9.

1633 Words
Volvió a la ciudad a toda velocidad. Lanzó su bolso con algo de descuido en el sofá y se dirigió a la cocina para buscar un poco de agua. Bebió lentamente, apoyada contra el fregadero. No estaba segura de aceptar el trabajo. ¿Tres meses en la casa de un desconocido? Nunca había considerado un servicio privado. Desde que eligió su carrera se imaginó en un hospital… Pero era evidente que no le sería fácil encontrar un nuevo trabajo y no podía negar que la paga era muy buena… Y si bien le preocupaba el dinero, sobre todo necesitaba trabajar. Necesitaba ocuparse en algo. Le sacó de sus pensamientos el zumbido del intercomunicador de la casetilla de seguridad. Respondió y su sorpresa fue inmensa cuando el oficial le indicó que tenía un visitante. Con algo de dificultad le indicó que le dejara pasar y se alisó el cabello con gesto nervioso. Tan solo unos instantes después, escuchó un auto detenerse en la entrada y se apresuró a abrir la puerta. - ¡Wow! – exclamó Javier en cuanto la vio. Por un momento ella no comprendió su reacción, hasta que recordó: era su nuevo corte. - Hola – dijo con una sonrisa nerviosa – Pasa, por favor – Javier se inclinó para besarle la mejilla. - Te ves muy bien – dijo a su oído y ella tuvo que hacer un esfuerzo para mostrarse natural. Se apartó rápidamente. - ¿A qué se debe tu visita? – dijo mientras cerraba la puerta. El hombre permanecía en medio de la sala, observando a su alrededor con interés. Adriana no pudo evitar sentir una punzada aguda en su vientre. Había una nueva luz en su rostro, se veía más relajado. Vestía una simple camisa y pantalones de mezclilla, pero eso solo aumentaba su atractivo. - Quería verte – dijo volviendo su atención a ella – No llamé, porque temía que me hubieras bloqueado. Así que preferí venir hasta acá – ¿Bloquearlo? Ni siquiera había pensado en ello. - Como me bloqueaste de las r************* … - agregó con una mirada intensa. - ¡Oh! – desvió el rostro. Sí, lo había hecho. No quería ver más fotografías de Javier y su nueva pareja. - No creí que lo notarías – comentó más para sí. - Quería saber cómo estabas y cuando vi que ya no estábamos conectados en r************* , pensé que también habrías bloqueado mi número – Tuvo el impulso de decirle que a él jamás le habían interesado las r************* , pero prefirió callar. - Pues estoy bien – dijo con una sonrisa forzada. - Lo veo – señaló el lugar – Es un apartamento muy bonito. ¿Ya estás trabajando? – - No, no todavía – respondió sin pensar. De inmediato reaccionó – Pero hoy fui a una entrevista de trabajo – - ¡Oh! ¿En qué hospital? – - No es un hospital. Es un servicio privado – - ¿Por qué te conformarías con algo así? – Javier frunció el ceño y su tono era algo despectivo. - En otras circunstancias, no lo habría considerado… – dijo lentamente - Adriana – le interrumpió el hombre dando un paso hacia ella – Si es por el dinero… Si estás pasando necesidad, yo puedo ayudar – - ¿Por qué harías algo así? – sintió un ardor en su garganta. La expresión en el rostro del hombre era de lástima y eso la indignó profundamente. Sin darle tiempo a responder, agregó: - No necesito tu dinero. Estoy bien. Y lo cierto es que la oferta que me presentaron es muy buena, pero no me mueve solo el dinero. Quiero trabajar. Disfruto de mi profesión y es importante para mí ayudar a una persona que está pasando por un mal momento – - Eso no lo dudo – el hombre hizo un gesto algo condescendiente – Sé que eres una profesional con mucha mística, pero… Eso no quiere decir que debes tomar el primer trabajo que se te presenta. No te será difícil encontrar una posición mucho mejor – Adriana no estaba dispuesta a reconocer frente a Javier las dificultades que había tenido para obtener un empleo y lo cierto es que lo mejor era que él se retirara cuanto antes. - Tomaré mi decisión en su momento – dijo con tono seco – Agradezco tu visita, pero ya ves que estoy bien. Si me disculpas, tengo que ir a otro lugar – mintió descaradamente. - Sí, por supuesto, no quería molestar – se acercó a ella y la tomó por los brazos. Por un instante, la respiración de la joven se cortó y lo miró con grandes ojos – Solo me preocupo por ti, Adriana. A pesar de lo que sucedió… sabes que no quiero perder tu amistad – - Por supuesto – respondió con tono forzado – Gracias – - Los niños te extrañan – su tono se volvió más suave - ¿Tal vez puedas