Estaba mi padre trajeado como siempre le gustó estarlo. La elegancia siempre fue su fuerte y, aún más allá de las fronteras de la vida, paíto hubo vestido un elegante traje, el mejor de los que había usado en su larga vida. Era de una tela bella, azul intenso, que había sido su color favorito. Una blanca camisa hizo el centro de aquella perfecta forma de vestir. La corbata era otra divinidad y un nudo que él mismo hubo realizado, le había puesto un toque de encanto. Lucía tan bello mi padre, aún dentro de ese suntuoso ataúd que lo habría de albergar por mucho tiempo. Me retiré cuando lo hube mirado lo suficiente, luego, quise buscar a maíta y a Eufemia.
Triste me sentí, cuando Marcos me habló de ellas en pasado, un pasado que para mí sería mi futuro. Ellas ya no existían físicamente, se habían marchado al encuentro con nuestro padre celestial. No le había preguntado por ellas, él me lo hizo saber cuándo expresó algo que me colmó de más tristeza aún. Me llenaba de melancolía, al presentir que algún día tendría que presenciar esos dos terribles episodios de nuestras vidas nuevamente, de manera inevitable. Lo que escuché de mi hermano, me quitó algún indicio de ganas de continuar la vida, en ese retorno que me estaba retornando a los momentos más terribles de mi vida.
_ Debe estar paíto al lado de mamá y de Eufemia, en los brazos de Dios.
Por primera vez desde que retorné a mi vida, en esa muy particular forma de vivir en reversa y, debido a que fueron muchas realidades tristes las que en ese presente habían llegado a mí, quise renunciar a ese instante de mi retorno. Aunque fuese muy doloroso el asunto que se presentara, lo habría de revivir por completo, pero en ese instante, no consideré que tenía las fuerzas suficientes y quise marcharme a otro momento de mi vida de inmediato; tal vez en otra época, podría encontrar un poco de alivio a mi alma herida.
Quise escapar del mustio momento de un sepelio que me desbarataría mucho más de lo que ya estaba. Por ello, hablé con Marcos y le hice saber que me sentía muy mal, tanto espiritual como físicamente. De inmediato, mi querido hermano me sugirió que descansara un poco. Accedí gustoso. Me trasladó a la recamara que había sido de nuestros padres y me acosté en aquella cama de mis recuerdos. Realmente, no me sentí con el valor suficiente para enfrentar aquel trágico momento. Fue una bendición, el haber podido evadir una realidad con tan solo quedarme dormido. El sueño llegó a mí, casi de inmediato. Mientras me quedaba dormido, el afable rostro de paíto me regalaba una enorme sonrisa empapada de su gran amor.
Escuché el sonido armonioso de una linda melodía que se hacía sentir cerca de mí. Fue una preciosa forma de despertarme. El ambiente estaba cargado de un aire frío, pero yo me guarecía de él, envuelto en una gruesa cobija, por lo que solo lo sentía en mi rostro. Era incesante aquel sonido, que a cada segundo llegaba con más intensidad. Pronto dejó de escucharse aquella fantástica melodía y de inmediato, un televisor comenzó a ofrecer un noticiero, pero como estaba a tan bajo volumen, no podía escuchar muy bien de qué noticias se trataba. En un recuadro muy pequeño, situado en la parte inferior derecha, se dejaba ver una joven bellísima, haciendo señas como si fuese sordomuda. Le resté importancia al asunto y comencé a explorar con mi mirada, aquel sitio agradable donde me encontraba. Me refugié mucho más en aquella acariciante tela afelpada, ya que era extraordinariamente suave y despedía un aroma magnífico.
