8

4728 Words
          Estaban también junto a mí, la duda, la extrañeza; el deseo de saber lo que sucedía. Pero físicamente solo estaba yo allí, solitario en una cama, sin saber, como el pajarillo desprotegido, hacia donde habría de dirigirme. Esperaba la llegada de alguien que para mí, encontrara un punto en la lejanía, un instante en el presente. Deseaba solamente, que un minuto de lucidez llegara a mis sentidos para convertirlo en una eternidad. Esa mañana se presentó nuevamente ante mi conciencia, el retorno a mi vida. El pasado que se convertiría en mi futuro, no palpaba por ninguna parte.           Entendí entonces, que lo que estaba sintiendo aquella hermosa mañana, era otro de mis momentos vividos y recordé al instante, el llanto de alguien. Ese llanto que aún llevaba en mí, que aún escuchaba, que aún me dolía. Estaba en ese recuerdo amargo, la imagen de una linda mujer vestida de cielo, que parecía estar dormida. Recordé a Oriana, recordé fugazmente el cariño perpetuo que le proferí y, para arrancarme muchas lágrimas de pesar, recordé también la muerte de esa gran mujer. Comprendí entonces lo que me había estado sucediendo desde hacía un tiempo impreciso.           Se aclaró en mi mente aturdida, el viaje que había hecho desde mi lecho de muerte hasta mi vida misma, pero en el sentido inverso. Recordé, de igual manera, que pocos días atrás poseía una eterna vejez. Que hacía apenas unos pocos días, era yo un leve anciano que ya despreciaba la vida, cansado de tanto cabalgar en ella, después de haber dado tantos años de glorias. Solamente llegaba a mi mente, además de las imágenes y las vivencias del primer día del retorno, la imagen triste de una mujer que había muerto.           Me paré y el contacto de mis pies desnudos con la alfombra, me hizo sentir muy a gusto. Di varios pasos sobre ella sin dirección alguna, solo para sentir esa comodidad que se presentaba bajo mis pies. Toqué de igual manera, la suave textura de las paredes y disfruté sintiéndome dueño de ese paraíso de comodidades. Era una estancia amplia, acogedora, colmada de una fragancia suave que hacía una delicia, el hecho de respirar en ella.  Me abrazó, solo por un momento, un recuerdo. Era el recuerdo de una estadía en ese recinto. Recordé cuando mi hijo y yo, nos adentramos una noche en esa espectacular alcoba, a pasar una velada para la posteridad. Ya en el baño, me sorprendí con lo que pude mirar. Se trataba del rostro de una adultez madura, pero que no rayaba en la ancianidad. Contemplé que estaba más joven, que mi pelo era abundante. Mis ojos lucían transparentes, reflejando la etapa perfecta de una vida. Una etapa en la que, cuando se ha trabajado bastante, luego de ello, se descansa cómodamente.             Lo que sí noté, fue una gordura extraña, una espectacular barriga y unos colgajos de piel bajo mi barbilla; papada le dicen muchos. Me la toqué con orgullo. Me miré con espontaneidad y confirmé que estaba viviendo una vida placentera, que el dolor y el llanto que había recordado, estaban en una etapa distante, desde donde, en ese momento; habría de rendirle el tributo necesario y hacia donde mis lágrimas habrían de llegar siempre, con una oración perfecta. El espejo me retaba, me miraba como yo a él. Habían sido más de treinta y seis años, que yo hube presenciado en apenas pocos días y estaba mi imagen, ganándole la batalla al espejo que, incrédulo, reflejaba menos años cada vez.           Procedí a cepillarme tomando una pasta dental desconocida y, cuando abrí mi boca, estaba una dentadura perfecta, no con unos alambres que se visualizaban al menor gesto como me los había mirado antes, en un fugaz recuerdo que en ese momento llegó explícito a mí. Me miré a los ojos detenidamente mientras limpiaba mi dentadura. Mastiqué el aire para comprobar que era cierto y el sonido fue muy particular, se asemejaba a una castañuela que, en el aire, dejaba escapar ese divino sonido muy particular en nuestra madre patria.           