Se detuvo en la entrada de la cafetería y al instante, un largo brazo se alzó entre la gente y le hizo un gesto de saludo. Adriana sonrió y cruzó el local hasta donde el hombre se encontraba.
- Randall, me alegra tanto verte – le dio un cálido abrazo que él respondió.
- Lo mismo digo, Adriana. Por favor, siéntate –
Luego de ordenar, ella fue la primera en hablar.
- ¿Cómo estás? ¿Cómo marcha todo? Tenía mucho tiempo de no saber de ti. Realmente me sorprendí cuando recibí tu mensaje –
- Así es, ha pasado mucho tiempo. Hace unos días me encontré con Reinaldo – dijo el hombre observándola fijamente – Y cuando pregunté por ti, me dijo que Javier y tú se habían separado -
- ¡Oh! – Adriana trató de mostrarse natural – Sí, es cierto –
Randall Robertson, un hombre afroamericano de alrededor de cuarenta años, había sido uno de los primeros clientes de Javier y Reinaldo. Deseaba abrir bares temáticos en varios puntos de la ciudad y ese fue un gran golpe de suerte para el incipiente negocio inmobiliario.
Su relación con los hombres había sido estrictamente de negocios y Adriana siempre sospechó que ni siquiera se agradaban, pero ella y Randall sí habían congeniado. Aunque no se veían con frecuencia, cuando se encontraban, era como si se tratara de los mejores amigos, para quienes el tiempo no había pasado.
- ¿Qué sucedió? – preguntó él con rostro severo.
Adriana exhaló un suspiro y le narró lo sucedido.
- Ese imbécil. Sabía que tarde o temprano lo arruinaría todo –
- No te agrada, ¿verdad? – ella trató de sonreír.
- La verdad, no. Es muy profesional en su trabajo, pero siempre hubo algo en él que no me daba buena espina –
Adriana asintió. Javier tampoco era muy fan de Randall, pero su contrato los puso en el panorama de la ciudad.
- Fue una jugada muy sucia – continuó el hombre sin ocultar su enfado – Y terriblemente injusto contigo. Eres una mujer increíble. No sé cómo te pudo dejar ir -
- Gracias por tus palabras, pero son cosas que pasan –
- ¿Y qué harás ahora? –
- Por el momento, estoy concentrada en encontrar trabajo. Pero no hablemos de eso. Háblame de ti. ¿Cómo marcha el negocio? ¿Qué ha sido de ti? –
- Bueno, el negocio ha mejorado mucho. Han aumentado los eventos privados y ya tenemos reservas para todo lo que resta del año –
- Me alegra mucho escuchar eso – ella sonrió y cubrió su mano con un gesto cálido - ¿Y qué tal las chicas? ¿Hay alguien en tu vida? –
El hombre se movió inquieto en su sitio.
- Sí, hay alguien. Nos hemos visto por unos meses, no es nada oficial por el momento, pero espero cambiar eso pronto -
- Es maravilloso – murmuró Adriana y se sentía sinceramente feliz por el hombre. Era trabajador, simpático y noble. Cualquier mujer sería afortunada de tener a alguien como él a su lado.
Conversaron por un rato más y disfrutaron de su desayuno. Habían ordenado ya la segunda taza de café, cuando Randall dijo: - Oye, tal vez…
- ¿Qué? – preguntó ella al ver que callaba.
- Solo recordé… No sé si sea lo que estás buscando…
- ¿De qué se trata, Randall? –
- Un amigo… un buen amigo necesita una enfermera para atender a su madre. A ella le diagnosticaron cáncer hace un par de años y hace unos meses la desahuciaron. Él la llevó a su casa para que pase allí sus últimos días –
- ¡Oh, Randall! Lo lamento mucho por tu amigo, pero yo no me especializo en pacientes terminales –
- Eres una increíble enfermera y tienes un trato muy cálido con los pacientes. Creo que serías la persona ideal para ese puesto –
- No lo sé, Randall… Me sentiría más cómoda trabajando en un hospital o una clínica –
- Lo comprendo. Era solo una idea –
- De todas formas, gracias –
- No es nada. Quisiera poder hacer más –
- Bueno – dijo ella tratando de bromear – Si no logro conseguir trabajo como enfermera, te pediré que me dejes trabajar como salonera en algún bar –
- Contigo, tendría lleno total todas las noches – dijo él riendo.
- ¡Adulador! Y mentiroso – respondió ella riendo también.
Nunca se había considerado una mujer especialmente atractiva y le era difícil aceptar los piropos y halagos, pero luego de días tan oscuros, le hacía bien. Además, sabía que Randall lo decía de la forma más genuina y sin segundas intenciones.
-0-
Salió rápidamente del edificio, tratando de abrirse paso entre la gente que aprovechaba la cálida tarde para pasear. No se detuvo hasta llegar a un parque y dejándose caer sobre un pollo, se cubrió el rostro.
Jamás conseguiría trabajo. Ninguna clínica u hospital la contrataría. No podía seguir así. Iba a enloquecer.
