Me interrumpió el llanto que del exterior se hacía sentir. Supuse que era mi hermano, quien sin poder evitarlo, salió de la recamara donde nuestra madre sucumbía ante los desmanes de un flagelo tan cruel. Lloraba mi hermano a grandes gritos. Aquel llanto, hacía aún más grande mi desespero. Cuando terminó de aclarar el día, Paíto salió. Me dijo en voz baja que iba a preparar café. En los tiempos de antaño, mi madre no podía contemplar el despuntar del alba, ni ver al sol avanzar en la inmensidad, si no llevaba a sus labios, una humeante taza de café; pero todo había cambiado, ya la taza del café se quedaba esperando que esa boca primorosa le acariciara. Las cosas bellas que mi madre solía hacer, se habían quedado esperando a esas mágicas manos de ternura, las mismas que hacían mil obras magníficas.
Las imágenes nítidas de mis recuerdos llegaban a mi aturdida mente con más premura cada vez. Desde que en el delicado cuerpo de mi madre hubo anidado aquella maldita enfermedad, sus fuerzas no desmayaron, no amainó su ánimo y se acrecentó su valor. Siempre supo de la existencia de su grave enfermedad, pero nunca mostró miedo. Quiso mi bella madre, enfrentar a esa afrenta de la vida con sus poderosas armas: su valentía, su gran decoro, todo su gran amor; pero sobre todo, con la unión familiar que era su mayor orgullo.
En ese instante, cuando recordaba lo que había significado mi vida al lado de aquella gran dama a quien habré de amar por siempre, ella me miró tiernamente; con una mirada que denotaba el gran amor por su familia. Fue esa mirada de mi madre lo que me entristeció de manera inenarrable. Aún en este sitio y en este momento que no he logrado determinar, es el recuerdo de su triste mirada, lo que me produce tanto dolor. Fue aquella mirada una mirada de despedida. Es eso lo que tanto dolor me causa y me habrá de causar por toda la eternidad, de eso estoy más que seguro.
De mis ojos surgieron muchas lágrimas en ese momento triste. Ellas bajaron en torrentes, al divisar las que emergían de los suyos. Nunca imaginé que un dolor pudiera ser tan intenso, cuándo aquel día contemplé el inició de su intensa agonía. Los estertores de su respiración se presentaron horas más tarde. Era el anuncio de lo que habría de suceder. El presagio que horas después, la llevaría directo a los brazos de la muerte. Hoy en día contemplo aturdido aún en mi mente, una bella fotografía en la que aparece mi madre colmada de vida, mostrando, con extraordinario orgullo, una de sus más preciosas miradas. Siento que mis miradas fueron muy afortunadas al encontrarse con las de ellas.
Me acerqué aún más a ella, en el preciso instante cuando extendió su mano, como queriendo tocarme. Sus brazos eran muy delgados, mucho más que mis brazos en el preciso instante de mi retorno, cuando contaba con la extraordinaria edad de noventa y dos años. Nunca habré de olvidar aquel magno sufrimiento que se apoderó de mi madre, hasta llevarla a los predios de una horrible muerte. Fue ese sufrir de mi madre, la causa infame de este sinfín de lágrimas, con las que nunca podré llorar a mi bendita adoración, ni en dos, ni en mil vidas. Este llanto es inmortal, es este llanto el que derramó y derramaré eternamente por ti mamá.
Acerqué aquellas manos débiles a mi cara y con ellas envolví mi rostro. En ellas deposite todos mis besos. Mientras lo hacía, disfruté por última vez de aquella magna suavidad, de su bendita fragancia. Me recosté a su lado y pude escuchar como su cansado pecho materializaba una agitada respiración con la que anunciaba su partida. Parecía estar entonces mucho más triste, porque me miraba sumergido en la más profunda de mis desdichas. Noté entonces que, por la ventana, Marcos miraba aquella tierna y dolorosa escena.