El baño fue largo. No me apresuré en el sofocante intento de buscar un presente que no me reconocía. Ya llegaría, me dije, algo que pudiese llevarme tomado de la mano y sin titubeo, hacia una realidad aceptable, más no lógica. Me extasié bajo las aguas de la ducha. Eran acariciantes sus fabulosas y golosas gotitas, las cuales dejaban en mi piel, la majestad de una caricia. Dejé que acariciaran mi rostro con esa sublime manera de palpar, con una paciencia increíble. Había aprendido que en mi regreso, un dolor me llevaría de la mano hasta una dicha. Después de recibir ese encanto del agua, sentí que estaba recompensado. Ajeno era mi momento ingenuo, de lo que llegaría a mi vida en ese momento. Lo descubrí en los brazos de un tiempo que jugaba conmigo y del que ya sus cosas no me eran extrañas.           Mientras secaba los rastros del agua sobre mi piel, me golpeó justo en la cara, la fragancia del recuerdo de una delicia que tenía cuerpo de mujer. Era una dama prestante, hermosa y que me daba la vida. Ese recuerdo estaba acompañado de un sentimiento mío hacia esa mujer, hacia una dicha que se llamaba Amada. Recordaba en ese momento, a una mujer bonita, a una mujer que tendría algo que ver conmigo. Ignoraba en ese instante, que toda la vida de mi Amada tenía mucho de mí, de ese hombre que ante el altar le hubo jurado felicidad, fidelidad y un eterno amor.           Cuando sentí mi piel seca me vestí deprisa, porque ese recuerdo me habló el idioma de lo apremiante. Pero cuando estaba saliendo del baño, un espectáculo se presentó ante mí. Llegaba bello, radiante y esperanzador ese recuerdo ya materializado, ese aroma, esa beldad. Era la presencia de otra dama, de una que llevaba unos cabellos de plata, que poseía unas manos de ángel, quién me hubo tocado en mis eternas noches de fiebre y de miedo. Miré en la intimidad de una vida, a mi madre bendita, a quien amaré por siempre. Me entregaría a una gran desilusión de seguro, si no llegaba ante mí su silueta. Habían llegado a mi confundida mente, las imágenes de las dos mujeres más importantes de mi vida. No supe en ese momento, que me quisieron decir mis recuerdos.           Cuando estaba a punto de entregarme a una desilusión, la puerta de la alcoba se abrió sin aviso y estaba ante mí, otra mágica deidad mirada con anticipación y que se denunciaba mágica, con los lazos benditos, con el perfecto testimonio de una vida. Era mi esposa quien se apersonaba, para decirme que hacía pocas horas había nacido nuestro primer nieto. Instantes después, mi emoción se colmó de recuerdos, de los recuerdos hermosos de un niño recién nacido, de mi bebé, quien derrochó ternura y delicadeza en todas nuestras vidas. Recordé cuando, allá en la serranía y ataviados en un frío abrazante, mi Amada me había dado la bendición de la llegada de mi muchacho, de ese ser especial que desde mucho antes de su nacimiento, nos hubo llenado la vida de felicidad.           Cuando se iniciaron los característicos dolores de parto, mi desespero fue tal, que no supe que hacer. Llamé a un viejo amigo para que nos llevara al hospital, ya que en ese entonces yo no poseía vehículo. El elegante y culto caballero accedió gustoso. Don Pedro, a quien me parece ver hoy en día acariciando su guacamaya en su siempre atestado taller mecánico. Mi inolvidable amigo, a pesar de la marcada diferencia de edades que existía entre ambos. Horas después, yo mismo atendía el espectacular parto y de verdad, confieso que se trata de una muy bella experiencia, muy gratificante. Cuando pude mirar que su cabeza se asomaba, mi respiración se contuvo y, al salir la cabeza por completo, pude mirar también su carita.           