Recordé en ese momento muchas cosas que instantes después, se perdían en el misterioso recodo de mi olvido. Recordé a mi padre y a mi madre, cuánto los amé, cuánto aún los amo. Recordé al general y a Eufemia, ese amor que nuestra hermandad había expresado, jamás dejará de ser sentido. Miré en la primera fila del auditorio a mi Amada, más atrás, a Eduardo y a Miguelito; comprendí entonces que allí estaba la verdadera felicidad de un hombre que camina por los angostos parajes de la vejez. Comprendí que mi felicidad estaba enmarcada dentro de ese triángulo perfecto: Mi familia, mi vocación y mis letras.
Eduardo y Miguelito fueron por mí y, cuando tomaron mi brazo para iniciar el descenso, se percataron de que estaba sudando copiosamente por lo que, temiendo los embates de una emoción fatal; fueron a dar conmigo a las afueras de ese glorioso sitio en el cual procuraron que recibiera aire fresco. No comprendían ellos, que mi emoción me había causado, no solo ese manantial de sudor gélido; sino que me había hecho comprender que en una sola palabra pude, esa noche y toda la vida que me faltaba por recorrer, atrapar el sentido de mi existencia. La misma no era otra, que la palabra felicidad. Para la felicidad sabía entonces que había yo llegado a este mundo. Para ser feliz, para, por sobre todas las cosas; hacer feliz a mi familia, a los míos como siempre les llamé y, clase aparte, para hacer que un brillo de esperanza, de alivio y de grandeza; se dibujara en los bellos rostros de mis pacientes.
Cuando me sentí mejor regresamos a nuestros sitios, donde más nerviosa que un filete barato, me esperaba mi Amada. La pobre estaba vuelta un manojo de nervios, porque no sabía qué había pasado conmigo. Cuando comprobó que estaba íntegro, se tranquilizó y, sonriente, se dedicó a mirar nuevamente aquel acto solemne de grado. Fue en ese preciso momento, cuando dieron inicio a la entrega de Títulos, después de que varias altas personalidades universitarias habían hecho uso de la palabra. Cuando el bello espectáculo hubo terminado, mis ahijados corrieron a abrazarme emocionados. Miré en ese instante, a una variedad de rostros llenos de felicidad tras haber saboreado el dulce néctar de la victoria.
Mis pasos se tornaron ágiles, cuando me expresaron que una recepción muy emotiva esperaba por nosotros. Era la coronación de una nueva generación de emprendedoras enfermeras y enfermeros, quienes darían continuidad a una loable labor. Era ese numeroso grupo, la esperanza de continuar con el milagro con el solo interés de ayudar a recuperar la salud y la fe, a quienes padecen de los terribles tentáculos de las enfermedades.
Esa noche, la comida servida en lujosas bandejas me miraba con coquetería divina y, sin pensar un solo instante en los niveles de colesterol y triglicéridos, comí todo lo que me ofrecieron. Estaban también dispuestas, varias copas de un exquisito “dieciochoañero”, que por nada en el mundo quise dejar de tomar en cuenta. La embriaguez a las pocas horas comenzó a apoderarse de mi viejo organismo y, cuando mi Amada lo creyó conveniente, nos retiramos a nuestra casa a esperar que concluyera ese perfecto día. El alcohol no me dio preámbulos y me dormí de inmediato. Me regaló aquella noche suprema, el aliciente de un momento de de felicidad en la calidez de mi cama y al lado a mujer de mi vida.
El alcohol había hecho que el sueño me arrullara con más empeño que de ordinario. No supe cuanto tiempo me entregué a un descanso encantador, después de aquella noche tan atrevida para mi longeva edad. Cuando coloqué aquel travieso vaso de whisky atestado de cubos de hielo en mis labios, sentí el eterno temor a la resaca del siguiente día, pero, aún así, tomé alrededor de seis de ellos y, cuando abrí mis ojos horas después, me preparé para sentir ese endemoniado dolor de cabeza que me dejaba derrotado, cada vez que ingería algo con contenido alcohólico. Afortunadamente, fueron pocas las veces que lo hice.
