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4747 Words
Papá, esta la madrugada el primo Andrés llamó por teléfono. _ Si ya me acuerdo, quiero decir, escuché que repicó el aparato ese y tu mamá contestó. ¿Qué fue lo que pasó hijo? Por favor dime lo que sea, pronto. Me tienes muy nervioso. _ Bueno papá te voy a hablar sin rodeos. _ ¡Pero caramba, dime lo que me vas a decir de una vez! -  Fue una de las pocas veces que le grité a mi muchacho, pero los nervios me sacaron de mis casillas. _ Viejo, el tío Marcos murió anoche. De verdad lo siento mucho.           Al escuchar esto, mi Amada estalló en llanto y corrió hacia mí, desesperada. Mi hijo lloraba de igual manera, sentado en el sillón que estaba más cercano a mí. _ Marcos, hermano mío. ¿Cómo te vas a estar muriendo?- Decía yo, aún incrédulo por lo apremiante del suceso. -Hermanito mío, hermanito de mi corazón. Cuántas cosas chico…           Minutos después, nos dispusimos a coger carretera hacia la lejana ciudad donde vivía mi familia. Donde supo vivir y dar lo mejor de sí para su familia, mi adorado hermano; quien había fallecido a causa de un fulminante infarto al miocardio que lo había sorprendido al filo de una madrugada fría. Cómo pocos nos amamos mi hermano y yo. Nuestra hermandad fue tan especial y única, ya que, además del gran parecido físico que siempre ostentamos, daba la impresión de que teníamos hasta los mismos pensamientos. Más que hermanos, fuimos los mejores amigos y los más grandes confidentes.               Ese funesto acontecimiento cayó sobre mí, impactándome de tal manera; que creí que no lo iba a poder resistir. En realidad teníamos mucho tiempo sin vernos o probablemente nos habíamos visto recientemente; mi retorno no me permitía conocer ese gran detalle. Se trataba de un enigma insospechado para el resto del mundo y tormentoso para mí. ¿Cómo poder saberlo? Si le preguntaba a alguien, seguramente no daría crédito a lo escuchado o me catalogaría de orate, de ser un olvidadizo empedernido a quien le había caído, inmisericorde, el paso de los años. Tal vez pudieran creer que era portador de alguna de esas enfermedades degenerativas, que producen ese olvido geriátrico característico.  _ Marcos hermano mío, ¿qué te paso? Te fuiste y ni siquiera te despediste de mí. - Decía en medio de mi incesante llanto.           Aún en este sitio y en este momento impreciso de mi existencia, me atormenta la partida de mi querido hermano. Aquellos momentos gloriosos de nuestra infancia, nos llevó a tejer un lazo inmortal que nos permitió ser felices y mirarnos para siempre; como aquellos muchachos tomados de las manos para evitar perderse en los enormes pasillos del parque de ferias, donde el olor a comida típica y a bosta de ganado, nos regalaban momentos inolvidables. Recordé en ese instante, cuando la tristeza se apoderaba de mí para siempre, los años brillantes de mi infancia al lado de mis padres, de mi hermana Eufemia y de mi hermano Marcos, “El General”, como le decían los muchachos de nuestro barrio.           Otros, en realidad muchos, le decían patón; dadas las extremadas dimensiones de sus pies. Él, solo respondía con una extenuante indiferencia y sonreía para todos, aunque por dentro se moría de la rabia. Pensé, mucho tiempo después en mis reflexiones de viejo sentimental y recopilador de recuerdos, que menos mal que Marcos se hacía el loco cuando le bromeaban diciéndole patón, porque de lo contrario; más de uno hubiese dejado, por lo menos, un diente o un pedazo de pellejo; de la gran cantidad de puñetazos que les pudo haber propinado si se hubiese tomado a pecho la bromita.           La brisa quería impactar nuestros rostros, tocarnos con pesadez, maltratarnos con su poderío insaciable; pero el vidrio del carro insinuaba quedamente su superioridad, haciendo que sucumbiera. Ante aquella protección, la brisa respondía con un lamento que se perdía en la distancia. Con mi inocencia pueril, me refugiaba mirando hacia el horizonte, tratando de hallar en sus dominios, la respuesta a ese indescifrable fenómeno que me estaba ocurriendo. Era un largo camino, por lo tanto el desespero se apoderó de mí. Mi Amada ataba de tranquilizarme. Ella me conocía mejor que nadie, sabía que eso no iba a ocurrir. Sentía que mis fuerzas flaqueaban ante las embestidas de mi retorno.           