Mientras lo hacía, también derramaba su triste llanto. No pude lograr ver a Eufemia por ninguna parte. Esto me decía mucho en aquel mutismo que se había dejado colar en nuestra casa. La muerte de mi madre era inminente y lo decía aquella intensa agonía que demostró su cuerpo, después que le hube manifestado que velaría por paíto hasta el fin de sus días. Comenzó a elevarse al paraíso, luego que le hube prometido que nunca dejaríamos solo a nuestro amado padre. Mientras comenzaba su último paso a nuestro lado, acaricié sus cabellos de plata. Nunca imaginé que un hombre pudiese llegar a sufrir tanto, como lo sentí en ese momento, como lo siento ahora en este sitio indeterminado hasta donde he venido a parar. Mientras sujetaba aquellas blancas manos, recordé todo lo que habían hecho aquellas benditas manos de ángel. Aún me siento morir en este momento, cuando siento que aquella tarde la muerte también se llevó gran parte de mi vida.
Me resultó extraño, pero por vez primera, mi retorno no se hizo presente durante uno de mis descansos. No hubo esa, vez un despertar aturdido embarrado en mis olvidos. Solo estaba parado en medio de pequeña cascada de encantos. Era eso lo que sentía mientras recibía aquella tibia caricia, al percatarme de que estaba en la ducha. Mi regreso se concretó en esa oportunidad en un sitio un tanto inusual. Era una sensación un tanto extraña, ya que ya me había acostumbrado a andar sobre mis pasos, había ya internalizado aquel fenómeno que sucedía sin saber la causa de su existencia.
En ese momento me sentí mas aturdido que nunca, pues estaba en medio de una ducha, ese suceso que tanto me gustaba y que disfrutaba a plenitud. No supe que había ocurrido antes ni que habría de ocurrir. Siempre me pasaba lo mismo al despertar ante una nueva realidad. No quise, por nada del mundo, dejar de disfrutar aquella mágica sensación. Era como si millones de lanzas diminutas, se hundían en mi piel sin provocarme daño alguno, todo lo contrario; me extasiaban deliciosamente, con una ternura embriagante. No supe en ese momento cuanto tiempo llevaba allí, recibiendo aquel sagrado encanto, pero supuse que mucho, ya que la piel de mis manos se visualizaban arrugadas en extremo, dada la larga exposición al vital líquido.
Era una sala de baño amplia, con sus paredes cubiertas por baldosas pulidas. Decidí que ya era tiempo de salir de aquella delicia seductora. Me dirigí hacia un espejo inmenso que se situaba cerca de allí. Lo que miré me dejó realmente muy sorprendido. Miré el rostro de un hombre joven. Un jovencito de algo aproximadamente treinta años. No podía creerlo, me costaba creer que hubiese pasado tanto tiempo, en realmente tan poco tiempo. Pero era yo, de eso no me cabía la menor duda, porque eran esos mis ojos; era esa mi sonrisa, era esa mi boca; era ese todo mi cuerpo, era sencillamente yo. Además, era yo quien estaba parado frente al espejo. Mi cabello lucia de un negror muy intenso, lo decoraban en ambas sienes, unas pocas canas que amenazaban con inundarlo todo. Mi mostacho era escandalosamente n***o. Pero lo que más me llamó la atención, fue aquel rostro tan juvenil, después de haber mirado hacía poco tiempo, el rostro lánguido de un anciano al que ya le estorbaba la vida.
Mi ropa interior estaba muy cerca de, dispuesta para que con tan solo extender mi mano, pudiera tenerla en mi poder. Ataviado solo con esa ropa, me dirigía hacia el exterior de aquella gloria, donde supuse que tendría que encontrarme con algo o con alguien que me hiciera asirme a mi presente, a mi nueva realidad; pero me equivoqué rotundamente en mi suposición, no existía en el interior de aquella alcoba descomunal, indicio alguno que me orientara, alguien que me ayudara a reencontrarme con aquel presente que desde ese momento, presagié esplendoroso.
El aire acondicionado estaba en su máxima potencia, por lo que al salir, su gélido abrazo me envolvió por completo, lográndome estremecer. Un instinto portentoso me hizo casi volar hacia un aparte, donde permanecía un control remoto sobre un pequeño mueble, con el cual apagué aquel aparato que por poco me congelaba. De seguida, me envolví en la gruesa túnica que vestía a la cama para resguardarme de lo que siempre odié, una baja espeluznante de la temperatura. El tormentoso tiempo tuvo que esperar, mientras la calidez regresaba a mi cuerpo.
