Había revivido todas mis alegrías, mis momentos de éxito, aunque de igual modo, tuve que ver morir nuevamente a mis allegados. De los momentos revividos, los que más fascinaciones provocaron en mí, fueron los nacimientos de mis descendientes, desde mi hijo Eduardo hasta mi bisnieto. Verdaderamente que tuve la desdicha de revivir hechos muy trágicos, pero también disfruté la dicha de presenciar mágicos episodios; momentos fascinantes que me embriagaron de tanta felicidad. De inmediato, una visión se presentó muy tímida ante mí, era la imagen de aquella bella mujer que estuvo a mi lado aquella mañana y que hubo llevado la claridad a mis ojos, tras el llamado a la puerta de nuestra casa. Amada, mi esposa, a quien hube dejado sola para acudir al llamado de auxilio de mi amiga Digna.
Me convertí de repente en un manojo de nervios, cuando me hube dado cuenta de mi estrepitosa negligencia. Mi Amada estaba en la dulce espera. Ya el día anterior habían concluido las cuarenta semanas que su médico tratante hubo pronosticado según la fecha de su última menstruación. ¡Santo Dios! Dios, pude constatar que estaba a punto de presenciar el motivo del retorno de mis pasos a ese tiempo inolvidable de mi existencia. El tiempo me hubo colocado precisamente en el día cuando nació mi bello hijo.
Confieso en este momento, que ese día le recé a Dios de todas las maneras que conocía, para que me permitiera quedarme por siempre en ese inolvidable momento de mi vida. Si el tiempo se había prestado para jugarme aquel fenómeno, impensable para cualquier mortal, pero posible y real para mí, tal vez hubiese sido posible, que hiciere aquella salvedad. Estaba viviendo una vez más, aquel bendito milagro, el perfecto día de marzo cuando hubo nacido mi bebé. Resultaba obvio que no habría de ser realidad aquel exagerado sueño. El paso del tiempo no se detiene y nadie podrá intervenir por más que llegue a intentarlo. Aún no lo comprendo por más que lo intento. Si el retroceder de mi tiempo habría de concluir con el momento de mi nacimiento. ¿Cómo es que estoy aquí con la capacidad suficiente para escribir estas líneas, testigos de mi regreso a la vida?
Me excusé de inmediato tan pronto culminé el procedimiento. Ellos, a pesar de aquel momento luctuoso, comprendieron los motivos de mi pronta retirada; les dije que mi esposa estaba pronta a tener a nuestro hijo, ya que precisamente el día anterior, se habían cumplido las cuarenta semanas de gestación y era inminente el nacimiento de mi bebé. David de inmediato me llevó a casa en el pequeño auto de la familia. Tan pronto llegué, desesperado, busqué a mi Amada para cerciorarme de su estado. Hacía rato que el sol había llegado y ella, como siempre lo hacía a esa hora del día, se encontraba en la cocina preparando el desayuno para ambos.
No tenía yo que trabajar ese día ni al día siguiente, ya que luego de la guardia nocturna que recientemente hube realizado, tendría esos dos días libres; por lo que tendría todo el tiempo necesario para estar atento a lo que ella presentara. Su “barriga” denotaba un gran tamaño. Ya se le dificultaba mucho hacer algún movimiento, por más pequeño que resultare. Se veía bella mi Amada, esa belleza que perduró durante toda su vida y a la cual contemplé día a día, como el más afortunado de los mortales. Su embarazo no le restó realce a su belleza. Cuidaba su apariencia como a nada y aún en su estado de gravidez, cada movimiento de su andar denotaba sensualidad. Inclusive en su estado de espera coqueteaba mi Amada. Realmente siempre me sentí muy afortunado al saberme dueño de aquella belleza suprema, de aquel amor sin límites y, por supuesto, al amar y sentirme amado por ella.