Me quedé extrañado, no obstante, de que tras despertar; me sentía perfectamente bien. No había cefalea alguna, no sentí ningunas ganas de dejar caer sobre mi cuerpo, una cantidad inmensa de agua helada. Ni siquiera sentí aquella detestable exhalación que molestaba tanto a mi Amada y que era testaruda a cualquier maniobra sabor a menta. Entonces comprendí que había llegado en los brazos de mi retorno, a otro episodio de mi vida.
Amada entró en ese momento a la habitación, llevando en sus manos un hermoso ramo que colocó en un jarrón sobre la mesa de noche; mientras me miraba de soslayo, con un aire de sorpresa; como queriendo esconderse de sí misma. Era tanta la extrañeza que sentí en ella, que no me resistí a preguntarle que le pasaba.
_ ¿Que te pasa cora? - Siempre nos pareció especial la mitad de la palabra corazón para denominarnos en algunas ocasiones.- ¿Por qué me miras así?
_ No pasa nada cora, por supuesto que no pasa nada.- Me contestaba, mientras continuaba mirándome con esa mirada embadurnada de algo un tanto extraño.
_ Vieja, tú a mi no me engañas, dime que está pasando. - Insistí, ya que no dejaba de caminar en distintas direcciones dentro de la recámara, tal como lo hace un león desesperado por salir de su jaula.
_ ¡Te dije que no me pasa nada, caramba!
Y salía de la habitación después de haberme dado aquella extraña y grosera respuesta; lo que no era común entre nosotros. Siempre recuerdo sus tiernas palabras cada vez que se dirigía a mí, por ello, me sorprendí de aquella respuesta. Me aterré de inmediato, porque no sabía qué estaba sucediendo. Esa era la parte más desesperante de mi retorno, el no saber en qué momento me encontraba; ni cuáles eran las circunstancias que rodeaban ese preciso momento. Eran las nueve de la mañana, cuando entré al baño y miré mi rostro quedé perturbado. Miré un rostro iluminado por los años, pero no conteniendo tanta vejez como lo había observado anteriormente. Lucía un poblado bigote, muy bien arreglado y una barba de dos días que era áspera al tacto y a la vista. Pero lo que más me llamó la atención, fue aquel cabello abundante y con un color grisáceo que contrastaba con el escaso y extremadamente blanco, que había detallado en mis anteriores visiones de mí mismo.
Salí del aposento e intenté escudarme en algo que me orientara o en alguien que, por pura casualidad, me musitara algo de un presente que no recordaba en ese momento. Me encontré de frente con la inmensa soledad que parecía estar en cada árbol, en cada flor; en cada objeto que miraba. Los rayos del sol comenzaban a calentar ya sin piedad alguna, los esquivé colocando sobre mis ojos, a manera de quitasol, mi propia mano extendida.
Ya estando fuera de la habitación, caminé despacio observando detenidamente la vida que transcurría apacible a mí alrededor. Mis pasos me condujeron hacia el patio y pude contemplar la maravilla de lo que en él había. Los rosales estaban florecidos y los mágicos colores que ellos brindaban; eran un verdadero espectáculo. Ni que hablar de los nardos, de las begonias y del espectacular aroma de azahares que lo invadía todo. Me quedé parado en medio de aquella maravilla y comprobé que, en ese sitio, a cada instante nace el amor.
La casa estaba solitaria, por eso me provocó echarme cuan largo era, en la hamaca que estaba colgada en el tinglado y, como nunca era detestable una idea tan haragana, me tendí sabroso en aquel monumento a la holgazanería. Me estiré como si llevara cien años sin hacerlo. Cerré los ojos, mientras me regalaba unas mecidas incesantes. Al poco rato, aquel vaivén encantador provocó el efecto de siempre; me quedé dormido nuevamente, como si no habían bastado las largas horas de sueño de la noche anterior.
