-No puedo ir a esa cosa.- Dije de inmedito.
-Es obligatorio.
-No puedo ir, tengo que... ir donde mis padres.- Me excusé.
-Los tres sabemos que eso no es cierto.
Palidecí ante la idea de estar ahí, frente a mi mayor y más reciente miedo. Me daba coraje pensar así, no sabía cuántas veces iban que había asegurado superar mi miedo y seguir adelante... pero bastaba que le mencionaran y quedaba atemorizada.
-Él va en tercero, y probablemente en esta misma carrera.- Supieron a quién me refería.
-No creo que sea justo en esta carrera.- Apuntó Carol.
Pero la vida ya me había demostrado cuán chico era este mundo y que las coincidencias ocurren todo el tiempo, a cada segundo.
-Si no vas, irán a buscarte. Y si está él, también estaré yo. Y Alonso. ¿Crees que podrá hacerte algo?- Me animó mi amiga.
Físicamente, no. Pero en la cabeza... ¡Dios, si sólo el verlo me aterraba! Aunque lo camuflaba muy bien.
Rendida ante la idea de tener que ir a esa ridícula reunión, me fui a la biblioteca. Busqué un buen libro y me senté relajada a leer.
O bueno, eso era lo que yo quería que creyeran todos al pasar por aquí. Mi mente voló muy lejos de este lugar, de la historia que el libro entre mis manos me ofrecía. Volví a divagar en esa noche.
Sí, parecía disco rayado, todo el tiempo pensando en eso, pero ¿Qué persona con sus cinco sentidos buenos, no pensaría en ello? Digo, claro que estoy poniendo todo de mi parte para olvidar, pero el saber que uno de los hombres que provocan mis pesadillas está en mi misma universidad, no ayuda mucho.
De pronto, un cosquilleo en mi nuca, hizo que me volviera a sentir observada, como hace un rato. Volví mi atención al libro.
Nicol, ya basta con la paraoia.
Tenía, por mi salud mental, que dejar de imaginar cosas que no son y sentir cosas imposibles de sentir. Ya fue. Admito que fue bastante... perturbador, pero ya pasó. No podía hacer otra cosa que superarlo. No obstante, sabía que si me volvía a encontrar con ese chico, todos mis pensamientos recientes serían lanzados muy lejos de donde mi uso de razón podría llegar, y el miedo, instintivamente me invadiría.
Esto apestaba.
Levanté la vista del libro, encontrándome con alguien que en verdad, en este momento, no quería ver.
-Alonso.
-Tan concentrada que estabas.- Me sonrió. Pero lo que en verdad me incomodó, no fue del todo su presencia, ni su mirada llena de asfixiante ternura, sino, su acompañante.
Y como dije antes, el miedo instintivamente me invadió.
¡Pero que boba! Ambos iban en tercer año. ¿No era lógico que se conocieran?
-Sí... U... un buen libro, sin duda.- Hice alusión al tomo que tenía entre mis manos y agaché la cabeza.
-Lo siento, no los he presentado.- ¡No lo hagas!- Matías Asturiano, es mi compañero de carrera. Matías, ella es Nicol Benavides, va conmigo al taller de música.
-Un gusto volver a verte.- ¡¿Será cabrón?!
Escuchar su voz sólo logró que mi cuerpo tuviera un escalofrío que supe disimular con éxito, al menos con Alonso.
-¿Se... se conocen?
-Eh... lo he visto una que otra vez. Pero siempre hay encuentros que se nos hacen gratos olvidar.- Su sonrisa de medio lado era perfe... ¡Me enfureció!
-Creo que no es bueno hablar por todos.- Me contestó Matías.
-Hay casos en los que es perfecto.
-¿Me perdí de algo?- Alonso preguntó claramente intrigado. Tenía el ceño fruncido y nos miraba como si de un partido de tenis de mesa se tratara.
-No, absolutamente de nada.
-Bueno ¿Me esperas?- Se dirigió a su amigo.- Busco un libro y vuelvo.- ¡No! ¡No te vayas!
-No hay problema. No te apresures.- Apresúrate.
Se fue y nos dejó solos. Comencé a alterarme y a ordenar las cosas para guardarlas.
-¿Fingirás que no estoy aquí?- Pensé antes de responder.
-Creo que es lo más apropiado.
-Entonces ¿Sí me reconociste?- Me hubiese gustado decirle que sus ojos no los olvidaría nunca, pero no creí que fuera lo mejor.
-¿Cómo...-Casi grité, pero bajé la voz al recordar dónde estábamos.- cómo crees que podré olvidar lo que hiciste?
-Ya, yo creo que te debo una disculpa.
-¡¿Una disculpa!?- ¿Iba en serio?- Eso no es nada. Agradece que no te he denunciado, imbécil.
-Por eso quería hablar contigo.