Tuve que insistir arduamente para que me permitiera concluir aquellos quehaceres, pues me preocupó grandemente que siguiera trabajando cuando ya de un momento a otro, podría iniciarse el trabajo de parto. Mientras tomábamos el desayuno mi Amada me miraba como siempre, con mucha ternura. Llevaba delicadamente cada bocado a su boca de encanto y masticaba en extremo lento. Siempre me decía que yo comía muy rápido. Tal vez era que ella masticaba demasiado despacio o era que yo lo hacía en verdad velozmente, para poder mirarla por mucho tiempo sin distracción alguna, mientras ella terminaba de comer. Siempre me extasié con sus miradas, con aquellos ojos bellos que eran exquisitos. Su pelo era precioso y como su principal orgullo, lo cuidaba como a nada.
Recogí los platos y los llevé al fregadero, prometiéndole que los lavaría luego. Pasado el mediodía, mi tierna esposa me confesó que estando en el baño, sintió que de sus genitales salía mucho líquido. No supe qué hacer en ese momento, mi emoción era tan grande que me confundía ante aquello que pensé que iba a ser rutinario, pues en el ejercicio de mis estudios y durante mi ejercicio profesional hube presenciado en muchas ocasiones, los signos y síntomas de un trabajo de parto. Lloraba y reía al mismo tiempo, manifestando de ese modo aquella empecinada confusión. Era mi hijo quien estaba tocando a las puertas de nuestras vidas.
Llamé a mi viejo amigo don Pedro para que nos trasladara hasta el hospital, ya que, desesperado, no sabía qué hacer. Corría de un lado a otro sin conducirme hacia algún sitio en específico. Ella no me refería dolor alguno, solo la salida de un líquido sanguinolento por su zona íntima. Era ese el indicio indubitable del inicio del trabajo de parto. Como no habría de saberlo si en ese hospital lo que más se hacía era atender partos y mas partos. Casi era un experto en el arte de asistir a las mujeres mientras traían sus vástagos al mundo. Aún faltaba mucho para que llegara nuestro pequeño, ya que apenas la dilatación del cuello uterino se había iniciado, pero mi nerviosismo me hacía actuar como un imbécil. Ella solo miraba mis torpes actuares muy divertida. No entendía el por qué de aquel nerviosismo que pensamos que no se haría sentir.
A insistencias mías y ante la vergüenza de la futura madre, la dejaron hospitalizada. Pasadas las seis de la tarde y en vista de la lenta dilatación del cuello uterino, le fue administrado un medicamento cuyo mecanismo de acción consistía en precipitar las contracciones uterinas. Al cabo de unos minutos comenzaron las benditas contracciones. A esa altura del día, ya mis suegros habían llegado acompañados de Nerio.
Mis cuñadas no pudieron viajar debido a sus múltiples ocupaciones. La angustia de doña Rebeca crecía, mientras su hija se retorcía ya de los dolores, los cuales describía como insoportables. Mi querida suegra no quiso apartarse un segundo siquiera del lado de su hija, al igual que yo. Cuando iban a dar las nueve de la noche, ya el parto era inminente. Trasladamos a mi Amada a la sala de partos, donde ya yo había dispuesto todo con verdadera vocación y mi querida amiga, Angélica, quien era la médica de guardia esa bendita noche, se dispuso a asistir el parto. En voz muy baja le pedí que me dejara atenderla. Ella aceptó gustosa, pero no se apartó ni un instante de nuestro lado, por si acaso se presentaba alguna complicación que por fortuna no ocurrió.
A las nueve y dieciséis minutos, cuando el bebé hubo coronado, pude observar sus cabellos adheridos al cráneo. Mi corazón agilizó sus pasos debido a mi emoción. Dado a que nunca quise saber el sexo de mi primer descendiente antes de su nacimiento, era ese un momento de emoción intensa. Lucía muy robusto, después de que los hombros hubieron traspasado el umbral materno, emergió por completo a las nueve y diecisiete de aquella fría noche de marzo. Con sorpresa, miré aquel par de pelotitas rosadas que me gritaban con todas sus fuerzas que era un niño, que era mi bebé; mi lindo muchachito. Miré sus labios y me pareció estar mirando los míos. Se posó sobre mí, la mayor de las bendiciones de Dios desde ese entonces. Cuánto amo a mi bebé, cuanto lo amaré por siempre.