Era como si mi corazón, desbocado, quería salirse de mi cuerpo. Luego observé cuando el niño salía por completo y, al ver sus genitales, me sentía aún más feliz al comprobar que era un niño, tal como siempre había deseado a mi primogénito. Lástima que nunca llegó la niña de mi vida. Al nacer, lo cubrí con todos los besos de mi alma y luego lo entregué a mis amigas, quienes estaban allí, en la sala de partos, ayudando a mi Amada a traer a la vida a Eduardo. Todos los días de mi vida recuerdo ese bello momento, significativo para toda mi existencia. Treinta y dos años más tarde, se repetía una escena semejante, solo que mi muchacho, mi bebezote; era el padre y desde ese momento, me convertía en el abuelo más feliz de la historia de la humanidad.           Cuando llegamos a la clínica, Oriana estaba ya en la habitación y descansaba del laborioso parto. Como yo, Eduardo fue quien recibió a su primogénito. En su cara se dibujaba una extensa felicidad y un inmensurable orgullo por su bebé. Miguelito había llegado a este mundo y estaba en la sala de reten, donde tienen a los niños cuando están recién nacidos, para observarlos más estrictamente. Dejamos el ramo de hermosas rosas sobre la mesita de noche y salimos sin hacer ruido, para que la nueva madre no se despertara. No tuvimos que preguntar por nuestro hijo, ya que dedujimos el sitio donde se encontraba. En efecto, ataviado de la vestimenta reglamentaria, estaba Eduardo en la sala de retén, contemplando a su pequeño gran tesoro. Nosotros procedimos a asomarnos a la vidriera que aislaba el área en cuestión y aún así, nuestro muchacho no se percató de ello, debido a lo entregado que estaba a un gran amor paternal.           Conversé con una de mis colegas de guardia y ella me permitió el acceso, no sin antes, aunque yo se lo había enseñado cuando fue mi alumna, declararme las normas para evitar contaminaciones en tan susceptibles personajes. Al entrar, mi hijo me miró sorprendido y en esa mirada noble, descubrí al padre ejemplar en que se acababa de convertir. No nos dijimos nada, pero el abrazo inmortal que nos dimos lo expresó todo. Hizo eco ese abrazo, en la maravillosa felicidad que embargaba a nuestros corazones. Al poco rato, Eduardo rompió en hielo. _ Caramba papá, ya te pusiste más viejo. Ya eres abuelo. _ Bueno hijo, que se le va a hacer. Pero déjame decirte que soy abuelo, es verdad, pero el abuelo más feliz de todos. -Y celebramos con una carcajada leve, aquella ocurrencia sabia.            El bebé estaba despierto, lanzando manotazos al aire, como queriendo asirse de algo invisible. Era muy rosado, su piel tersa invitaba a tocarlo, a sentir ese provocativo placer entre las manos. Y pensarlo y hacerlo, fue algo que ocurrió al unísono. Lo tomé entre mis manos como si nunca hubiese agarrado a un niño, con sumo cuidado. Bueno, en mis treinta y tantos años de ejercicio profesional, una gran parte de ellos los llevé a cabo en pediatría. ¿Cuántos bebes no fueron tomados por mis amorosas y enormes manos?           A cada uno de ellos los tomaba con el mismo cuidado extremo, ya que siempre serán unas personitas extremadamente maravillosas y delicadas. El muchachito me miraba sin saberlo siquiera. Movía su cabecita, buscando algo que le era necesario. Buscaba, con el instinto natural, a la bendita madre que le había arrullado en sus entrañas y le había dado la vida. Le deposité un amoroso beso en la frente, aunque estaba de por medio mi mascarilla protectora y le acaricié sus abundantes cabellos. Era un muchachote. Me dijo en ese momento Eduardo, que había pesado casi cuatro kilogramos y medido cincuenta y seis centímetros.           Lo cargué por un momento y recordé nuevamente mis primeros días de padre, cuando hube cargado a mi hijito en aquel hospital rural. Eduardo fue muy lindo desde que nació. Me parecía estar mirándolo nuevamente, al estar mirando a mi nieto. De pronto, el vagido de mi nietecito se dejó sentir, debido a lo cual, Anita se hizo presente para darle su formula láctea, a lo cual me negué rotundamente, ya que siempre fui enemigo de la lactancia artificial en los primeros meses de vida; a no ser que fuese verdaderamente inevitable por las pocas razones que existen.           