Estaban tan concentradas que no notaron que Salvador había entrado en la cocina, hasta que se detuvo frente a ellas.
- Buenos días –
- ¡Oh! Buenos días –
- ¿Todo bien? –
- Hasta el momento, sí – fue Nohelia quien respondió – Estamos repasando el horario –
Él no dijo nada. Se volteó y sirvió café en la taza que llevaba en las manos.
- Probablemente ya Nohelia te lo dijo, pero puedes disponer de todo lo que hay en la casa –
- Gracias, señor –
El rostro del hombre se tensó levemente.
- Las únicas áreas que le pido no visite son mi oficina y la casa de huéspedes –
- No se preocupe. Estaré ocupada en atender a doña Carmen, así que no pienso andar vagando por la casa – respondió Adriana algo nerviosa por el tono grave de Salvador.
Había algo en él que la inquietaba. Era tal vez el tono de su voz o el peso de su mirada.
- ¿Usarás tu teléfono personal o prefieres usar otro dispositivo? –
- ¿Ah? – Adriana se volvió a Nohelia.
- No lo hemos hablado aún – respondió la mujer.
Él asintió y sin decir palabra, salió de la cocina.
- El otro día te comenté que me comunico con Salvador por mensajes – dijo en cuanto se quedaron solas de nuevo - También es importante que tengas los contactos del médico, del hospital más cercano…
- Tienes razón. Prefiero mantener todo en mi teléfono –
Luego de una media hora, volvieron a la habitación de la mujer.
Era abrumador, pero le parecía natural experimentar esa sensación de incertidumbre cuando iniciaba un nuevo trabajo. Había mucho de qué ocuparse, pero bueno, en el hospital tenía que atender varios pacientes, mientras que ahora solo tenía que concentrarse en doña Carmen y una vez que se familiarizara con su rutina, todo sería más sencillo.
- ¿A qué hora acostumbras a almorzar? – preguntó Nohelia mirando su reloj.
- Cuando trabajaba en el hospital me acostumbré a comer cuando tuviera un par de minutos libres. En realidad, solo tomaba algo rápido –
- Te recomiendo que definas un horario. Salvador lo prefiere así –
- Está bien. Él… es muy controlador, ¿verdad? –
- Humm… Podría decirse… Aunque no sé si esa sea la palabra que mejor lo defina. Es muy ordenado, sí. Y muy estructurado… pero creo que es por su línea de trabajo. Allí no se puede dejar nada al azar –
- Sí, tiene sentido –
- Bien. Creo que podemos terminar aquí y comer algo. Salvador ordenó un menú para ti de hoy al jueves. Ese día podrás hacer un nuevo pedido – revisó la bolsa de suero y aceleró el flujo – De tres a seis de la tarde Salvador lo pasa aquí con ella. Así que puedes usar ese tiempo para tomar una siesta. Es lo que yo hago para no tener problemas para estar alerta en la noche –
- Se me dificulta dormir por las tardes, pero lo tendré en cuenta –
El resto del día transcurrió sin incidentes. Mientras Salvador estaba con su madre y Nohelia dormía su siesta, Adriana se retiró a su habitación y revisó con calma el expediente de doña Carmen. Luego de tomar nota de algunas consultas para Nohelia, dio una ojeada al expediente de Salvador, pero rápidamente lo apartó. Sentía que era una intromisión muy grande.
Tenía suficiente tiempo libre, así que decidió desempacar sus pertenencias. Mientras acomodaba su ropa, hacía una lista mental de lo que necesitaría durante las próximas semanas.
El siguiente día todo transcurrió en calma. Asumió casi todas las tareas bajo la supervisión de Nohelia y se sintió tranquila y segura.
El sábado muy temprano llegó Héctor, el enfermero a cargo de la atención de la mujer durante los fines de semana. A pesar de que el esposo de Nohelia había llegado por ella alrededor de las nueve, un par de horas después ella continuaba en la casa, dando rodeos.
Luego de prometerle reiteradamente que estaría en contacto y que acudiría a ella ante cualquier consulta, Adriana logró que la mujer subiera a su auto y permaneció en la entrada hasta que desaparecieron de su vista.
Volvió solo para intercambiar unas palabras con Héctor y tomó su bolso.
Iba camino a su auto, pero se detuvo. Miró hacia la casa, pero no se veía nadie. Sacó su teléfono y escribió a Salvador.
Aguardó unos segundos sin recibir respuesta. Subió al auto y se detuvo solo para activar el portón principal. En ese momento, sonó una notificación.
“Disfruta tu fin de semana, Adriana” había sido su respuesta.
Dudó si debía responder, pero ya la verja estaba abierta y prefirió no hacerlo.
-0-
Iba ya a cumplir su primer mes en casa de los Almonte y no podía creer que el tiempo pasara tan rápido.