Pasados algunos minutos, la misma música de antes se dejó sentir nuevamente. Debido a la claridad que ofrecía el aparato de televisión encendido, pude descubrir el origen de aquella agradable melodía, que ya se estaba transformando en todo lo contrario. Era un pequeño aparato que se encontraba ubicado en una mesita de noche que estaba a mi izquierda. Lo así e instintivamente apreté con mi pulgar derecho una de sus teclas, lo cual hizo desaparecer inmediatamente aquel sonido incesante, que ya me estaba aturdiendo. Cerca del teléfono celular, el cual procedí a colocar nuevamente en su puesto, se encontraba otro aparato que también tomé en mis manos. Con él aumenté el volumen al televisor y comencé a escuchar a una dama y a un caballero, quienes hacían destacar unas noticias variadas, mientras la bella mujer en el recuadro utilizaba un lenguaje inclusivo.
Me entretuve escuchando a la pareja de periodistas durante algunos minutos. Frente a la cama se ubicaba una puerta de madera muy pulida, la cual en ese instante se abría para dar paso a una mujer que, envuelta en una bata de baño, caminaba en dirección a mí, mientras secaba sus cabellos con un paño de tul ligero. Sentí de inmediato una pesadez en mi cabeza, como si una tonelada de malestar se hubiese posado sobre ella. La dama en cuestión me miró levemente y, de seguido, se sentó en la cama mientras mirándose al espejo, peinaba sus cabellos humedecidos.
_ Argenis mi amor, acaso no piensas pararte. Mira que se te hace tarde y tienes que estar en el hospital antes de las siete.
Hablaba sin mirarme, mientras continuaba peinando sus cabellos que ya se notaban artísticamente arreglados. Miré mi reloj de pulsera y comprobé que eran ya más de las seis. Me puse de pie y sentí mucho frío, igualmente aprecié que mi vejiga urinaria estaba urgida. Caminé en silencio hasta el mismo sitio de donde ella había salido y, al cruzar dicha puerta de fina y pulida madera, quedé instalado dentro de una sala de baño cálida, que contrastaba con la alcoba; cuyo intenso frío lo envolvía todo. Lo primero que noté al entrar, después de que hube vaciado mi vejiga urinaria, fue un reluciente espejo que estaba ubicado justo frente a mí.
Miré en él a mi rostro atontado por la modorra que aún conservaba, por lo que, sin dudarlo siquiera, me introduje a la ducha, que de inmediato me cubrió con la magia que producía aquel torrente tibio que me regaló una magnifica caricia matutina. Mis recuerdos se acercaron despacio para orientarme un poco. Me aferré a ellos. Miré mis manos y recordé que ellas coadyuvaban en la delicada labor de salvar vidas. Supe que ejercía una loable profesión y que esa mañana tenía que ir trabajar.
Me apoyé de una de las paredes que estaban vestidas con unos azulejos delicados, mientras permitía que el agua me despertara por completo, toda vez que continuaban llegando mis recuerdos para ubicarme en una realidad. Cuando hube sentido que ya había dejado caer sobre mi cuerpo suficiente agua, palpé que estaba completamente despierto; pero me encontré atrapado en la desgarradora presencia de la incertidumbre de no saber a qué instante de mi vida había retornado. Sabía ya quien era y cuál era mi misión en la vida, sin embargo, ignoraba alguna fecha que pudiera ubicarme en el tiempo. Como un autómata, cerré la ducha y sequé el exceso de agua de mi piel, posteriormente me coloqué nuevamente frente al espejo e hice mi aseo bucal, para luego salir de allí con la toalla alrededor de mi cintura, cubriendo mi pudor de esa forma.
Ya en la alcoba, el aire acondicionado había sido desconectado, pero aún así, sentí aquel intenso frío en mi piel recién mojada. Muy cerca de la puerta, se encontraba mi Amada, esperando que yo saliera. En sus manos, una taza de la que manaba un aroma perfecto, humeaba traviesa. Me acerqué a aquella mujer que olía a gloria y nos besamos golosos. Mi Amada trataba de mantener en sus manos, la taza contentiva del café caliente, mientras compartíamos aquella pícara caricia. Bebí la infusión despacio, mientras caminaba hacia un sitio específico de la habitación. Tomé automáticamente del armario, un traje blanco que reposaba en lo que parecía ser una colección de ese color, aunque de modelos distintos. No elegí, solo agarré uno y ya. Al poco rato, estaba completamente vestido de blanco con unos zapatos del mismo color. Coloqué el teléfono celular en mi cinto y salí de aquella alcoba que me hubo regalado un espectacular refugio durante toda una noche.
