El día de la boda había llegado. La iglesia estaba adornada con flores blancas y tonos lavanda que combinaban perfecto con el vestido de Susan y el traje n***o de Ian. Todo era hermoso, casi de cuento. Las risas, los abrazos, las fotos, los niños corriendo entre los bancos de madera. El aire olía a flores frescas y promesas eternas. Sol llegó de la mano de Bruno, ambos radiantes, y entre ellos su pequeño hijo Dylan, con su trajecito y ese flequillo castaño que le cubría media frente. —Mami, ¿ya viene la princesa? —preguntó Dylan, y Sol sonrió acariciándole la mejilla. —En un ratito, amor —susurró antes de intercambiar una mirada tierna con Bruno, que le tomó la cintura con suavidad. Yia estaba allí, a unos pasos de la entrada, tomada de la mano de James. Vestía un vestido azul celeste

