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4738 Words
El teléfono no dejó de repicar desde que Eduardo hubo llegado. Las muchas personas que lo conocían no dejaron pasar semejante oportunidad; para ofrecerle una demostración de agradecimiento o de amistad. Me enteré después que, sabiendo lo madrugador que siempre había sido mi muchacho, yo había pernoctado hasta el filo de la media noche abrazándolo tiernamente, hasta que el reloj apuntó la llegada de ese día especial; pues quise ser yo el primero en felicitarlo. Me di cuenta entonces, que había sido prudente mi proceder ya que, al percatarme del especial acontecimiento, decidí no correr a felicitarlo puesto que, amándolo como siempre lo he amado; estuve siempre seguro de que ya lo habría hecho.           Pasada media hora, estaba yo completamente engalanado, tal como me lo dijo mi consorte. Dejé tras de mis pasos un exquisito aroma, gracias a la colonia que recientemente me había regalado mi Amada; siempre admiré su buen gusto. El amor había hecho nacer en ella, siempre me jactaba de decirlo, un sexto sentido para saber cada uno de mis gustos. Desde que estábamos recién casados, ella compraba mi ropa justamente a la medida, además; en las combinaciones que eran de mi agrado. Sabía cual era el tamaño exacto de mis zapatos, el estilo de mis trajes, camisas, yuntas y corbatas y, sobre todo; las fragancias de mis colonias favoritas. Hasta escogía mi ropa interior, eso le encantaba demasiado. Ella fue y siempre será, los ojos de mi vida.               Cuando mi Amada estaba perfectamente preparada, procedió a supervisar que nuestro nieto quedara bien arreglado. Lucía el muchachito, un traje que le quedaba precioso, de color n***o debidamente combinado con una camisa verde aceituna y una corbata también verde; pero de un tono algo más oscuro. Llevaba el pelo embadurnado de un gel que le daba una textura muy definida y un brillo que se podía vislumbrar desde la distancia. Él, al estar arreglado, se sentó muy juicioso en espera de que su padre llegara. A las seis y media no marchamos todos en el carro de Eduardo, quien estaba como todo un modelo de esos que aparecen en la televisión.            Desde que llegamos, muchos de los allí presentes fueron muy amables con nosotros, sobre todo con Eduardo. Dos muchachas muy bonitas, luciendo unos vestidos rojos extremadamente ceñidos que dejaban insinuar libremente sus curvas perfectas, nos condujeron a unos asientos vestidos con una tela brillante de un tono celestial. Ya a los ocho, las localidades estaban llenas; hasta había gente de pie. La música de fondo dejó de escucharse y las luces se debilitaron. En el centro de una especie de escenario, un grupo de personas permanecían sentadas alrededor de una gran mesa; la cual estaba decorada con flores muy bonitas. Se trataba de las autoridades municipales y algunos representantes del gremio médico, además de algunos miembros de la sociedad civil y dos de la iglesia católica.            Durante varios minutos, algunos de ellos hablaron de cosas variadas en torno a la fecha especial que era celebrada esa noche y, en un momento que habría de ser inolvidable, el maestro de ceremonia señaló un nombre. Era el nombre de alguien que diría unas palabras para todos los médicos en su día. Me tembló todo el cuerpo cuando a mis oídos llegaba ese compromiso. Nuevamente el desespero se apoderó de mí. Al notarlo, mi Amada sacó de su cartera un papel que me entregó y trató de tranquilizarme, diciéndome unas palabras poderosas. _ No te preocupes mi amor, tú eres muy bueno. Sabrás hacerlo muy bien. No lo dudes.           