En mi mente dormida desfiló un montón de imágenes y varias voces que me aturdieron. Eran imágenes ensombrecidas por la nostalgia y azotadas por el desafuero de un regreso, que no les permitían acercarse a mí en la conciencia de mis actos. Era ya una ley que tendría que caminar sobre mis pasos y también era confusa, la sensación de siempre esperar que lo desconocido me aprisionara con sus poderosos brazos, sin saber en dónde, lleno de pavor; conseguir un refugio y poder vivir esa vida llena de confusiones a la que había regresado.
Llegaban las imágenes nítidas de un largo pasillo con infinitas puertas a ambos lados. Eran esas puertas, las entradas a miles de alcobas que refugiaban a muchos enfermos. Los lamentos y las desesperaciones de todos ellos, trasladaban la cordura directamente al delirio y era menester la presencia de una mano amiga o mejor dicho, de varias manos amigas; para paliar el eterno sufrimiento que presentaban los cuerpos abatidos y a punto de abordar el enorme tranvía de la muerte. Era un hospital, me lo imaginaba en ese sueño que se hubo presentado repetidamente en los momentos cruciales de mi existencia. Era tanta la necesidad de afecto que había, que provocaba permanecer en ese recinto por siempre; para de esa manera, ayudar a esa pobre gente.
Era en ese pasillo donde me miraba, cada vez que esas imágenes llegaban a las sombras de mis sueños. Me cubría el cuerpo un uniforme extraordinariamente blanco, además de una gran sensibilidad, la cual que se acentuaba cada vez que miraba a algún enfermo. Era vital para mí, apoyarles en mi hombro, tender mi mano ofreciendo mi ciencia y mi amistad; para que el rigor de sus sufrimientos no llegara tan fuerte a esas carnes adoloridas y a esos sentimientos perturbados. Estaba presente yo en mi sueño y en él, estaba ayudando a muchas personas que sentía tal vez perderlo todo, menos la fe.
Amada había regresado del supermercado. Cuando desperté, pude sentir que estaba en la cocina, a juzgar por los diversos sonidos que allí se escenificaban mientras ella preparaba alguna de las divinidades culinarias a las que me tenía acostumbrado. El aroma bondadoso de una de sus magias, llegaba a mis sentidos y me invitaba a aplacar el hambre voraz que en ese momento sentía, puesto que no había tomado el desayuno que aún esperaba por mí en la mesa del comedor, ya que mi amada; por el veneno de algún bicho que le había picado, no me había invitado a disfrutarlo. Yo, extrañado, opté por obviar esa comida matutina, aunque moría de hambre. Eduardo había llegado no supe en que momento. Me enteré de ello, cuando sentí la puerta de su cuarto al salir del mismo. Mi muchacho se dirigió al tinglado para platicar conmigo.
_ Papá, ¿cómo amaneciste hoy? - Y sin esperar mi respuesta me dijo a quemarropa.- Mamá anda muy molesta, porque cree que no te acuerdas de que hoy cumplen año de casados. ¿Qué tal mi viejo? Nada menos que medio siglo de matrimonio.
¡Dios mío!, había retornado muchos años en mi vida y la sorpresa me extendía aquella fuerte bofetada, por haber tenido una conducta indiferente para con mi Amada. Eran cincuenta años, toda una vida al lado de la perfección y no le había dicho absolutamente nada. Regresé a mis años setenta de vida, setenta y dos para ser más exactos. Habían transcurrido veinte, desde que hubo comenzado mi retorno y me estacionaba en aquel día bello que iluminó a las estrellas. Me sentía apenado por no haber colmado a mi vieja de un millón de atenciones.
_ Hijo, no sé que decirte.
_ No te preocupes papá que yo te comprendo. Te tengo la solución. - Yo no supe que era lo que comprendía, pero de seguro; era algo que tenía que ver con mis años. Hasta mi propio hijo me creía incapaz de sujetarme a mi memoria.
_ Tú solo ve al comedor que yo me encargo de lo demás.
_Pero...
_Hazme caso viejo, ¿acaso no confías en mí?