Respiré profundo tratando de digerir todo aquello. Era como si estuviera viviendo la muerte de mi hermano por primera vez. No asimilaba que ya aquel terrible momento había sucedido hacía mucho tiempo. Todo había quedado en penumbras en mi mente. Me tocó vivir ese episodio como si fuese la primera vez; de lo contrario no hubiese tenido sentido mi regreso. Pienso que esa era la idea, sino todo se hubiese convertido en una tragedia de grandes, ya que posiblemente hubiese alterado algún momento trágico o engrandecido alguno feliz.           Era esa mi vida y no me quedaba más alternativa que vivirla con dignidad y entereza. Tenía que dirigir mi vida hasta un término, que siempre procuré que fuese feliz. En un principio pensé que sería fácil hacerlo, pero me enfrentaba a un enigma como pocos. ¿De qué manera iría a terminar mi vida andando sobre mis pasos? Me desesperaba mirando a la nada, intentando lograr una respuesta, un indicio o por lo menos, una conformidad cubierta de toda la fuerza del mundo. Fue por eso que hice lo que más había hecho desde que inició mi retorno. Acudí al único mecanismo donde encontraba un refugio fiel, una armonía perfecta y en cuyos brazos traté de resguardarme para reencontrarme con aquel hombre extraordinario que fue mi hermano Marcos; entregarme callado a mis cavilaciones.             Marcos era dos años y medio mayor que yo, aunque mucha gente, incluyendo mis propios familiares, siempre decían que parecíamos mellizos. Nos había unido la vida, nuestras travesuras y unos ideales fantásticos que siempre pensamos coronar al llegar a la edad adulta, como en efecto ocurrió. Fue un ser especial, es eso lo que más recuerdo de él. Llevaré por toda la eternidad, ese hermoso recuerdo prendido en mi alma.  Recordé que habíamos llegado desde la sierra cuando solo habíamos nacido los varones. Habitamos una casa antañona que Paíto había tomado en arrendamiento.           La estancia allí no fue muy larga, ya que con sus propias manos nuestro padre construyó, en un terreno que logró adquirir poco después de nuestra llegada, una pequeña casa. Nuestra madre siempre fue sumamente callada. Fue esa quietud su principal cualidad y la forma tan magnífica y decisiva de mantener el orden y la disciplina entre nosotros, también lo fue. Llegaba a mi pensamiento en ese momento, cuando nos dirigíamos a darle el último adiós a Marcos, el hogar de nuestra infancia y los sitios donde él y yo estrenamos nuestras ansias de apoderarnos por completo del mundo.           Recuerdo que, paralelo a nuestra casa, existía un terreno donde se practicaban los más variados juegos entre la muchachada del barrio. Fue precisamente en ese sitio, donde descubrí que las carreras eran divertidas, que cuando corríamos mucho; de noche nos quedábamos dormidos deprisa. En ese terreno, descubrí que habíamos nacido para ser libres, para rendirle culto a la familia, toda vez que nuestro padre, gracias a su bendito propósito de fomentar el amor entre nosotros; nos relataba, en aquellos terrenos nos relataba las más variadas historias de nuestros ancestros, al igual que nos indicaba con mucha sapiencia, cómo podríamos llegar a ser buenas personas si nos lo proponíamos.               Nadie decía nada, solo mis recuerdos y mis penas pesaban sobre el ambiente, tanto, que parecía que todos los sentían. A mi lado, Miguel me tomaba de la mano y apoyaba su cabeza sobre mi pecho. Era ese silencio cómplice, lo que me inducía a rememorar los momentos de mi ayer, donde Marcos, Eufemia y yo, nos retratábamos sentados en unos caballos inanimados, mientras nuestros padres compraban pollo asados en brasas, con yuca, ensalada y una salsa gloriosa; en los célebres momentos de las ferias de nuestra ciudad adoptiva. Pero los años nos separaron por razones naturales. Los ansiados momentos de unión se transformaron en metas para esos mañanas. Esos momentos de separación obligada, nos hacían desesperar porque esos precisos años pasaran presurosos.           