Me paré mientras sentía sobre mí, el peso de mil miradas y el miedo a un escenario, el cual habría de acompañarme por siempre. Mientras caminaba, el recinto hacia donde tenía que dirigirme, se tornaba cada vez más lejano; me daba la impresión de que estaba a mil kilómetros de distancia. La chica bella y bien sensual que me acompañaba, me hizo señas sin que nadie se percatara, para que apurara mis pasos y, cuando estaba frente al micrófono, me dejó solo. Nadie decía nada, aquel detestable silencio me envolvía con saña, como para acrecentar aún más; aquel miedo que ya me estaba estrangulando. Miré fijamente al gran grupo que estaba frente a mí y que estaba esperando, impaciente, mi intervención. Decidido, me refugié en los recuerdos que, mientras caminaba, se habían acercado presurosos a mis sentidos. - Muy buenas noches. - Dije con una voz quebrada al principio, pero que después fue tomando una tonalidad altiva. - Muchas felicitaciones a esos maravillosos seres, hombres y mujeres que han tenido la gran responsabilidad de servir al prójimo, de dibujar sonrisas donde antes hubo dolor, de calmar la angustia y la quemante sensación de estar enfermo. Felicidades a todos los médicos. Trabajé muchos años de mi vida, treinta y siete para ser más exactos; al lado de los mejores médicos del mundo. Aún lo sigo haciendo de alguna u otra manera. Además, soy el padre de uno de los mejores del universo y ustedes saben quién es. Puedo dar testimonio fiel de lo importante que son los médicos y de la loable labor que siempre han llevado a cabo. - Me acordé del papel que mi Amada me había entregado y, sacando mis lentes de su escondite, me los coloqué para leer su contenido. - Voy a dedicar para ustedes, algo que escribí con mucho cariño. -Supuse que había escrito algo interesante, ya que de lo contrario, mi Amada no me hubiese entregado el bendito papel. Se trató de una bella prosa dedicada a todos los médicos.             Luego de haber hecho aquella lectura, tuve a punto de sucumbir ante el espantoso silencio que se dejó sentir; durante aquellos segundos que parecieron una eternidad. El pánico me envolvió a lo largo de todo ese tiempo, pensé que, contrario a lo que esperaba, mi alocución había sido una perfecta metida de pata. Pero no fue así. Al poco rato la gente, de pie, me aplaudía sin cesar. En la multitud pude escuchar a la perfección, los aplausos de mi Amada, de mi muchacho y de mi nieto. Ellos se sintieron extasiados, al notar la aceptación que de mis palabras habían tenido todos. Eso me llenó el alma de entusiasmo y de tanta felicidad, que dudo que alguna vez habrá de extinguirse. Aún en este sitio y en este tiempo indeterminado donde me encuentro, la sola presencia de los recuerdos benditos de mi familia amada; hacen que me sienta un hombre sumamente feliz. Era ella, mi adorada familia, la que entregaba un mundo de paz, de felicidad y de armonía a mi vida y siempre estaba yo allí; para cubrirme por completo de esa paz, de esa felicidad y de esa armonía. A cambio, les entregaba toda mi vida solo para ella, para mi adorada familia.            La muchacha bonita y bien sensual, fue a recibirme a los pies de la pequeña escalera para conducirme justo hasta mi asiento. Mi Amada me recibió con un abrazo y mis descendientes me regalaron besos de felicitaciones, expresándome lo orgullosos que se sentían de mí. Aún me siento halagado infinitamente, cuando recuerdo las bellas palabras que para mí, la perfecta familia que el señor me había obsequiado; esgrimió en ese momento. A las diez de la noche, y después de unos bellos bailes típicos, del canto armónico de una agrupación polifónica y de las palabras cargadas de gremialismo de un galeno; fueron mencionados los nombres de cinco médicos para que recibieran sus merecidos homenajes.           El nombre de Eduardo Alberto Losada Medina se escuchó en tercer lugar. Mi corazón sintió una sensación única, donde, me atrevo ahora a confesar; existía amor, orgullo, respeto y sobre todo felicidad. Sentí la verdadera realización, la magia de la tarea llevada a cabo. Una mujer bonita, inteligente, llena de amor para mí y para toda su familia; un hijo muy profesional, responsable y amoroso, tanto en su campo de trabajo; la medicina interna, como con su familia; un nieto precioso y una profesión noble. ¿Qué más le podía pedir a la vida, sino otra vida para amarlos infinitamente? Por esa razón, dejé de renegar del hecho de haber retornado sobre mis pasos.             