En efecto, al cabo de unos pocos minutos, el almuerzo era servido con la puntualidad rigurosa de siempre. Aquel pollo olía a gloria, era acompañado con una ensalada de vegetales que llamaba la atención por la espectacular forma de su presentación. Amada sirvió y, al verme, solo me miró con ganas de no haberlo hecho. Únicamente me regaló una breve frase, un entrecortado “Buen provecho”. Como Eduardo no comía sino varias horas después, por la bendita manía de desayunar a las diez de la mañana; éramos los únicos comensales. Miguel llegaría en la noche de la universidad, el almuerzo lo hacía en la sede de la misma. Estaba al tanto de ciertas cosas, ya que esos momentos llegaban a mi mente, como fugaces estrellas que se encargaban de alumbrar mi camino.
Cuando ya íbamos a dar inicio al almuerzo, nuestro hijo se presentó repentinamente con un mariachi estrepitoso que estaba aguardando en la sala, la llegada del momento oportuno. No lo había querido dejar para la noche, porque para esa hora nos tenía reservada una linda velada de hermosos y gratificantes recuerdos. Me quedé petrificado por la sorpresa. Mientras los jóvenes, ataviados de la popular vestimenta propia de la cultura azteca, se ubicaban bajo las refrescantes sombras del mamón, Amada, con lágrimas en su rostro; se acercó tiernamente a mí y me abrazó con mucha ternura. Nos besamos apasionadamente ante la vista de aquellos muchachos que mientras cantaban, contemplaban nuestras caricias. Tal vez pensaban que a nuestras edades esas cosas no ocurrían. Siempre dije que no hay edad para el amor
Escuchamos las preciosas melodías que una chica, con una estatura envidiable y una belleza pulida, entonaba magistralmente para nosotros. Uno de los integrantes del mariachi nos dirigió unas bellas palabras de felicitaciones, en nombre de mi familia y del grupo mismo. Mientras tanto, emocionado, Eduardo nos miraba desde muy cerca y se decidió por fin, cuando la emoción se lo permitió, a regalarnos un cálido abrazo. Sus ojos se tornaron húmedos y posteriormente, dejaron escapar unas lágrimas benditas que luego se transformaron en torrentes de grandeza.
Al cabo de unos instantes Miguelito se apersonó en la estancia, ya casi cuando el mariachi concluía su presentación, con un pequeño grupo de amigos y amigas de la universidad. Traía consigo un hermoso y enorme pastel que se presagiaba delicioso. El mismo estaba decorado por un particular adorno; el cual me causó un efecto inmediato. No paré de reír con carcajadas estrepitosas, cuando miré unas estatuillas como las que les colocan a los pasteles de boda, que representan a los novios. Lo que en realidad me dio mucha risa, era la cara de asustado del caballero entrado en años y el rodillo que la viejecita llevaba en una de sus manos. Qué cosas se le ocurrían a mi nieto.
Los jóvenes del mariachi se retiraron. Mi hijo los acompañó hasta la salida y, después de haber arreglado lo pendiente con ellos, regresó para continuar la celebración. Eduardo, Miguelito y sus amigos, nos rodearon con las manos tomadas y dieron inicio a una serie de vueltas alrededor de aquel par de viejos, quienes estábamos enormemente felices; mientras que cantaban una canción de amor que siempre nos había enternecido. Mi vieja y yo lloramos abrazados, mientras que todos alrededor también lo hacían. Era un llanto de emoción y de admiración, era un llanto de alegría, pero por sobre todas las cosas; era un lindo llanto de amor.
Luego nos comimos el pastel, no quedó absolutamente nada para el desayuno. Las dos botellas de vino que Eduardo descorchó, se terminaron en un santiamén. Todos brindamos por el medio siglo de nuestro amor. Por ese medio siglo que hoy con extremado orgullo digo, fue el primer medio siglo de una eternidad. Amada me miró directo a los ojos y acercó su rostro lentamente al mío nuevamente. Cuando nuestras respiraciones se fundieron en una; sentí en su aliento una frase que me llegó colmada de encanto:
_ Mi amor, perdóname. - Fue todo lo que me dijo y yo le entendí perfectamente. Después la besé de nuevo en la boca de mi vida y miré de reojo a nuestro Eduardo, para agradecerle todo ese cielo que nos había regalado y por lo oportuno de su proceder.