Le llevó el niño a la madre. Nosotros íbamos tras de Amada que le rogó a Anita, para ser ella quien lo llevara a la habitación.  Se veía tan bella mi Amada con Miguelito entre sus brazos. Ella, que había sido tan altruista con todos sus semejantes, lo fue hasta lo máximo al estrenarse como la madre más amorosa y, en ese momento, cuando develaba el orgulloso título de abuela; colmaba a nuestro primer y único nieto, de todo ese amor que tenía a flor de piel para entregarlo a montones. Así de bella era mi vieja, mi Amada.           Oriana ya estaba despierta y bastante recuperada, cuando llegamos a la habitación cargando al niño. Josefa y Trinidad, sus padres, estaban de visita. Se notaban tan entusiasmados como nosotros al conocer a su nieto y, aunque ya ellos tenían cinco, en ese momento el brillo de sus ojos era aún más intenso. La hermana de Oriana, Lucia, no paraba de filmar al bebé y a los amorosos padres. Nos saludamos efusivamente, toda vez que los cuatro abuelos no dejábamos de halagar al niño, quien desde ese momento nos hizo la vida una delicia.           El nombre se lo habían escogido desde antes de casarse. Miguel Ángel era para mi muchacho, un nombre mágico. Lo admiraba desde que supo de la existencia en la historia, de aquel eximio escultor que trabajó en mármol, la perfección denominada “Moisés”. Salimos a conversar al pasillo, mientras la amorosa nueva madre alimentaba a su bebé. Los abuelos no parábamos de notar parecidos en el rostro del niño. Trinidad aseguraba que era idéntico a su hija y yo decía que se parecía a mi hijo. Porfiaba yo, que mi nieto era el vivo retrato de Eduardo. Bueno, ahora en este sitio y en este momento impreciso donde me encuentro, con toda seguridad me atrevo a decir, que el muchachito tenía mucho de cada uno de nosotros.           Nos quedamos en la clínica hasta muy tarde. Invité a toda la familia a cenar en el lujoso restaurante del edificio asistencial, para celebrar aquel magno acontecimiento. Antes de marcharnos quisimos mirar nuevamente a Miguelito, pero esa vez solo desde la vidriera. Se veía tan tierno y tan bello dormidito. Fue un momento muy importante en mi vida. Cuando nace un niño, también nace el amor. Eduardo se quedó esa noche en la habitación de la clínica, acompañando a su bella esposa. No hubo poder en el planeta e inclusive en el universo entero, que lo hubiese alejado de ese sitio esa noche. Llegamos a casa agotados mi Amada y yo. Había sido en verdad, un día agotador. Nuestra conversación previa a quedarnos dormidos, por supuesto que giró en torno al protagonista de todo ese suceso, nuestro recién llegado Miguelito. Había llegado a nuestras vidas Miguel Ángel, pero esa vez fue la bella escultura llamada amor, la que lo trabajó a la perfección a él.             Cuando estaba a punto de quedarme dormido, un recuerdo atravesó mis sentidos. Era la mañana siguiente al nacimiento de mi Eduardo. Yo caminaba deprisa hasta nuestra casa, con la finalidad de ir en busca de algunas cosas que mi Amada necesitaba con urgencia. Al llegar, de inmediato me desesperaba por regresar al hospital. Desde el momento más feliz de mi vida, cuando nació mi muchacho, nunca quise estar lejos de él. Esa noche, cuando me quedé dormido, en mi mente estaban las figuras sagradas de mi hijo y de mi nieto. El milagro de la perpetuidad de la especie. El milagro del amor, de la fuerza que debería existir en todos y cada uno de los hijos de Dios.                     Esa madrugada me desperté agitado, cuando el llanto de alguien me sacó del mundo de los sueños. Eran aproximadamente las tres de la mañana y estaba yo en lo más intenso de una entrega. Ese llanto temeroso indujo mi despertar, me invitó a pensar en la gravedad de un suceso. En efecto, ese llanto era de aflicción, de temor, de impotencia. Era el llanto de una dama que luchaba contra lo que nunca quiso que sucediera y lo que nunca, además, imaginó que iba a suceder así, tan drásticamente. Me senté de mi lecho. La luz de la sala llegaba directa a través de la puerta abierta. Pude observar allí, a tres damas que conversaban de algo que, desde mi óptica, se suponía grave. Me abrazaba nuevamente el espíritu de la confusión, de la sempiterna desavenencia con mi realidad.           