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4815 Words
            Los recuerdos de mi infancia, siempre habrán de estar enmarcados por aquellos continuos viajes hacia el río de nuestras alegrías. Solo el señor tiempo se hubo encargado, cuando cada quién se hizo adulto, de separarnos de nuestra jungla; como le decíamos Marcos y yo. Mi amigo el viento, nos regalaba el aroma de la naturaleza en su máxima expresión. Mi pierna parecía un garabato, por lo desbaratado que había quedado mi hueso. Noté que había sucedido algo en mi mandíbula, ya que justo debajo del mentón, una herida dejaba escapar algo de sangre. No podía cerrar la boca, lo que le daba un aire aún más espeluznante a la situación. Noté un dolor que, aunque opacado por la intensidad del que sentía en la pierna izquierda, atrajo mi atención cuando estaba ya aferrado a ese terrible momento de mi vida al que mi retorno me había llevado.            El dedo gordo de mi pié derecho también se había involucrado en aquel desastre en que se había convertido mi travesura. Nunca sabré por qué, pero repentinamente me provocó subir a la copa de uno de aquellos arboles y hacer tal como lo hubo hecho mi padre hacía ya muchos años. Aquel atrevimiento me costó mucha sangre, dolor y lágrimas. No tan solo a mí, que bien lo hube merecido, sino a la gente que tanto he amado en mi existencia. Una herida debajo de dicho dedo, también ofrecía a aquella naturaleza, mi sangre que amenazaba con extinguirse si no era trasladado a un centro asistencial a recibir ayuda de inmediato. Las manos del infortunio se vieron envueltas en la desgracia que se estaba presentando en mi vida, ya que precisamente nuestro vehículo hubo presentado ese día una falla que no le permitía encender normalmente, por lo que había que empujarlo para tal propósito, ya que su transmisión era manual.            Para agudizar mi desgracia, aquel detalle fue más que suficiente para que mi traslado se tornara casi imposible. Aunado a ello, su tamaño no me hubiese permitido trasladarme tendido sobre el asiento posterior. Así como el infortunio se mezclaba para hacerme sufrir más de la cuenta, también era muy cierto que las infaltables manos de Dios no podían faltar. Nuestro Padre Todopoderoso demostró entonces así como siempre, su magnífica grandeza. Un buen hombre que poseía un automóvil de un modelo bastante antiguo y de tamaño, se ofreció a llevarme hacia el ambulatorio rural de una población cercana. Era muy probable que en ese sitio existiera una ambulancia para en ella, lograr trasladarme hasta el hospital en las condiciones que yo ameritaba. Durante el trayecto, el viejo vehículo hacía unos movimientos oscilantes, tratando su conductor de no caer en la gran cantidad de baches existentes casi en la totalidad de la carretera. Se sentía un sube y baja, el cual hacía que mi tormento aumentara cada vez más. Mi cabeza se apoyada, nada más y nada menos, que sobre las piernas de mi sagrada madre. Ella, bañada en su propio llanto, me preguntaba insistentemente si no me había golpeado la cabeza.           Hoy en día, en este sitio y en este tiempo indeterminado pienso que, aunque suene muy contradictorio, corrí con mucha suerte, ya que una caída de más de cinco metros como fue la mía, sobre todo sobre en aquel sitio pedregoso y de gran dificultad para socorrer a algún lesionado; por lo general hubiese sido mortal o, en el mejor de los casos, haberme producido algún grado de incapacidad motora. En ese momento no me detuve a pensar en eso, mis padres tampoco lo hicieron. Conocedor como era de la rutina en un accidente como el que yo hube protagonizado, sabía lo que me esperaba, situación esta que me enloquecía de manera sorprendente.             