Más tarde, los muchachos se marcharon dejando un silencio ensordecedor en nuestra casa y, mientras Amada se disculpaba para ir a la sala de baño, Eduardo se acercó a mí y en mi mano derecha puso un pequeño cofre cubierto de un fino terciopelo rojo.
_ Toma papá, se te había olvidado. -Comprendí de inmediato que era ese un regalo para su madre. Supuse que se lo había dado a guardar. - ¿Se te olvidó que ayer me pediste que fuera por él al taller de joyería?
_ No mi amor, como crees, para nada. No se me había olvidado.
_ Papá, ¿Quieres que te diga algo? Eres único. Te adoro mi viejo. - Me decía, mientras me regalaba otro abrazo. Dicho esto, salió de la casa con pasos rápidos y, antes de llegar a la sala, volteó y me dijo en baja voz:
_ Estén listos temprano para que vayamos para donde tú sabes. - Y se marchó presuroso a continuar con sus múltiples ocupaciones.
Cuando quedé solo en medio del patio, miré aquel pequeño cofre de hermoso color y de insuperable textura. Lo abrí, no me aguanté la curiosidad de ver qué contenía. Lo que miré, era un par de aretes de oro, muy finos y preciosos; deliciosamente trabajados por manos expertas. De inmediato un recuerdo llegó diáfano a mis sentidos. Aquella joya había sido de mi suegra, doña Rebeca. Su madre, doña Flora se la había regalado el día de su boda. Recordé en ese momento glorioso, que mi siempre recordada suegra, le había regalado a mi Amada ese par de aretes, precisamente el día de nuestra boda.
En una ocasión que nunca fue determinada, aquellos aretes se extraviaron y no hubo manera de encontrarlos. Recordé que mi Amada me había confesado, que hasta donde un curioso, de esos que dicen adivinarlo todo, había ido. Me dijo también, que aquel oportunista le juró que se lo había robado alguien de nuestra propia familia, ante lo cual; mi bella esposa reaccionó indignada y si no lo envió de un puntapié hasta el polo norte, fue por puro respeto hacía sí misma. En una las varias restauraciones que se hicieron en nuestra casa, un honesto trabajador de la construcción que había yo contratado para tal fin, me entregó el par de aretes que había encontrado mientras llevaba a cabo sus labores.
Estaban semienterrados en una pequeña grieta que existía entre el piso y la pared de la cocina. El buen hombre me los entregó todo alarmado. Me sorprendí tanto de ver que había encontrado lo que en ese momento consideré un tesoro, como de la gran probidad de aquel buen hombre. Agradecido hasta lo inimaginable, le regalé una buena cantidad de dinero y un elegante reloj que en ese momento llevaba en mi muñeca. Guarde los aretes celosamente y, cuando se acercaba la fecha de nuestro cincuenta aniversario de boda, lo llevé al taller de joyería para que lo pulieran y repararan ciertos detalles que la los rigurosos brazos del tiempo, les había ocasionado.
Amada me llamó desde nuestra habitación. Eran ya las cuatro de la tarde. Luego de guardar el pequeño gran tesoro en mi bolsillo, me dirigí hacia la alcoba imaginándome la cara de alegría que pondría mi Amada, cuando le hiciera entrega de aquellos aretes que ella creía perdidos y que albergaban el recuerdo decoroso de su madre y de su abuela. Entré sin hacer ruido alguno y, al sentarme a su lado en la cama, la sentí llorar tenuemente. Sin que se lo preguntara, me dijo que lloraba de alegría.
_ Mi amor, es que papá Dios me dio la bendición de tenerte como compañero. Te amo mi amor. Gracias por esta linda sorpresa.