En el tiempo esperado, llegamos a una casa enorme rodeada de árboles inmensos. Era su casa, el cuartel donde “El General” había pasado sus últimos años de vida y donde, con sobrado orgullo, había echado para adelante a una espectacular familia, bordeada de los más sólidos principios, al lado de una prestante dama que, como mi Amada, había sido una compañera insustituible. Eduardo estacionó el carro muy cerca de la casa y de inmediato, como apoderados por un desespero congénito, nos dirigimos hacia el interior de la misma, donde, en el centro de la sala; permanecía el ataúd con los resto de Marcos.           En el momento cuando nos acercábamos a la puerta de la residencia, otras personas también lo hacían, de tal manera que pudimos pasar un poco desapercibidos; pero cuando di mis primeros pasos en el interior de la casa, dos mujeres ataviadas de negros ropajes, se pusieron de pie de inmediato exteriorizando sus llantos. Las mujeres corrieron hacia mí, como quien mira a una ilusión bonita. _ ¡Tío Argenis por Dios, parece que estuviéramos mirando a mi papá!           Las personas que se encontraban en ese momento en la sala, al escuchar el llanto de aquellas mujeres hicieron silencio de inmediato. Todos me miraban como si en realidad estuviesen viendo a un fantasma. Las manifestaciones de pesar se avivaron en torno a mí. Realmente no supe que hacer, más que abrazar a esas damas y aturdirme aún más, sumergido en aquel lodazal de desespero en que me encontraba. Cuando Eduardo y Miguel se apersonaron, las mujeres también buscaron sus abrazos como consuelo. Ellos les decían aquellas palabras que siempre me parecieron estériles, con las cuales trataban de dar el aliento y la fuerza necesarios para tratar de superar un dolor que nunca es realmente superado.           Amada se había quedado con Jacinta, mi cuñada, en el cuarto principal tratándose al igual que siempre, como hermanas. Vinieron a mí mente en ese momento, las imágenes del velatorio que había presenciado en otro momento y que suponía ocurriría para el resto de los pobladores, muchos años después. Se agolparon entonces, los recuerdos de mi vida junto a Marcos y no pude evitar llorar. Lloré de dolor, de pena y de miedo. Sentí mucho miedo, porque la muerte se había presentado ante mí con pocos días de diferencia, aunque materialmente, para el resto del mundo; habían pasado veinte años aproximadamente.           Magaly, Betsy y Andrés, que era como se llamaban mis sobrinos no dejaban de mirarme. Deduje que eran mis sobrinos, obviamente porque  me habían llamado tío. Al momento comprendí el por qué de aquel rebullicio, cuando miré que en una gran fotografía instalada junto al ataúd de Marcos, parecía estar mirando a mi propio rostro. Marcos y yo siempre guardamos un gran parecido, pero entonces, gracias a los rigorosos abrazos de los años, nos parecíamos aún más. Me resultaba algo extraña esa situación, ya que todos me miraban y lloraban. Me incomodaba demasiado todo aquello, ya que sentía como si era yo, el causante de esos llantos. Pero lo que más me agobiaba, era que no lograba reconocer a nadie. Mis recuerdos, en aquel trágico momento, como una obra dantesca; se habían empeñado en no acercarse, lo que, aunado a la muerte de mi hermano, me producía un dolor indescriptible.           No soporté más aquel trago tan amargo, sentí un horrible desvanecimiento; poco faltó para que diera de lleno contra el piso. Y si eso no llegó a ocurrir, fue por la oportuna intervención de un joven que estaba a mi lado, que me sostuvo justo antes de caerme. Eduardo de inmediato me trasladó hacia la habitación donde pernoctaban mi Amada y mi cuñada. Me acostó en una cama acogedora. Mi Amada por poco sufrió una crisis de nervios cuando me vio en ese estado, pero al despertarse sano y salvo, logró tranquilizarse. La impresionante escena vivida me había hecho flaquear.           