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4736 Words
          Pasó mucho tiempo para que la realidad reclamara mi presencia. Era una realidad vacía de algo que necesitaba con premura, para sentirme presente en ella. Pero existía yo en esa realidad y en el supuesto caso de no querer estar presente en ella, necesariamente tenía que hacerme sentir, para enterarme de lo que en ella se encontraba oculto. De manera que no podía evadirla, era una situación detestable, que hacía mella de lo poco que de mi vida sabía. Hacía destrozos, desmanes y lograba exaltarme a tal extremo, que mi nerviosismo era poco ocultado. Ya caminaba yo de un sitio a otro, semejando a un felino tras los barrotes de una infame jaula, perdido ya el control. Solo logró tranquilizarme la presencia de un hombre joven, que hacía acto de presencia en la casa ataviado en el apuro de llevarme con él. Era mi hijo Eduardo, supe poco tiempo después, que quería trasladarme hasta donde su abuelo estaba gravemente enfermo.            Durante todo el viaje, Eduardo guardó un silencio sepulcral. Me miraba extrañamente, como queriendo hacer con su silencio, un montón de interrogantes. No obstante, nada me decía, era solo esa mirada escrutadora y rara, lo único que me hacía llegar. Mi silencio continuaba siendo la respuesta a aquellos callados requerimientos, que ya estaban a punto de enloquecerme. Una densa atmósfera de nerviosismo invadía ese momento, para hacerlo más intolerable de lo que hasta entonces se presentaba para mí.           La incertidumbre de la enfermedad de mi suegro era, por sí sola, de suficiente peso como para inquietarme y, en ese instante, lo era además; esa mirada extraña que de mi hijo recibiera y a la cual no sabía como enfrentarme. Lo que ignoraba en ese momento, era que más poderosas resultaban las razones que llevaba consigo aquel joven hombre, para hacerme sentir de esa manera. De hecho, la inesperada gravedad del abuelo de su alma, resultaba traumática y, en ese momento, el asunto se agravaba por el terrible hecho de estar yo ausente, a pesar de estar presente.           Mi muchacho, al igual que mi Amada, había reparado en la desconcertante despreocupación que aparentemente todos miraban en mí, ante la situación apremiante que estaba enfrentando la familia. Les había resultado extraño, que cuando se hubieron presentado Iris y Ana Luisa, a una hora demasiado atípica para una visita, yo no hubiese reaccionado como todos habían esperado, ya que siempre había sido mi colaboración, la más acertada de todas. Y cuando todos se preparaban a hacer acto de presencia en el centro asistencial, hasta donde habían llevado a aquel buen hombre, yo solo dedicaba mi tiempo a mirarme en el espejo, tan distraído en ello que, según me contó mi Amada poco después, no me percaté de los llamados insistentes que todos me hubieron expresado.           Minutos después llegamos a la clínica. Los pasos apresurados de Eduardo me hicieron correr literalmente. Subimos una rampa enorme, para colmo de mi cansancio prematuro y pronto llegábamos a una sala de estar que estaba completamente ocupada, según me enteré posteriormente, por integrantes de la familia y muchos amigos y conocidos. Ninguna cara me era familiar, salvo Iris y Ana Luisa, quienes ya se habían presentado ante mí y a quienes mis recuerdos habían ubicado en mi confundida mente. Mi Amada lloraba en silencio, al igual que muchas de las damas allí presentes. Mi confusión era tal, que me quedé estático, sin saber hacia dónde dirigir, por lo menos, una mirada. Mi incomodidad era suprema y, al parecer, se la transmitía a todos, ya que me miraban desconcertados o extrañados, probablemente, de un comportamiento que nunca habían esperado de mí.             Me dirigí hacia donde estaba la única persona que me regaló una mirada tierna. Caminé hacia ella automáticamente, como impulsado por una fuerza mágica, esa magia que se llama amor y que siempre condujo mis pasos hacia ella, hacia mi Amada. Ella, al sentir mi presencia, se hizo a un lado en el atestado asiento múltiple que compartía con otras personas, para que yo me ubicara en él. Cuando me senté, mi Amada se inclinó y se apoyó en mi hombro y ya en él, lloró el dolor de sentir lo crudo que presentía. Los médicos habían sido muy realistas al dar el diagnóstico. Pero no era tanto por el diagnóstico, sino por los antecedentes de mi querido suegro. Era la maligna cardiopatía, la que amenazaba con una complicación mortal, a quienes todos temían. Era esa la realidad que se reflejaba en aquellas caras con pocas esperanzas.              El personal ya había preparado a mi querido suegro para ser intervenido quirúrgicamente. Nada urgía más en esta vida, que la recuperación de salud de ese hombre, que estaba a la orilla de un camino llamado existencia. Era precisamente esa vida la que, tímida y arrogante a la vez, se ubicaba en un rincón difícil de observar, desde donde podría partir en el momento más inesperado, para nunca retornar. A mi lado, justamente a mi derecha, una señora entrada en años me miraba tiernamente.           Sus ojos acusaban una tenaz insistencia de llantos, a juzgar por el color que demostraban y, aunado a ello, una constante obstrucción nasal completaba el triste cuadro. Le respondí yo a su mirada con otra semejante. Al instante, se presentó una imagen adorada a mi aturdida mente. Ella era, Doña Rebeca, mi querida y tierna suegra, quien estaba sufriendo, atormentada, por la desdicha de saber que era muy probable que el hombre, a quien se hubo entregado en cuerpo y alma para toda la vida, se habría de marchar físicamente de su lado.            Su cabello grisáceo y muy corto, era característico en ella desde hacía mucho tiempo. Sus sabios consejos eran determinantes, para quienes buscábamos las enseñanzas de sus experiencias sabias y era ella, con una eterna paciencia y un humor exquisito, quien se encargaba de desear lo mejor de lo mejor y de facilitar los caminos.  Frente al sitio que ocupaba mi adorada madre política, pernoctaba su fiel e inseparable compañero, un bastón ligero, del que se valía para dar los pasos de la vida desde que poseía en su rodilla izquierda; una prótesis que la hubo rescatado de las férreas garras de una invalidez, que quiso desterrarla de los caminos en la existencia.           En ese momento, su rostro parecía otro. Se trataba de un semblante demacrado, que denotaba la pesadez de una honda pena. Era una tristeza, aunada a un miedo y a una incertidumbre ya insoportable. Me dirigió unas leves palabras temblorosas, preguntando por mis cosas. Le respondí con cariño y en baja voz. Le ofrecí mis manos y ella se asió a las mismas, como quien se aferra a una esperanza. Nuestro amor fue intenso, por algo la consideré siempre como una madre. En realidad pude decirle poca cosa, casi nada, ya que lo que recordaba llegaba ligero. Algunas cosas rememoradas quedaban en mí y otras se marchaban, tan repentinamente como habían llegado. Pero en ese momento mis cosas eran lo que menos le podían preocupar a alguien, salvo a mí.           Y unos de esos recuerdos que llegaron para quedarse, fue el día cuando conocí a mi querido Juan Pedro. Era una tarde lejana, en la cual me encontraba yo perdido en una dirección, tratando de encontrar una ruta que me condujera a la residencia de mi novia, ya que habíamos acordado que ese día conocería a su familia. Por más que caminaba por doquier, trataba de descifrar en mi cabeza, cual acertijo, la dirección que de su casa mi Amada me había dado, sin éxito alguno. Ella, en virtud de que no aparecía yo en el horizonte, caminó disimuladamente por los alrededores, tratando de encontrarme; suponiendo lo que en efecto me sucedía. No tuvo que caminar mucho, ya que muy cerca de su residencia estaba yo, perdido y más enojado que un sapo llevando sol, ya casi dispuesto a abandonar mi cometido y marcharme cabizbajo, sin conocer a la familia y a la casa de la mujer de quien me había enamorado desde un primer instante, cuando aún éramos unos adolescentes.           Recordaba a mi suegro. Su estatura era leve, su carácter se notaba amplio y determinante, como quien espera que las cosas que se ordenan, se cumplan a cabalidad en el menor tiempo posible. El tono suave de su voz era sublime y decía, curiosamente las frases, dejando alargada la última frase de una expresión como para afianzarla, para hacerla sentir. Me dirigí a él con sobrado nerviosismo, pero al poco tiempo nos encontramos entablando una deliciosa y amena conversación. El patio de la casa era inmenso. Habitaban en él, varias gallinas ponedoras con su imponente semental crestudo de bellos y brillantes colores.          Cohabitaban con las aves de corral, las cuales solo eran encerradas de noche, tal vez por temor a algún marsupial criollo que siempre ha gozado de una amplia fama como comedor de gallinas, varios longevos cujíes que regalaban las frescas sombras, sobre todo en las tardes calurosas. Fue justo debajo del más grande de ellos, donde nos dispusimos a conversar aquella tarde, Don Juan Pedro, Doña Rebeca y yo. Las preguntas principales las hacía él, con tan tremenda seriedad, que me mantuvo al filo del desespero de manera inclemente.           Era obvio que él tratara de enterarse de todo lo que tenía que ver con el pretendiente de su hija, ya que de ello dependía el bienestar de la misma en un futuro que se visualizaba ya cercano. Miraba yo por doquier, bien lo recuerdo ahora, desesperado, con el único afán de encontrar el rostro de mi Amada; para refugiarme el él y encontrar el valor que por poco se separaba de mi. No logré divisarla por ninguna parte. Me enteré esa misma tarde, que ella estaba más nerviosa que yo, encerrada en la recamara con sus hermanas; tratando de adivinar de qué cosas estábamos hablando. Ellas nos divisaban perfectamente por una pequeña grieta ubicada en una de las paredes que daban hacia el patio, pero por lo apartado del sitio donde decidimos platicar, no llegaban nuestras voces a aquellos curiosos oídos.           Después de las primeras preguntas de rigor, Don Juan Pedro se disculpó y, acto seguido, se adentró a la casa. Yo, más calmado, me quedé conversando con Doña Rebeca, quien con su serenidad, me hacía recobrar el valor que sentí perdido. Sin encontrar mucho que decirle, elogié de inmediato su bella residencia y lo bondadoso y linda que resultaba su familia. En realidad, desde que hube llegado, me habían tratado muy bien. Excelentemente, diría yo, desde la óptica que me otorga mi exilio, en este tiempo al que he venido a parar, tratando de dejar un testimonio creíble de mi extraordinario, pero real retorno. Siempre fue una familia extremadamente unida. Esa unión habría de dar excelentes frutos en un futuro no muy lejano.           Escuché el sonido del motor de un auto que era encendido y que, al poco tiempo, se alejaba del lugar velozmente. No pasó mucho tiempo, para que el sonido del auto se escuchara nuevamente, al acercarse. Al quedar todo en silencio, pude escuchar la voz de don Juan Pedro desde el interior de la casa, el cual conversaba con algunas personas, supuse que sus hijos. Al poco tiempo, se presentó ante mí con sendas cervezas, las de las botellas más grandes y me ofreció una a quemarropa. Imaginé que no se debería aceptar aquel ofrecimiento bien helado, ni ganas que tenía yo de hacerlo. _ Échese una pueeeees… Esto hay que celebraaaaaaaarlo. - Me decía, a la vez que se sentaba, justo al instante cuando doña Rebeca, disculpándose, se ponía de pie y se retiraba; diciendo en voz baja, algo que no llegué a escuchar. Pasados algunos minutos, ya había despachado mi enorme cerveza. Al rato se apersonó Nerio, mi futuro cuñado, a quien Don Juan Pedro hubo llamado para que nos sirviera otra ronda de bebidas espumeantes y, evidentemente, llevaba una para sí y, ocupando el lugar que otrora había ocupado su madre, nos dispusimos a charlar de todo lo que nos venía a la mente y en eso nos atrapó la noche.            El inicio de mi embriaguez no se hizo esperar y, al cabo de unas cuantas cervezas, se comenzaron a evidenciar los primeros síntomas de la misma. Cuando había transcurrido aproximadamente una hora desde que el sol se hubo ocultado, llegaron varias personas a la casa. El portón que salvaguardaba al patio de la casa estaba abierto ya, se podía ver fácilmente quien llegaba a la casa o quién salía de la misma. Las personas en cuestión, habían hecho acto de presencia a bordo de un pequeño auto de color azul intenso. Me quedé atónito, al ver cuántas personas salían del pequeño vehículo. Eran muchísimos. No podía creer, cómo era capa de caber tanta gente en un automóvil de tan reducidas dimensiones.               Cada uno de ellos, al salir, respiraba hondamente acusando una inmensa incomodidad. Entre carcajadas, celebraban la osadía de haber ocupado tantas personas aquel pequeño auto, obviamente que luego de haber descendido todos del mismo. Se trataba de unos sobrinos de doña Rebeca, quienes habían llegado de visita. Los mismos habitaban en un poblado de la Sierra. Los conocí a todos, mi Amada se encargó de que fuese así. De inmediato, una invasión de sillas tomó por asalto al gran patio. No pasó mucho tiempo para que, guitarra en mano, una de las hermanas de Amada, Ana Luisa; amenizara al magno acontecimiento del reencuentro familiar. La misma, joven muy bella y aventajada estudiante, poseía una voz deliciosamente armoniosa. Su primer tema se trató, naturalmente, de un viejo amor.           El enorme auto verde de mi querido suegro, partió al poco rato. Cuando regresó, llegó cargado de muchas cajas de cervezas, que de inmediato comenzaron a circular y a ser libadas por la inmensa multitud de parientes. Colmada de un inmensurable orgullo, Amada se sentó flamante a mi lado. Al oído, disimuladamente me aconsejó que no tomara demasiado rápido, lo cual aprobé, ya que me di inmediata cuenta de que, al no estar acostumbrado a tomar tanto, pronto sería presa fácil de una inevitable borrachera. Realmente, no hubiese quedado bien parado ante la familia, de haberme emborrachado.           Nerio encendió el estéreo de su camioneta, la cual estaba estacionada en esa inmensidad llamada patio. De inmediato, la imponente voz de Vicente Fernández emergió, acompañada de un mariachí grandioso. Todos cantaron la melodía representativa del folklore azteca y al poco rato me uní al coro. Los primos me trataron, como si de toda la vida me conocieran. Uno de ellos me jugó una broma que todos celebraron con una carcajada enorme. Hasta yo me reí de la vainita que me echó Robertico, como todos le decían al moreno simpático aquel. Había también una enorme garrafa de cocuy. A don Juan Pedro nunca le faltaba ese tipo de bebida alcohólica artesanal y en grandes cantidades. Robertico estaba tomando de dicha bebida y, como el recipiente estaba cercano a mí, cuando terminó su trago, decidí ofrecerle; por gentileza pura, uno nuevo. _ Roberto.- Le dije mientras servía el trago de la bebida. – Tú me dices cuanto quieres. _ Dele primo.- Contestó el bromista de inmediato. – Usted conoce la medida de mi palo.            Casualmente, en ese momento la canción que escuchábamos había culminado y, mientras esperábamos que se escuchara a siguiente, se dejó sentir un descomunal silencio, por lo que la broma que me regaló Roberto; fue escuchada por todos. De inmediato se burlaban de mí y, aunque no había un espejo cerca, pude sentir el rubor que en mi rostro se formaba, como si en realidad me estuviese viendo. Jamás olvidaré la broma que me gastó el primo Robertico. Primo, como comencé a decirles de inmediato a todos ellos. También estaba presente la matrona de aquella tropa, la cual hubo quedado huérfana de padre hacía muchos años. Varios muchachitos, hijos de los primos, también habían llegado y formaban entro todos, una algarabía que se escuchaba a varios metros de distancia.           Un caballero que recién hubo llegado llamando comadre a doña Rebeca, me confundió en extremo; ya que, salvo por unos gruesos lentes y por un andar excesivamente lento, tanteando las paredes cercanas como si fuese un invidente, era idéntico a don Juan Pedro. Amada, sin que se lo preguntara, me dijo de inmediato que era su tío. Al momento de nuestra presentación, el caballero trató en lo posible de divisar mi rostro acercando mucho el suyo, ya que esa era la única manera de reconocer a alguien. Su nombre era Aníbal, nació desde ese preciso momento, una descomunal amistad que perduró muchísimo, tomada de la mano de un profundo respeto y una gran admiración.           El gran parecido físico entre los dos caballeros era extraordinario, pero don Juan Pedro, a pesar de su fuerte carácter, lo que descubrí poco tiempo después, era muchísimo menos pertinaz que su hermano menor. Don Aníbal era muy conversador, pero a quien se le ocurriera llevarle la contraria, no le iba muy bien ya que parecía verdaderamente el abogado del diablo, puesto que nunca era él el equivocado. Recuerdo claramente cuando discutió conmigo sobre la erradicación de la viruela. Él se atrevió a objetarlo, diciendo que era yo un ignaro y que existían muchos casos de viruela en la actualidad. Con el tiempo me acostumbré a resignarme y a nunca objetarle nada.           Pareciera estar mirando en este momento, el rostro afable de mi querido viejo, como me acostumbré a decirle poco tiempo después de haber contraído nupcias con mi Amada. Los canosos cabellos, dejaban ver con suprema claridad su cráneo. Conservaba permanentemente su total prótesis dental y solo en la mañanita se podía observar sin ella, antes de arreglarse pulcramente para enfrentar el día. Cuando estaba sin ese aparato me provocaba mucha risa, debido a que su cara se tornaba tan redonda como nuestro satélite, aunque siempre procuré que él no notara mis curiosas miradas, ya que mi respeto era inconmensurable.           También rememoro un acontecimiento hasta cierto punto inolvidable, por su particular modo de ocurrir. Una mañana ataviada de intenso frío, acudí bien temprano, antes de dirigirme a mis labores profesionales en mi amado hospital pediátrico, a la casa de mis suegros, con el propósito de extraerle una muestra de sangre a doña Rebeca para unos análisis rutinarios que Amaba y yo creímos convenientes. Al querer entrar yo por la puerta trasera, la cual mi suegro abría bien temprano por ser el primero en levantarse, por poco no fui bañado con el manantial de orines que mi viejo expelía por la puerta que daba hacia el enorme patio. De haber llegado unos segundos antes, no me hubiese escapado del frío y asqueroso baño mañanero, de seguro.           Saqué el pañuelo del bolsillo trasero del pantalón, ya que un estornudo era inaplazable. En vista de que no dio tiempo de estornudar en la pequeña pieza de tela, me paré bruscamente del atestado asiento y me dirigí hasta un pasillo cercano. No era el síntoma de algún resfriado común, era solo un estornudo rutinario; pero que me retornó a la realidad en la que comprobé que a mi lado, las dos mujeres que en ese momento decoraban mi vida, estaban llorando tenuemente, pero tratando, sin lograrlo; de pasar desapercibido un temor, una pena, un desagraciado presagio; la muerte que con sus garras malignas hace sufrir en demasía. En ese preciso instante, Carlos, un antiguo alumno entró al servicio de terapia intensiva, lugar donde laboraba desde hacía un par de años y donde estaba hospitalizado mi adorado suegro, en espera de la gran cirugía que pronto sería llevada a cabo.             Cuando observé que la licenciada Minerva y Juan, un afable auxiliar de Enfermería, de marchaban, supuse que ya mi colega era el titular de la guardia. Trabajaría solo esa tarde, ya que su compañera, tras haber sufrido un percance, estaba de permiso. Me dirigí al área restringida y con la anuencia de Carlos, pasé y me acerqué a la cama donde mi amado viejo, colmado de dudas y de un intenso pavor; esperaba mirar el rostro de alguien que le resultara familiar. A pesar de que yo estaba ataviado con la ropa especial usada en aquellos sitios, me reconoció. Sus redondos ojos me miraron y, con enorme dificultad, me regaló la última sonrisa que de él recibiría en mi vida.           Me miró con una mirada demasiado triste, una mirada que tal vez visionaba un futuro cercano. Una mirada que, en el inusual silencio que percibí a pesar de los monitores a nuestro alrededor, en su letárgico silencio me gritaba un horrible adiós. No me habló, solo me miró fijamente como queriéndome decir mil cosas en una sola mirada. Fue una mirada con la que me supo apabullarme, a pesar de estar en una cama gravemente enfermo. Tomé una de sus cálidas manos y le otorgué un beso represado en mí desde siempre, como aquel abrazo de mis recuerdos que se presentaría con el tiempo.           Una lágrima se deslizó de su ojo izquierdo y de inmediato otras la imitaron, convirtiéndose aquel momento, en una de las grandes tragedias de mi vida. Estaba viendo llorar a aquel viejo roble, donde tantas veces me apoyé en procura de un aliciente a una duda, cuando mi padre no estaba cerca y donde me quería reflejar para ser como él; grandioso padre, excelente esposo, un enorme amigo y para mí; mi eterno suegro, el gran abuelo de mi bebezote. En este momento, quise dar toda mi vida para no sentir aquel inmenso pesar, aquella intensa tristeza y la desagradable presencia de la muerte a mí alrededor.      Había llegado el momento de la intervención quirúrgica de don Juan Pedro y, como estaba yo a su lado, le ayudé al camillero a llevar a aquel cuerpo sufriente a la sala de quirófanos. Solo hasta la antesala de dicha área pude estar con él, asido aún de su tibia mano. La puerta se cerró frente a mí y me quedé mirándola como un imbécil, como esperando que me dijera algo. Con un desgano intenso, traté de verter mis miradas hacia mi alrededor y tras de mí, sentí las miradas interrogantes de toda la familia. No tenía respuesta alguna a ninguna de ellas. Solo mi Amada comprendía la gravedad de aquel suceso, ya que parecía leer mi pensamiento o, sucedía lo que siempre pensé, poseía un sentido extra.           Pesaba sobre todos nosotros, la gran incertidumbre sobre el futuro inmediato de mi querido suegro. Las lastimeras miradas de quienes estaban a mi alrededor se apoderaban de mí, esperando ta vez, algún aliciente contenido en una palabra esperanzadora. Ignoraban que mi razón se había quedado demasiado pequeña, ante el amor a mi querido suegro y ante la intensa gravedad que representaba una intervención quirúrgica de esa magnitud, a una edad tan avanzada y con unos antecedentes cardíacos que estaban completamente en su contra. Aquel silencio era espectral, descendía sobre cada uno de los allí presentes, como queriéndonos aprisionar con sus obstinados tentáculos para hacernos tanto daño.           Mantuve la calma el poco tiempo que resistí, ya que a muchas personas con las que compartía aquella sala de espera no las recordaba y, cuando me saludaban, recibían aquella áspera indiferencia que mi actitud ofrecía, lo cual no podía yo evitar. Nerio permanecía de pie cerca de donde yo estaba. Me dirigí a él para tratar, a sabiendas de que no lo lograría, de calmarle la notoria angustia que le carcomía. Sentía que su amado padre se despedía de la vida y él no quería, obviamente, que eso sucediera. Platiqué con él de las posibles causas, que por lo general conllevan a un abdomen agudo quirúrgico, que era el diagnóstico que los médicos que se encargaban de su caso habían dado. La intervención a la que estaba siendo sometido era una laparotomía exploratoria. La misma consistía en abrir la cavidad abdominal, para determinar la causa de la patología y proceder entonces de acuerdo a lo observado. Podría tratarse de una obstrucción intestinal, un absceso abdominal, algún infarto mesentérico o hasta una lesión maligna. Era eso lo que tendrían que determinar en aquel gran procedimiento invasivo.            La intervención duró aproximadamente tres horas y media. El silencio era tan pesado que asustaba. Repentinamente la puerta plegable del área quirúrgica se abrió y dio paso a uno de los cirujanos, quien al ubicarme en medio del grupo de personas, me llamó. Quería, obviamente, hablar conmigo. _ Argenis, ven un momento. - Y sin mediar más palabras se adentró nuevamente.           Todos me dirigieron sus miradas colmadas de dudas y de angustias. Permanecí en aquel sitio exageradamente frío, donde el médico, aún ataviado de la típica vestimenta verde, me explicó las causas del padecimiento y lo que tuvieron que hacer. Aparentemente todo había salido bien y de esa manera se los hice saber a todos. Me parecía a un ministro o algo por el estilo, ya que cuando salí del recinto, la gran multitud se dirigió hacia mí en procura de información y todos preguntaban a la vez. Se alegraron en demasía, cuando les di la información que recién había recibido del eximio cirujano. Nerio me invitó a comer algo, con suma diplomacia rechacé su generosa oferta, ya que me pareció más importante estar al lado de mi Amada en ese momento. Creo que de todos ella era la única que no se cobijaba, al igual que yo, en la supuesta intervención quirúrgica perfecta. Mi querido suegro permaneció dos días más en Terapia Intensiva. Luego pasó a una de las habitaciones de la clínica. Al cabo de una semana fue trasladado a su hogar. Todos celebraron dicho acontecimiento, ajenos a que la muerte andaba rondado y nadie la presentía. Sus hijos y doña Rebeca se turnaban para cuidarlo. Mi bebezote permanecía junto a su abuelo y lo ayudaba en todo lo que consideraba necesario. Notaba yo el desespero de mi muchacho, quien haciendo espacios en su copada agenda como galeno, pudo estar esos días con él.           Un viaje impostergable lo había mantenido alejado de la delicada situación, ya que el día cuando operaron a su abuelo, debió abordar un avión urgentemente para atender una delicada situación que se hubo presentado con un paciente al que había atendido y los familiares, creyéndolo culpable de aquel infortunio inevitable, habían iniciado un litigio en la ciudad capital, por una supuesta mala praxis. Se trató solamente de un corazón que, cansado, se hubo detenido bruscamente, a pesar de que mi hijo había agotado todos los recursos por mantenerlo palpitante. Finalmente, tras una nueva autopsia solicitada por la defensa, se determinó que la causa del fallecimiento del anciano fue un inevitable infarto al miocardio.           Nunca habré de olvidar la tarde de ese amargo día. Cuando me acerqué por última vez a mi amado suegro, este yacía en su cama, acostado sobre su lado izquierdo. Se quejaba en silencio, pero yo pude notar su angustia. Le conminé a pararse, diciéndole que tal vez unos pocos pasos podrían ayudarle. Él accedió, tratando de asirse a la vida de manera desesperada. A cada paso, sus lamentos eran emitidos a viva voz y aquellos pasos lentos resultaban cada vez más difíciles. Por fin pude llevarle a la sala, donde se sentó en la primera silla que encontró tratando de descansar un poco. Posteriormente, otros pasos dolorosos lo condujeron a otro sitio de la casa donde imploró que lo acostaran, ya que no soportaba el fuerte dolor en su abdomen. La coagulación de mi querido suegro le había jugado la maligna pasada. Un maldito coágulo se había atascado en sus intestinos y no permitía que la irrigación sanguínea completara su camino. En la noche tuvieron que trasladarlo nuevamente a la clínica.           Fue intervenido una vez más. Al abrir la cavidad abdominal de mi querido suegro, los especialistas se percataron de que la coagulación había propiciado un daño irreparable. Los intestinos habían dejado de cumplir sus funciones vitales, ya que la sangre no hubo llevado a ellos el oxígeno necesario para cumplir a cabalidad dichas funciones. Le extirparon una gran parte de esos nobles órganos. La intervención terminó con un mal pronóstico. No había mucho más que hacer. A pesar de continuar con vida, los médicos explicaron que era cuestión de horas para que se produjera su fallecimiento. La mañana del día siguiente trajo la desgraciada noticia. Quienes estábamos en la sala donde pernoctaba mi viejo después de la larga operación, fuimos testigos de su fallecimiento.  Miré tristemente cómo mi adorada esposa se quedaba sin su padre.   
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