Después del acto, en los jardines de la sede del gremio se llevó a cabo un brindis. Lo primero que llegó a mis sentidos, fue el aroma que la brisa tenue transportaba; aquel aroma de las carnes cocinándose sobre unas ardientes brazas. Mi apetito crecido, como recordé que había sido durante toda mi vida, me hizo  buscar en todas direcciones, hasta que divisé en un rincón algo apartado; la parrillada culpable de ese aroma que tenía vuelto locos a unos cuantos. Eduardo se acercó a mí como adivinando mis pensamientos. Me entregó una suculenta ración de distintas carnes asadas, acompañadas con yuca y una ensalada preciosa y rica. Conociéndome como me conocía, sabía que era eso lo que anhelaba.           Miguelito no se separaba de su abuela, quien detestaba comer fuera de casa y a deshoras; por lo cual se había alejado unos pocos metros de mí, a sabiendas que de estar cerca le habría pedido el favor de que me buscara más comida y eso a ella le avergonzaba demasiado. Despaché, después de haber quedado completamente colmado de tanta comida, varios tragos. Mientras tanto, conversábamos un grupo de conocidos los más diversos temas. Mis interlocutores eran médicos que había conocido en su mayoría, cuando aún eran estudiantes. Mi hijo me inducía a hablarles de las innumerables anécdotas con las cuales estaba cubierta mi vida y ellos escuchaban atentos.           Llegamos a casa en la madrugada. Un mareo alucinante me hizo recordar todos los momentos a los que había llegado en mi retorno, uno a uno. No sabía si reír o llorar. Estaba en el gran precipicio de una existencia, que por poco me empujaba y me obligaba a caer en sus profundidades. Recobré mi serenidad y, por fortuna, todos los recuerdos se marcharon ágiles; como para no herirme. Quise vivir ese momento de una manera distinta, quedarme despierto en contra de mi voluntad y ver aparecer otro lugar de mi pasado frente a mis ojos. El sueño se apoderó de mi Amada, tan pronto hizo contacto con el cobertor que cubría nuestra cama. La somnolencia me miraba muy de cerca y me tentaba; pero estaba yo muy firme en mis propósitos.            Evadí al sueño por largo rato, por lo que, después de tomar mis analgésicos que me alejarían de una resaca, salí presuroso; pero a la vez sigiloso de la recamara; para llenarme de la deliciosa brisa de esa hora. Mi retorno siempre se producía en los momentos de mis sueños, era por ello que estaba tratando de alcanzar mi nuevo paso en la vigilia, para ver como se presentaba; pero mis deseos fueron minimizados por la necesidad de descanso y, cuando pasé al lado de mi llamativa hamaca, no aguanté dos pedidas y me hice la absurda promesa de que solo dormiría unos pocos minutos.               Cuando quise incorporarme, sentí un fuerte dolor en mi cuello. Casi no podía mover la cabeza. Una luz extrema llegaba a través de un amplio ventanal, encegueciéndome de inmediato. Cerré mis ojos y los abrí lentamente, con la esperanza de que mi vista se amoldara a esa claridad máxima y poder mirar a mí alrededor. Se trataba de un sitio que sentí familiar. Noté al poco rato, mi cuerpo amoldado a él. Quise incorporarme nuevamente y mi espalda me suplicaba la lentitud de mis movimientos, para tratar de no sucumbir. Quedé sentado en ese sitio, de donde manaba un aire de intelectualidad decorando a una atmósfera de sabiduría. Lo atestiguaba, un extenso repertorio de libros apilados en un estante de fina y oscura madera, que estaba ubicado justo frente a mí.           