A medida que transcurrían los acontecimientos, era yo presa de mí alocada aventura de mi retorno a la vida, ya que a mi mente llegaba el recuerdo de un hombre recién entrado en la senectud, con la columna vertebral algo encorvada y sus cabellos canos, quien me hubo besado tiernamente en la frente mientras me decía que iba a visitar al médico para un chequeo rutinario. Era aquel hombre maduro quien me miraba tiernamente, cuando hube iniciado hacía poco tiempo mi regreso a mis pasos andados, mi retorno a la vida, luego de haber sucumbido frente a un ataque cardíaco. Llegaba fugazmente, el recuerdo de aquel buen hombre que me había dicho papá para mi gran sorpresa.
Estaba allí entonces ante mí, algunos días después de aquel suceso bendito cuando mi hijo ya entrado en años, me acariciaba tiernamente, otro momento de su vida, su nacimiento. Fueron mis manos joviales, las que tocaron por vez primera a aquel ser maravilloso. Lo observé detenidamente para estar seguro de que no era portador de alguna malformación congénita, por lo menos en el exterior de su cuerpo. En esa acuciosa observación, noté en su costado un lunar en forma ovalada, de color café idéntico al que lucíamos todos en mi familia. Un lunar parecido lo portaban mis hermanos, mi padre, mis tíos, mis primos, todos por la rama paterna. Mi hijo no era la excepción, portaba el lunar de la familia como siempre le dijimos.
Nunca me cansaré de darle mil gracias a Dios, por el deleite hermoso y eterno que recibí aquella noche álgida de marzo, cuando mi hijo llegó a mi vida, a mi realidad, a este mundo donde le aguardaba todo este intenso amor que, aún en este retorno a mis pasos andados, le prodigaré eternamente. En el preciso instante de su llegada, me prometí que haría todo lo humanamente posible y aún más para protegerlo, para nunca separarme de él. No fue necesario prometerme que lo amaría, porque ya antes de engendrarlo siquiera, lo amaba con este amor que nunca dejaré de sentir.
Esa noche dormí sentado al lado de mi Amada. Bueno, si se le podría denominar de esa forma dormir el hecho de estar contemplando a cada instante a una personita y a su madre, tal como lo hice durante toda la noche. Mi bebé parecía un verdadero angelito, quien dormía plácidamente ajeno a mis insistentes miradas. Comprobé esa noche lo que siempre hube presentido, que sí era posible amar de esa manera. No podría describir nunca la intensidad del amor que he sentido y que por siempre sentiré por toda mi familia. Mis manos se posaban en su piel rosada, lo acariciaban con toda la sutileza de mi alma, tratando de ese modo de palpar la verdadera fascinación que había llegado a mi vida. Me opuse desde el primer momento a que mi Amada le diese leche maternizada.
Desde que hubimos decidido a formar una familia, le hice entender a ella que la mejor alimentación de un recién nacido siempre lo ha sido la leche materna, que no hay nada que la sustituya. De esa manera se hizo, ya que mi adorada esposa, afortunadamente, producía mucho de ese bendito nutriente. Al llegar la mañana, mis suegros y mi cuñado ya hacía rato que habían llegado al recinto para visitar a mi Amada y a nuestro hijo. Lo bendijeron y se turnaron para tomarlo entre sus manos, derramando para él un sinfín de expresiones empapadas de mucho amor. Eso es el amor, tan bello y tan grande que provoca vivir eternamente, para amar de manera perpetua a los seres que nos hacen la vida tan especial. A mi familia les notifiqué vía telefónica la misma noche del nacimiento de mi bebé y tanto mi madre como Paíto y mis hermanos, se llenaron de emoción por la llegada del nuevo integrante de la familia.
