8.

1728 Words
La ciudad había quedado atrás desde hacía unos veinte minutos cuando el navegador le indicó que girara a la derecha. Avanzó varios kilómetros por el camino secundario, hasta que divisó el alto muro de piedra que se perdía entre los árboles que rodeaban la propiedad y el portón de madera y hierro. Oprimió el timbre y luego de unos instantes, una voz femenina saludó. - Mi nombre es Adriana Valdelomar. Tengo una entrevista con el señor Almonte – - ¡Oh, sí! La esperábamos. Pase, por favor – No pudo evitar una exclamación de sorpresa al ver la casa que se ocultaba tras el muro. Era de arquitectura moderna, de líneas sencillas. Bajó del auto, aún azorada. Era evidente que la persona que vivía allí era muy adinerada. Quizás debió pedirle a Randall más información de su amigo. La puerta principal ya se había abierto y una mujer en sus treintas, de mejillas llenas y cabello castaño, le ofreció una sonrisa. - Hola, Adriana. Mi nombre es Nohelia. Adelante, por favor – - Muchas gracias – Le siguió por un amplio recibidor. La mujer vestía un pantalón de mezclilla y una blusa de manga larga. Llevaba el cabello recogido en una cola atada a la nuca y calzaba zapatillas deportivas. Probablemente era familiar del señor Almonte. ¿Tal vez sería su esposa? Entraron a una sala de estar también amplia, de grandes muebles oscuros y poca decoración. Parecía ser que su estilo en general era minimalista. - Por favor, tome asiento. Salvador vendrá en un momento – - Gracias. ¿Es usted su esposa? – La mujer rio ruidosamente. - ¿Yo? No. Soy la enfermera a cargo de doña Carmen – - Perdón, pero… Yo entendí que estaban buscando una enfermera – - Sí, sí, disculpe – se sentó junto a ella en el sofá – Le explico: he atendido a doña Carmen los últimos meses, pero estoy embarazada. Salvador y yo convenimos en que lo mejor era buscar otra persona. Me duele mucho tener que dejar a doña Carmen, pero debido a mi estado, no puedo continuar – - ¡Oh, comprendo! Felicidades. ¿Cuánto tiene de embarazo? – - Acabo de cumplir las quince semanas – Se escuchó el golpe de una puerta y Nohelia se puso de pie rápidamente. Adriana se secó el sudor de las manos en su pantalón y miró al hombre que en ese momento entraba a la sala. Era muy alto. Probablemente medía más de metro ochenta. Era delgado, de piel canela y ojos verdes. La nariz ancha, los pómulos afilados y cejas espesas. El cabello era oscuro y lo llevaba recogido en una especie de moño. Él también la observaba con curiosidad. Su mirada era muy intensa, su presencia algo intimidante y Adriana sintió que sus mejillas ardían. - Salvador, la señorita Valdelomar – dijo Nohelia ajena a lo que sucedía. - Mucho gusto – el hombre tenía una voz grave y se acercó a ella. Le estrechó la mano con un gesto firme y ella trató de sonreír. - El gusto es mío, señor Almonte – - Tome asiento – dijo mientras ocupaba el sofá frente a ella – Supongo que Randall le comentó por qué necesito una enfermera – - Brevemente, sí. Mencionó que es para atender a su madre – - Así es. Requiero a una persona de tiempo completo para que la atienda. Sería un contrato por tres meses y luego de ese plazo… veremos. Eso implica que debe residir aquí, aunque tendrá los fines de semana libres y sus horas de descanso y alimentación, por supuesto – - Entiendo, pero… señor Almonte, como le expliqué a Randall, yo no soy especialista en cuidados terminales – - Lo sé. Vi su currículum – dijo él sin inmutarse – Pero Randall me aseguró que usted era la persona idónea para asumir esta tarea. ¿Puedo preguntar cómo se conocieran Randall y usted? – - ¿Él no se lo dijo? – no estaba muy segura de cómo responder sin entrar en detalles demasiado personales – Nos conocimos cuando inició el negocio de los bares - - Ya veo… Bueno, entonces creo que eso lo dice todo… - Señor Almonte, hay algo más que creo que es importante que sepa… - miró un momento a Nohelia y volvió la atención a él – No he trabajado en un tiempo y… - Lo sé – le interrumpió y se puso de pie – Usted es una enfermera calificada y eso es todo lo que me interesa – seguramente ella debía lucir muy desconcertada, porque agregó: - Con la recomendación de Randall me es suficiente – miró su reloj – Ahora, el puesto es suyo si lo desea, pero antes que me dé una respuesta, quiero que Nohelia le explique con más detalle en qué consistirán sus labores para que tenga claro el panorama y pueda tomar una decisión – hizo un gesto a la mujer y sin más, salió del salón. Nohelia se puso de pie y se volvió a ella. - ¿Viene conmigo? La llevaré con doña Carmen – Adriana asintió y se dirigieron al interior de la casa. Cruzaron por una amplia cocina que desembocaba en un ancho pasillo. La primera puerta a la izquierda era la