Me encontraba sentado frente a un escritorio también de madera pulida, tan pulida que dejaba ver mi rostro perplejo. Permanecía reflejado allí, el rostro de un hombre maduro, con una cabellera muy cuidada; con un bigote perfectamente moldeado; que había dejado de dormir recientemente y que hacía supremos esfuerzos para incorporarse de una posición extremadamente incómoda. La computadora había quedado encendida y del centro de la pantalla del monitor, un destello de luces de múltiples colores, tomaba tamaño y desaparecía; para darle paso a otro grupo que surgía del corazón mismo de la pantalla.           Unos documentos habían quedado pendientes por cerrar y, cuando la curiosidad me tomada de la mano, el reflejo de un pasado reciente me tocó el rostro; señalándome el camino que debería descubrir. La solapa de una realidad me desincorporó de inmediato de mis andanzas y, seguidamente, todo llegó a mí como la más perfecta verdad. Mi retorno me reprochaba mi desatención. Estaba allí, en medio de un momento de mi vida y mi conciencia, por supuesto; no sabía en cuál de él.           Lo miré todo y me entregué a admirar lo que miraba. La esperanza de encontrar en ese sitio el indicio que me llevara a descubrir esa etapa de la vida a la que había ido a parar, no se presentaba por ninguna parte ni lo miraba en ningún lado. Llegaba a mí, un presente escueto, sin ayer ni nunca. Solo era aquel momento que me atormentaba y que no me decía nada de mi regreso, no me indicaba un camino por andar y, mucho menos; un camino ya andado que quería descubrir con todo ese esfuerzo banal que estaba haciendo. Era ese camino ya andado, lo que se convertía en mi futuro y era justo allí, a donde quería llegar.           El reloj de pared marcaba las siete de la mañana. Las aves trinaban muy cerca de ese sitio y por un gran ventanal; llegaba el dulce aroma de las flores de un jardín colmado de gloria. Mis pasos me llevaron a una puerta que estaba extrañamente medio abierta. Me asomé al exterior, en donde pude contemplar un sitio rodeado de la majestad de una vegetación colmada de colores y fragancias bonitas. Caminé un poco por ese patio que se asomaba hermoso. Al poco rato llegó a mi mente un instante fugaz. Entonces ese sitio, de inmediato, viajó a lo más íntimo de mi corazón. Era mi casa, una casa que estaba tapizada por completo de mis andanzas y de mis recuerdos.           Retorné al interior del aposento que había resguardado mi cuerpo, no sabía por cuánto tiempo y tomé de la biblioteca, un ejemplar que estaba cubierto de una capa dorada con letras de colores intensos, que acusaban lo que estaba contenido en su interior. Lo comencé a leer y una visión instantánea se presentó ante mis sentidos, expresándome algo de mi pasado, de ese pasado que se convertiría en mi presente. Sentí un deseo irrefrenable de exteriorizar mi llanto y lo hice, cuando las lanzas de un instante de mi vida me hirieron como en un primer momento; como cuando esa realidad se hubo materializado. Me llegó la imagen de una dama amorosa, que supo dar toda su vida por una familia. Me acordé de mi madre en ese momento de mi retorno. Leí ávidamente un poema que estaba en ese texto, en cuya portada permanecía escrito mi nombre. Era un poema dedicado por mí a mi madre fallecida.           Mi llanto era excelso. La estela de desolación que había quedado en mi vida, desde el instante macabro de la muerte de mi madre, resultaba reflejado en ese llanto. Eran derramadas todas mis lágrimas por la partida inevitable de la mujer, quien me dio la existencia y todo su amor. Terminé de leer aquel escrito y, cuando aún estaba entregado al recuerdo hondamente triste de mis pasos recorridos, sentí unos pasos verdaderos que se acercaban a ese agradable lugar donde me encontraba. Dudé un momento en salir o no salir a mirar quien era, puesto que no me orientaba en un tiempo determinado y no sabía nada acerca del motivo de mi permanencia en ese sitio, en el cual, obviamente; había pasado la noche.           