Identifiqué prontamente a mi Amada, quien estaba al margen de algunos de mis olvidos. Al mismo tiempo comprobé que otras damas también lloraban. Se notaba una extensa preocupación en sus gestos, en sus pasos insistentes, en sus palabras, en fin; en todos sus actos. Las dos mujeres que estaban con mi Amada, se evidenciaban más jóvenes que ella. Una era regordeta y la otra, contrariamente, de contextura delgada. Mi Amada procuraba, según acusaban sus gestos, calmarlas; pero ni siquiera ella misma lograba mantener la serenidad. Me extrañó sobremanera ese suceso a esa hora del día, por lo que, aún con mi mente obnubilada, pude darme adecuada cuenta de que ciertamente estaba sucediendo algo extraordinariamente grave.           Me incorporé de la cama y un leve desvanecimiento me hizo trastabillar y vacilar en mis pasos. Era la brusquedad de una hora, pensé, lo que hacía titubear mi caminar, por lo que decidí quedarme inmóvil, mientras el leve contratiempo pasaba. Por fortuna, al instante cedió aquel incómodo malestar, luego de ello, resolví continuar mi andar hacia la sala de baño, donde entablaría un encuentro con un sorprendente presente. A mis oídos aún llegaban las angustiadas voces de las tres damas, quienes conversaban en torno a algún infortunio.           Opté por mirarme en un espejo primoroso, enmarcado en un placentero trabajo de un material que a primera vista no logré identificar, pero que ostentaba un color puro. Noté que mi juventud era creciente, al recordar efímeramente el rostro de la última visión que de mí mismo guardaba en mi mente y compararlo con el que estaba mirando en ese momento. No había duda acerca de la grandiosa realidad que estaba encarando. Esa mañana, un desafortunado acontecimiento se presentaba, para hacerme despertar ante la cruda realidad de mi retorno.             Permanecí mirando mi rostro, el cual conservaba aún, la serenidad de una época afortunada. Mis ojos parecían colmados de una fortuna, la cual pude comprobar posteriormente, al palpar a mi familia muy hermosa y muy unida. Aquella mirada que contemplé en el pulido espejo, me hizo llegar lo delicado de un amor que me colmaba de magia, de caricias y de buena vida. Me regaló lo agradable de una responsabilidad muy bien llevada y el encanto de un pensamiento noble, que hacía que mis manos se entregaran a una vocación.           Hice en el baño mis necesidades naturales con algo de prisa y al salir, comprobé que las mujeres ya no estaban en la sala. Me vestí y al buscarlas en el resto de la casa, descubrí que la habían abandonado. El desasosiego se apoderó de mí y traté de orientarme en aquella situación que turbaba mi ser, al punto de saturarme de desespero al no saber qué hacer ni a donde dirigirme. Me senté en aquel mueble amplio y cómodo de color turquesa que conformaba, junto a otro de menor tamaño, un extraordinario juego de sala que invitaban al disfrute y en él, traté de llegar a mí mismo; a través de un recuerdo que se resistía a llegar.             Mientras hurgaba en la nada, miraba lo que a mí alrededor estaba. Era una sala amplia e iluminada, donde lo riguroso de un decorado concordaba con un gusto supremo. Enormes óleos decoraban las paredes de la estancia y una lámpara colgante, que parecía una lluvia de cristales, regalaba una luz armoniosa que permitía aquella vasta claridad. Transcurrió el tiempo y en esa meditación me sorprendió una mañana llena de sorpresas.           