Me preguntaba en ese momento, ¿qué presagios llegarían a mi vida con el paso del tiempo? No era posible recordar las cosa más elementales sucedidas, ni las que había vivido hacía para mí, poco tiempo. Solo podría recordar aquellos instantes que llegaban espontáneos en las situaciones más insospechadas. Sentí pequeños destellos de un inmenso dolor vivido. La imagen de mi esposa muerta se presentaba en mi mente a cada instante. No lograba comprender todo aquello, pero igualmente esa imagen me causaba un profundo dolor.           Sentía el sabor de la amargura aún en mi boca, la rigurosa textura del dolor en mis sentidos por algo que en pequeñas ráfagas se hacía presente y tenía también; otro dolor torturándome sin piedad alguna; con la ferocidad de quien sabe herir. El dolor le estaba ganando la batalla a la felicidad; mi corazón resultaba entonces, maltratado por la supremacía de la tormentosa escena de la muerte. Por ello, me cobijaba el temor de lo que viviría a posteriori, de lo que me sucedería con el paso del tiempo. Cerré nuevamente mis ojos, tratando de ocultarme de mi misma realidad. Contemplé, estando sumido en mi silencio, unas imágenes que llegaban nítidas. Éramos marcos y yo que correteábamos muy divertidos por aquel terreno inmenso que estaba adyacente a nuestra casa.            La comadre Jacinta no se había percatado, en medio de su dolor, de que había yo llegado y que estaba acostado precisamente en la cama de al lado. Cuando se incorporó y tropezó su mirada con mi silueta, un grito lastimero se apoderó del recinto. El sobresalto no se hizo esperar. Me estremecí sobremanera, debido al bullicio que formó mi cuñada. La pobre comadre quizá recordó los momentos cuando, mirando un cuerpo parecido al mío, era feliz. Cuando hubo recuperado la calma, se dirigió a mí con una dulzura que yo solo había mirado en mi madre y en mi Amada. Lloró en mi hombro, aferrada como quien quiere escapar de una realidad que la aprisionaba sin clemencia. Mi comadre estaba sintiendo un dolor profundo, era eso lo que exteriorizaban sus miradas. Era su dulzura, la manera de agradecer a la vida; la verdadera felicidad que había vivido junto a ese gran hombre. Miraba mi comadre, que era yo un recuerdo viviente de su Marcos, como me lo diría tiempo después o antes.           Al llegar la noche, me eché sobre mis espaldas todo el peso de mi valor y me dispuse a observar el cuerpo exánime de “El General”. Cuando estaba a un paso de llegar a él, un mundo entero bañado de recuerdos llegó a mis sentidos. Miré en ellos a un hombre cabalgando en un pasado glorioso. Estaban en aquellos recuerdos, las oscuras noches de miedo, cuando quería escapar de mis pavores y acudía a su cama; donde él me albergaba dándome todo el valor que necesitaba, como el hermano mayor que era. Estaban aquellos momentos, cuando me contaba sus heroicos encuentros con las damas de sus conquistas. Recordé con mucha nostalgia, todos los momentos de aquel pasado cubierto de amor que nos habíamos profesado, como los hermanos de la sangre y de los sentimientos puros que éramos.             Permanecí largo rato abrazado al féretro. Habría sido capaz de permanecer eternamente en aquel sitio, si mi nieto, tiernamente; no me lleva consigo a las afueras de la casa, donde recibiría la bendición del aire puro y refrescante. Quise entonces, encontrarme nuevamente con mi soledad y a un rincón oscuro que parecía olvidado, arrastre mi silla. Quise que las ráfagas de recuerdos que antes habían llegado, lo hicieran nuevamente para saber lo que me deparaba mi retorno. No ocurrió lo que esperaba, solo llegaron los recuerdos de lo que yo había presenciado recientemente. Estaban allí las imágenes de la gloria, donde la luz perfectamente blanca me abrazó y, en medio de muchos ángeles, sentí el enorme encanto de la paz.           