Llegaba mi Amada al estudio, donde yo había pernoctado hasta la madrugada escribiendo. Estaba completamente desesperada y, al estar frente a mí, de inmediato lloró como queriéndome expresar con ese llanto, una tragedia. Cuando se calmó, me explicó con palabras entrecortadas, las causas de ese llanto alarmante. En efecto, acababa de ocurrir una desgracia sin límites. Me pidió que la acompañara a un centro asistencial y, aturdido, no supe en realidad que hacer. Salió corriendo mi Amada y ya en el garaje, se subió a nuestro carro esperando ansiosa que yo hiciera otro tanto. He allí mi gran dilema, allí estaba mi propia tragedia; mi desgracia. ¿Hacia dónde iba a dirigir aquel automóvil, si no sabía siquiera hacia dónde dirigir mis pasos? Quería llorar por lo que le ocurría a mi familia en ese instante. Quería llorar, porque mis recuerdos no llegaban. Quería correr y atajar al tiempo eterno, para exigirle que iluminara un sendero, para que me orientara; para que me ayudara a enfrentar esa situación apremiante, con la entereza que un hombre siempre desea tener.           Alegando el nerviosismo que efectivamente tenía, le expliqué a mi Amada que no podía manejar en ese estado. Llamó mi esposa a un taxi que en cinco minutos se hizo presente y en el cual llegamos a la clínica donde mi Eduardo, su esposa y mi nietecito, habían sido llevados luego de que sufrieran un aparatoso accidente automovilístico. Ya en el centro asistencial, los recuerdos de un presente benévolo llegaron a mí. Me adentré deprisa a la sala de Emergencia y constaté con varios colegas míos, la magnitud de una tragedia. Mi nuera, desgraciadamente, había fallecido al instante y mi muchacho al igual que mi nieto; se encontraban en estricta observación médica debido a las lesiones que habían sufrido. Afortunadamente no habían sido muy serias. Creí morir cuando escuché esas hirientes explicaciones. Mi Amada, aterrada, no sabía qué hacer, más que aferrarse a mis brazos y rezar para suplicarle a Dios por la vida de nuestra familia. Mis piernas no se atrevían a dar los pasos necesarios. Me aterraba la idea de que al entrar al sitio donde estaban mis muchachos, la situación no fuese la que mis amigos me habían explicado. Temí que por no provocarme un dolor brusco, me hubiesen aligerado la carga con una mentira piadosa; pero cuando mi Amada y yo entramos, Eduardo nos miró con aquella mirada que siempre nos hubo dirigido cuando estaba en algún aprieto.           Mi primera reacción al verlo, fue la de quedarme sin movimientos; solo lo miraba como quien mira a una milagrosa aparición. Amada se separó bruscamente de mí y corrió hasta donde su hijo la aguardaba con los brazos abiertos. Se abrazaron como siempre lo hacían, pero esa vez ese abrazo contenía todos los abrazos del mundo. Cuando reaccioné, me dirigí lentamente hacia mi hijo y lo abracé también, lo hice con el mismo abrazo que le di al nacer; cuando yo mismo lo tomé entre mis brazos el día que lo traje al mundo. Fue ese, el parto más bello que atendí en mi larga carrera.            De inmediato, cuando nos dimos verdadera cuenta de la situación, mi Amada y yo nos miramos y esa mirada exigente de respuestas, nos expresó a su vez; algo que por un instante habíamos olvidado, nuestro nieto, ¿Dónde estaría y como sería su condición? Eduardo no nos decía nada, estaba aún bajo los efectos de algún analgésico potente y solo nos abrazaba llorando. Cuando pudimos comprobar que nuestro hijo no corría ya ningún peligro, salimos apresuradamente en pos de alguna noticia de Miguelito, de ese tierno niño que llenaba de encantos a sus consentidores abuelos.             Mi gran amigo y colega, José Gregorio, quien fungía como supervisor del personal de Enfermería en ese momento, me indicó que lo tenían en la sala pediátrica; pero que estaba completamente estable, fuera de peligro. Lo único que en verdad le evidencié cuando lo examiné detenidamente, con el debido permiso de él, fue un golpe en una pierna que le había dejado un gran hematoma, una pequeña herida en el cuero cabelludo y varios raspones en distintas partes del cuerpo. Respiré tranquilo, cuando entendí que mis muchachos estaban en realidad fuera de peligro.           