Cuando sentí el clima un poco más agradable según mis gustos exigentes, no tuve el valor suficiente como para despojarme de mi abrigo y continué con él, caminando sin rumbo alguno por todo el espacio que significaba esa habitación que supuse mía. Luego de unos minutos que invertí en tirarme cuan largo era en la delicia que significaba aquella cama inmensa, una persona ingresó al aposento. Era una mujer bella, elegantemente vestida, destilando el aroma de mil flores y estupendamente joven y bella. Se acercó a mí como con timidez y me besó en los labios. Unos labios ansiosos, que parecían estar esperando esa caricia majestuosa.
Le correspondía de inmediato con mi boca deseosa de hacerlo y como para no terminar ese beso jamás. Estoy, como siempre lo estuve y lo estaré, completamente seguro que de haber sido por nosotros, ese beso nunca hubiese terminado. Aunque siempre he tenido la convicción de que nuestros besos fueron la seguidilla eterna de un solo beso que se interrumpía por las razones obvias, pero que habrá de ser un beso eterno. Su respiración jocosa se confundía con la mía y ambos ardíamos en un deseo que conocíamos y satisfacíamos desde hacía diez años.
Un chico entró de improviso y velozmente a la recámara matrimonial. Al vernos, detuvo su carrera abruptamente. El jovencito en cuestión, que luego descubrí que tenía ocho años, era mi hijo Eduardo. Que bello lucía con su short ancho y con una franela, cuyos colores hacían juego con el corto pantalón. Mención aparte eran los zapatos deportivos que adornaban delicadamente, aquellos pequeños pies que correteaban por doquier. Qué bello era mi muchacho, que singular y cómo devoraba los libros. Aprendió a leer de mis manos, cuando solo tenía cinco añitos. La eximia obra de Antoine de Saint Exupéri, el principito, la leyó solo una vez y la narraba cada vez que se lo pedía, con una memoria de hierro, que parecía que en vez de narrarla de memoria, la estuviese leyendo. La lectura le hubo fascinado desde siempre.
_ Papi ¿Ya te bañaste?, hueles rico.
_ Si mi amor, ya me bañé. Tú también hueles rico.
Fue el pequeño diálogo que entablamos mi hijito y yo, antes de revolcarnos en aquel suave y esplendoroso colchón. Mi Amada nos contemplaba con crecido orgullo mientras se dirigía a la cocina. Tras de sí, la puerta de la amplia habitación nos dejaba completamente a solas. Mi hijo se acostaba sobre mí, mientras jugueteaba con los bellos que crecían en mi pecho. Mi propia respiración lo subía y lo bajaba. Eso le producía profunda gracia. Mientras mi muchacho se divertía con mis pelitos, yo miraba distraído la fina madera del techo de la alcoba. Sus tablas habían sido dispuestas con maestría divina. Vinieron a mí en ese instante, dos bello cuentos que hube escrito especialmente para él y con los cuales, se quedaba dormido tan tiernamente, que me quedaba contemplándolo hasta que mi propio sueño me vencía. Tuve la dicha suprema de contarle mis propios cuentos a mi hijo en su bella infancia.
Fue la perfecta reacción que mi hijo me hubo regalado. La misma, dio verdadero paso a una realidad que poco a poco se había estado asomando para hacerme presente de manera definitiva a esa realidad que llevaba rato disfrutando de manera plena. Mi mente continuaba colmándose de otros recuerdos también llenos de añoranzas. Me pasaba siempre igual, ya que a cada paso que daba en mi bendito retorno, lograba quedar prendido de un pasado inmediato, como para saborear amargamente una desdicha o para degustar el verdadero placer, que solo las cosas agradables han de dejar para la inmortalidad. Lo cierto de mi caso, era que en mis recuerdos aún conservaban la bella imagen de mi madre, pero por sobre todo guardaba intacta, la muerte que se había ensañado contra ella que nunca le hubo hecho daño a nadie. Sin poder evitarlo, mis lágrimas no tardaron en aparecer y colmaban mi rostro de su salino paso.