En la sala, un joven esperaba impaciente, a juzgar por la cara de pocos amigos que le delataba. Cuando me observó, me dirigió una mirada colmada de reproches, pero no expresó palabra alguna. Se paró de inmediato y salió de la casa antes que yo. Amada nos acompañó hasta la puerta, desde donde nos dirigió sus miradas agradables. Siguiendo a un misterioso impulso, subí a un automóvil encantador que estaba en el garaje, mientras que el joven abría el portón. Estando ya instalado en el lado del copiloto, contemplé al muchacho quien procedió a manejar en reversa hasta dejar el vehículo en medio de la vía, luego procedió a cerrar el portón. Corrió levemente para ubicarse nuevamente tras el volante y arrancó, dejando una desagradable estridencia en el ambiente.
Misteriosamente pude comprobar que, aunque mi mente estaba perdida en el tiempo y en el espacio, mi cuerpo obedecía automáticamente a mis impulsos. Me di cuenta que el joven que manejaba el automóvil era mi hijo Eduardo, quien en silencio, me miraba de soslayo con una mirada indagadora. No supe que hacer, más que quedarme callado para evitar decir tal vez algo indebido, de lo cual pudiera arrepentirme luego. Pasados unos cuantos minutos llegamos a un hospital. Era ese el sitio de mis quehaceres profesionales. Eduardo detuvo el auto justo frente a la entrada del área de emergencia. Descendí de nuestro vehículo, no sin antes besar a mi bebezote, a la vez que le daba la bendición.
_ Papá, vengo por ti a la una. Me esperas, no te vayas a ir si no llegó a la una en punto. Me esperas, que sin falta, éste servidor te vendrá a buscar. - Y sin darme tiempo a que dijese algo, agregó. - Mira que yo te conozco. Acto seguido se marchó, lentamente primero, colocando la reversa y, cuando estaba seguro de que no había niños cerca, arrancó repitiendo aquel horrible chirrido que hacen los autos, cuando se abusa de ellos.
Eran las siete y cinco minutos. Me quedé un buen rato parado en medio de aquel sitio donde me hubo dejado Eduardo segundos antes. Era una situación demasiado confusa. Sabía claramente lo que me estaba sucediendo, pero no recordaba nada de lo que hubo antecedido a aquel momento. Decidí colocarme en medio de aquel río de sucesos que de seguro llegarían sin demora, puesto que así lo habían hecho con anterioridad; para dejarme arrastrar por su corriente benévola. Pude entonces respirar tranquilo, ya que, a sabiendas de que no conocía lo que habría de llegar, no podía cambiar ni alterar ningunos de esos acontecimientos; de lo contrario hubiese sido una total desgracia. Miré el calendario de mi teléfono móvil. También hurgué en mi billetera, de donde extraje mi documento de identidad. Eso bastó para enterarme de mi edad. Tenía en ese entonces solo cuarenta y ocho años.
Caminé hacia la puerta de la emergencia, a cual estaba custodiada por un gendarme. Cuando este me vio, la abrió de inmediato a la vez que me ofrecía su mano en son de saludo.
_ Buenos días licenciado. Qué raro que llega usted unos minutos retardado.
_ Buenos días García. No me lo va a creer, me quedé dormido.
_ Eso no se lo cree ni usted mismo.
Pasé de inmediato a la sala de emergencia y observación, de la cual era yo coordinador. Todos me saludaron con cariño y respeto. El colaborador Amilcar, sonrió de inmediato apenas me miró.
_ Qué raro que estés llegando tarde Argenis.
_ Es que me quedé dormido.
_ No me hagas reír.