No obstante, mi tranquilidad y la de mi Amada, de inmediato se vieron perturbadas por la noticia del fallecimiento de Oriana, nuestra nuera; prestante dama a quien mi hijo amaba, tal como se lo había expresado desde que eran unos pequeñines; con todas las fuerzas de su alma. Lo complicado de la situación, era que ambos no lo sabían. Pensé que era yo la persona indicada para hacerles conocer, desgraciadamente, la cruel realidad, por lo menos a mi muchacho; lo cual consideré lo más difícil. Les hice ver esa decisión a los médicos tratantes, quienes accedieron gracias a la amistad que teníamos desde hacía tantos años. A las dos horas aproximadamente y, luego que tranquilizamos a Miguelito, acudí a la habitación donde permanecía recluido mi hijo, quien había despertado ya, según me había expresado la licenciada Hilda. Lo primero que hizo al verme, fue preguntar por su hijo y por su esposa. _ ¿Cómo están ellos papá?- Me indagó sin ningún tipo de ambages. - ¿Ya a Oriana la operaron?, ¿Miguelito no ha preguntado por nosotros?           Mi reacción en ese momento, no había variado mucho desde que había entrado por primera vez a dicha recámara ese día. Mi silencio prolongado perturbó a mi muchacho, hasta el punto de gritarme como nunca lo hubo hecho. _ ¡Coño papá!, ¿qué le pasó a mi familia? ¡Contéstame carajo!             Conmocionado, me acerqué despacio y me senté a su lado. Su mirada me expresaba un reproche del tamaño del dolor sentido en ese momento. Buscaba yo en mis ofuscados sentidos, unas palabras para mi muchacho. Mis recuerdos solo me habían expresado aquel amor que sentían mi hijo y Oriana y, en este sitio y en este momento impreciso, no sé todavía porque, pero también recordaba toda la vida de aquella bella mujer. Ha de ser tal vez, por su partida prematura de este mundo. La conocía desde que era una niña, puesto que era hija de Trinidad, un buen amigo mío. Deseé en ese momento, saber qué le pude haber dicho en la oportunidad anterior, cuando hube dado mis primeros pasos en mi existencia; pero nada pude recordar. Entonces, estando frente a frente con mi hijo y, sintiendo su dolor como mío, no pude expresar la menor expresión de consuelo, ya que mi dolor apagaba mis palabras. De pronto estas fluyeron ligeras. Resultaron dueñas de una seguridad que tranquilizaba. _ El niño está fuera de peligro hijo. Lo tienen en observación, solo fueron golpes menores, nada serios. _ ¿Y Oriana? ¿Cómo salió de la operación?             Por más que lo intenté, no pude decirle nada, solo mi silencio le indicaba un camino. Camino este que mi hijo presintió, desde que abordé la conversación con ese misterioso silencio que nunca fue mi mejor característica, dado lo locuaz que siempre fui. Entonces mi mirada, la cual reflejaba el extremo de mi desespero, se encargó del resto. Le hizo dudar de la fe, le hizo temblar de un dolor inimaginable y, cuando inicié mi llanto expresivo, mi muchacho se pudo dar perfecta cuenta de la oscura verdad. Mis gestos, como siempre, se lo habían dicho todo. _ No papá, dime que es mentira eso que dicen tus lágrimas, dime mi viejo, dime que es mentira, te lo suplico.           A esas palabras se le agregaron las lágrimas de mi dolor. Eso fue más que suficiente, para que mi adorado hijo sintiera en lo más íntimo de su ser, el punzante dolor que solo la muerte puede imprimir y que nunca es posible superar, por más que nos adaptemos a esa ausencia con el paso bendito del señor tiempo. Se dejó caer pesadamente sobre la cama. En ese instante, el dolor físico no era sentido a pesar de la fractura de cadera que padecía. Su mirada se alojó en un sitio oculto, arropándose en un silencio extraño, como queriendo alejarse un poco de tan dolorosa realidad. De su dolor surgieron las lágrimas que lo habrían de acompañar por siempre.           