La imagen de mi madre se apoderó de mí por completo. Fueron fieles aquellos recuerdos, donde estábamos siempre juntos, en los buenos tiempos y sobre todo, en los no tan buenos; ya que a su lado, nunca existió un tiempo que fuese malo. Siempre recordé en cada uno de mis días con sus noches, la mañana aquella cuando, sentados en el patio de nuestra casa, junto a la puerta de la habitación matrimonial, entablamos una conversación que para ella, no fue más que una revelación hacia mí. Sus palabras, cada vez que retumban en mi mente, me hacen sufrir como nada en este mundo lo hizo. Y en este momento impreciso de mi existencia, aquellas tristes palabras aún taladran mi mente y arrancan de mis sufridos ojos; este manantial de lágrimas que nunca se habrá de extinguir.
_ Mamá ¿Cómo se ha sentido? ¿Por qué la veo tan apagadita?
Su respuesta, buscó apartar su mirada de la mía, como para no producirme más dolor. Ya aquella mirada triste, estaba produciéndome demasiados tormentos. Por lo tanto, mirando hacia la inmensidad, me contestó con crecido llanto.
_ ¡Ay hijo! yo lo que siento es que estoy toda reventada por dentro.
Mientras me revelaba aquella escabrosa confesión, sus manos jugaban entre ellas, tratando de apartar de uno de sus dedos, un pedacito de piel que se asomaba tímido; pero era ese jugueteo, la manera más triste de no enfrentar nuestras miradas. Su sufrir crecería cada día, a medida que se apoderaba de ella el maldito cáncer que estaba consumiendo cada una de sus células. Ambos sabíamos que esa terrible enfermedad, no se iba a detener hasta que en los brazos de la muerte la entregara. De nada sirvieron tantas operaciones, tantas quimioterapias, tanto padecer; para que de igual manera mi madre linda sufriera como lo hizo, con estoicismo, con valentía; pero con sobre todo, con un indescriptible dolor.
El amor sentí, que siento y que sentiré por mi madre, es un sentimiento sagrado que solo Dios, ella y yo conocemos. En gran amor, inmensurable; porque nada existe que pueda medir la intensidad del amor que un hijo siente por una madre, al igual que el que una madre siente por alguno de sus hijos. Es por ello que siempre la habré de recordar como a la mejor madre del mundo. Fue el ser que me enseñó el camino a la gloria, quién me supo querer con un amor incondicional. Ese amor que nunca espera nada a cambio. La única persona en la vida que es capaz de colocar la otra mejilla. Quien es capaz de dejar la vida, con tal de mirar una sonrisa en el rostro de un hijo.
Eduardo por fin, como siempre desde que era apenas un bebecito, se quedó dormido en mi pecho. Aquello para mí siempre fue una delicia bendita. Fue un acontecimiento que siempre me hizo sentir, el más feliz de todos los padres. Aquel chico que, mucho antes de haber nacido, hubo transformado mi vida por completo. Era que mi corazón siempre estuvo lleno y siempre lo estará, de este magnifico amor que siempre sentí por toda mi familia. En ese momento la puerta se abrió y mi Amada, mi bella esposa, se presentó nuevamente, en esa oportunidad; luciendo un espectacular peinado, como toda una princesa. Quise saber en ese momento, cuál era la gala que merecía tan espectacular belleza femenina. Sin preguntárselo siquiera, ella me comunicó, observando que continuaba sin arreglarme:
_ ¿Es que acaso se te olvidó de que hoy es tu graduación Cora?
La sorpresa se apoderó instantáneamente de mí, pero pude lograr disimularla a tiempo. Gracias a Dios que mis oportunos recuerdos anidaron de inmediato, para entregarme la perfección de ese momento glorioso de mi vida. En efecto, en ese instante recordé que había decidido años atrás, dar continuidad a mis estudios a nivel universitario, ya que mi carrera la hube culminado siendo aún adolescente, a nivel de educación media. El gran deseo de ejercer mi profesión fue más grande que mi raciocinio, lo que evitó que mis estudios superiores tan pronto hube egresado como técnico medio en enfermería. Por fin se hacía realidad, uno de los grandes pasos en mi vida, en mi carrera y sobre todo, en la vida de mi familia; me recibía como Licenciado en Enfermería. Cuánto amé y cuanto amo aún a esta bendita profesión. Y entonces, gracias a mi retorno a la vida, iba a saborear por segunda vez, el dulce néctar de la victoria; como siempre le dije a los grandes éxitos.