Mi madre se transformó, como siempre lo hizo, en mi más especial aliada. Eso fue ella para nosotros, una amiga incondicional que siempre estaba presta a tender no una sino sus dos manos, al igual que su corazón, su alma y toda su vida. Estaba mi santa madre allí, para infundirme el valor que tanta falta me hacía, y aunque ella misma lo había perdido; trataba por todos los medios de minimizar mi sufrir. Aún puedo ver claramente, como si estuviese sucediendo en este preciso instante, sus ojos incrédulos al ver lo magno de la tragedia que estaba yo viviendo. ¡Cómo te extraño mamá! Recordé plenamente en ese momento trágico, el fatídico momento cuando la hube contemplado despedirse de mí. No pude evitar llorar en medio de aquella mezcla de pesares. La voz dulce de mi madre llegaba a mis oídos denotando una honda preocupación. Sentí que por mi culpa, mi madre estaba sufriendo de una manera desmedida. Quise que la luz de la vida se apagara en mí para siempre, en ese momento te infinita culpa. El tamaño de mi pesar era inmenso, pero allí estaba ella, mi bella madre; para darme aquellas esperanzas, las cuales necesitaba con desespero. Yo sabía perfectamente lo que me aguardaba, todo lo que habría de llegar de as manos de quienes tratarían de reparar todo aquel desastre que había ocurrido conmigo. Por esa razón necesitaba más que nunca de una esperanza. Pensaba insistentemente en que tendría que soportar muchos sinsabores, demasiados para mejor decir, pero tenía que ser muy fuerte, tendría que serlo si quería salir bien librado de aquella trampa del destino que se hubo presentado ante mí tomada de la mano con mi imprudencia.           Traté de darme un poco de ánimo diciéndome constantemente que todo aquello algún día iba a quedar relegado a una marejada de oscuros recuerdos. Le rogaba a Dios con fervor, que vertiera sobre mí toda su misericordia y me ayudara a superar aquello que estaba por llegar y que estaba seguro, me iba a hacer sufrir como a un condenado. Mi madre me miraba con mucha tristeza. Ella contemplaba mis penas, las cuales se convertían en sus penas. Los bellos recuerdos ataviados de aquellas letras, las cuales llegaban nítidas a mi mente, como si las acabase de escribir, denotaban un amor intenso hacia mi madre, un amor que habría perdurar más allá de los límites del tiempo, más allá de la eternidad.           Cuando la ambulancia llegó por fin a su destino ya mi sangre escaseaba. Ya mi mirada se tornaba nublada, ya mis labios hacían supremos esfuerzos para poder emitir algún dejo de mi voz, una voz que cada vez se notaba más apagada; ya no tenía las fuerzas necesarias siquiera para hablar. Sentía que mi vida se escapaba despacio, sin remedio alguno. En ese momento pensé que un fatal desenlace era inevitable. Miré compungido a mi madre. Imaginé el sufrimiento que estaba por anidar en ella tras mi muerte. Pensé demasiadas cosas feas. Afortunadamente había una esperanza, una gran esperanza en las manos benditas de los galenos, las enfermeras y demás integrantes del honorable equipo que por siempre habrán de salvar vidas y hacer regresar las esperanzas. Se abalanzaron deprisa sobre mí, tratando de evitar que el daño llegara a convertirse en irreversible. Una hemorragia de esa magnitud estaba llevándome despacio a los predios de la muerte.           La alegría de haber regresado al encantador sitio de nuestras infancias, me hubo embargado por completo, tanto, que no medí para nada las consecuencias de mis imprudentes actos. Siempre había sido Paíto quién trepaba a los gigantes árboles, para desde las alturas proveernos de los deliciosos frutos de estos. Habiendo pensado yo entonces que era un gran héroe, y envalentonado por algunos tragos de alcohol, la valentía se apoderó de mí por completo, por lo que inicié sin que nadie lo notara; mi ascenso atrevido a uno de los árboles, tal vez el más alto de todos. El mismo estaba colmado de la exquisita fruta, y quise para mí la mayor cantidad de ellos.             Comencé a lanzar muchos a medida que iba en ascenso. El suelo húmedo amortiguaba la estrepitosa caída de aquellos frutos. Después los lavaría con el agua de aquel río maltrecho, me dije. Cuando estaba ubicado a una distancia considerable, divisé un ejemplar inmenso que parecía sonreírme desde una distancia inalcanzable para mi ubicación. Necesité tenerlo en mis manos, y esa necesidad muy pronto se convirtió en un reto, en una obsesión. Estiré hasta lo máximo mi brazo derecho, mientras me asía al árbol con el otro brazo, cuidando de ese modo de salvaguardar mi integridad, pero aún así, el mango resultaba inalcanzable.           