en mi esposa y por supuesto; en mi hijo y en mi nieto. Pensé en toda mi familia. Fue por ello que deseé tenerlos todos a mi lado en ese momento. Una chica muy joven y bella me acompañó hasta aquel sitial extremadamente iluminado donde me esperaba la hermosa mujer que antes había tomado la palabra. Mientras caminaba hacia ese sitio, saqué el “papelito” y, luego de que la linda dama colocara el micrófono a mi altura, comencé a leerlo muy pausadamente. _ Señoras y señores… En ese momento, llegó una luz a mi mente y supe que era un acto académico de grado. Sin entenderlo, introduje aquel papel nuevamente en la bolsa de mi chaqueta y acudí a la improvisación.- Ayer cumplí ochenta años. Al despertar de ese día tan importante para mí, sentí una tonelada de desgano. Ha de ser que mis energías flaquean ya, me dije. ¿Sería que el ímpetu que creí ya perdido, me reclaman la dejadez en la cual me sentí atrapado? Pensé en mi pasado, en todos los momentos que me brindaron muchas satisfacciones. Esos pensamientos me dieron mucha fortaleza. Sentí aquellos instantes cuando el sol y la luna eran solo míos. Eran los días de antaño, esos días perfectos cuando la vida transitaba casi estática, revoloteando unas alas que solo yo imaginaba. Imagino y recuerdo hoy mi vida desde este ángulo, cuando ya he cumplido ochenta años. Sobre mi cabeza, las canas me gritan que he envejeciendo. Siento que mis piernas flaquean ante las exigencias de unas escaleras extenuantes o ante un baile moderno.             Bajo mis ojos, unos pliegues aparecieron hace muchísimo tiempo, pero nunca me había preocupado de ello. Tampoco hoy en día me preocupo, a sabiendas de que hay muchísimos más. Las damas, letradas en esas cuestiones, dicen que se llaman líneas de expresión. Yo solo les llamo arrugas, tal vez les llamaría líneas, pero líneas de experiencia, líneas de haber vivido en este exigente mundo. Cumplí ochenta, ya me he embarcado en el tranvía de los octogenarios. En este momento de mi vida, considero que los recuerdos son muy importantes, pues nos hacen evocar momentos gratos o no tan gratos de nuestro pasado.           Uno de ellos, es la evocación de una mañana llena de esperanzas de un año muy distante. Era un 30 de julio, un maravilloso día que coincidió con el cumpleaños número cincuenta de mi padre querido. Ese especial día, de la mano de mi madre, recibí el diploma que me condujo por un hermoso camino, en el que transité durante casi cuatro décadas. He cumplido ochenta años, de ellos, son muchos los que dediqué a una intensa pasión, a un arte que me cautivó desde un principio; cuando apenas emergía de la educación primaria para seguir el llamado de mi vocación. No existe para mí, satisfacción más grande que ayudar a mis pacientes, a sentir amor por ellos, a palpar muy de cerca sus sufrimientos, sus ilusiones; sus sueños y sus esperanzas. Es ese mi mayor logro, mirar sano a quien estuvo lacerado por una situación apremiante, cuando se cree perder toda esperanza. Es bello cuando el enfermo siente que tiene a alguien a su lado para apoyarle.           He sentido ser ese alguien infinidades de veces. Hoy, muy lejos de mi ejercicio profesional, no me he alejado de los niños enfermos; de eso, muchos de ustedes son testigos. Cuando me es posible, acudo a ayudarlos y, cuando me siento rodeado de niños y niñas, siento un inmensurable placer; al contemplar esas caritas expresivas que necesitan de mí. Me complazco, como solo Dios lo sabe, al tocarlos, besarlos, hablarles con cariño; aunque ellos solo clamen alivio a sus penas. Mis manos inyectaron, mis manos ayudaron a sanarlos, eso para mí no tiene otro nombre más que felicidad. Es el gran placer de saber que cumplí con mi deber y que a estas alturas de mi vida, aún lo sigo haciendo.            Fueron muchos años de mi vida dedicados a ayudar a mis pacientes. Cuando sentía frente a mí a un niño enfermo, mi corazón se enternecía y miraba en él, a un hijo. Es que no puede ser de otra manera, es la única forma de trabajar con niños enfermos, quererlos como hijos nuestros, como esos seres que necesitan de nuestras manos; pero sobre todo, de nuestros corazones. Sentirlos como hijos, es la mejor manera poder brindarles nuestro amor y esa compañía que les ayude a superar sus penas.           Hoy en día, continúo sintiendo amor por ellos, por mis niños enfermos. Necesito yo más de ellos, que ellos de mí. Es necesario que día a día, toque y consienta a un niño enfermo. Necesito mirar sus sonrisas, sentir la calidez de sus miradas y la esperanza dibujada en los rostros de unos padres por siempre agradecidos. Es eso lo que me da fuerza, el amor que siento por mis pacientes. Es eso lo que me hace sentir realizado. Toda mi felicidad se la debo a mi querida Enfermería. Dios bendiga por siempre a mi querida y adorada carrera.           Hoy que cumplo ochenta y siento que esos años no han sido en vano. Tengo una linda familia, una excelente profesión, una gran ilusión literaria; pero por sobre todas las cosas, tengo mucho amor para mis niños enfermos. Tengo la esperanza de que ustedes vayan a ser tan felices como lo fui yo; como aún lo soy. Ejerzan esta bella profesión con amor y altruismo; con dedicación y con mucha ética. Amen a su carrera como a la vida misma. Hagan de ella un apostolado. Siéntanse escogidos por Dios para ayudar a esos seres que sufren los rigores de una enfermedad. Sean felices de ser profesionales de enfermería.           Dicho esto, hice un profundo silencio y me dediqué a contemplar a la cantidad de personas que estaban presentes. Al instante, una gran ovación se dejó sentir en aquel auditorio, sobre todo, de los elegantes caballeros y de las bellas damas que esa noche amiga recibirían su título universitario de Licenciados en Enfermería. Me quedé en el sitio sin atrever a moverme. Mi mirada se escapaba y miraba lejos, miraba la vida sentida, los pasos que, fulgurantes, di en mi carrera. Descubrí en ese momento, la pasión extrema que había sentido toda mi extensa vida por una vocación y, miraba en la distancia, aquellos rostros llenos de esperanzas de los enfermos. Comprendí que toda mi vida, en realidad, había sido un éxito.  
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