_ Tú te lo mereces todo, mi vida. Eres la mujer más buena del mundo. Por eso es que te he amado tanto y te amaré mucho más mi amor, el resto de la vida que me queda. Pero te tengo otra sorpresa Amada. Toma, este es mi regalo.- Y le entregué el pequeño cofre vestido de rojo terciopelo.
Mi Amada tomó el pequeño estuche entre sus manos y lo abrió despacio. No se imaginó nunca lo que en su interior se ocultaba. Cuando miró los aretes no dijo nada, no movió siquiera un músculo de su cuerpo. Dos lágrimas descendieron despacio por sus mejillas. Segundos después, con voz entrecortada me dijo:
_ Que Dios te bendiga mi viejo.
Mi Amada miró a los aretes, como quien mira una vida que recién aparece. No podía creer que aquella reliquia que creía perdida, luego de haber permanecido tantos años en la familia, estuviera en ese momento frente a sus ojos. Estaba allí una verdadera joya que le había entregado su joya, como ella misma lo expresó aquella tarde perfecta. Finalmente los tomó entre sus dedos y los besó tiernamente, mientras me dirigía una bella mirada. Esas miradas me dieron fuerzas, me hicieron creer en la existencia de la felicidad eterna, me hicieron soñar. Esas tiernas miradas me despertaban todos los días de mi vida. Son aún esas miradas las que extrañaré por toda la eternidad. Los colocó nuevamente en su cofre y prometió ser muy cuidadosa con ellos para evitar perderlos nuevamente. Años después yo le cumpliría un deseo y con sus aretes sería cremada mi bella Amada. En ese momento recordé que lo había hecho mucho tiempo antes, en mi retorno a la vida.
Mi adorada esposa se internó en el “cuartico” donde permanecían nuestros santos y donde también, pernoctaban los retratos de nuestros seres queridos ya fallecidos; lugar en el cual se les iluminaba cada domingo por el eterno descanso. Supuse que le rezaba a su madre. No quise acompañarla en sus propósitos, porque sentí un leve dolor de cabeza por las tantas experiencias vividas. Me tomé un analgésico y seguidamente me fui al patio donde me acosté en la hamaca, porque quise dormir unos minutos.
Cuando la noche se prestaba a llegar, Eduardo se apersonó pulcramente vestido a nuestra habitación, en la cual habíamos decidido esperarlo. Nuestro hijo tenía su propio apartamento, pero desde que sucedió “aquello”; permanecía la mayor parte del tiempo libre con nosotros. Esa noche cenamos en un sitio muy especial. Era un restaurante modesto, pero fiel a nuestras exigencias. Fue una sorpresa para nosotros, porque ese sitio, al igual que los aretes de mi Amada; había pasado de padres a hijos y permanecía intacto como siempre. Fue en ese sitio precisamente, donde hacía poco más de cincuenta años, le había pedido matrimonio, y por supuesto, ella me había dicho que sí. Era el mismo lugar de ese entonces, salvo unas pequeñas variaciones que no le quitaban su aire original. Me pareció mirarnos en la mesa del rincón tomados de la mano y yo, devorando esas miradas que por siempre me habrán de acompañar. Fueron grandes los momentos que vivimos y recordamos en ese bello y mágico sitio. Los fantasmas de nuestro ayer estaban en cada rincón y nuestros espíritus se elevaban de tanto amor. Esa noche nos entregamos con verdadera pasión y ternura. Nos quedamos dormidos luego de aquel momento feliz.
El teléfono repicó e hizo sobresaltar de angustia y miedo a mi Amada, ya que no era costumbre que llamaran tan tarde, salvo que de algo urgente se tratara. Yo no reaccioné como ella lo esperaba, puesto que no sabía lo que sucedía a mí alrededor. Estaba sumergido en la más grande confusión de mi vida. Ni siquiera sabía quién era ni que hacía en ese sitio. El repique se repitió varias veces. Mi Amada finalmente se paró a contestar aquella llamada alarmante, en vista de mi total dejadez. Yo siempre fui cobarde para contestar una llamada en la madrugada, me parecía que me iban a decir que se había muerto alguien. Mientras hablaba con su interlocutor, mi Amada golpeaba entre sí sus rodillas; era una señal inequívoca de que quería hacer pipí y, tan pronto soltó el teléfono, se dirigió directamente al baño. Luego, marcó un número y habló con alguien.