Sólo necesitaba un paso más para poder posesionarme de él, y ese paso me hizo cavilar, ya que lo di precisamente en una rama corrompida la que al menor contacto cedió gracias a su gran fragilidad y al enorme peso que en ese entonces yo poseía. Mi humanidad fue a parar de lleno contra suelo pedregoso a la vez que, en mi enloquecido descenso, una gran cantidad de ramas me hacían mucho daño. El contacto de mi cuerpo contra el suelo produjo un golpe seco, acompañado del gran grito de horror que proferí al sentir que caía sin poder evitarlo. Mi caída se produjo en medio de dos inmensas rocas. Era como si dos manos gigantes me habían colocado justo en medio de ellas, ya que al mínimo roce con alguna, hasta allí hubiesen llegado mis días. Para el tamaño de mi desgracia, irónicamente podría decir que corrí con mucha suerte.           Intenté calmar a mi madre profiriéndole algunas palabras de aliento, pues me daba perfecta cuenta de que sufría más que yo. Nada de lo que le decía parecía calmarla, todo lo contrario, al escuchar mis palabras cada vez más débiles, su temor se acrecentaba preocupándola en extremo. A las nueve de la noche de aquel tenebroso día, se dio inicio a una cadena de sufrimientos. Mi Amada se había quedado en la casa de sus padres, por lo que no hubo presenciado el momento del accidente. No fue sino hasta que me habían estabilizado, cuando le dije a Paíto que la llamara. No sé aún como lo hizo, pero al poco tiempo se presentó vuelta loca en el hospital, acompañada de Verónica, su cuñada, la esposa de Nerio.             Después de una larga jornada en el quirófano, desperté de la anestesia sintiendo un enorme peso en mi extremidad afectada. Se trataba de un aparato de los utilizado para mantener los fragmentos de fémur unidos, de esa forma se hace más efectiva su pronta cicatrización. El tutor externo significó más que un tormento. Representó una diabólica máquina de dolor, de incertidumbre y de desesperación. Por mi mente legó a pasar incluso la idea del suicidio, y creo que si no lo materialicé, fue por no poder zafarme de aquella prisión que significaba mi atadura; pero por sobre todo, por mis arraigados principios cristianos. Hoy, en este sitio y en este tiempo indeterminado donde me encuentro, no existe un día en que no me arrepienta de aquel pecaminoso deseo colmado de herejía. Le doy gracias a Dios por haberme hecho aborrecer de inmediato, aquel pensamiento inmundo.           Regresé a casa un mes después, luego de una hospitalización extenuante. Desgraciadamente sufrí una infección intrahospitalaria que amerito un agresivo tratamiento con antibióticos de espectro amplio. Debido al grave proceso infeccioso que hube enfrentado, no pudo ser posible la intervención quirúrgica que requería para proceder mediante la misma, a la colocación de un material de aleación sumamente necesario, en el interior de mi hueso.           Desde un primer instante, e tutor externo, aquel  aparato endemoniado se enamoro de mí, se convirtió prácticamente en el peor suplicio que alguien puede recibir, pues lo hacía de manera constante. Tendría que soportar ese detestable aparato durante tres meses, lo que creí imposible. Las noches me parecían eternas. Mi madre quiso quedarse a mi lado, en nuestra casa, para velar por mí, ayudando en mis cuidados a mi Amada. El aire acondicionado me atormentaba, pero era menester, ya que el calor hubiese podido dar lugar a alguna grave infección, que en mi delicado caso hubiese sido mortal.            Cada mañana mi Amada me hacía la limpieza en las heridas. El procedimiento que le hubo enseñado mi amigo Douglas, uno de los mejores traumatólogos que he conocido y que se convirtió, tan pronto hube llegado a mi ciudad de habitación, en mi médico tratante; me dolía endemoniadamente. Las noches me producían un miedo pueril, le rogaba a Dios para que nunca llegaran. Evidentemente que mi deseo era inevitable y las noches de que llegaban, llegaban. En plena oscuridad, el insomnio se apoderaba de mis sentidos en medio del más silencioso de los conticinios.           