Cuando ya eran las ocho y media de la mañana y los rayos del sol calentaban tenuemente, expuse a mi muchachito completamente desnudo para que recibiera esa caricia tan necesaria. Evitaba de esa manera que se me pusiera amarillento, cosa que ocurre frecuentemente en muchos recién nacidos. Mis enormes manos tomaban aquel frágil cuerpecito, con especial agrado e inmenso amor. Nunca olvidaré ningún instante en la vida de mi bebé, pero fue ese episodio grandioso el que siempre recordaré muy especialmente. Fueron aquellas manos que hube palpado al enjugarme las lágrimas al momento de mi retorno, las cuales eran apenas cubiertas por una delgada capa de piel y que cargaban todos los años del mundo, las mismas que entonces portando una juventud deliciosa, se sentían complacidas y orgullosas, de poder tener entre ellas a la mayor causa de felicidad de mi vida, al hijo de mi alma y de todo mi gran amor.
Pasé todo el día caminando entre la casa y el hospital. Estaba verdaderamente exhausto, pero cuando llegué a casa a insistencia de mi amada, quien me había conminado a descansar un poco, me envolvió el desespero de mirar a mi bebé y de inmediato me regresé al hospital. Don Juan Pedro y doña Rebeca dormían plácidamente la siesta en la recámara matrimonial, mientras que Nerio roncaba como nadie en la hamaca que estaba ubicada en una habitación contigua. Resultaban completamente estériles las recomendaciones de mi Amada en cuanto a quedarme en a casa descansando. Ella sabía más que nadie, que no existía alguna fuerza en este mundo que me separara de ella y de mi hijo.
Mi Amada colmada de alegría y amor, contemplaba al bebé con sus miradas inmortales. Lo tomada delicadamente y lo llevaba a su pecho para amamantarlo, luego de lo cual y como una experta, le hacía expeler los gases dándole unos pequeños golpeos en la espaldita. Lo cubría de muchísimos besos, lo palpaba con la piel de su bello rostro. Se notaba en la mirada de mi Amada, el amor de madre que siempre demostraría por su hijo y por todos nuestros descendientes. A las diez de aquella noche llena de estrellas y helada en extremo, me envolvió el cansancio sin poder evitarlo. Coloqué una colchoneta muy cerca de la cama de mi Amada y con el debido permiso de unas comprensibles madres que estaban en la misma habitación, me dispuse a dormir un poco. Cuando el sueño se apoderaba de mí, los recuerdos se volcaron sobre mi existencia, para hacerme llegar instantes de mi pasado Recordé una vez más, que habían pasado escasos días desde que hube regresado a la vida. Recordé que luego de sentir un fuerte dolor en el pecho y una extraña sensación, me sentí en un sitio de belleza radiante, donde un grupo de niños de blancos ropajes caminaban a mí alrededor.
Recordé la oscuridad que se produjo luego. En aquel momento, mi desespero por poco me hizo flaquear y entregarme a un destino incierto. Llegaron nítidos los recuerdos de los primeros pasos en mi retorno. Antes de quedarme dormido, entreabrí mis ojos y pude observar la silueta de los brazos de mi niño que intentaban asirse de la nada. Aquella silueta llegaba a mí, gracias a la luz de la luna que adornaba el cielo de aquel paraíso terrenal aquella noche fría de marzo y que se colaba por la ventana de la habitación del hospital donde nació mi único hijo.
Cuando me desperté, tuve la impresión de que había dormido demasiado. Me sentí relajado, sentí que había descansado lo suficiente. Vencía de esa forma al cansancio ocasionado por mi extenuante trajinar en ese momento tan importante de mi vida. Mi despertar hubo llegado, pero no quise abrir mis ojos ya que mi apego a ese divino momento de flojera resultaba extremo. Quise continuar descansando; pero la realidad me atrajo de inmediato, por lo menos sentí que lo hacía. Quise entonces pararme de mi colchoneta y tomar entre mis insaciables manos a mi bebé, para colmarlo de besos en ese su segundo día vida.