Llegaron armoniosos, los recuerdos de un cumpleaños sobrecargado y la felicidad del advenimiento de un bebé que había llegado en mis decadentes años. Llegó el recuerdo triste de una muerte detestable, de la partida de mi gran y único amor; la alegría de una condecoración y el disfrute de un aniversario de bodas extravagante. Todos aquellos recuerdos se agolparon en mi mente. Eran los momentos que había vivido en mi retorno. Sentí en esa penumbra, el terrible miedo de lo que vendría. Podría ser una situación muy alegre o tal vez una fatal noticia; nunca habría un término medio.           Tendría que presenciar aquellos sucesos ya ocurridos. Los viviría como si estuviesen ocurriendo por vez primera. Me provocaba un justificado temor, el no saber si sería un alegre momento o una amarga tragedia. Y lo que más me preocupaba era el hecho de no haber visto en los funerales a esa hermana que llegaba a mis recuerdos, también como una ráfaga.  Eufemia había llegado a mis recuerdos de nuestra infancia, en los momentos de niños y de jóvenes; pero en los años de nuestra madurez, no la miraba en ningún rincón y sospeché que era ella la que me pronto me iba a dar alguna dolorosa sorpresa. Pensé también en mis padres, pero siendo razonable y debido a mi edad, supuse tristemente una verdad inevitable. Temí al pensar que también me tocaría presenciar sus fallecimientos.           El sepelio de mi hermano fue una verdadera demostración de dolor. Mi cuñada no decía nada, no lloraba siquiera; solo caminaba junto al cuerpo de su amor, que era transportado por sus amigos y familiares, incluyéndome; ya que cargué su ataúd por un largo trayecto. Sentía su peso tan grande como lo fue el gran amor que siempre nos demostramos. Estaba sobre mi hombro, la presencia bendita de mi hermano muerto. La sala de la casa era inmensa. En medio de ella, había estado dispuesto el cuerpo inerte de mi hermano querido.           “El General”, el ser que me enseñó tantas cosas y que también me hizo partícipe de la amistad que puede existir entre hermanos. Caminé por los pasillos de aquella hermosa casa donde habitó el señor de señores, ese hermano que dejó de ponerse una camisa por dármela prestada, para ser yo; el galán de la camisa nueva y bonita. En medio de esa preciosa residencia, pude constatar, en brazos de una madrugada perpetua, que mis años llegarían a mí con la mayor de las benevolencias, que cada paso en la vida sería para mí, un acercamiento inevitable con la juventud.           Sonreí para mis adentros en aquel instante de recuerdos, cuando hice una lógica deducción. Si había presenciado la muerte de mi bella dama y la había visto nuevamente a mi lado, de seguro; mi hermano iba a estar próximamente junto a mí.  Supuse que lo que dejara de existir, aparecería luego para ser admirado nuevamente o para sentir, el amargo reproche consciente de la vida. Quise ir al baño y me dirigí a uno que estaba al lado del que usaban todos en la casa. Era un pasillo angosto, donde existía exactamente lo necesario. Aquella pequeña sala, era el baño que utilizaba mi hermano Marcos y, esporádicamente, un hermano de mi comadre Jacinta.           “El General” siempre decía que el otro baño era únicamente para las mujeres. Hice lo que tenía que hacer y salí embargado de profunda tristeza. No podía dejar de pensar en mi querido hermano. Caminé lentamente por toda la casa. Todos se extrañaban de mi actitud, pero igual seguí caminando mirándolo todo. En cada rincón de aquella enorme casa existía él. Igual pasaba con la recamara principal, era su espacio, estaban muchas cosas personales que nadie se iba atrever a retirar nunca. En toda la casa permanecerá por siempre su presencia magnífica. Me quedé en medio de la gran sala, a la que aún no le habían colocado ninguno de sus muebles originales y, tomando una de las tantas sillas plegables utilizadas para el velatorio; me quedé allí no se cuanto tiempo, embriagándome con mis recuerdos.             