Escuchaba como si se acentuaran más de lo usual, los ronquidos de mi Amada y de Eduardo. En ese entonces ocupábamos una sola habitación, mientras nuestra casa estaba en proceso de construcción. Mi madre se desvelaba conmigo. Solía quedarse dormida muy temprano y, cuando el atormentador insomnio se dejaba sentir en todo su esplendor, la sentía despierta. Por más que ella trataba de que no la sintiera, sus respiraciones ansiosas y su nerviosismo la delataban, puesto que, al menor de mis movimientos, corría a mi lado para cerciorarse de que todo estuviese bien o para verificar si algo se me ofrecía. Me acercaba el vaso de agua cuando tenía necesidad de beber. Me acomodaba el pié izquierdo, el cual se movía más de lo debido gracias a la fuerza de la gravedad. Me acomodaba esto o aquello, tratando de que me sintiera lo más cómodo posible.           En ocasiones me provocaba no respirar, morirme, para que mi mamá descansara un poco. Su empecinamiento en velar mi desvelo era mayor que mis blasfemantes deseos. Al cabo de cierto tiempo el cansancio la tenía abatida, lo acusaba sendas ojeras que denotaban su extenuación. Comía poco. Se justificaba diciéndome que ella estaba acostumbrada a comer poca cantidad. Tal vez pensaba que yo había olvidado que ella siempre hubo sido buen diente.              Una de las cosas que más me aterraba, era cuando tenía que comer. No solo por el hecho de ingerir mis alimentos, que de por sí era una competa odisea, sino por lo contrario; es decir, cuando tenía que defecar. El tutor externo estaba aferrado en el isqueo del hueso coxal y a todo lo largo del fémur, lo que me impedía sentarme o levantar mi cadera. Comía colocando mi cabeza de lado y deglutía con suma dificultad. Pero para defecar todo se complicaba aún más. Amada y mi madre, colocaban con extrema dificultad un pañal para que hiciera mi necesidad en él.           Eran abundantes mis heces y extremadamente fétidas, ya que, en el afán de no deponer, lo hacía cada cuatro días o más. Lo difícil era retirar el pañal, ya que la hediondez torturaba los sentidos. Más de una vez mi Amada se comprometía con sus náuseas y los vómitos eran infaltables. Mi madre soportaba estoicamente aquel insuperable olor, que hasta a mí me repugnaba en extremo. Me embarraba hasta decir basta con aquella masa pastosa. Para limpiar mis consecuencias tenían que ingeniárselas aquel par de bellas damas. Mi aseo personal, también era realizado en aquella cama que significaba mi prisión. En ella no podía moverme más que lo necesario.           Estando arropado en mis limitaciones, llegó el mes de diciembre. Esa época siempre fue esperada por mí con sobrada impaciencia, desde que tuve conocimientos. Siempre me hubo encantado la Navidad. De niño, mis hermanos y yo esperábamos el mes de diciembre como una joya bendita. En ese entonces, durante los primeros días de ese hermoso mes, un fenómeno natural cubrió a mi país por completo, ya que, debido a las intensas lluvias que habían caído sobre el territorio nacional durante varios días continuos, casi desapareció uno de los Estados centrales, sitio donde estaba ubicado el mayor puerto del país. Miles de almas se perdieron, en medio de los mortales abrazos del agua. Pero la vida continuaba, y a mediados del mes me fue retirado el tutor externo a insistencias mía, ya que no pude esperar tanto tiempo. Luego de ello, me sentí liberado de la que había sentido una escalofriante prisión. Había llegado la Navidad y con ella, mi desesperación por sentirme útil.           Cuando celebramos el nacimiento del niño Jesús, mi madre aún estaba con nosotros. Ya levaba tres largos meses lejos del resto de la familia. Para ese magno acontecimiento mi padre decidió acompañarnos. Ellos nunca habían pasado una Navidad distanciados, por lo que no iba a ser esa la primera ocasión. Optaron por compartir ese día bendito conmigo, ya que me encontraba incapacitado para moverme a mis anchas, mucho menos para emprender viaje alguno. Para despedir el año, ya me podía transportar, aunque de manera limitada, mediante una silla de ruedas que para mí, mi Amada había adquirido a un precio verdaderamente exorbitante.             