Pero al abrir mis ojos, observé otra realidad donde no estaba mi niño. Habían sido mis pasos, transportados a otra época de mi vida lo que me colmó de intenso pavor. De inmediato, el presente comenzó a transformarse en una realidad, en mi realidad. Creí que algún horrible sufrimiento me haría su presa. Existía en mi cabeza, solo el recuerdo de mi Amada, quien me había dado el más bello de los regalos que alguien puede recibir, un hijo. De resto, mi vida estaba colmada de un intenso vacío. No sabía nada ni recordaba otro tanto. Estaba de esa forma, asido a mi retorno, a mi regreso a la vida; a un paso en el tiempo, el cual que tentaba apartándome de mí conciencia no sabía en ese momento con qué intención.
Estaba en una habitación cálida, con un techo rojo y una ventana amplia que daba hacia una calle poco transitada. El día hacía mucho rato que había aparcado para traer su diario andar. El aposento donde me encontraba era muy bonito y sumamente cómodo, gracias a un perfecto decorado que acusaba un muy buen gusto. La luz se reflejaba en un espejo grandioso que estaba justo frente a mí, en una pared de un tenue verde tan brillante como las estrellas que retozan andariegas junto a la luna. Me paré de inmediato invadido de una curiosidad extrema. Me coloqué frente al espejo y contemplé algo que me confundió mucho más de lo que ya estaba. Cerré los ojos impulsado por un extraño reflejo y los mantuve de ese modo por un tiempo no preciso, luego de lo cual los abrí lentamente y miré a un jovencito muy delgado, que parecía desvivirse por vivir.
Estaba vestido únicamente con un short. Mi delgadez dejaba ver unos músculos algo pequeños, pero firmes. Pude visualizar en mi pecho, unos cuantos pelitos que parecían jugar entre ellos. Mi piel parecía más blanca que nunca y mi cabello era de un n***o muy intenso. El bigote dibujaba una línea sagrada y parecía un adorno sobre mi labio superior. Pero lo que más me llamó la atención, fue esa enorme juventud que se apoderaba de mi cuerpo en el preciso momento cuando llegó a mi mente como un destello de un pasado, la imagen de un anciano débil y postrado. Aquella visión parecía darme la bienvenida a una etapa de mi vida muy alejada en una realidad y muy cercana en un tiempo que se empecinaba en jugar conmigo, envolviéndome en un retorno que me gritaba desde lejos, que aunque dolorosos o agradables, eran esos; los más importantes episodios de mi vida prolongada.
Volví a mi realidad, esa que me miraba desde un espejo pulido que reflejaba todo mi cuerpo. Caminé despacio dentro de la habitación. Contemplé un escritorio de madera oscura, muy brillante. En ese preciso instante, un recuerdo efímero, me regaló la imagen de un escritorio semejante perdido en un tiempo lejano. Solo fue eso, la imagen no terminó de consolidarse en mi mente, sino que siguió algún rumbo desconocido; pero lo poco que de ella llegó a mí, lo saboreé mirado también la figura de un hombre con una importante experiencia a cuesta.
También llegó a mi mente, aquella figura de un hombre viejo que se extasiaba leyendo unos poemas o algún cuento con enorme satisfacción. En el escritorio bonito de aquel presente, pude mirar un escrito excelso que reposaba sobre él. La silla estaba alejada del escritorio como impulsada, a mi parecer, por un apuro apremiante. Sentí contrariamente al poco rato que el apremio estaba en mí, ya que habían transcurrido setenta años desde que se hubo producido mi retorno y las imágenes de la ancianidad trataban de sobrevivir ante las de un cuerpo adornado por una juventud perfecta. Era mi cuerpo en ese entonces, decorado por la magia de veintidós años, cuando hacía solo unos días, eran más de noventa los que se posaban sobre un cuerpo extenuado y colmado de arrugas y pesares.
Visualicé sobre dicho escritorio, una nota que sin lograr comprenderlo, me atrajo de manera sorprendente. Mis manos y el resto de mis sentidos, me conminaron a adentrarme en esas letras las cuales leí ávidamente. Quedé extasiado con aquellas composiciones maravillosas, maravilla que consideré desde mi particular punto de vista. Eran deliciosas aunque al momento no supe de donde provenían ni quien era su autor; dado que no tenia firma. Pero la lógica siempre se expresa por si sola y atando cabos, fui determinando el origen de aquello tan bello que había leído. El escrito estaba en lo que supuse era mi alcoba y en mis cosas, además de las huellas de quien escribe algo mientras travieso, tiene en sus manos restos de aderezos. Además de todo eso, al lado de ese escrito, un plato contentivo de restos de comidas y de esos aderezos lo decía todo.