habitación de doña Carmen. Era de buen tamaño y estaba acondicionada como si perteneciera a un hospital. Un hospital de primera. La mujer se encontraba en una cama especial, rodeada de aparatos de monitoreo. Debía tener entre sesenta y setenta años y parecía pequeña. Tenía piel oscura y cabello rizado ahora lleno de canas. Nohelia le habló del diagnóstico y de los medicamentos que tomaba. - En el hospital le dieron tres meses de vida – dijo con algo de pesar – Por eso Salvador decidió traerla a su casa para pasar sus últimos días. Pero desde que está aquí, se ha estabilizado. Por eso Salvador le ofrece un contrato de tres meses. Con suerte, doña Carmen viva mucho más – tomó una tableta de una mesa larga que se encontraba a un extremo de la habitación – Aquí encontrarás el expediente médico, dosis y horarios de los medicamentos. Salvador es muy exigente y espera que la rutina de doña Carmen se cumpla al pie de la letra – se volvió a Adriana – No lo tomes a mal. Es una persona completamente razonable y si algo sucede, pues obviamente él lo comprenderá… Y si tienes alguna sugerencia o cambio que creas necesario, puedes hablarlo con él – - Él… ¿Cuál es su ocupación? – - Tiene una empresa de servicios informáticos. Su especialidad es la ciberseguridad. Pero desde que doña Carmen está aquí, él atiende todo desde la casa. Pasa casi todo el tiempo allí, en su oficina. Es adicto al trabajo, pero también es porque brinda servicio a corporaciones muy importantes y agencias de Estado… Aquí también está el expediente médico de Salvador… Supongo que en el correo te dio algunas indicaciones – - Sí, lo hizo. La verdad me extrañó la solicitud – - Salvador tiene una alergia muy severa a las almendras, así que no puedes traer nada con almendras a la casa. No solo se refiere a las semillas o comidas. Esencias, velas, jabones… Nada, absolutamente nada – - Lo comprendo – Nohelia verificó los signos de la mujer y luego le indicó a Adriana que salieran. - Si aceptas el trabajo – continuó mientras volvían a la cocina – no tendrás que ocuparte de nada más que atender a doña Carmen. Tres veces por semana viene un servicio de limpieza y también se encargan de la lavandería. También hay un servicio de alimentación que cada lunes entrega platillos preparados para Salvador. Doña Carmen se alimenta por sonda y eso también es entregado semanalmente. Puedes solicitar que te incluyan en el servicio de comidas o si prefieres cocinar para ti misma, no hay problema. Cada jueves haces el listado de lo que necesitarás para la semana siguiente. Si bien se espera que estés disponible veinticuatro horas, dentro del cronograma hay espacios para que descanses y tomes tus comidas, como dijo Salvador y doña Carmen ha estado bastante estable, así que eso te dará espacio suficiente para tus asuntos – miró a su alrededor - ¿Qué más? Bueno, es mucho, pero tal vez tengas alguna pregunta – - ¿Solo ellos dos viven aquí? – - Sí, son solo ellos dos. Son originarios de República Dominicana y toda su familia está allá, pero se instalaron en este país hace muchos años – Adriana asintió. - Bien, creo que es todo – dijo con un suspiro – Le daré mi respuesta al señor Almonte cuanto antes. Solo debo poner en orden algunos asuntos personales – - ¡Oh! – Nohelia la miró algo inquieta - ¿Eres casada? ¿Tienes hijos? – - No, no. No soy casada ni tengo hijos – sintió alivio de que su voz no la traicionara. - Comprendo… Bien, puedes escribir a Salvador si tienes alguna otra duda – - Sí, muchas gracias, Nohelia – - Dame un momento. Le avisaré a Salvador que hemos acabado – Le miró escribir en su teléfono y luego de enviar el mensaje, la joven explicó: - A Salvador le molesta que le interrumpan cuando está en la oficina. A veces tiene reuniones o debe atender temas delicados, así que todo lo manejamos por mensajes, pero siempre está atento y responde muy rápido – Efectivamente, a los segundos escucharon la puerta y fueron al encuentro del hombre. - ¿Está todo claro? – preguntó deteniéndose frente a ellas. Adriana no era baja de estatura, pero ante él, se sentía muy pequeña. Quizás era el aura pesada y oscura que lo rodeaba. - Sí, señor Almonte. Muchas gracias por su tiempo. Procuraré darle una respuesta pronto – El hombre miró su reloj. - ¿Puede ser mañana? No es que quiera deshacerme de Nohelia, pero con su embarazo, no quiero que siga haciendo esfuerzos por mucho más tiempo – Hablaba rápido y su tono grave le hacía sentir como si la regañara. - Por supuesto, comprendo. Le daré mi respuesta mañana – - Gracias, Adriana – le tendió la mano y ella la estrechó brevemente. - Buen día, señor Almonte – - Te acompaño – intervino Nohelia y le guio a la salida.
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