Aquella mañana me desperté más aturdido que nunca. Estaba en una habitación amplia, decorada con buen gusto. Estaba completamente solo. Mi mente estaba vacía tal como me sucedía cada vez que llegaba a un nuevo episodio al que me tenía que enfrentar. En ese momento un recuerdo llegó y se alejó de inmediato, dejando en mí un dejo de tristeza que tenía la cara de mi hermano. Mi conciencia entonces me ubicó en mi realidad, en mi retorno a la vida. Me pregunté en ese momento, a cual momento de mi vida había regresado.                    Miré todo a mí alrededor, incluyendo un calendario. Allí estaba una fecha, habían transcurrido veintiséis años desde que retorné de la muerte. Quise mirarme al espejo, me armé de valor y lo hice. Miré entonces a un hombre de sesenta y seis años, con la cara espléndida y una dentadura incompleta; disimulada con una prótesis parcial que me hizo suspirar. Recordé de inmediato, lo que había mirado cuándo recién hube retornado a mis momentos ya vividos. En aquella oportunidad había contemplado a un hombre que cabalgaba sobre una extenuante vejes; a un noble anciano que cargaba mil kilos de experiencias y de recuerdos. Pero en ese instante era otro, era un anciano aún, aunque en menor grado, con la expresión colmada de felicidad; de esa felicidad que me otorgaba una familia bonita, unida y extasiada de amor. Cuando mi Amada llegó a la alcoba, ya yo estaba me había dirigido a la ducha en pos de mi aseo matutino.              Permanecí en la ducha mucho rato, tanto, que mi Amada, preocupada por la demora; tuvo que asomarse para averiguar si me había ocurrido algo malo. Me sorprendió entregado al disfrute de las agradables caricias que me proporcionaba el agua. Ella misma tuvo que cerrar la fuente divina, para hacer que retornara a la realidad de la que momentáneamente me había alejado. Era la necesidad de hurgar en mis sentidos, de querer saber qué sucedía a mí alrededor; lo que hacía que me alejara de la realidad. Era el misterio de mi mente en blanco, lo que me impulsaba a asirme a lo que fuera capaz de orientarme.           Nos dirigimos al comedor donde, en compañía de Miguelito que ese día no tenía que acudir al colegio, degustamos un exquisito desayuno. El muchacho acabó el suyo de inmediato y luego comenzó a mirarme, esperando que le diera del mío, como me lo diría un poco más tarde. Se quedó esperando ya que en ese instante, ignoraba que esa era una rutina entre nosotros. Siempre le obsequiaba un poco de mis comidas. No había comprendido lo que el niño había querido decirme con aquella mirada glotona. La decepción se dibujó en su rostro inocente y no me percaté de ello. Al poco rato el muchachito me hizo el respectivo reproche, pero de inmediato fui disculpado gracias a la eterna pureza infantil. Nos dispusimos a jugar en el patio. En ese sitio permanecía un columpio, dispuesto a que jugasen con él. Tras la monotonía de aquel vaivén, nos dedicamos el resto de la mañana a corretear por el patio detrás de una pelota de fútbol. Casi al mediodía, mi Amada me llamó a la recámara para hacerme una petición un poco extraña. Quería que, antes de irnos al comedor por el almuerzo que estaba ya preparado, le leyera algo que yo había escrito hacía poco. Como era natural en mi estado, no recordé lo que había sucedido esa noche, solo llegaba a mí, como un destello de luz; el momento del sepelio de mi hermano.           No supe qué decirle en ese momento. No sabía de qué escrito estaba hablando hasta que, tiernamente, me entregó un manuscrito y me pidió que lo leyera, con esa mi voz lírica que tanto le encantaba. Por supuesto que se lo leí gustosamente. Pude comprobar en esas primeras líneas que de inmediato comencé a disfrutar,  que se trataba de un poema cuyo tema central giraba en torno a un niño. En verdad no podía creer en ese momento, que fuese capaz de escribir frases tan especiales; colmadas de tantos sentimientos. Era divino lo que de un hijo decían aquellas letras gloriosas. Se trataba del amor de una madre, que, aunque nunca hubo concebido, quiso a un niño como si hubiese sido verdaderamente suyo; como si de su vientre hubiere nacido. Bello ejemplo de un parentesco artificial al que el amor hizo puro.           