No me detuve a conversar con aquellas personas, puesto que en mi confusión, no sabía entonces quienes eran, ni qué tema podría tratar con ellos, más que responder a sus saludos. Poco a poco llegaría la luz nuevamente a mi entendimiento para adéntrame a ese presente, pensé. Mientras tanto, me dejé llevar por la inercia de la espontaneidad. Y no me equivoqué, mientras caminaba por un largo pasillo, sucedió lo que estaba esperando. Fue como si una bombilla se hubiese encendido en mi mente. Llegó a mí, aquella realidad para evitar que me volviera loco. Me instalé en la oficina. De inmediato una de las enfermeras de guardia, tras saludarme, me entregó una larga lista contentiva del material requerido con extrema urgencia. Hice la respectiva solicitud y le pedí a Amilcar que la llevara a la Administración del hospital para su verificación y el posterior envío del recurso solicitado.
En ese momento se escuchó un bullicio extremo, en donde destacaba el amargo llanto de una mujer, que denotaba el desespero de alguna terrible situación vivida. En efecto, cuando hube salido, ya mis compañeras habían atendido con premura a una bebita que había ingresado con una severa crisis convulsiva. Luego llegó un niño con un cuadro de deshidratación muy marcado. Tenía tres meses y una diarrea estaba minando su pequeña vida. Así, durante toda la mañana llegaba la rutina de siempre. Convulsiones, cuadros diarreicos con las consiguientes complicaciones, estatus asmáticos, infecciones de todo tipo, en fin, el día a día.
La mayoría se trataban de casos de suma emergencia. Antes de mediodía, ya los casos graves estaban estabilizados o en proceso de serlo. Vuelta la cama, pude sentarme a concluir mi trabajo. Había que hacer el pedido mayor de medicamentos y material medicoquirúrgico que se necesitaba con premura, pues se acercaba un fin de semana largo y había que dejar equipado el servicio. Mientras hacía mi trabajo, una ráfaga de recuerdos se agolpaban en mi ya confundida mente, se peleaban por entrar a mi vida. Yo dejaba que llegaran, pues nada podía hacer para evitarlo.
Estando sumido en la lectura de pedido ya realizado, tratando de hacer alguna corrección de última hora, el teléfono de la oficina se anunció con un timbre que apenas se escuchaba. Al otro lado de la bocina escuché una voz femenina que pedía unos minutos de mi tiempo. Reconocí dicha voz de inmediato, era la directora del hospital quien me anunciaba la urgencia que tenía de platicar conmigo. Prometí acudir al llamado de inmediato, tan pronto firmara el pedido que ya estaba terminado. En ese preciso momento, el presente terminó de llegar para sacarme de aquella extrema confusión que ya me preocupaba demasiado. Me dejé atrapar por aquella marejada de situaciones que se presentaban claras en mi cabeza. Que quedé absorto en ello sin darme cuenta de que pasaba el tiempo y me estaban esperando urgentemente.
El teléfono repicó nuevamente, lo que me atrajo a la realidad. La voz de la doctora Migdalia me recordaba la cita que habíamos acordado y que los cinco minutos que le pedí que me esperara, se habían transformado en treinta. Me paré instintivamente apenas hube colgado el teléfono y me dirigí hacia la dirección del hospital, que estaba al bordear el hospital por su parte externa. Cuando hube llegado a la oficina de la jefa, como siempre le había dicho con mucho cariño y confianza, ella quiso que la acompañara hacia la sala de conferencias. Me llamó poderosamente la atención, la ausencia de las secretarias y demás personal de las oficinas adyacentes. Las oficinas administrativas parecían estar desiertas. Al llegar al auditórium, un sonoro aplauso se dejó escuchar y, para mi beneplácito, estaba allí, en ese sitio amplio; toda la gente que noté ausente hacia apenas unos segundos.