Cuando ya ese episodio del día estaba encarado, sentí hambre. Mi instinto hizo que abandonara aquel tibio y acogedor lugar, para entonces trasladarme hasta donde pudiera saciar la inminente necesidad. Poco después, mis pasos me habían conducido a un paraíso verdaderamente supremo. Era un salón que, aunque pequeño, guardaba en su haber una cocina soñadora. Una sola fila de puertas azules de alto brillo, dominaba aquella estancia tan sencilla, pero moderna en extremo. Una gran pared proporcionaba todo lo que se necesitaba. En definitiva, se trataba de una maravilla, atrevida, azul y bonita.           Recordé entonces que sabía hacer café, aunque no me acordé cómo había aprendido o quién me había enseñado, pero no tenía importancia alguna aquel detalle tan banal. Coloqué el polvo áspero en una cafetera eléctrica y la hice andar. Antes de que dejara sentir el grato aroma del oscuro preparado, el rugido de la pequeña máquina me inquietó un poco, pero recordé también, que solía ser de ese modo. Fue entonces cuando me percaté, que poco a poco iban llegando recuerdos a mi razón. Supe que no tardarían en presentarse, aquellos que me eran necesarios en ese presente que ya me daba miedo.           Comí un emparedado de jamón y queso blanco suave, aderezado con algo de aderezo. Al cabo de haber tomado aquel desayuno improvisado, el repicar del teléfono me sacó de aquel mutismo forzado. Tomé el aparato y pude escuchar la voz angustiada de mi Amada que me comunicaba, entre sollozos, que su padre estaba gravemente enfermo. De pronto, me tropecé de lleno con una densa estela de recuerdos que llevaban consigo, la figura de un noble anciano. Don Juan Pedro, mi querido viejo, como siempre le dije desde que conocí a mi Amada. Llegó a representar una figura paterna, a quien siempre amé y respeté.           Aquel anciano algo gordo y de corta estatura, con el pelo ralo y bien blanco, llegó a mi mente en ese preciso momento, cuando pensaba que ya no recordaría nada. Me apesadumbró mucho la noticia de la enfermedad de mi querido suegro. Había presentado súbitamente, un dolor abdominal. De inmediato, decidieron llevarlo al médico. Ya en la clínica, la valoración arrojó una obstrucción intestinal. Sin pérdida de tiempo y habiendo arreglado todo lo concerniente a los gastos derivados de su ingreso, lo prepararon para ser intervenido quirúrgicamente.           Fue después de la decisión quirúrgica y mientras le practicaban a mi querido suegro unos exámenes necesarios para poder intervenirlo, cuando se apersonaron en casa mis comadres y cuñadas Iris y Ana Luisa, con el fin de llevarle la novedad a mi Amada; puesto que no quisieron dársela por teléfono, temiéndole a la reacción de esta. Eduardo también salió apresurado hasta donde su abuelo era atendido. Su presencia era muy importante ya que sería él, el enlace entre médicos y familiares.           Comenzó entonces el eterno debate conmigo mismo. Me arropó aquella incertidumbre, al querer estar presente en una situación y no saber como hacerlo. Me oprimía lentamente con sus aterradores abrazos, aquel olvido diabólico que sentí en ese instante. Me sentí perdido en aquella casa, donde el fantasma de la indecisión se presentaba en cada uno de sus rincones, para tratar de provocar en mí, alguna crisis que desequilibraba aún más, mi ya deteriorada realidad. En ese momento desee no existir, no ser aquel aturdido hombre que se debatía entre un olvido gigantesco y las ganas de saber la realidad que, entonces, se presentaba colmada de dolor.           No pude permanecer estático en la sala ni un segundo más, por lo que caminé sin saber a donde dirigir mis pasos. Ahora, creo que algún instinto me orientó, ya que pude llegar a un pequeño recinto perfectamente decorado. Eso fue lo que de inmediato percibí, cuando atravesé el umbral y entré en aquel sitio que despedía una fragancia, que en ese momento no pude reconocer, pero que era encantador. Aspiré todo el aire que me fue posible, para que aquel aroma me acariciara profundamente. Había en ese perfecto sitio, un escritorio y un estante de madera pulida.           