visitarlos pronto? – - No creo que esa sea una buena idea – sacudió la cabeza y se soltó de su agarre. - A todo momento preguntan por ti y quieren verte… Eres una persona importante para ellos y entiendo si necesitas tu tiempo y tu espacio pero… alejarte de una forma tan abrupta les pesará mucho – Adriana exhaló un suspiro. Le dolía profundamente pensar que Esteban y Mariana se sintieran abandonados por ella. En ese sentido, Javier tenía razón. Luego de ser una figura presente durante tanto tiempo, simplemente marcharse así no era justo para los pequeños. Ellos no comprendían lo que sucedía. - Me gustaría verlos – asintió luego de un momento – pero no prometo que sea pronto. Te avisaré cuando me sea posible, porque sé que tú también tienes tus… asuntos – - Gracias. Les alegrará mucho – Javier sonrió y se inclinó para besar su mejilla – Cuídate, Adriana y por favor, no dudes en acudir a mí si necesitas algo – Ella se limitó a asentir y lo acompañó hasta la puerta. Contuvo la respiración hasta que escuchó el auto alejarse y soltó el aire lentamente. La presencia de Javier la afectaba y se odiaba por eso. Tal vez solo quería ser amable. No dudaba que su preocupación era genuina, pero era doloroso pensar que no veía en ella más que una amiga. Regresó a la cocina, tomó su bebida y una vez que acabó, tomó su teléfono y escribió un breve mensaje. En cuestión de minutos recibió la respuesta del señor Almonte. Quería que empezara el jueves para que tuviera un par de días con Nohelia y aprovechara el fin de semana libre para terminar de instalarse. Así que el jueves, muy temprano, estaba de nuevo frente al imponente muro de piedra. Nohelia le aguardaba en la entrada y le hizo una seña para que se detuviera. - Sigue hacia la derecha y encontrarás el garaje. Allí puedes dejar tu auto. Luego, cruza por la piscina. Te espero allí – “¿Piscina?” Bueno, con el tamaño de la propiedad, no era difícil de creer que tuviera una piscina. No tardó en divisar el garaje. Había dos camionetas negras de modelo reciente, con grandes llantas, vidrios polarizados y enormes mataburros. Al lado, un auto deportivo gris perlado un poco más antiguo y al fondo, un automóvil un poco más sencillo. Decidió estacionar allí. No quería arriesgarse a que algo pasara y acabara dañando alguno de los otros autos. Tomó la maleta que había preparado para sus primeros días y miró a su alrededor. Al fondo se divisaba una casa de huéspedes y hacia allí se dirigió, pero se detuvo cuando vio la piscina y a Nohelia que desde la casa le hacía una seña. La piscina tenía un buen tamaño y a un extremo se encontraba una parrilla que evidentemente nunca se había usado. Nohelia se encontraba en un área techada que comunicaba con la casa. - Pasa – le dio un abrazo – Bienvenida – - Muchas gracias – - ¿Quieres dejar la maleta en tu habitación? Ya está preparada – - Sí, de acuerdo – Nohelia le mostró la puerta al lado de la habitación de doña Carmen. Era un lugar muy amplio, con su baño privado. La cama era alta y mullida, con mesas de noche a ambos lados, una cómoda de madera oscura y una pantalla en la pared. - ¿Te agrada? – - Sí, es un espacio muy hermoso – - Bien. Doña Carmen duerme, así que tenemos tiempo. Creo que podemos revisar el horario – Se acomodaron en la cocina, en las banquetas alineadas frente a la península de encimera oscura. El lugar parecía sacado de una revista de decoración o de un restaurante. Grandes muebles, muchos gabinetes y electrodomésticos de acero inoxidable. - ¿Tomas café? – - Sí, gracias – Nohelia sirvió sendas tazas y las colocó frente a ella. - Siempre hay café fresco. Salvador toma como diez tazas al día. Puedes tomar lo que quieras, pero asegúrate que siempre haya café en el termo – Adriana asintió. - ¡Oh! Algo importante: no puedes traer licor a la casa. De ningún tipo. Si deseas beber, debes hacerlo fuera de la casa, en tu tiempo libre – Adriana miró a Nohelia y luego de un instante de duda, ella agregó en voz baja: - Salvador tiene seis años sobrio – - Eso es bueno – - ¿Es un problema para ti? – - No, en lo absoluto. Admiro a las personas que logran sobreponerse a una adicción. Lo respeto. Requiere mucho temple… Además, no suelo beber. Solo en eventos sociales y muy poco – - Bien. Genial. Entonces, el horario… - acercó la tableta y comenzaron a repasar las tareas del día.
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