Estaba aquel lugar, deliciosamente decorado con muchos globos y algunas flores. En una mesa colosal, estaban colocados variados platillos que se notaban exquisitos. Migdalia llevaba consigo una placa de reconocimiento y un sobre, en el que de seguro, ocultaba algún documento importante. Lo que no descubrí al momento, fue que aquella sorpresa era para mí. Cuando la directora me hizo saber el por qué de aquel acto, las sonrisas se borraron de mi rostro alegre, para dar paso nuevamente a la confusión. No supe entonces si reír o llorar, ya que repentinamente recordé que llevaba varios años tratando de evadir ese instante, que ese día se hizo sentir.
_ Bueno licenciado, todos sabemos que había usted tratado de que este momento no llegara, por lo tanto, no sabemos si felicitarlo o decirle que lo sentimos mucho; pero sabemos, en el fondo de nuestros corazones, que usted se merece un descanso después de tantos años de haber dado lo mejor de sí y mucho más. Licenciado, su jubilación le ha sido enviada desde la dirección general.
Con ese breve discurso, el cual resultó acompañado de un aplauso aún más intenso que el primero, se ponía el temido punto final a mi carrera profesional. La directora me entregó personalmente la gran placa de reconocimiento que alguien le hubo entregado momentos antes, conjuntamente con el sobre donde estaba el oficio de mi jubilación emanada de la dirección general de la institución. Mi rostro de tornó incrédulo y todo indicio de alegría, había desaparecido en solo un instante. Un pequeño mariachi se hizo sentir acompañando al Charro Frank, un amigo que cantaba magistralmente. Los platillos comenzaron a ser degustados y un delicioso coctel algo pasado de tono, otorgó un tono de mucha más alegría. No debería tomarse ese líquido en ese sitio, pero era de suponerse que bien valía la pena esa excepción, en ese gran momento. Todos estaban alegres excepto yo. Fue como si en ese instante, moría una gran parte de mí.
Eduardo me llamó al celular, haciéndome saber que llevaba más de una hora esperándome; pero como sabía que estaban agasajándome me expresó que podría irse y volver más tarde. Le pedí que volviera dentro de dos horas aproximadamente. Traté de disimular un poco lo mal que me sentía. No era para menos, ya que resultaba toda una vida de ir de la mano con mi blanco uniforme y terminar así como así no era nada fácil. Tenía también razón la directora, cuando hubo expresado que ameritaba un buen merecido descanso. Recordé entonces, que aún me quedaba la parte docente en la universidad local y comprendí que seguiría ejerciendo mi profesión desde ese otro horizonte. Eduardo vino por mí a la hora indicada. Estando absorto en mis pensamientos, sentí como si las luces de un gran teatro se apagaban, después de haber terminado una bella e inmortal función.
Me desperté hundido en lo más profundo de una oscuridad serena. No fue voluntario mi despertar, sucedió que, en uno de mis tantos movimientos en la cama, le di un golpe con mi cabeza a un objeto que alguien hubo situado muy cerca de mi humanidad. Fue un sonido compacto, que destacó en medio del silencio calmado de la madrugada. Me sentí ubicado en una realidad que llegó a mis sentidos tan clara, que me sorprendió. Me extrañó sobremanera aquella situación inesperada, toda vez que era ya una constante que los tentáculos de una execrable confusión, me enredaran con sus abrazos tenebrosos.
De inmediato, recordé aquel dolor en mi pecho. Rememoré instintivamente el inicio de todo aquello. La claridad enceguecedora y la repentina presencia de una obscuridad inclemente. Recordé que en esa oportunidad era yo un anciano que llevaba a cuestas casi un siglo de existencia. Llegó a mi mente, la imagen de unas manos colmadas de toneladas de surcos admirables. Recordé igualmente a mi Amada cuando se hubo despedido para siempre de nuestro lado; a mi hermano, lo recordé yaciendo en un ataúd sombrío. Vi en un recodo, al viejecito alegre y bonachón; a mi amado suegro. Recordé muchas cosas, al señor Américo de Jesús Losada Rincón, paíto, de quién no pude escuchar sus últimas palabras. Los recuerdos agradables, egoístamente se habían quedado descansando, ya que solo tristezas llegaron a mis sentidos. Temí lo peor.