Me entretuve no supe cuanto tiempo, en la lectura de aquel relato que me pareció muy tierno y doloroso a la vez, engalanado además, de un romanticismo imperecedero. Cuando levanté la mirada de aquel escrito, una voz se hizo sentir en el silencio. Quien hablaba abrió la puerta de la alcoba y se dirigió a mí con premura. Esa voz me provocó un gran impacto, el cual me estremeció de pies a cabeza. Aquella voz que se dirigía a mí, más que una voz parecía un arrullo, parecía un canto, era en extremo preciosa. Me aferré a ella de tal manera, que la pude escuchar también en mis sentidos, a través de un destello del pasado que se hacía presente en mi aturdida razón. Era la voz de una dama que, en un recodo de mi tiempo, me confesaba un gran dolor o me felicitaba por algún logro. Pero estando en ese momento ajeno de mi retorno a los pasos andados, todo aquello se tornaba en una confusión sin parangón. Me quedé estático en un espacio que no sentía mío y que parecía balancearme en un tiempo al que no lograba aferrarme.
Escuché que aquella voz se dirigía a mí, señalándome un gran retraso en mi proceder. La escuché atento sin otorgar respuesta alguna; pero mi silencio fue tan testarudo, que procuró el retorno de aquella voz que tras la puerta de mi alcoba reclamaba mi presencia. Era aquella voz, idéntica a la que hube escuchado llegada con aquel recuerdo que había llegado a mí hacía apenas unos instantes. Al persistir aquel silencio ensordecedor que de mí manaba, apareció una hermosa dama tras abrir la puerta de aquel aposento. Al dirigir mi mirada hacia ella, no pude creerlo, aparecía ante mí una bella figura que me regalaba la magia de una realidad que entonces se posesionaba de mis sentidos para permitirme vivir y ser nuevamente feliz al lado de mi madre bendita. Estaba ella apostada frente a mí, mirándome con los ojos entrecerrados de la desesperación, al observarme aún si ataviarme para el acontecimiento que se produciría apenas dentro de pocas horas y para lo cual estaba ella ya preparada.
_ Argenis, ¿es que no te piensas arreglar hijo? Mira que eres tú y no nosotros quien se va a casar esta noche.
Cuando escuché aquella frase de mi madre no supe que decirle. Solo atiné a cerrar mis ojos, tratando de divisar una ranura en un cerrado olvido, la cual permitiera adentrarme a una realidad que necesitaba desesperado, para encontrarme con aquel compromiso tan importante que mi madre me había anunciado en ese momento. Se aferró entonces a mi conciencia, lo que hube escuchado hacia apenas unos instantes. De inmediato, me di verdadera cuenta de la importancia de lo que iba a suceder esa la noche. Mi retorno volvía a condecorarme con la vuelta de un sagrado momento. Y aquel momento no era otro que una boda. Esa noche se efectuaría mi matrimonio. Mi retorno me había llevado hasta el precioso día cuando contraje matrimonio con la mujer más bella de todas.
Me casaría esa noche y la felicidad se anidaba, dejando a un lado el miedo que siempre me amenazaba cuando daba mis primeros pasos en un nuevo episodio de mi existencia ya vivida. Fue entonces cuando un bellísimo rostro se apoderó de mi mente. Era ese rostro extremadamente hermoso, decorado con unos ojos espectaculares y una boca sensual. Su cabello era una joya, su belleza única. No podía ser otra que Amada, mi novia. Lo recordé la imagen de aquel rostro que adentraba en mi vida y comprendí el por qué me iba a casar con ella. Comprendí con sobrada razón, por qué me había enamorado de ella.