Me desgarraba la vida mirar a mi muchacho en ese trance tan doloroso. Era y aún lo es, un momento desgraciado el que me tocó vivir tras la muerte de mi nuera querida, la hija que nunca tuve, el gran amor de mi muchacho. Escuché su llanto que fluía tenuemente, pero que dejaba tras de sí, un amargo e hiriente sabor; el de la irreparable pérdida de una vida amada, la vida de un gran amor. Mi muchacho estaba sufriendo y para un padre, el dolor de un hijo es mayor que un dolor propio. Le pedí a Dios en ese momento, que me enviara todas las penas del mundo, con tal de que mi hijo no sintiera siquiera una. La muerte había tocado a nuestra familia esa vez y ese dolor era único e irrefrenable.           En este momento y después de haber vivido tantas cosas por doble partida, siento aún ese terrible dolor en mi corazón. Después de escuchar el llanto sensible de mi hijo, nunca pude olvidar lo tanto que sufrí, por aquel dolor tan grande que lo atormentó para siempre y que lo apartó a la soledad. Hasta donde mi vida me acompañó, nunca miré a mi muchacho sin esa cara de tristeza, sin ese dejo de sufrimiento, que sé que lo acompañará por siempre, desde la desgraciada partida de Oriana. Nunca podré olvidar Dios mío, el momento que nos tocó protagonizar, ese instante macabro cuando nació la desdicha perpetua de mi hijo. Miguelito fue la única tabla salvadora, de donde se aferró para continuar su travesía en una vida que sé que ya no amaba.           Nunca podré describir el inmenso dolor que sentí, cuando palpé tan de cerca el sufrimiento de mi hijo. Solo sé que es un gran dolor que se siente bien adentro, un sufrimiento extremo que acapara el alma, que la roe y la maltrata; que la destruye por siempre y hace una piltrafa, donde antes hubo existido una ilusión bonita. Esa noche me quedé con Eduardo, velando un sueño provocado. La silla fue mi compañera, ya que desistí de la tentadora oferta de Elsa, una gran amiga, de recostarme en una colchoneta que me haría llegar a la habitación con Tony, el camillero.             Fue tan grande mi dolor y atormentadora mi pena y mi cansancio, que un sueño insistente me envolvió. Sentí que me estaba quedando dormido sentado, sostenido solo por mi gran cansancio. Repentinamente, mi muchacho se despertó presa de una severa crisis de nervios. Acudí con mis gritos a las muchachas de blanco y ellas acudieron en el acto. Llamaron posteriormente al médico y de inmediato, la residente de guardia se apersonó en la habitación. Era una doctora delgadísima y muy bonita. Sus palabras suaves, no pudieron con la desesperación de mi hijo y, por más que yo le manifestaba mi presencia y mi apoyo, él no hacía más que gritar, no dejaba de maldecir el instante de la muerte de su amor, no dejaba aun de blasfemar; de pedirle a nuestro señor, una explicación convincente.           Sólo logró calmarlo, el potente sedante que yo mismo le administré, envuelto en la promesa de llevarle, tan pronto despuntara el día, al sitio donde estaba siendo velado el cadáver de Oriana, mi bella nuera, a quien nunca podré olvidar. Poco antes de que llegara el día, pude acariciar por un instante, el descanso que mi cuerpo, ya iniciándose en la ancianidad, me reclamaba. El dolor que ocasionó la muerte de Oriana, nunca dejó de sentirse en nuestras vidas.             La mañana me regaló una suave caricia. Me cubrió con ese arrullador clima que de ella manaba. Me besó con el refrescante aroma de los azahares, haciéndome un regalo bendito con ello. Me quedé pensativo y, aún antes de abrir mis ojos, traté de orientar mis sentidos en el tiempo. Al abrirlos, recibí una claridad que me indicó la llegada de un día que se prometía hermoso. Me persigné como buen cristiano y me quedé pensativo, mirando la madera del techo de mi casa. Era un machihembrado muy elegante, de una belleza reflejada en su muy bien cuidado brillo. Estaba yo en una cama inmensa que me albergaba solitario y, sobre mí, un grueso cubrecamas me arropaba con unas caricias que solo las de una familia pueden superar.  
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