Confieso que me sentí apesadumbrado en ese momento, ya que tan pronto se produjo aquella inusual llamada, mis recuerdos trataban de hacerse presentes para instalarme en aquella etapa imprecisa de mi vida, pero resulté extrañamente dominado por un sueño testarudo, el cual, aunado a la modorra de la misteriosa situación vivida con mi retorno; me indujo a quedarme dormido nuevamente, por lo tanto; no me enteré de buenas a primera de lo ocurrido. Era como si el sueño tuviese la virtud de enamorarse de mí en mi nueva condición. Era bien sabido que, dadas mis innumerables guardias nocturnas, se me hacía en extremo difícil conciliar el sueño. Hubo muchas ocasiones que pasaba las noches en vela, por la bendita manía de estar “acostumbrado” a no dormir. El misterio se hacía cada vez más intenso, ya que era precisamente cuando estaba dormido que mi retorno me hacía viajar en el tiempo. Me di perfecta cuenta, desde que hubo iniciado todo aquello, que hasta mi hábito de dormir había cambiado. El sueño me dominaba, me atrapaba con exagerada facilidad. Todos se extrañaban de ese particular detalle, pero pensaban que eran decrepitudes propias de la edad. Eran aproximadamente las tres de la madrugada, cuando repicó el teléfono y ya media hora después, Eduardo estaba en nuestra casa. Esa noche se había quedado a dormir en su apartamento el muy pícaro.
Estaba yo ajeno al nuevo tiempo al que había retornado. Tenía la sensación de que estaba frente a otra broma de ese señor y, como siempre, esperé a que algo llegara a mi atontada mente para orientarme. Desde un principio lo había hecho, esa vez no creí que iba a ser la excepción. A las seis en punto quise levantarme y enfrentarme a mi nueva realidad, pero al sentirme presa aún de aquella confusión sin parangón, decidí quedarme en la cama hasta que pudiera asirme a algo que me reconciliara con el tiempo hasta donde había ido a parar.
Tan pronto me levanté de la cama, percibí en todo el ambiente un delicioso aroma. Recordé el delicado aroma del café que mi Amada preparaba. Lo insólito resultaba ser aquel silencio endemoniado que se sentía en todo los rincones. Ya era una sagrada costumbre que a las seis en punto, la televisión se encendía automáticamente. A esa hora precisa, después de las gloriosas notas de nuestro himno nacional, daban un resumen de noticias, el cual nunca dejaba de ver. No recordaba nada de lo sucedido en el anterior viaje de mi retorno a la vida. Al instante de mis despertares, mi mente siempre se encontraba sumergida en un profundo vacío. Solo llegaba el preciso instante que me correspondía revivir y nada más. De repente el presente comenzó a hacerse realidad y como por arte de magia; encajé en aquel momento de mi vida. Sentí que no se trataba en lo absoluto, de un momento colmado de felicidad.
Presentí que algo trágico avecinaba, por esa razón mi piel se qué erizó del miedo a aquel oscuro presagio. Aquella mañana estaba callada. Se trataba de un silencio tan pesado, que me hizo salir del cuarto antes de ir al baño. Me extrañó sobremanera mirar a mi hijo y a mi esposa sentados en la sala, tan serios, que no necesitaron decir palabra alguna para anunciar, lo que ya gritaban con sus silencios. Ambos me miraban insistentemente y ninguno se atrevía a decir siquiera una sola frase.
_ ¿Qué es lo que está pasando? - Pregunté contrariado.
Eduardo se acercó a mí, pude verificar en su rostro una pena poco ocultada, por lo que temí lo peor. Sus ojos querían gritarme algo, porque su brillo natural en ese momento estaba opacado por aquel silencio sepulcral. Mi Amada no se movió de su asiento. Su rostro estaba compungido en extremo, lloraba débilmente.