Mi Amada se llevó a nuestro hijo para ayudarlo a vestir. De esa forma me lo hizo saber, toda vez que colocaba en mis manos un bello traje color aceituna que ella misma hubo tomado del armario. Era realmente hermosa aquella pieza que iba a lucir en aquel día tan especial. Todo era de un mismo color, excepto los zapatos, claro está. La toga y el birrete de color blanco, contrario al n***o del resto de mis compañeros de grado, esperaban dentro de nuestro auto; pues, dado lo caluroso de mi ciudad, no sería sino hasta antes del acto cuando los graduandos nos las colocaríamos. Aunque yo, en mi desespero congénito, me la puse desde mucho antes de llegar al elegante edificio donde se habría de escenificar la magna ceremonia.
Lo hice dentro del auto, mientras mi Amada conducía muerta de la rabia y donde Eduardo se desternillaba de la risa, al verme sufrir tratando de colocarme aquella enorme pieza de gruesa tela; puesta que para poder colocármela sentado, mantenía en una cómica posición. Minutos más tarde y después de varias insolencias, por fin me pude colocar mis blancos ropajes. Parecía que me estaban asando vivo, pero no me importó, era un sufrimiento bonito, pensé. No todos los días se gradúa uno, y con la distinción suma c*m laude menos.
Justo antes de llegar a nuestro destino y mientras mí Amada aparcaba nuestro auto, noté una medalla que había caído sobre el piso del carro, justo al lado de mi pie derecho. Ese acontecimiento permitió que llegaran más recuerdos a mi mente. Uno de ellos fue el recuerdo de un momento pasado, pero no tan distante. Fue ese mismo el escenario donde se hubo escenificado el suceso que se instalaba en mi mente. Estaban allí muchas personas, entre ellos destacaban mis bellos suegros, quienes habían acudido a presenciar la entrega de medallas de mi promoción universitaria.
Recordé que ellos esperaban impacientes, justo en la puerta del ala del edificio por donde tendríamos que entrar los graduandos. Al verme, mi querido suegro, con ambas manos en los bolsillos, característico en él; sonrió de pura satisfacción, mientras mi bella suegra me abrazó mientras me decía que estaba muy bien presentable, claro; en otras palabras que suenan más tiernas en boca de una dama. Fue en ese acto cuando una alta autoridad universitaria, me hubo colocado la medalla. Inmediatamente después, mi hermano, quien era un destacado profesor universitario, hizo lo mismo con el inmenso anillo dorado, colocándolo en mi dedo anular izquierdo con sobrado orgullo.
De regreso a mi realidad, luego de aquel pequeño momento de remembranzas, caminamos en medio de aquel río de personas. Mi Amada buscaba afanosa en su cartera, los pases que me habían entregado en la Universidad, para que mis familiares más allegados pudiesen acceder al acto solemne. Me sorprendió que fuesen cuatro los pases, pero no hice pregunta alguna. Había dos vigilantes apostados en la puerta y mi Amada les rogó sobremanera para que dejaran entrar a Eduardo, ya que estaba completamente prohibida la entrada a niños menores de doce años. Prometió que el niño se iba a portar de lo mejor. Ellos, entendiendo que se trataba de nuestro único retoño, accedieron a regañadientes. Justo antes de que hubiéramos ingresado a aquel majestuoso escenario, escuché mi nombre a mis espaldas y, de inmediato, mi Amada expresó unas palabras que quedaron plasmadas en mí para siempre:
_ Gracias a mi diosito santo, pensé que mis bellos suegros no iban a llegar a tiempo.