La libertad de movimientos me llegaba lentamente. Pasaba muchas horas del día sentado en las afueras de la pequeña casa, en aquel amplio patio que nunca habré de olvidar. En virtud de que al poder movilizarme un poco, mi estado anímico mejoró notablemente, le pedía a mi madre que pasara las fiestas de fin de año en compañía de sus otros hijos, y lo que ella añoraba, en su casa. En el fondo de su alma, era eso lo que ella deseaba como a nada en el mundo, aunque le aterraba que yo la necesitara y ella no estuviese a mi lado. Nunca imaginé al despedirnos, que la siguiente vez que la vería iba a ser en una circunstancia colmada de una gran desgracia y de un eterno sufrimiento.           En este momento de gran desespero, relato tristemente la enorme desgracia que se posó sobre nuestro núcleo familiar, y que acrecentó más la pesadilla que por sí sola hubo ocasionado mi accidente. En un viaje que realizaba para procurarme una visita, Eufemia perdió la vida en un aparatoso accidente de tránsito. El vehículo en el que viajaba, junto a unas compañeras de trabajo, colisionó contra la parte posterior de un enorme camión que estaba imprudentemente estacionado a orillas de la carretera, luego de una muy pronunciada curva. Ella no lo observó sino cuando ya era demasiado tarde, según el relato de un testigo presencial. Todos los ocupantes del pequeño auto perecieron en aquel brutal accidente, donde la imprudencia, aunada al exceso de velocidad, hubo cegado varias vidas inocentes.             Nunca nadie habrá de imaginar la intensidad de nuestros sufrimientos. Tanto mis padres como Marcos y yo, quedamos marcados para siempre. A mí, este complejo de culpabilidad nunca me habrá de abandonar. De no haber sufrido ese accidente, mi hermanita no hubiese perdido la vida. Aquel viaje fue precisamente para eso. Ella y sus amigas planificaron esa visita que habría de ser sorpresiva. Y vaya que lo fue. Mi madre recibió la noticia de boca de Paíto. Este a su vez, había sido notificado por un agente de un cuerpo de seguridad del estado que, haciendo su trabajo, hubo hurgado entre las pertenencias de las víctimas en procura de algún dato referente a la identidad  de alguno de ellos para comunicarse con algún pariente o amigo. En efecto, mi hermana llevaba en su cartera una libreta de notas donde estaban apuntados varios números telefónicos. También estaban en ese sitio, su documentación.              Escogido fue un nombre y un número telefónico al azar. Fue esa persona quién se comunicó con Paíto para hacerle conocer tan lamentable noticia. Las manifestaciones de pesar no se hicieron esperar. A sus veintiún años, Eufemia coronaba una etapa maravillosa en su vida. Su novio le había propuesto matrimonio y solo esperaban acabar sus carreras universitarias para dar ese gran paso. Lamentablemente mi preciosa hermana y el buen chico, no pudieron concretar tal decisión.           Hice acto de presencia a las exequias de mi hermanita, acompañado de mi esposa, mi hijo y mis suegros. Aquellos terribles días no los habré de olvidar jamás. No sé de dónde sacaron tanto valor mis padres. Valor que debieron tener para enfrentar, sin perecer en el intento, la desgraciada ventura de perder un hijo.  Esa noche me fui a la cama temprano. Me quedé en la recámara de mis padres, en una hamaca que Paíto coloco justo al lado de la cama. Mi cansancio era extremo, tanto como mi tristeza. Mis lágrimas brotaron en abundancia, mientras el sueño secuestraba mi consciencia.                    Escuché un toque en la puerta. Se trató de un llamado que sonaba a desespero, ya que hubo insistido tanto quien procuraba aquella solicitud, que me había asustado enormemente. Me despertó aquel mayúsculo estruendo, pero mi aturdimiento no me permitió comprender de inmediato lo que estaba ocurriendo. No supe que hacer, debido a que no logré identificar el sitio donde me encontraba. Mis impulsos no me obedecieron, a pesar de que intenté asirme a aquel sonido insistente, tratando de comprobar de qué se trataba.           