Fueron llegando uno a uno, diversos instantes de mi vida. El más notorio de todos, fue aquel momento mágico cuando tuve la dicha de conocer a la bella dama que se convertiría esa noche en mi eterna compañera. Los grandes poderes de aquel enigma se hacían presentes. También hacía eco en mí, una voz delicada. El pasado me tocaba de manera hiriente. Se presentaba aquella voz lastimera. Me tocaba una vez más el pasado para hacerme daño tal vez, pero ese instante doloroso apenas me rozó. Fue a parar en los brazos del olvido al que fue sometido de inmediato por mi conciencia. De ese modo aquel presente grandioso, daba paso solo a la felicidad.
Mi presente se hacía sentir nuevamente en mis sentidos, reclamándome atención. Ya mi madre se había retirado a terminar de arreglarse, confiada en que pronto estaría listo para emprender un pequeño viaje. El amargo aliento un reciente despertar, exigía mi traslado a la sala de baño que estaba ubicada en las afueras de aquella alcoba de encantos. Automáticamente me dirigí hacia ella con la finalidad obvia. El presente se quería colar en mi confusa mente y la señal más evidente de ello, fue la llegada de las imágenes de lo que había ocurrido la noche del lógico día anterior, cuando me hube entregado de lleno a lo que era mi última parranda de soltero. Pude constatar en aquel recuerdo que recién anidaba, la estrepitosa celebración que mis amigos me ofrecieron en aquello que ahora nombran “despedida de soltero”.
Mientras me bañaba, llegaba desbocada la imagen de una encantadora chica emergiendo de un pastel gigantesco. Aquel recuerdo me entretuvo mientras con glotonería lo rememoraba. Ella danzaba completamente desnuda frente a mí. Era una mujer sin límites ni escrúpulos para su arte. Sin un dejo de vergüenza, mostraba su desnudez con orgullo, obsequiando con ello, la imagen de una hembra que era dueña de un cuerpo monumental. Su cadera se contorsionaba al son de una música escandalosa. Los senos firmes eran una delicia a la vista.
Quise saber en ese momento si también lo era al tacto. Pude tocarlos, recordé que solo a mí me lo permitió. Comprobé con mis golosas manos, su firmeza sin igual. La zona que más destacaba era su pubis, donde el bello había sido trabajado espectacularmente para mostrar un tenue hilillo que hacia recordar el bigote que Armando Catalano, mejor conocido con su nombre artístico “Guy Williams”, se había dejado para personificar a aquel legendario héroe enmascarado, ataviado completamente de n***o. Aquella imagen estaba provocaba una reacción en mi cuerpo, reacción que no era otra más que el crecimiento brusco de uno de mis órganos. Antes de que llegara a su completa erección, aquella imagen s****l se apartó súbitamente para dar paso nuevamente a la silueta de la doncella con la que estaba comprometido.
Los recuerdos se abocaron por completo en mi cabeza aturdida hasta ese entonces, de ese modo me afianzaba a mi realidad. Comprendí en ese momento bendito lo que me había estado sucediendo desde hacía ya algo de tiempo. Comprendí que estaba viviendo un retorno a mis pasos ya dados. Comparé aquellas manos juveniles que en ese momento posaban un paño suave sobre mi rostro, con las manos del nonagenario que apartaban las lágrimas que brotaban de unos incrédulos ojos, cuando hube despertado de mi muerte para iniciar mi retorno. Comprendí que iba a saborear nuevamente el placer de casarme con mi Amada.
Después del almuerzo, iniciamos el viaje hacia la ciudad donde residía mi Amada con su familia, donde se llevaría a cabo la ceremonia. Había pernoctado varias veces en casa de la familia de mi novia. Recordé en el transcurso del viaje que hacíamos mis padres, Marcos, Eufemia y yo, el álgido momento nacido de mi nerviosismo, cuando fui a pedir la mano de mi novia. Llegaron a mi mente, las imágenes de don Juan Pedro, doña Rebeca y yo, situados bajo aquel cují que estaba ubicado en un rincón del inmenso patio de la casa, donde nos habíamos dispuesto a conversar.