En ese preciso instante, el instinto volcó mi mirada hacia el sitio de donde provenía el trinar precioso que significó aquella voz. Era paíto quien me llamaba desde la distancia. Corrí hacia él de inmediato. Por poco no me caí al enredarme con la toga. Cuando hube llegado frente a él, me sorprendió verlo tan elegante, tan bello y sobre todo, tan joven.
_ Mi muchacho, te ves espectacular con esa ropa. Pensé que nunca nos ibas a dar esta gran sorpresa.
_ Gracias paíto.
Cuando hube terminado aquella breve frase, me extrañó que hubiese hablado en plural. Mi sorpresa fue mayúscula, cuando miré que detrás de mi padre, estaba oculta, tratando de darme la mejor sorpresa de mi existencia, una dama que lucía espectacularmente bella. Una magna sonrisa, como la de mis recuerdos perennes, decoraba su lindo rostro. Una tierna mirada de efebo era dirigida con crecido orgullo hacía mí. Sus ojos efebos, humedecidos, me entregaron el mejor de los obsequios. Su piel blanca hacia juego con el azul perfecto de su vestido. Estaba allí frente a mí, mi madre, la mejor madre del mundo. Estaba mi vieja en ese presente que habría de pasar a la eternidad pasada o futura, como lo más bello que Dios me hubo otorgado. Pude tocarla, abrazarla, comprobar que estaba sana, linda, joven y dispuesta a verme subir a recibir mi flamante título universitario. Título que siempre consideré suyo.
Esa noche, al recibir mi “cuero é chivo”, miré desde la distancia a unas bellas personas que me contemplaban con orgullo y sobre todo, con muchísimo amor. Mi madre, mi padre, mi esposa y mi bello hijo. Las personas por quienes quisiera volver a mi vida, no una sino un millón de veces por toda la eternidad. Cuanto los amo y cuanto los amaré. Gracias Dios mío por haberme regalado ese retorno a mi vida.
Un agudo dolor hizo que retornara a mi estado de conciencia. Fue ese dolor espeluznante, lo que me dio la bienvenida a ese período de mi vida. Me desperté en medio de una algarabía de gritos, expresados por algunas personas que estaban a mí alrededor. El dolor era insoportable, como también lo era, aquella duda de no saber lo que estaba sucedido conmigo. No sabía dónde me encontraba. A mí alrededor, gigantescos árboles parecían contemplarme desde lo alto. Intenté inclinarme, pero fue en vano mi gran esfuerzo. Los pocos movimientos que podía lograr, agudizaban aún más, aquel endemoniado dolor que ya me resultaba insoportable. Opté por quedarme estático. Las personas que me rodeaban lloraban casi sobre mí y eso me desesperaba aún mucho más.
En medio de mi desespero y de los llantos que hube sentido por doquier, había podido notar que el dolor que ya me resultaba insoportable, provenía de mi pierna izquierda. Levanté entonces la cabeza y observé mi extremidad, comprobando para mi desgracia; que a través de ella, el fémur trataba de emerger por una horripilante herida que sangraba profusamente. Se trataba de una inmensa fractura abierta, la que hube observado en aquella pierna amorfa. Por la hendidura que el gran hueso había formado en su intento por salir, una gran cantidad de sangre manaba a borbotones, para mezclarse más adelante; con las aguas de un río diáfano y escuálido. Tanto a mi derecha como a mi izquierda, noté varias rocas descomunales, las cuales parecían insatisfechas.
Quise sentarme para orientarme y saber lo que me había sucedido, pero algo en mi cadera me lo impidió rotundamente. Solo entonces pude observar a un caballero que se acercaba corriendo hacia mí, desesperado. Detrás de él, una señora gritaba como loca tirando de sus propios cabellos, sin dar crédito a de lo que sus ojos observaban. De inmediato el caballero en cuestión, comenzó a tocarme por doquier tratando de verificar qué daños había en mí.
_ ¿Qué te pasó mi muchachito?