Mis ojos no miraban más que a una oscuridad total. La insistencia del toque de la puerta me exasperó tanto, que mi reflejo emergió con un impulso, lo que me llevó a correr muy confundido por un espacio que no conocía. Me golpeé con las paredes y caí al suelo al tropezar con algo. Por más que traté de orientarme, no pude conseguirlo. No logré encontrar la salida de aquel sitio donde me encontraba. Los toques en la puerta persistían. Mi angustia se acrecentaba con cada uno de ellos. Me quedé estático sentado en el piso, esperando no sabía qué. En ese momento, cuando otro llamado insistente volvió a anunciarse, la claridad empapó por completo aquel recinto y pude observar algo que me dejó completamente atónito.           Era mi Amada. Era ella, aquella jovencita que estaba de pie junto a mí, exactamente junto al interruptor de la luz. Se hubo incorporado de la cama al escuchar que tocaban la puerta y había encendido la luz para que me yo pudiera orientarme en aquel laberinto que representaba la oscuridad. Tenía aproximadamente veinte años y su cuerpo presentaba una característica muy particular, estaba encinta. Mi esposa estaba embarazada y yo permanecía perdido en los confines del tiempo, que parecía burlarse de mí desde algún sitio, con una detestable risita sarcástica. Era el tiempo, ese algo que me enviaba hacia algún lugar sorpresivamente, sin anuncios, para regalarme una inmensa alegría o para hacerme sufrir como un condenado.             Mi retorno no me permitía escoger, aunque fuese por una vez, el sitio de mi pasado al que hubiese querido retornar. Era el tiempo quien se encargaba de colocarme en algún sitio estratégico de mi vida, para que me engalanara con la magia de una alegría, pero también para que reviviera alguna desgracia que de alguna u otra manera, habría causado estragos en mi longeva existencia. No supe en ese momento qué hacer. No sabía hacia dónde dirigirme, siquiera podía expresar por lo menos una palabra. Corrí por una amplia sala, siguiendo el toque insistente que alguien le propiciaba a la puerta de aquella casa desconocida donde me encontraba.             Sentí el estremecimiento de una brisa glacial que entraba por una amplia puerta que estaba a un costado, la cual solo era resguardada por una verja metálica. Casi amanecía, a juzgar por el sonido de los corotos de cocina de alguna casa vecina que se escuchaban muy claros, amén de las voces de personas hacendosas y madrugadoras, quienes eran los causantes de aquel barullo de trastes. Las llaves estaban colocadas en el cerrojo, por lo que no me resultó difícil abrir la puerta. Al abrirla, sentí  que todo el frío de la madrugada colmaba mi cuerpo. Lo sentí con tanta intensidad, puesto que apenas vestía un pantalón corto que usaba para dormir. El resto de mí integridad desnudo era, pero para nada me sentí apenado. Pensé que quien tocaba a la puerta podría entender que era lógico, que alguien a esa hora estuviese en esas fachas. Aún atontado, observé a un caballero que sostenía un cigarrillo en su mano, mientras me miraba con una cara inexpresiva.           Recibí en ese instante, parecía que venía viajando con la brisa, un baño de aquella realidad que me había dejado atrapado en la rivera de un pasado, que en ese momento se transformaba en mi presente. Era David, un buen amigo, esposo de una de las enfermeras que trabajaban conmigo en aquel hospital rural donde me desempeñaba desde hacía casi dos años. Me saludó de inmediato. Lo invité a pasar, pero desistió de mi ofrecimiento. Sin ningún tipo de ambages, me dio a conocer el porqué de aquella visita atípica.           Se trataba de su suegra, quien había fallecido hacia apenas unos minutos. La visita era para solicitarme el favor de que preparase el cuerpo de la señora, para de ese modo evitar su rápida descomposición y proceder luego con los oficios fúnebres respectivos. Me extrañó aquella petición, pero recordé al instante, que había aprendido aquel procedimiento con la intención de ayudar a quienes no poseían los recursos necesarios para pagarle a los que usualmente lo hacían. Consideré que no era muy difícil administrar formol a un cadáver. Lo hice en muchas oportunidades, tratando de paliar un poco el dolor de muchas personas quienes, además de haber perdido a un ser querido, se enfrentaban a la difícil situación de buscar un dinero que en muchas ocasiones no tenían, para cancelar los escandalosos precios de dicho procedimiento.                