Habría querido poder hablar con alguien, pero sus amigas tenían vidas ocupadas, trabajos, familias qué atender y definitivamente no hallaría consuelo con sus padres. Por mucho tiempo su vida giró en torno a Javier y los niños y ahora… estaba sola.
Decidió caminar un poco y despejarse antes de volver a casa. Miró los escaparates de las tiendas, tratando de distraerse y un pequeño local decorado de rosa y café llamó su atención. En el interior, una joven terminaba de acomodar una silla de peluquería frente al enorme espejo que iba de piso a techo.
- Buenos días – dijo con una sonrisa al verla detenerse en la entrada – Bienvenida. ¿Puedo ayudarle? –
- ¡Oh! Yo… no… No recordaba este local – dijo Adriana algo avergonzada.
- Abrimos hace dos días – respondió la joven sin inmutarse – Tenemos servicio de peluquería, maquillaje y en una semana, ofreceremos manicura y pedicure –
- ¡Oh! Suena bien –
- Le daré un volante con nuestros datos de contacto – se dirigió al mostrador al fondo de la habitación y Adriana dio unos pasos en el interior.
- Yo… me preguntaba si tiene un espacio disponible – dijo cuando la mujer volvió con el volante – Bueno, seguramente se requiere cita, ¿cierto? –
La joven le miró con algo de sorpresa.
- ¿Ahora? ¿Qué tiene en mente? ¿Un corte de cabello? –
- Sí, pero… no sé si tiene espacio –
Una sonrisa asomó en su rostro.
- Tengo disponibilidad ahora – trató de poner su cara de mujer profesional – Venga, le daré un tratamiento especial. Empezaremos con lavado y una ampolla capilar –
- Gracias –
Dejó su bolso a un lado y siguió a la joven hasta la estación de lavado.
- Mi nombre es Kim –
- Soy Adriana –
Con movimientos rápidos y seguros, Kim comenzó a lavarle. Se sentía bien. Tal vez eso necesitaba: relajarse y darse un respiro.
- Entonces… ¿recién abres el local? – preguntó tratando de hacer conversación.
- Así es. Es mi primer local, pero tengo más de diez años de experiencia. Trabajé en varios salones antes de poder independizarme. Soy titulada en peluquería y barbería, también en maquillaje y coloración –
- ¡Vaya! Es impresionante – dijo Adriana.
Realmente no se había detenido a pensar si la chica era buena o no, si tenía experiencia. Usualmente era muy quisquillosa con quien atendía su cabello, pero en ese momento había actuado por impulsividad, lo que era muy extraño en ella.
Pero, por alguna razón, le inspiraba confianza.
Luego del lavado le guio a la silla frente al espejo y mientras peinaba el cabello, preguntó: - ¿Sabes qué tipo de corte deseas? ¿O solo recorto un poco las puntas? –
- No. Quiero algo diferente. Necesito algo completamente diferente –
- Un mal día, ¿eh? – dijo la joven con simpatía.
- Semanas, en realidad –
- Tienes un cabello hermoso – tomó un mechón entre sus dedos - ¿Qué tanto estás dispuesta a cortarlo? –
- No me importa – se encogió de hombros.
- ¿Alguna vez lo has llevado corto? –
- Jamás. Desde niña lo uso largo, pero creo que este es el momento para un cambio –
- Con tu estructura ósea, un pixie se vería increíble, pero no sé si estás preparada para algo tan radical – miró a Adriana en el reflejo del espejo – Te mostraré opciones –
- No, está bien… Solo hazlo. No quiero pensarlo – le detuvo rápidamente – Solo hazlo –
- ¿Estás segura? – Kim le miró con algo de temor. Eso podría acabar mal.
- Sí, estoy segura – respondió sin apartar la mirada – Por favor –
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Le tomó algo de tiempo asimilar la imagen que tenía frente a ella.
¿Quién era esa mujer en el reflejo?
Kim aguardaba expectante. Su rostro se relajó cuando vio una sonrisa asomar en el rostro de Adriana.
- Es increíble – murmuró y casi con timidez, deslizó los dedos por entre su ahora muy corto cabello. Un flequillo caía sobre su frente, sus ojos se veían más grandes y su cuello más largo. Se veía fresca, joven… renovada.
Se volvió a Kim.
- Gracias… Me encanta –
La joven sonrió y exhaló el aire que había retenido, aliviada.
- Luces increíble. Te lo dije, es el corte para ti –
Sin poder contenerse, Adriana se incorporó y la abrazó.
- Gracias. De verdad, gracias –
- Jamás subestimes el poder de un buen corte como primer paso para cambiar las cosas. Tal vez ahora todo empiece a mejorar –
- Espero que así sea –
Luego de discutir porque el precio que le estaba cobrando era absurdamente bajo, Adriana le dio una generosa propina y salió del salón decidida a hacer un cambio.
En cuanto subió al auto, tomó su teléfono y escribió un rápido mensaje. Se miró un momento en el retrovisor. Sonrió y se dirigió de vuelta a casa.