Estaba al tanto de mi retorno, pero no del tiempo al que esa vez había llegado. Un quejido cercano se escuchó como distante, aunque fue muy breve, lo pude escuchar muy claro. Quise ubicarme en el tiempo, qué hora del día estaba presente, pero me fue imposible; la oscuridad lo abarcaba todo. Hurgando en mis recuerdos tratando de encontrar uno agradable, me sorprendió tomó la mañana. Ella habría de conducirme a una complaciente realidad o, contrariamente, a una aterradora en extremo. Impaciente, me senté tratando de que la poca claridad que se presentaba, me bastara para poder enfrentarme a mi realidad. Estando sentado al borde de una cama observé a paíto. De manera brusca, aún no me explico por qué, mi cerebro quedó pendido de un pequeño hilillo que no resultaba suficiente para lograr dilucidar una vida con todos sus ingredientes. La realidad volvió a desconectarse de mí. No supe entonces, a qué momento de mi vida había regresado.
Allí estaba mi padre, su altura destacaba a pesar de que estaba sentado. Su cara enmarcaba una profunda tristeza. Me acerqué a él muy despacio. Me arrodillé de manera instintiva como cuando era un niño y quería que él me tomara entre sus brazos. Lo miré directo a los ojos. Pude comprobar que aquellos ojos bellos, acusaban una triste realidad; estaba llorando mi viejo. Afanosamente traté de ubicar en mi mente, algún momento de mi vida en el cual estuviese contemplando llorar a mi padre y fue en vano.
En primer lugar, nada legaba a mí en ese momento que me conectara con aquel presente hasta donde había ido a parar, en segundo lugar, de haber logrado asirme a algún recuerdo, no hubiese encontrado alguno donde estuviese llorando aquel hombre bueno. Mi padre no se dio cuenta de que lo estaba mirando tan detenidamente, ya que, ubicada su mirada en el piso, parecía estar ajeno a la realidad. Vestía un pijama color cielo que le quedaba muy holgada. Se notaba muy flaco y bajo sus ojos, las sombras de sendas ojeras denotaban el calvario de varias noches de insomnio.
Sin saber cómo, un recuerdo leve llegó a mí. Marcos, Eufemia y yo caminábamos al lado de paíto. El hecho de no tener él tres brazos, siempre fue motivo de eternas disputas para poder asirnos a uno de ellos; pero con el tiempo, la cosa se hizo costumbre y fui yo, quien siempre se quedaba prendado del cinturón, ya que el “General”, por ser el mayor, le tocaba la mano derecha y yo, por ser tan galante desde niño; le dejaba el gran placer de la otra mano a mi hermanita. Caminábamos por una gran pradera, donde el olor a naturaleza empapaba al aire fresco de la tarde. Era una vasta extensión de verdor insuperable, donde existía dicha naturaleza exquisita, para deleite nuestro.
En la lejanía, se podían distinguir varios corceles que corrían en diversas direcciones, a la vez que regalaban sus relinchidos, al entablar sus diálogos maravillosos. Mientras extendíamos nuestros pasos por aquel sendero bendito, iluminado por los últimos rayos del sol de una tarde que ya languidecía, nuestro padre nos contaba historias fabulosas. Nos entreteníamos tanto, que guardábamos un espectral silencio. No recuerdo aún dónde se ubicaba aquel paraje que hubo llegado a mi mente, pero sé que entonces, al sentirme nuevamente en él, aunque solo en un leve recuerdo, significaba como estar en la gloria, al lado del Dios bendito.
Ahora se ubicaba en mi mente, el grato recuerdo de unos momentos mágicos en una playa desierta, donde llegábamos con nuestros padres. Los cinco integrantes de una gran familia, corríamos por las húmedas arenas de aquella playa, retozando con todas nuestras fuerzas. Las olas empapaban nuestros pies, eso nos producía mucha gracia, ya que al tratar de evadirlas, dábamos saltos extremos y caíamos estrepitosamente, adoptando posiciones risibles al hacerlo. Éramos sumamente felices.