Al escuchar aquellas palabras, instantáneamente se instaló en mí, aquel cruel momento de mi vida al cual había ido a parar en mi retorno; aquel insaciable retorno que no paraba de darme tantas sorpresas. Aquellas palabras que habría de escuchar durante toda mi existencia, fueron exclamadas por un señor de canos cabellos y de gran estatura. La recia voz, en aquella oportunidad se transformó en una deprimente exclamación de horror. Me tocó detenidamente la cabeza con sus inmensas y suaves manos, tratando de verificar su integridad. Se tranquilizó un poco al descubrir que no existía en mi región cefálica, herida alguna. Mi realidad llegaba entonces, de la voz de aquel caballero que quería ayudarme y rescatarme de una desgracia mayúscula.
Era paíto, mi bello padre, quién desesperaba por el lamentable acontecimiento que me estaba sucediendo. Era yo, su muchachito. Era yo, el causante de aquellos gritos y de aquellos llantos que se sucedían, en las márgenes de un río que luchaba por seguir siéndolo. Pude reconocer a mi amado padre, quien lucía aterrado a verme tirado en medio de aquel terreno pedregoso, en medio de dos rocas gigantescas; con el fémur saliendo de su sitio a través de una inmensa ruptura y una gran cantidad de sangre vertiéndose en aquellas aguas heladas. Mi viejo no quería creer lo que a sus ojos llegaba, aquella tétrica escena de un desafortunado accidente. Mi madre, más aterrada aún que mi padre, gritaba de forma incontrolable.
Estaba allí mi madre del alma. Era ella. La miraba nuevamente. La hube mirado no supe en ese momento cuánto tiempo, en un enorme salón al lado de mi padre, de mi Amada y de mi hijito. Su llanto llegaba nuevamente a mi memoria. Hube sentido su llanto en un momento de mi vida que no logré precisar, pero, a pesar de ello, aún me conmocionaba en demasía. En ese momento pude notar que su dolor era más poderoso. Noté que le hacía mucho más daño, ya que era el dolor de presenciar el gran sufrimiento de uno de sus hijos. De pronto un niño de aproximadamente tres años, se abalanzó sobre mí impulsado por su instinto inocente. Mi dolor se tornó más fuerte, ya que sin haberlo querido, el niño me había lastimado.
_ ¿Qué le pasó a mi papi?
La realidad se había presentado ante mí como un revelado perfecto. Era Eduardo, mi niño lindo, quien a su corta edad miraba el accidente del que fui víctima por una maldita imprudencia. Recordé entonces lo sucedido. De niños, mi paíto nos llevaba a un hermoso lugar de la serranía, no muy lejos de donde vivíamos. Había en esa zona un río de muy pequeño caudal y a su alrededor, muchos árboles de mango regalaban sus mágicas sombras y, llegada la ansiada temporada, sus maravillosos frutos. Mi padre se trepaba en aquellos inmensos arboles, inclusive hasta las copas, sin protegerse con un arnés o algo similar. De rama en rama, cual simio, él tomaba los deliciosos frutos y nos lo arrojaba. Nosotros nos desvivíamos, tratando de atraparlos antes de que cayeran al suelo, ya que algunas vacas oportunistas se aprovechaban de los frutos caídos y se atiborraban de los mismos. Acudíamos casi todos los fines de semana. Marcos, Eufemia y yo, desesperábamos por que llegara rápido el sábado, ya que nos encantaba el sitio.
Mi madre madrugaba entonces más de lo acostumbrado y preparaba mucha comida, las exquisiteces culinarias a las que nos tenía acostumbrados. Ya a las ocho de aquellas mañanas tan esperadas, estábamos instalados en la ribera de aquel río de aguas diáfanas y extremadamente heladas. No nos introducíamos en sus aguas sino hasta el mediodía, que era cuando aquellas aguas gélidas se tornaban algo cálidas gracias a que el sol las calentaba tenuemente. Mientras tanto paíto, desde lo alto, nos lanzaba mangos a diestra y siniestra. Nos hartábamos hasta más no poder y guardábamos en el maletero del auto, para llevar a casa y continuar disfrutando del dulce regalo de la naturaleza. Las diarreas no se hacían esperar, pero para nosotros era solo un detalle insignificante. Mientras existieran los inodoros y el papel higiénico, no nos preocupábamos; era esa nuestra manera sabia de justificar la exagerada ingesta de mangos.