El sitio no quedaba muy lejos, bastaron unos pocos minutos en aquel minúsculo auto para llegar hasta el pequeño poblado, ubicado a la salida de la pequeña ciudad que me había dado acogida para el ejercicio de mi profesión. Cuando ya habíamos llegado, estando aún el interior del carro, pude escuchar claramente el desconsuelo de los dolientes. En la puerta de la vivienda apareció, tan pronto escuchó el motor del automóvil, mi amiga Digna, afligida hasta lo máximo; en procura de un aliciente a su sufrimiento. En ese momento doloroso de su vida, eso significaba uno de mis abrazos. Eso me lo hubo dicho con sus tristes miradas. Por lo tanto, me dirigí hacia donde mi amiga me esperaba con los brazos abiertos. La abracé y sentí su indescriptible pena. Me resultó muy extraño, el hecho de sentir que en algún momento yo hube vivido algo similar. Cavilé un instante al respecto, pero en virtud de que nada aclaró en mi mente aquel destello de realidad, no le presté mayor atención.             Mi amiga estaba sufriendo el incomparable dolor de haber visto morir a su madre. Tan pronto me fue posible, hice lo que tenía que hacer, no sin antes, protegerme con una mascarilla para evitar los dañinos vapores del químico utilizado para esos fines. Mientras el formaldehido penetraba la inerte carne de la anciana, yo permanecía sentado en un viejo sillón que estaba cercano al cadáver. Mis pensamientos me entretuvieron, mientras llevaba a cabo el proceso rudimentario de conservación de un cuerpo. Era dueño de mi realidad. Estaba consciente de lo que me ocurría ya que, desde que había abierto la puerta de la casa, mis verdades se habían posado en mí, para hacerme partícipe de aquel presente hasta donde había ido a parar. Compadecí como nadie a mi amiga Digna, ya que en dos ocasiones había yo presenciado la muerte de mi madre y aún, en este destierro donde me encuentro para dejar testimonio de mi retorno, creo que no la he llorado lo suficiente.            A mi mente llegaron muchos recuerdos, pero resultaban tan efímeros que nada quedaba en mí de ellos, excepto el recuerdo de mi llegada a aquel bello terruño de la serranía.  Recordé que después de haber contraído nupcias, y habiendo logrado un empleo estable en aquel hospital rural, decidí echar raíces, por lo menos de manera provisional en aquel paraje ensoñador. Habíamos viajado emocionados con nuestros escasos equipajes y con una gran carga de esperanzas. En un principio a Amada no le gustó mucho la idea, pero en poco tiempo la pude convencer para que viajara conmigo a aquel poblado que nos habría de acoger por unos años.           Al casarnos habíamos vivido en casa de mis padres, pero luego, el paradisíaco poblado de la serranía nos hubo albergado para extasiarnos con sus encantos. Lo hizo desde un primer momento, debido a su espectacular belleza natural y a su envidiable clima, lo cual nos encantó a pesar de que durante varios meses tuvimos que calentar el agua con la que nos aseábamos y permanecer cobijados casi todo el día. Finalmente terminamos aclimatándonos a aquella delicia.           Pudimos tomar en calidad de arrendamiento, una bella casita que estaba ubicada cerca del centro asistencial. Todo quedaba cercano a dicha casa: el centro asistencial, la mayor parte del comercio, el comando de la Guardia Nacional y de la policía del Estado; el templo católico y su plaza, la gran cantidad de bares y hasta la improvisada terminal de pasajeros. Mis recuerdos llegaban apresurados, como para confundirme en extremo. Comprobé que el tiempo había transcurrido de manera sorprendente única y exclusivamente para mí, estando ataviado en esta locura del retorno a ms pasos andados, logrando que mi pasado se transformara en mi presente y que el futuro se tornara una total incertidumbre.  
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