Aquella mañana desconcertante me entregó una extrañeza. No miré ni a mi madre ni a mi hermana en aquel aposento. Solo estaba mi padre y, al poco rato Marcos hizo acto de presencia en silencio, dándole un toque más de tristeza a aquel momento hasta entonces indeterminado para mí, que ya por sí solo entristecía al mundo entero. Mi hermano se quedó parado en un rincón, invadido de un mutismo exagerado. Mi padre, sentado al borde de una gran cama, solo miraba al piso. Ninguno de los dos reaccionaba ante mis miradas que exigían sus reacciones, para poder internarme también, a aquella realidad que se dibujaba inclemente.
Noté que estaban padeciendo un intenso dolor. Bastaba con mirarlos para saber qué era eso lo que sentían. Ambos habían llegado a mis sentidos a través de mis recuerdos, hacía solo unos instantes y en esas remembranzas, sus sonrisas eran radiantes y, sus rostros elocuentes, solo denotaban alegría. Pero en ese momento, de sus rostros se habían desaparecido aquellas sonrisas y aquellas miradas colmadas de felicidad. En ese momento álgido, aquellas expresiones de eterna felicidad habían dado paso a las que en ese momento llegaban a mis ojos confundidos.
Mi padre siempre fue un gran hombre. Pocas veces lo miré triste. Nunca lo vi llorar. Pero en ese momento lo miraba allí, absorto en un silencio grandioso, sintiendo alguna pena que sin lugar a dudas, lo atormentaba. Mientras tanto Marcos no hacía más que sollozar, parado inmóvil en un rincón de la habitación. Ya aquella aparente calma que hube sentido aquella mañana que recién había comenzado, amenazaba con desplomarse para entregarme sin contemplaciones a los brazos del desespero. De pronto, aquel quejido lastimero se dejó sentir nuevamente. Lo hube escuchado hacía poco rato, pero no presté la debida atención.
El “General” salió repentinamente de la alcoba no supe con que rumbo. Con horror pude comprobar que dicho quejido provenía de la misma habitación, de la misma cama donde mi padre se encontraba cobijando una pena. Tanto mi viejo como yo, regresamos a nuestras respectivas realidades. En medio de la cama, unos movimientos delataron a una verdad. Del centro de aquel lecho, los lastimosos quejidos dieron paso a la presencia de una figura extremadamente delgada. En ese preciso momento, la luz de la realidad se presentó ante mí. Estaba allí mi madre bendita, envuelta en los eternos sinsabores del sufrimiento, flagelada por una maldita enfermedad que se había ensañado contra ella que era una santa. Recordé lo que el gastroenterólogo que había consultado, me hubo expresado aquella tarde inolvidable. Recordé que un cáncer había anidado en su intestino grueso, para proponerse a acabar con ella.
En medio de aquella cama que creí que solo estaba ocupada por paíto, estaba refugiado el cuerpo sufriente de mi madre. De seguida, miles de recuerdos se agolparon tratando de llegar nítidos a mí. Recordé a mi madre como el ser más dulce y especial que hube conocido. Recordé toda mi vida a su lado. Nunca habrá de existir ni en una ni en mil vidas, dolor más grande que ver sufrir a una madre; sobre todo, estando embargada por un sufrimiento tan grande.
Palpar tan de cerca de la muerte, al ser que tanto se ama. Mirarla sufrir en demasía. Pero mi tragedia era peor, era doble. En algún recodo de mi vida había yo sufrido esa amarga y triste experiencia. Entonces la mismísima vida, en su alocado retorno, se había encargado de que presenciara nuevamente el partir hacia la eternidad de mi bella madre; aunque en ese confuso instante, no recordaba yo esa otra ocasión. Miré sus eternos cabellos plateados y en ese momento, mi respiración se entrecortó. Me quedé entonces estático en algún lugar de mis recuerdos.