-¿Y asustarme más? ¿Amedrentarme, amenazarme para que no hable, quizás? No gracias.- El miedo fue sustituído por la ira.- Puedes estar tranquilo, no diré nada. ¿Sabes? Ni siquiera entiendo por qué estoy hablando contigo, lo mejor será fingir que no existes, y te suplico, hagas lo mismo.- Él me escuchaba atento, cogí mis cosas y colgué mi mochila a mi hombro. Decidida, me giré hacia la salida.- ¡Ah!.- Me giré a medio camino.- Y dale mis saludos a tu amigo de aquella noche.
Salí cerrando con un portazo, importándome poco, más bien nada, el sermón que me daría Clarita luego.
Fui hacia los baños. Me encerré en él sin pensar en las demás jóvenes que quisieras usar el servicio. Apoyé ambas manos en el lavamanos y dejé que mi respiración se calmara.
El miedo no se había ido, pero tampoco es que me haya amedrentado con su presencia. Sentí, en eso, un pequeño triunfo, mejorando mis ánimos, que se habían acostumbrado a estar por los suelos. Había dado un paso.
El miércoles me desperté igual que siempre. Esa noche, las pesadillas habían vuelto a aparecer y había despertado con un revoltijo de sábanas en mis pies, sudando y con la respiración agitada.
Por ser miércoles, tenía ensayo con Alonso, quien para mi suerte, no apreció con su amigo, pues hubiese estado dispuesta a decirle unas cuántas cosas más, si él me provocaba. Aunque debo admitir, que con su mera presencia, me daban los deseos más grandes de arrancarle sus impresionantes ojos verdes y hacer papilla con ellos, luego dársela a un gato y que éste lo vomitara, para luego...
-Mañana eligen los de tercero a sus pupilos. ¿Emocionada?- Era tarde y Carol me había venido a encaminar a mi casa.
-No imaginas cuánto.
-Oye, no te dejes asustar por ese idiota. ¿Sí?- Asentí.- Y recuerda que cualquier cosa, puedes confiar en mí y en Fabián.
-Gracias.- Sonreí. Ya habíamos llegado.- ¿Te pasas a tomar algo?
-No, tengo que ir rápido a casa. Nos vemos mañana.- Besé su mejilla y me adentré en mi hogar. Era una casa bastante acogedora, de un piso, una habitación, un baño, cocina, living comedor, sin patio pero con un pequeño antejardín. Era un lugar hogareño y adornado a mi antojo.
Aún dormida, sentí la presión de mis manos en las sábanas de mi cama. La desesperación de saber que es una pesadilla y no poder despertar... era infernal. Abrí los ojos agitada y con la respiración acelerada, como ya era costumbre.
Decidida a que no volvería a dormir, me duché y apenas desayuné.
Saber que hoy lo vería, producto de las elecciones, que Carol no paraba de recordarme, me ponía... Nerviosa.
Extrañamente nerviosa.
Deduje que era por querer saber su reacción luego de lo que le dije en la biblioteca.
-¡Hoy es el gran día!- Exclamó Fabián fingiendo entusiasmo. Me reí ante la mirada reprobatoria de Carol hacia mi amigo y juntos nos encaminamos hacia un gran salón predispuesto para la ceremonia.
Resultó que toda esta ceremonia era más importante de lo que me permití pensar. Una vez el salón estuvo lleno, agaché mi cabeza, no queriendo ver a nadie. Esa sensación de ser observada volvió, ya comenzaba a desesperarme.
El decano de la carrera dió un largo discurso sobre lo importante que es ayudar al prójimo y que había que ser pacientes y bla, bla, bla.
Tan interesante que me dormí y desperté cuando Carol a mi lado me dió un codazo.
-Ya comienzan.- Me susurró.
Fijé mi vista al frente.
Iban llamando a los de tercer año en la carrera de Medicina, éstos decían el nombre de a quién le darían tutorías, sus pupilos. Iban por orden alfabético. Habían muchos apellido con A.
Los nervios crecían cada vez más y un cosquilleo se apoderó de mis manos.
Quería ver a quién eligiría.
Seguramente muchas estarían dispuestas.
Me sobresalté por mi pensamiento, pero eso quedó absoluta y totalmente eclipsado cuando dijeron su nombre.
-Matías Asturiano.
El susodicho se acercó al escenario.
-¿Quién será tu pupilo?- Le preguntó el decano completamente emocionado. Carol me codeó.
-Pero que chico más bueno.
No asentí, no no negué, no dije nada. Sólo presté atención al joven en frente y su respuesta.
-Nicol Benavides.
Fui consciente de que abrí muchísimo mis ojos, repasé lo sucedido y comprendí: Me había elegido a mí. Había elegido ser mi tutor.
¡¿A qué mierdas estaba jugando?!