Le había sido sencillo amoldarse a la rutina. Nunca había tenido problema para ajustarse a las normas o seguir un horario. Le ayudaba a ordenarse y luego de unos días, era como si nunca hubiera dejado de trabajar. Todo parecía automático.
Doña Carmen era además una excelente paciente. No se quejaba nunca y en sus momentos de lucidez, gustaba oír música o ver viejas novelas románticas.
A veces, le era inevitable pensar en Javier y en los niños. Sentía la tentación de revisar sus redes y tratar de averiguar si había publicado nuevas fotografías con Mónica, pero se había resistido. Nada ganaría con ello. Solo se lastimaría. Por suerte, durante el día tenía mucho de qué ocuparse, así que le era sencillo olvidarse de sus problemas personales y solo se concentraba en su labor.
Habló con Nohelia un par de veces, solo para saber cómo estaba y para asegurarle que todo marchara bien con doña Carmen.
En sus semanas allí, había visto poco a Salvador. Él pasaba todo el tiempo en su oficina y Adriana comenzaba a dudar que alguna vez saliera de allí más que para servirse café.
Era una mañana un poco nublada y ventosa. Luego de asegurarse que doña Carmen dormía, se dirigió a la cocina. Quedaba poco café en el termo y decidió preparar más.
Buscó en el gabinete donde usualmente guardaban los granos, pero no encontraba el paquete. Miró a su alrededor y se dirigió a la alacena. Era un espacio con repisas que llegaban hasta el techo.
Movió algunas cosas, sin resultado. Era imposible que no hubiese café. Las compras habían llegado tan solo ayer.
De pronto se vio rodeada por un halo tibio y un muy sutil aroma a madera que hizo que toda su piel se erizara.
- Aquí – dijo una voz grave tras ella y una mano rozó su mejilla, mientras sacaba el paquete de café del fondo de la repisa.
Tomó el paquete que le tendía y volvió levemente la cabeza.
- Gracias…
Él estaba prácticamente sobre ella y no parecía tener intenciones de moverse. Adriana trató de retroceder y eso le hizo reaccionar.
Pasó a su lado y se dirigió a la cocina.
- Prepararé café fresco. ¿Desea que le avise cuando esté listo o espera unos minutos? –
Los ojos de Salvador la recorrieron por unos segundos, como si hasta ahora se percatara de su apariencia.
- Esperaré – dijo al fin.
Adriana se volteó para preparar el café, sin prestarle más atención, aunque podía sentir su presencia tras ella.
- ¿Cómo te has sentido durante estas semanas? – su repentina pregunta la sobresaltó – Creo que debí tomarme unos minutos para asegurarme que te habías instalado adecuadamente, pero dejé pasar el tiempo –
- Está bien, señor Almonte – dijo ella mirándolo un momento – Sé que pasa muy ocupado y la verdad, todo está bien. Creo que me he adaptado bien a las tareas y doña Carmen ha estado bastante bien –
- Sí, lo he notado –
- Aquí tiene – sirvió el café y lo dejó frente a él.
- Gracias –
Volvió a recorrerla con la mirada.
- Sabes que no es necesario usar uniforme aquí, ¿verdad? –
- Sí, Nohelia me lo dijo – se sirvió una taza para ella, pero prefirió quedarse de pie, apoyándose en la encimera – Pero lo prefiero así. El uniforme me ayuda –
- ¿Es más cómodo? - preguntó él, no muy seguro de a qué se refería.
- Sí, eso también, pero me refiero más a un nivel mental – Adriana buscó las palabras adecuadas para explicarse. Ladeó la cabeza, lo que hizo que el cabello cayera sobre sus ojos. Lo apartó rápidamente y continuó: - Al ponerme el uniforme, siento que mi mente entra en “modo trabajo” No sé si me explico. Me ayuda a enfocarme… ¿Suena muy tonto? -
Él sopesó sus palabras y luego de un momento, respondió: - No, en lo absoluto. Tiene mucho sentido para mí –
Se puso de pie y ella creyó que volvería a la oficina.
- ¿Quedó bien el café? –
Él se dirigió hacia donde ella se encontraba e involuntariamente, contuvo la respiración.
- Delicioso – se detuvo a su lado y sirvió otra taza – Gracias, Adriana –
- Con todo gusto, señor – respondió con voz ahogada.
Salvador la miró. Su mirada era intensa, el verde claro de su iris hipnotizaba como si de un reptil se tratara. En ese momento, Adriana podía asegurar que él era capaz de penetrar su mente y leer sus pensamientos.
- Salvador – dijo.
- ¿Ah? –
- Puedes llamarme Salvador. No es necesario ser tan formal – y una leve sonrisa asomó en su rostro.
Era la primera vez que lo veía sonreír y su mente había quedado en blanco.
Él retrocedió sin apartar la mirada de ella y luego, se dio media vuelta y salió de la cocina.
Adriana respiró hondo y bebió rápidamente su café para volver con doña Carmen.