Cuando acabé de leer lo que me pareció muy aleccionador y tierno, ambos teníamos un llanto en progreso. Nos miramos con cierta pena, ella me envolvió en un abrazo que lo dijo todo. Me felicitó muchas veces y luego guardó el papel que había estado en mis manos temblorosas, en un espacio que procuró dentro de una vieja maleta donde guardaba varios documentos importantes. Me sentí halagado por el solo hecho de saber que aquello había sido escrito por mí y que ese papel, estaría celosamente guardado donde estaba nuestra acta matrimonial, nuestras partidas de nacimiento, la de nuestro hijo; los papeles de nuestras propiedades, mis títulos académicos y otros de menor importancia.           Eduardo llegó a las dos a nuestra casa, procedente del hospital. Se notaba un tanto cansado, pasó directamente a su recámara y apenas nos saludó; asomándose por la ventana de nuestra alcoba. No quiso almorzar, como siempre se escudó en la reiterada excusa de que había desayunado muy tarde. En efecto, se iba a su trabajo muy de mañana y, después de hacer un breve alto en sus múltiples ocupaciones como galeno, desayunaba alrededor de las diez y con un desayuno que no cubría los requerimientos necesarios que él mismo le recomendaba a medio el mundo. Siempre me preocupaba eso de las comidas de mi muchacho. Por otra parte, desde que había quedado viudo, no parecía preocuparle nada que estuviera amenazando o afectando su salud.           A las cinco en punto, mi Amada me preguntó algo que me dejó fuera de base, ya que no pude ofrecerle una respuesta al momento. _ Mi amor, ¿no te vas a arreglar para lo de esta noche?             ¡Dios mío!, me dije inmediatamente. Eran para mí una especie de acertijo, las preguntas que ella me hacía cuando se produciría un acontecimiento del que se suponía que estaba yo enterado. Era ese estado de mi conciencia, lo que me provocaba un arrebato de desespero que por fortuna, siempre supe disimular sabiamente. Tenía que buscar la manera de enterarme qué era, pero no sabía cómo. _ Sí mi amor. Solo estaba esperando que tú tomaras la iniciativa. ¿Es que acaso no piensas acompañarme? - Dije eso, a ver si, a manera de anzuelo, pescaba una luz que me orientara una vez más en ese laberinto de ilusiones donde me encontraba extraviado. Para mi entera satisfacción, la carnada surtió efecto y cayó un pez gordo. _ Cómo crees querido que no voy a ir, si nuestro hijo merece ese reconocimiento y más.           Recordé entonces, que cuando se iniciaba para mí ese hermoso y radiante día, miré el calendario que colgaba de la pared de la alcoba y se dibujaba una fecha perfecta, aquella que señalaba el natalicio de un destacado médico, el Doctor José María Vargas. Era ese un día muy especial para nuestra familia, sobre todo para mi muchacho. Se trataba del día del médico. A las siete, recordé de inmediato, se daría una sesión solemne en una sede del gobierno local, con motivo de tan solemne efeméride y Eduardo estaría dentro del grupo de médicos que recibirían una orden al mérito.           De inmediato la emoción me cubrió por completo. Tuve que hacer un extraordinario esfuerzo para no correr y gritar de la alegría porque, además de que se vería bien ridículo que un viejo de sesenta y seis años se pusiera con esa guachafita, se suponía que ya mi emoción había sido exteriorizada. De cualquier manera, me alegraba eso en demasía. Le di gracias a Dios por la dicha de poder revivir esa linda experiencia. Sabía ya el propósito de mi llegada a esa etapa del retorno a mis pasos andados. El temor de que se presentara algún suceso mortal y doloroso, como los que había presenciado con la muerte de mi Amada y de “El General”, me tuvo en ascuas hasta ese momento. El retroceso de mi vida estaba enmarcado en una alegría y luego una tristeza, por lo visto.  
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