En el escritorio pernoctaba un moderno aparato, hija predilecta de la tecnología de esos días. Se presentaba a sí misma, como una dama imponente y reina de un espacio. El estante, adornado de una modestia sin límites, poseía en su haber, una gran cantidad de esos amigos que nos llenan de sabiduría; eran libros de tapas bellas, los cuales contenían en sus almas, muchas enseñanzas; de eso estaba muy seguro, aun estando al borde de un momento desesperante, a causa del olvido de todos mis tiempos.           Tomé distraídamente, mientras miraba a mí alrededor, un ejemplar muy delgado, pero igualmente bello; tanto como todos los que permanecían en aquella biblioteca. Después de mirar detenidamente su exterior, acaricié con mis miradas su interior, donde unas frases comenzaron a insinuarme la maravilla del retorno de mis instantes perdidos. Fue lo que sentí en ese momento, ya que era la mirada de mi madre la que se instaló en mi mente y desde ese momento, a pesar de todo lo que me tendría que suceder; nunca más se apartó de mí.           Recordé a una gran dama, a la mujer que me dio la vida y que por siempre habrá de darme su amor, a pesar de la distancia y del tiempo; a pesar de la vida y de la muerte. Una bella señora, que perpetuó un amor que nunca habrá de entender de condiciones ni de fronteras. Un gran y perfecto amor, que habrá de ser por todos los tiempos, una gran fuerza, una alianza para llegar a la felicidad. Era el recuerdo de una gran mujer, quien siempre quiso que sus hijos amaran sin mirar atrás, que se entregaran a un sentimiento perdurable y extenso en deseos y en oraciones.           Algo bello me ha dado la fuerza necesaria para soportar este tormento. Ese algo, indudablemente, es el amor. En ese momento, me dejé atrapar por aquel bello recuerdo, la evocación de un gran amor. Es el amor que aún, en este sitio y en este tiempo impreciso, siento por mi madre, la luz que me orientó en mi retorno a la vida. En ese momento de oscuridad total en mis sentidos, fue su luz la que me llevó derecho a mi realidad, a ese presente que aún no terminaba de aclarar, pero que; gracias a la luminiscencia que de mi madre recibía, pude iniciar con mucha entereza, el retorno a una vida que sentía perdida.           Sentí en ese momento, una verdadera fascinación y una gran ternura por lo que de mi madre llegaba a mis recuerdos. Era la fuerza del amor, seguro estoy de ello. Era mi madre cuidando como siempre, los pasos en mi vida. Leí el fragmento de una composición perfecta que trataba precisamente, del amor maternal. Me estremecí de una gran congoja, la cual vertía sobre mí, extensas toneladas de ternura y amor hacia mi santa madre.            A medida que consumaba la lectura de tan mágicas letras, mis ojos se colmaban de sufridas lágrimas que atraían hacia mis recuerdos, la imagen sagrada de mi madre. Ella se presentaba tan bella. Llegaba a mí, con su sonrisa eterna, con sus ojos exquisitos flavos. Y con su imagen, llegaba su voz de arrullos, sus besos de ternura y su tacto de encanto. La lectura de aquel escrito me conmocionó en extremo, al saber que existía un amor de esa magnitud, al recordar a mi madre que significó la beldad de un sentimiento perfecto y que habrá de significar por siempre, la viva imagen del amor más sublime y puro que jamás podrá existir.           Traté en vano de no llorar, pero mis lágrimas fluían espontáneas. Era el llanto que transportaba mi sufrimiento, al descubrir que ese amor bello ya no estaba materialmente en un cuerpo, que esa belleza no existía ya físicamente. Había descubierto en mis pensamientos, que la madre de mi vida, había muerto ya. Eran mis lágrimas perpetuadas por el gran amor que siempre hube sentido por ella y que habré de sentir por siempre. Mis lágrimas bajaban por mi rostro, empapándolo sin compasión, tratando de verter a mi realidad; las señas amargas de un sufrimiento que hubo nacido, la lúgubre tarde de un mes célebremente triste, para nunca ser olvidado.  
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD