El funeral fue una gran manifestación de pesares de toda la familia y de muchos amigos y allegados. Un incontable grupo de coronas florales coparon la funeraria. Mi querida suegra estaba deshecha por la desgracia que vivíamos todos y al lado del féretro donde reposaban los restos de mi adorado suegro, permanecía con un interminable llanto. Lo sepultaron en una tarde exageradamente cálida. Luego de ello, mi Amada quiso quedarse con su madre el resto del día. Yo me dirigí a nuestra residencia. El sueño me venció mientras recordaba a mi querido suegro.
Una brisa poderosa se dirigió hacia mí de manera grotesca e hiriente. Fue tal su intensidad, que me hizo regresar de aquel reparador descanso al que fácilmente hube llegado, después del infausto acontecimiento que vivimos con la muerte de un ser tan especial; suceso que nos dejó marcados a todos en la familia y aún más allá de ese bello vínculo. En un primer momento no me percaté en donde estaba, ni supe ubicarme en el tiempo. La oscuridad era la dueña de todo aquello, pero más superior resultaba aquel aturdimiento, que se aferraba a mí como quien se sujeta a una presa fácil. Su tamaño era colosal, descargaba hacia mis sentidos, un torrencial de dudas y de misterios, los cuales anidaban ferozmente en mi mente, tratando de que el olvido se posara tal vez para siempre.
Las cuatro décadas que en ese momento gritaban su aferro a un retorno, carecían de sentido en aquel olvido del que yo era víctima. Me arropaba el desespero por querer atraer hacia mí, la luz de un recuerdo que pudiera ubicarme en aquella nada que se apoderaba de mí ser por completo. Los látigos de la desesperación me azotaban sin piedad alguna. No sabía de mí, de algún espacio ni del tiempo que transcurría sin cesar. Miraba sin poder ver, tocaba sin poder palpar y nada que tuviera relación con mi vida, llegaba para quedarse. Me ubiqué en la oscuridad de un rincón del ayer que se había apoderado férreamente de mí. Aquella penumbra me aterraba. No sabía por qué la relacionaba con algún pasado, pero me atrapaban cruelmente esas sombras, aquella densa lobreguez que procuraba ese enorme sufrimiento que ya se apoderaba de mi vida.
La situación se tornó confusa en extremo. El gran vacío existencial lo colmaba todo y parecía insatisfecho. La brisa quería ensañarse más conmigo y golpeaba mi rostro sin ningún dejo de misericordia. Mi desespero no hacía reparo en nada y hasta ese momento, pude escuchar algo. Se trataba de un sonido débil que poco a poco crecía y se hacía sentir. La debilidad de la luz de alguna lámpara distante se presentó por fin ante mí, para separarme de aquella funesta oscuridad que quería hacerme daño y que lo estaba logrando sin detenerse a mirar sus consecuencias. Comenzó a dibujarse una luz en mi camino, pero al poco tiempo desaparecía, para dar paso nuevamente a la oscuridad, esa vez, con mucha más fuerza. La brisa se propuso, en connivencia con aquella espeluznante lobreguez y bordeando a una soledad indescifrable; a atacarme como si algo grave hubiese yo hecho. Decidido, quise enfrentar aquella realidad en la que estaba sumergido.
Permanecí estático, haciendo solo los movimientos estrictamente necesarios, esperando que la claridad del nuevo día llegara, para rescatarme de los tenebrosos tentáculos de aquella detestable oscuridad, que me oprimían sin compasión alguna, queriendo verme sufrir. Los minutos transcurrían con desgano y sin mucha prisa. Al mirar aquella oscuridad profusa, mis ojos se cerraron nuevamente, tratando de no darle oportunidad al miedo de torturarme. Sentí que mi vejiga urinaria no podía contener nada más en su interior. Eral tal la intensidad de mi reflejo de micción, que me daba la impresión de que aquel receptáculo natural quería explotar de lo colmado que estaba. Por fortuna, cuando ya no soportaba más aquella pendenciera situación, comenzaron a aparecer los primeros indicios de una mañana, que parecía llegar para salvarme la vida.
Escuché pasos andantes. Eran pasos que caminaban presurosos, lo acusaba el sonido que propiciaban, ya que denotaban una presteza que estaba riñendo con el tiempo bendito. Abrí nuevamente los ojos y me percaté, lleno de emoción, que estaba muy claro, que la mañana había hecho acto de presencia; que había llegado la alborada a esa parte del mundo, solo que sin un bendito recuerdo de mi existencia, que me hiciera sentir vivo.
De todos modos, me sentí alegre, me sentí maravillado de cómo la preciosidad de la llegada de un nuevo día, era capaz de erradicar por completo al espantoso espectro de una oscuridad espantosa y demasiado solitaria, que, para resultar más funesta, se arropaba en el olvido. Se mezclaban siniestramente en mí, la emoción vivida y el temor a lo desconocido, ambos aunados al miedo de no sentirme presente; aunque mi cuerpo denotara una existencia. Los pasos cercanos se hacían cada vez más intensos, por lo que, decidido, quise cerciorarme de quién era el dueño de esos pasos ágiles, de esos pasos que, de seguro, buscaban vencer al tiempo.
Me resultó muy difícil incorporarme de mi morada, creyéndome en una cama o algo semejante. Sentí perder el equilibrio, ya que lo que albergaba a mi humanidad era una hamaca y esta estaba colgada muy lejos del piso, por lo que me fue imposible tocar al mismo con mis pies. Un particular aroma me llamó poderosamente la atención. De manera instintiva miré a mi alrededor para descubrir su origen, siendo en vano mi esfuerzo. Al tratar de liberarme de mi refugio, sentí una horrible cefalea que hasta ese momento no había sentido y que se agudizaba con mis movimientos, tal vez por lo quieto que había estado. Proferí un leve quejido y tan pronto lo hice, denote un sabor extraño en mi boca y un olor muy particular. Los pasos se acercaban, los percibí muy cerca de mi regazo. Los mismos parecían llevar consigo aquel aroma que me llamaba poderosamente la atención y que presagiaba ser la conexión de mi cuerpo con mis recuerdos.
_ Buenos días yeeeeeeerno, tremenda peeeeeea. ¿Cómo amaneció el ratooooón?
Sentí que alguien se posaba justo a mi lado. Aquella voz me hizo recordar a alguien, que en ese momento no determiné quien era. Cuando la persona que me había hablado se paró frente a mí, los latidos de mi corazón aumentaron notoriamente. No supe explicarme en ese momento por qué sentía aquello, ¿Por qué esa voz y ese aroma me alteraban de esa extraña manera? Se trató de una voz muy suave, tímida, sutil, que al ser expelida; dejaba alargada la última frase de una expresión como para afianzarla, para hacerla sentir y añadirla a la benignidad de aquellos recuerdos que se acercaban sin dificultades, cuando los demás se resistían a llegar. Estaba parado justamente tan cerca de mí, un amable caballero de menuda estatura, entrado ya en años, con el pelo ralo completamente blanco, que llevaba en su mano izquierda; una inmensa botella de cerveza, que por su apariencia se notaba bien helada.
_Échese una pueeeees, para que se empareeeeeje. - Decía dirigiéndose a mí e incitándome a continuar libando aguardiente, como lo habíamos hecho hasta muy avanzada la madrugada, según me comentó en ese preciso instante. Haciendo un extraordinario esfuerzo, me apeé del chinchorro y le tomé la palabra de inmediato, no sin antes, vaciar mi vejiga con una orinada de padre y señor nuestro.
Supe después, que la noche anterior habíamos pernoctado en casa de la familia de mi Amada, debido a que mi querido viejo y yo nos habíamos propuesto libar todo el licor que nos fuese posible, mientras hablábamos de todo cuanto se nos ocurriera. Mi confusión quedó momentáneamente a un lado, ya que en ese momento, la detestable sequedad de mi garganta era sustituida por el aliciente de aquella fría bebida que hacía retornar el alma a mi cuerpo. Miré a don Juan Pedro y su mirada escrutadora me transportó a un lugar de mi vida que me habría de ofuscar por siempre. Nos sentamos frente a frente en la sala de aquella inmensa casa y nos tomamos nuestras bebidas de un solo trago, muy largo, como haciendo una competencia. Nuestros asientos quedaban muy cercanos, esa cercanía propiciaba un encuentro tierno. Su colonia se apoderó de mis sentidos y fue en ese preciso instante, cuando una llamarada de unos recuerdos dejó caer sobre mí, la bendición del retorno a ese presente al cual había sido transportado en mi regreso a la vida.
Estaba frente a un noble caballero que supo darme en la vida, verdaderas lecciones de entereza, dada su firme actitud de buen ciudadano. Un hombre que supo ganarse mi admiración y respeto, que me había tratado como a un hijo. Cerré mis ojos un instante, que bastó para mirar a un cuerpo inerte, alejado de la magia de la vida, en un ambiente colmado de dolor. Lo primero que hubo llegado a mí en ese instante inmenso, fue el recuerdo despreciable de la muerte de mi querido suegro, quien en esa nueva jugarreta del retorno a mis pasos andados, se presentaba como nunca lo había hecho, con un admirable amor que solo pueden tenerse padres e hijos.
Lo último que recordaba de esa extrañeza que se llamaba mi vida, era la magna tristeza que nos hubo empapado a todos en la familia, con aquel terrible sufrimiento que envolvió a don Juan Pedro en los últimos momentos de su vida. Nuestra impotencia para ayudarlo a superar los rigores de la abrupta enfermedad, nos hizo sentir peor aún. Pero en ese momento bendito, mi adorado viejo estaba allí, tan cerca de mí que no pude evitar envolverlo en un inmortal abrazo, el cual delataba mi insuperable alegría al sentir su piel, oler su fragancia y palpar su prodigiosa vida.
Mi querido suegro, ajeno a lo que en mí estaba sucediendo, me miró con verdadera extrañeza. Siendo él un hombre muy estricto y algo apartado de las bromas, no supo que hacer frente a la embestida de aquel abrazo inesperado y violento a la vez. Acaricié su rostro colmado de arrugas y besé su frente con un fantástico sentimiento arrullador. Quise sentir la tibieza de su cuerpo, la extrema suavidad de sus manos que tantas cosas habían aportado a la vida y, al hacerlo, me sentí muy afortunado. Para mí, en ese instante de mi vida no existía más fortuna que poder mirar y admirar la silueta de mi adorado suegro, cubierto de vida y de gloria. En el ambiente de aquella sorpresiva mañana, se dejó escapar un grito que me hizo retornar a la realidad. Recordé igualmente que ese retorno a la vida era únicamente mío y existían hechos y situaciones que probablemente no tenían explicaciones para el resto de los mortales, como por ejemplo, aquel abrazo inesperado y prolongadamente dudoso.
_ ¡Zape gaaaaato! Pá pendejo búuuuusquenlo. - Gritó mi adorado viejo, tratando de librarse de aquel abrazo comprometedor.
El estruendo de ese comentario muy suyo, denotaba la sorpresa que sintió mi viejo en ese momento que quedó atrapado en mi conciencia para siempre. Estoy seguro que, de no ser por un suceso que en un principio me causó una sorprendente alegría y posteriormente una honda tristeza, aún estuviese hoy día abrazado a mi inolvidable suegro. Descubrí en el ambiente, unas voces que se acercaban. De ellas, pude distinguir especialmente y con una claridad impresionante, a la voz que nunca se habría de apartar de mi lado.
Era la voz de mi vida, era la voz de mi Amada. Se presentaba mi adorada esposa ya ante mis ojos. Junto a ella, dos mujeres, una, cubierta ya de varios años y sosteniendo un bastón de tres pies y la otra, muy parecida a mi adorada; me miraban sin exteriorizar palabra alguna. El silencio se hizo presente en ellas, tan pronto se hubieron percatado de mi presencia. Miraban atónitas, cómo me aferraba a mi suegro y cómo él hacia un esfuerzo sorprendente para separarse de mi fuerte abrazo. Recapacité prontamente y me separé de él. Tan pronto deshice aquel animoso apretón, mi viejo se retiró de mí con pasos gigantescos y con una cara de pocos amigos.
_ Tan viejo y tan maricooooón. - Decía, mientras se adentraba en una recamara que estaba justo a su lado. El silencio se apoderó de todo y nadie se apresuró a romperlo, siquiera yo que, atónito aún, miraba a las tres damas sin comprender lo que sucedía, ni ubicarme del todo, en un presente que se acababa de apoderar de mi vida. El haz de luz de la realidad me cubrió por completo y comprendí entonces, que era un presente, que era la parte de mi vida a la cual mi retorno me había llevado; pero no sabía con exactitud, a que etapa de mis pasos andados había ido a parar esa vez. No reconocía nada ni a nadie, salvo a mi querido suegro, al que un suceso reciente para mí, pero que distaba un año en el tiempo, había hecho que llegara a mi mente aturdida y ajena a una realidad y a mi adorada esposa, que era inmune a ese olvido con maestría que siempre que me presentaba a alguna etapa de mi vida, se apoderaba de mi mente y de mi vida por completo.
Mi Amada quiso tomar la palabra mientras caminaba en pos de mí, justo cuando estaba a escasos metros de donde yo me encontraba. Noté que no encontraba en su léxico, las palabras suficientes para declararme algo, que sus miradas ya se prestaban a anunciar. El nerviosismo me cubrió por completo, se notaba en una profusa sudoración fría que empapaba toda mi piel, en especial la de mis manos. El presente se adueñaba cada vez más de mí y mis recuerdos iban llegando lentamente. Me apoyé en sus miradas y en aquel silencio que me lo decía todo. No pude evitar sentir miedo por lo que su silencio me gritaba.
Pude recordar en ese instante, la peculiar manera de mi adorada esposa de hacerme llegar las noticias. Cuando de algo bello se trataba, desesperaba por decírmelo todo, tanto así, que las palabras de agolpaban en su boca y no se entendían; porque llegaban entremezcladas a mis oídos. Pero cuando se trataba de algo nefasto, era otro su proceder, las palabras se negaban a hacerse presentes y era precisamente en un silencio atroz como aquel, en lo que se transformaban. Era por ello que el miedo pronto se apersonaba y se adentraba en mí, hasta llegar a lo más íntimo de mi existencia.
Era una asombrosa mezcla de esa sensación de sentirme extraviado en un presente que no terminaba de llegar y aquel miedo que se presentaba en el extraordinario silencio de mi Amada. No soportando más aquella situación, le rogué que me dijera de una vez por todas, lo que su raciocinio se negaba a decir. Mi Amada me abrazó como siempre lo hacía. Eso llegó a mí en ese instante. Era la magia que sus brazos lograban, cada vez que me rodeaban para demostrarme la fuerza de su amor y el afán de evitarme el menor sufrimiento; pero como este no siempre es evitable, como lo era en ese momento, su impotencia se convertía en un letargo, en el desgano de decirme lo trágico, lo triste; lo que podía denotar en sus tristes miradas y en la opacidad de sus gestos.
_ Por favor Amada, dime ya que es lo que te pasa, que es lo que quieres decirme. No te quedes así, como cuando me quieres decir algo malo. - Le imploraba, toda vez que me separaba de sus brazos que no querían dejar de asirme. En ese momento, mi querido viejo retornó al escenario que hacía unos instantes apenas, había sido testigo de mi intensa emoción, al verlo colmado de una vida que nunca debió haberlo abandonado. El anciano caballero conocía mucho a su hija y sabía que de algo grave se trataba, a juzgar por la potencia de aquel silencio que ya por sí, estaba diciendo mil cosas.
_ ¿Qué pasa miiiiija?, dígale ya lo que tiene que deciiiiirle. Mire que este hombre está muy asustaaaaado.
_ Mi amor, tu papá tiene toda la razón. ¿No te das cuenta acaso que la angustia me está matando?- Agregué, tratando que de una buena vez me dijese lo que me tenía que decir.
Mi Amada se encerraba cada vez más en su mutismo, mientras mi miedo se acrecentaba, hasta convertirse en una estela de terror que amenazaba con desmoronar la paciencia que hasta ese momento me hubo acompañado. Corrí hasta la anciana dama, tratando de que ella hiciera lo que mi Amada no podía. Ella me abrazó de manera tal, que me sentí como en los tibios brazos de mi madre que en ese momento llegaba a mis recuerdos y, refugiado en esa calidez, pude escuchar lo que me provocó uno de los dolores más grandes de mi vida.
_ Hijo, me apena ser yo quien te de esta noticia. Llamaron por teléfono para decirnos que a tu papá le dio algo, parece que fue un infarto y desgraciadamente murió. Hijo lo sentimos mucho.
El silencio nuevamente se apoderó de todo. Mi incredulidad ante la dureza de aquella dolorosa noticia, no me permitió reaccionar al momento. Ya los ojos de las mujeres se cubrían de lágrimas. Fue mi amado suegro quien aportó el primer indicio de presencia, al cubrirme entonces él con sus brazos, tal como lo había hecho yo hacía apenas unos minutos. Fue esa su manera de darme un sincero gesto de condolencia.
_ Vengase mi muchaaaacho, que aquí tiene a su otro papá... Mi sentido pésame…, Cómo se hace hiiiiijo? Todos somos hijos de la vida y de la mueeeeerte.
En ese momento no dije nada, no podía hacerlo. Nunca pude, al igual que ahora y estoy muy seguro que por siempre, expresar con palabras o letras, lo que en ese instante sentí. Me cubrió por completo un recuerdo que habrá de permanecer por siempre a mi lado. Recordé la imagen de mi papá, de paíto como siempre le dije. Por la experiencia vivida en el momento desde donde mi retorno me hubo trasladado, pensé que había retornado a ese presente, solo para recuperar la vida y la imagen de mi querido suegro; pero descubrí amargamente, que el destino de mi llegada era otro no tan dulce. Mi arribo era para presenciar nuevamente, la muerte de un señor que supo ser todo para mí.
Fue entonces en ese trágico momento, cuando todo él se hacia presente en mi mente para recordar su vida. Apareció en mis recuerdos, la imagen de un gran hombre, de Américo Losada, del padre de mi corazón. Allí estaba paíto, aquel hombre que alcanzó casi dos metros de estatura, de piel enormemente blanca y de cabellos grisáceos, que había conformado un admirable hogar, de donde surgieron los tres hijos de su alma. Instintivamente me orienté hacia una silla y, lentamente, me senté. Comencé a palpar los recuerdos que nítidamente llegaban a mí, para demostrarme que en verdad, era ese el presente hasta donde había llegado.
Me visualicé siendo un niño de pocos años. A mi lado, otro chicuelo, un poco más grande se presentaba, era Marcos; mi hermano mayor y, bien chiquitita, Eufemia pernoctaba en una cuna portátil que había sido trasladada al exterior de una casa muy chica; pero que estaba colmada de una gran unión familiar y de un eterno amor. Mis padres siempre habían permanecido muy juntitos cada vez que podían estarlo. Nunca los escuché reñir, por lo menos, no lo hacían delante de nosotros. No llegó a mi mente, el sitio exacto donde se ubicaba aquella casa risueña, ni nada de lo que estaba alrededor de ella; solo nos presentábamos nosotros.
Únicamente llegaba a mis recuerdos, la primorosa familia que deliciosamente formábamos. Era delicioso, poder admirar aquel estupendo cuadro que se albergaba en mi aturdida razón. En ese momento nada más existía para mí. No escuchaba ni miraba nada más, era solo mi familia la que estaba presente, era eso y un extenso sufrimiento que se apoderaba de mí. Como siempre, cerré mis ojos en busca de un refugio y lo logré. Logré refugiarme en una soledad que ese hecho propiciaba, al igual que lo hubo propiciado el pecho de mi paíto cuando, de niño, lleno de mis injustificados temores nocturnos; buscaba en él, el valor que yo no sentía.
Miraba en mis recuerdos, al igual que si lo hiciera por una inmensa ventana. Miraba a su través, toda una vida que se presentaba, para formar parte de unos sucesos que eran ansiados y que se agolpaban todos por llegar a mí. Fue en ese instante, cuando una realidad presente, hizo que se desvaneciera todo lo que llegaba. Dios mío, no había medido la exacta magnitud de la gravedad de aquella fatal noticia, que hubo anunciado el fallecimiento de mi padre. No me había percatado de algo muy importante, de alguien que debería estar sufriendo mucho más que yo.
Era la imagen de mi madre que se presentaba, para hacerme recordar que en ese momento existía, que estaba junto al hombre que acababa de fallecer y con quien hizo crecer un infinito sentimiento, un amor grande e intenso. Cómo debería estar sufriendo aquella dama dueña de mis días. No logro entender aún, en este sitio y en este momento indeterminado hasta donde he venido a parar, cómo desde un primer instante no pensé en ella. La pude divisar entonces, colmados sus ojos de mil lágrimas que luego caían sobre el exánime cuerpo del hombre de su vida, de aquel caballero que la hubo conquistado desde un principio y para siempre. Él mismo me lo había confesado en una de nuestras innumerables conversaciones. Desde el primer día que la vio, le gustó como nunca le había gustado mujer alguna. Lo mismo me decía ella tímidamente, cuando le tocaba el tema. Fue ese instante, testigo de la presencia de un recuerdo inmortal.
En ese instante, llego una ráfaga de recuerdos a mi mente. Entre ellos, destacó uno de mis escritos. Fue algo que yo hube escrito en algún momento de gloria, sobre la relación de mis padres; algo relacionado con el inicio de su gran amor. Mentalmente lo leí, mi imaginación me regaló esa dicha inmortal. Cuando terminé de releer en mi mente aquella maravilla que denotaba el inicio de ese amor inmortal, me ubiqué en el cruel presente donde ese cruel momento estaba presente. Me puse de pie y mi amado suegro me regaló otro bello abrazo. Mi Amada se refugió en los brazos de su madre, mientras mi cuñada nos miraba tristemente. Sentí la fuerza de un corazón que cabalgaba libremente, tal como lo hace un elegante corcel por la inmensa llanura. La respiración de mi viejo denotaba una presencia bendita y aquel aroma suyo muy característico, me acariciaba enormemente.
_ Tenga mucha conformidad miiiiiijo. -Me decía, a la vez que acariciaba mis cabellos con su suave mano. Fue en ese instante, cuando mi llanto se exteriorizó, llanto que en ese momento se hizo presente en todos, ya que paíto era muy apreciado por toda la familia. - Caramba se nos fue el viejiiiiiiiiiito. ¡Qué contrariedad caraaaaajo!
Mi amada se separó de los brazos de su madre, casi al mismo tiempo cuando lo hice yo de los brazos de su padre. Ambos quisimos refugiarnos en uno de nuestros abrazos. No soporté un instante más lejos de ella. Necesité más que nunca de ella. Era que sus brazos y toda su vida, significaban mi sagrado refugio. Fue un abrazo que nacía para anunciar un apoyo incuestionable, un apoyo que urgía como nunca y que solo ella me podía ofrecer. Lloré como un niño acurrucado en sus brazos de suavidad suprema. Se presentó entonces un gran vacío en el tiempo y en el espacio. Aún no sé si fue que perdí el conocimiento o fue voluntariamente, pero lo cierto fue que de ese instante en casa de mis suegros, no recordé nunca nada más.
Cuando se presentó otro instante de ese presente desgraciado, estaba llegando yo a una inmensa casa en las afueras de una gran ciudad. Permanecía mucha gente en el exterior de la gran residencia, la mayoría de los cuales estaban sentados en unas sillas blanquísimas que estaban colocadas por doquier. Un pequeño grupo estaba de pie en un rincón muy apartado de la residencia. De pronto, cuando abrí mis ojos, no supe nada de mí ni de donde estaba; pero de inmediato todo de vislumbró en mi conciencia. Eduardo conducía un enorme automóvil colmado de actualidad. Tras nosotros, doña Rebeca, don Juan Pedro y mi Amada, permanecían refugiados en un profundo silencio.
Tan pronto llegamos a la casa de mis padres, descendí lentamente del vehículo. Lo hice tan despacio, que pareció que en vez de cincuenta y dos años, eran ochenta o tal vez más los que ostentaba. Todos querían llegar rápido a la casa, excepto yo, que en ese momento hubiese dado mi vida y hasta más, con tal de evitar presenciar esa realidad terrible que se presentaba ante mis ojos. Mi Amada, por mi derecha y mi suegra, por el otro extremo, acompañaron mis pasos temerosos hasta el interior de la casa, la cual albergaba el cuerpo sin vida de paíto y donde se estaba llevando a cabo su velatorio. Era ya de noche.
Cuando estaba ya dentro de aquella hermosa casa, se apoderó ella entonces de mi mente. Me gritaba que era también mi casa, que en su interior, los más bellos momentos de mi niñez y de mis primeros pasos de la madurez, estaban presentes para siempre. En verdad, en ese instante pude reconocer la casa de mis padres, extraordinariamente muy cambiada, comparada con la que antes había llegado a mi memoria. Había sido ese hogar, presa de varias restauraciones con el transcurrir de los años. Mi padre siempre fue muy dado a invertirle dinero a la casa de su familia. Había sacado adelante, con mucho sacrificio, lo que siempre fue su gran orgullo, la morada de su gran familia. Recuerdo lo que me dijo cuando faltaba apenas una semana para mi boda: “Hijo, aunque estés ya casado, recuerda que esta es y será siempre tu casa. Las puertas siempre estarán abiertas para ustedes. Que Dios me los bendiga. "
Pareciera estar escuchándolo en este instante. No puedo evitar que mis ojos se nublen, ante la presencia de ese triste recuerdo. Justo antes de entrar a la casa, un destello de luz llegó a mi mente. El resplandor de mi pasado dejó entrever un rostro en ese momento. El General estaba justo cerca de la puerta, por lo que, al traspasarla, fue la primera persona que pude divisar en medio de aquella multitud que colmaba nuestra casa, como siempre le dijimos Marcos, Eufemia y yo a la residencia de nuestros padres. Fue su rostro lo que se hubo presentado en mi aturdido cerebro, unos segundos antes de entrar.
No pudo ser de otra manera. De ese modo, aquel misterio crecía enormemente. Reconocí a mi hermano de inmediato. Al verme, Marcos se abalanzó hacia mí con crecido llanto. Nos fundimos en un abrazo que contenía un sufrimiento único. Ambos, lloramos nuestra desgracia de ese modo, abrazados como cuando éramos niños y en aquellas reconfortantes muestras de afecto, nos dábamos valor mutuamente. Las demás personas hicieron un silencio sepulcral cuando presenciaron aquel abrazo, el cual contenía un mismo dolor, intenso y que quemaba por igual a los hermanos que; de tanto parecerse, se confundían ante los ojos de los allí presentes que miraban incrédulos.
Cuando me separé de los brazos de mi querido hermano, traté de divisar en la cercanía o en la distancia, a algún rostro que me resultara familiar, sin éxito. No pude visualizar a mi madre ni a Eufemia por ningún sitio. Fue ese momento, protagonista de otro gran temor que se anidaba en mi ya desbaratada alma. ¿Sería acaso que ya ellas no estaban físicamente en ese presente, al igual que dejaba de estarlo mi padre? No quise preguntar, dejé a las sorpresas del tiempo, las respuestas necesarias a mis interrogantes. Marcos y yo nos dirigimos al ataúd que guardaba los restos de paíto y cuando estábamos ya muy cerca de él, el General me permitió mirar de primero.
Allí estaba mi viejo, mi Paíto, el adorable autor de mis días, ya vacío de vida. Estaba como dormido, estaba como feliz, estaba colmado del bienestar que solo se logra, cuando se llevan a cabo las metas. Él se había marchado, seguro de que las había logrado. A sus ochenta y ocho años, el viejo Américo se había despedido de este mundo de mortales, sintiendo que había logrado muchas metas para su familia y, por supuesto, para él mismo. Estaba seguro paíto, de que había sabido inspirar muchos valores a sus hijos y que estos, serían transmitidos a muchas generaciones en el tiempo eterno.