Mis 'No quiero ir a esa fiesta', no sirvieron de mucho.
Era viernes por la noche y Carol se había encargado de hacerme parecer una joven alocada y divertida. Fabián, por su parte, nos pasaría a recoger dentro de poco.
-No quiero ir.- Insistí, rogando para que cambiara de opinión.
-Ya estás lista, y quedaste preciosa.- Me guiñó un ojo.- En una de esas te encuentras con cierto joven de ojos verdes.
No había visto a Matías en toda la semana. Era extraño no verlo, pero más extraño era cómo me sentía de pensar que podría verlo en esa fiesta.
Había pensado tanto en él, que llegué a autoregañarme. Pensaba horas extras en sus ojos, en su recién descubrida inocencia... Tanto así, que llegué a preguntarme si me atraía. Obviamente, ese pensamiento lo descarté en un dos por tres. Era irracional, absurdo, ¿No?
-No quiero encontrarme con él.- ¿Mentía? Lo más probable.
-Sí, claro.- Se rió. El bocinazo de un coche, nos hizo saber que Fabián ya nos estaba esperando. Salimos de mi casa, y cuando nos subimos a su auto, nuestro amigo nos halagó.
-Seré la envidia de todos. Se ven geniales, chicas.- Sonreímos.
Carol llevaba unas calzas negras, una polera floreada larga, una chaquetilla negra y zapatillas de lona, con la excusa de que para bailar, no podía llevar tacones. Su pelo lo había alisado y se había maquillado, haciéndose ver mayor de lo que era.
Por mi parte, llevaba unas botas sobre el tobillo, unos jeans claros y una polera blanca con n***o. Encima, llevaba una chaquetilla de cuero, marrón claro. Mi cabello lo había dejado suelto y alborotado. Tras batallar, había conseguido que mi amiga no me maquillara tanto. Un poco de color en los labios y rimel.
Debía reconocer que el resultado final no me era desagradable.
Llegamos al lugar de la fiesta, era en una casa grande, habían muchos autos estacionados, la música sonaba fuerte y en el antejardín habían vasos desechables regados por todos lados. Además de uno que otro individuo besándose con su pareja, en un estado de 'borrachos al máximo'. Lo más probable es que yo acabe igual.
La típica fiesta universitaria.
Fuimos a la entrada de la casona y empujé la puerta para hacernos espacio entre la multitud allí presente. Estaba repleto, algunos conversaban, otros bebían y otros bailaban.
-¿Quieren algo?
-Cerveza.- Respondimos al unísono Carol y yo, a Fabián.
-Hay que comenzar con algo suave.
-No creas.- Contraatacó mi amiga.- La caña de cerveza y tinto son las peores.
-Ya lo creo.- Respondí.- Da igual.
Fabián se acercó a la barra improvisada de la casa, aunque a decir verdad, no era improvisada, tenía distintos licores y tres barman. Eso no era improvisado.
Después de dos horas de estar ahí, que baila que toma, que toma que baila, ya teníamos suficiente alcohol. Partimos con cerveza, pero avanzamos con vodka, ron y muchos daiquiris. En resumen: Estaba borracha. Por suerte para mí y mis amigos, era una borracha felíz. Me reía de todo lo que pasaba.
-Vamos a bailar.- Arrastré las palabras.
-No.- Dijo Fabián riéndose. Aunque él tenía más aguante que yo, también se había pasado de copas esa noche.- Hay que esperar a Carol.
-Carol se fue hace unas horas.- Me reí porque mi amigo no recordara eso.- Vamos a bailar.- Insistí.
-Bueno.- Me tomó de la mano y fuimos a la pista de baile caminando en zig zag.- Te están mirando. Voy a golpear su cara.
-Da igual.- Moví mi cuerpo más cerca del de mi amigo.
-Te están mirando, es tu tu...- No lo dejé terminar.
-Que da igual, hombre. ¡Hay que bailar!- Todo lo que decía no tenía coherencia alguna, y sabía que mañana me dolería la cabeza, pero me negaba a dejar de disfrutar en ese minuto.
Con mi amigo nos movíamos al ritmo de la música, con nuestros cuerpos rozándose, durante un largo rato, hasta que mi compañero dijo:
-Hay una tía buena, si me permites.- No le contesté, pues no me dió tiempo a hacerlo. Me dejó sola bailando. De inmediato me sentí observada y un poco tonta por estar sola en la pista de baile. Asegurando mi pequeño bolso, busqué una puerta al exterior para tomar un poco de aire.
El frío azotó contra mi rostro caliente. Me froté los brazos para entrar en calor, había conseguido salir a un pequeño patio, obscuro y solo.
No alcancé a dar tres pasos, pues la voz de alarma en mi cabeza se activó cuando una mano tapó mi boca y otra me afirmó en contra del desconocido cuerpo.
Sólo reaccioné a golpear. Tal y como había hecho en la ocasión anterior.
Con mucha técnica, le quité el aire a los pulmones de mi atacante. No podía creer mi mala suerte, en serio que no podía. Dos veces lo mismo. En el mismo año. Quizás era que simplemente no tenía suerte. Eso debía ser.
Me giré en menos de un segundo y me impresioné de mi agilidad, puesto que aún estaba borracha. Cuando ví la descubierta cara del agresor, me decepcioné.
No era tan lindo como mi ladrón. Tampoco tenía sus oj...
¡Madre mía! ¿Dije 'mi ladrón? Culpa de la borrachera.
Aunque una pequeñísima, mínima parte de mi cabeza, estaba muy contenta con la idea. Dejé que ese pensamiento no continuara. No quería analizarlo y no tenía tiempo.
-No es necesaria la violencia.- Arrastré las palabras, otra vez, y tomé mi cartera. La cabeza comenzaba a dolerme y mi vista estaba un poco nublada.- ¿Quieres dinero? No tengo mucho.- Abrí mi bolsito. El joven me miraba desorientado y extrañado. Supuse que no estaba acostumbrado a que le hablaran así. Tiré todo el contenido de mi bolso al suelo.- Pero tengo estas cosas.- También tiré la cartera.- Te pueden servir de algo.
La borrachera me estaba superando.
El joven bajó la vista a las cosas, y medio dudando se agachó a recoger mi billetera y celular. Al ver su indesición, comencé a reír. ¿No era tan valiente?
-Deja eso ahí.- Nos volvimos al mismo tiempo a hacia esa voz. Me tensé.
-Ni de broma, recojo esto y me voy.- Respodió el nuevo ladronzuelo.
-Que lo dejes ahí.- Repitió Matías acercándose al hombre. Éste pareció empequeñecer a cada pisada que daba mi tutor, en su dirección. Cuando él apareció en mi campo de visión, solté un suspiro. Llevaba una camisa desabotonada a cuadros y una sudadera negra. Jeans obscuros, zapatillas y un reloj de muñeca. Miré su rostro, estaba completamente serio y concentrado en el otro hombre. Su cabello estaba alborotado y sus ojos... sus ojos eran increíbles.- Vamos, déjalo ahí.- Como un corderito, él dejó las cosas en el suelo, asintió y se fue.
Impresionante.
Matías se agachó, recogió mis cosas y me las entregó. Yo seguía petrificada observando la escena. De la nada, comencé a reírme, comprendiendo lo que acababa de pasar.
Él había impedido que me robaran.
Me apoyé en la pared más cercana y me senté en el suelo mientras seguía riéndome. Él se sentó a mi lado.
-¿De qué te ríes?- Me preguntó sonriendo.
-La vida es una puta ironía.
Me giré a mirarlo. Él ya me estaba observando, por lo que nuestros ojos se encontraron y sucedió lo mismo que en la biblioteca. Entré en esa burbuja donde solo estábamos los dos. Sólo que ahora, sí estábamos solos. Y a una distancia no muy lejana, cabe mencionar, pues nuestros hombros se alcanzaban a rozar.
Sin querer, miré sus labios, y en ese minuto, me parecieron el dulce más apetecible que podía existir. Era necesario probarlos.
Él también me estaba mirando, no estaba riéndose, estaba serio observándome. Con delicadeza, y como preso de un trance, subió delicadamente su mano a mi mejilla. Con el dedo pulgar, la acarició.
Observé sus ojos. No podía apartar sus ojos de los míos. Ni yo de los de él.
Imaginé lo que podría pasar a continuación y un calor para nada desagradable recorrió mi cuerpo. Había una verdad, y esa era que, pese a mi mejor juicio: quería besarlo. Necesitaba saber cómo se sentía su roce. Si era suave o áspero, si era delicado o brusco.
Nuestros rostros se acercaron un poco más. Otro poco más.
¡¿Qué estás haciendo?!
Mi conciencia llegó gritando y me separé de golpe. En serio, ¿Qué estaba haciendo? Estuve a punto de besarlo. Me levanté.
¡Iba a besar al causante de mis pesadillas!
Él también se dio cuenta de lo que estuvo a punto de pasar y juraría que se ruborizó un poco, pero la obscuridad del lugar no me permitió afirmarlo con certeza.
Extrañamente, mi respiración estaba agitada y un cosquilleo se había puesto a rondar en mi rostro, donde él me acarició. No cabía duda de que ambos estábamos sorprendidos.
-Bueno, me tengo que ir.- Dije tras haber aclarado mi garganta. Me volví para seguir caminando, pero su voz me lo impidió.
-¿No me vas a dar las gracias?- Comprendí en seguida.
Quería que le diera las gracias por haber impedido que un idiota, que no fuera él, me robara. Pero lo siento, por muy ebria que me encontrara, no le iba a dar el el gusto.
Me acerqué a él, conciente de lo borracha que estaba y de lo que acababa de ocurrir.
Me agaché un poco para quedar más o menos a su altura, pues él no se había levantado del piso.
Ahora fui yo quien acercó la mano a su mejilla.
-Lo siento, cielito.- No me fue indiferente el coquilleo en mi mano. Ni su mirada expectante. Y antes de salir riéndome como loca, producto de la borrachera, agregué.- No doy las gracias porque me hayan entrado a robar a la casa.