CAPÍTULO 3

2469 Words
[Cecilia Pérez] Me fui muy enojada a la barra después de haber tomado el pedido para las mesas VIP. Ese irrespetuoso hombre definitivamente me había puesto de mal genio. No quise agrandar más el asunto porque el festejado parecía realmente que quería aún quedarse. Qué culpa podía tener si tenía un amigo así. —Camilo, dame un shot de tequila, por favor —me dirigí al bartender. —Hoy está algo estresada, jefa —comentó él. —Sí, ya sabes, me tocó un cliente que por su culpa me está por reventar la cabeza —él rió ante mi expresión y me entregó el shot posicionándolo delante mío—. Gracias. Me lo bebí de golpe frunciendo el ceño por el fuerte y agradable sabor. —Lo peor de todo es que nos faltan varias horas y ellos recién han llegado—continué—. ¡Ay! esto será un tormento. —Paciencia, jefa —Camilo, intentó calmarme. Reí con ironía. —Eso ya lo perdí. Gracias a Dios que la situación no se salió de control —Camilo negó con la cabeza. —Siempre habrá gente así jefita. —Lo sé. Bueno, retomo mis quehaceres. Tú lúcete con tus cócteles —guiñándole un ojo, regresé a la caja mientras esperaba al encargado. Dentro de pocos minutos Aarón, mi cajero, regresó. Previamente atrás le había mandado a realizar un análisis general del día anterior. Teníamos algunos que otros irregularidades y me estaba ayudando a entender que era lo que había errado. Sin ningún cargo extra, me quedé admirando que todo anduviera bien, hasta que llegó el pedido listo de los VIP, entonces también me acerqué a las mesas con Ana para ayudarle a llevar y entregárselos. El idiota, menos mal, ya había parado de fumar. A cada paso que daba, me miraba con cara de desprecio. "Tss". Lo nuestro claro que era mutuo. Si los ojos dispararan rayos para matar, ya nos hubiéramos mandado al mismo tiempo al inframundo. Las horas pasaron y siempre que ellos pedían algo, mandaba a Ana. Yo me encontraba súper ocupada ayudando en la entrada de la cocina para que los pedidos salieran con más velocidad. Estábamos completamente repletos de clientes y necesitaban una mano, pero a la vez, me mantenía observando todo lo que sucedía alrededor. Mi pobre azafata estaba nerviosa porque aquel tipo jugaba con ella. Cada vez que pasaba por mi lado, no dudaba en preguntar qué sucedía. La situación se había vuelto un calvario, resulta que el tipo la regresaba con los pedidos enteros. Ese descerebrado le decía que los cócteles no eran de su agrado, o si no, pedía más hielo o innumerables cosas sin sentido para hacerla trabajar más. ¿No, que no iba a consumir nada? Hasta que me cansé de ver eso. No lo iba a permitir más. Cuando el resto de mesas se había calmado, decidí ir yo misma a atenderles. Habían pedido una botella de Whisky Blue Label, entonces ya lista con todo en la fuente, me acerqué a ellos. —¿Quién es la dueña del local? ¡Esto está horrible! —refunfuñó el estúpido ese refiriéndose a un cocktail que le habían traído antes. ¿Lo hacía a proposito? —Marco, basta... —exclamó el joven cumpleañero. Yo me quedé en silencio, puse la botella en la mesa y comencé a limpiar las gotas de agua. Ignorando de nuevo al personaje. Sin embargo, mientras pasaba el paño sobre la mesa, mi instinto vengador salió a relucir. Con intención empujé el vaso del licor que se encontraba cerca de él, manchando consigo la pierna izquierda de su pantalón. —¿Pero eres idiota? —él se alzó—. ¡Mira lo que hiciste! —Perdón —dije sin tono de arrepentimiento. El diablo se veía reflejado en sus ojos. —¡Llamen de inmediato al dueño del lugar! —gritó altanero. —La tiene en frente ¡SOY YO! —le respondí y puso un gesto de sorpresa. —Así que eras tú la que maneja este horrible lugar... —se puso de pie limpiándose la pierna desesperadamente con una servilleta—. Jamás recomendaré esta porquería de restobar. —¡Por favor, Marco! Es suficiente —intervino su amigo Bruno—. Perdónenos, señorita, ya pedimos la botella, así que la pagaremos, pero nos vamos. —Sí, por favor, retírenme a este troglodita que no hace más que gruñir todo el tiempo —exclamé al tope de mi límite. —¿Qué has dicho, pobretona? —me insultó y yo exploté. —¡A mí no me habla así oyó! —me acerqué indicándole con el dedo mi advertencia. "¡Uhhhhhh!", "¡Qué mujer, tiene agallas!", "¡Sí, somos tus fans!" —reían todos sus amigos, ya con el claro efecto del alcohol. Ellos comenzaron a salir del lugar en medio de la burla en tanto me hacían el favor de llevarse al idiota ese de brazo a brazo. —Perdónenos —me dijo Bruno. Ya no sabía cuantas veces se había disculpado por él. —Está bien, suele pasar, pero creo que deben dejar en casa a los aburridos para que no hagan la vida imposible a nadie —exclamé enojada, y el chico comenzó a reír mientras nos dirigíamos a la caja. Era un chico muy agradable, y hasta podría decir que era muy atractivo con esos cabellos ondulados. Era el clásico chico con aspecto tierno. Él sacó su tarjeta de crédito y me la entregó para hacer el pago. —Mis amigos tienen razón, tienes agallas, pero no le hagas caso. A mí sí me gustó el lugar —lo miré y le sonreí. Definitivamente él era el único agradable del grupo—. Quizás me veas venir más seguido por aquí. Me sonrió con una dulzura increíble, incluso su rostro se enrojeció más de lo que se mostraba por el licor. “Aterriza” me dije en mis adentros. —Será un placer, pero, por favor, ya no traiga a la mala compañía, verá que así lo pasará más agradable —bromee para no hacer notar mi timidez. Él reía mucho, esa era mi intención para que se desvanezca un poco la amarga noche que le había dado su amigo. —Está bien, lo tendré en cuenta —respondió y guiñó el ojo sosteniendo su tarjeta—. Nos vemos pronto, ¿mmm...? —hizo un gesto como esperando mi nombre. —Cecilia... —le sonreí ruborizándome. No pude controlarlo más. —Yo soy Bruno. Obvio ya lo sabes—dijo un poco torpe con las palabras—, porque yo hice la reserva. Fue todo un placer, Cecilia. Nos vemos, gracias por todo. —Gracias a ustedes —le hice una pequeña reverencia en tanto él se iba con su otro amigo. Viéndolos irse, pude recién soltar un enorme suspiro de tranquilidad, sin embargo Bruno me había dejado un pequeño cosquilleo. No se me iba de la cabeza esos intensos ojos verdes que rebosaban amabilidad. La hora que restaba pasó rápido y era el momento de cerrar, los clientes se habían ido por completo. Estaba ordenando las últimas cosas de la barra de cobranza junto con el cajero y todas las luces se apagaron. Me asusté, todo había quedado en silencio, cuando de repente salieron desde la cocina todos mis empleados. Cantaban "Happy Birthday to you"con una torta entre manos. Me emocioné al ver sus siluetas compartiendo mi momento especial. Al final de cantar, prendieron las luces para felicitarme. Estaba tan ajetreada que había olvidado que después de medianoche ya era mi cumpleaños. —La queremos mucho —dijo Clorens, una de mis azafatas. —Jefa, usted se merece esto y mucho más —añadió Camilo y así sucesivamente todos me desearon buenas vibras. Yo estaba al punto de las lágrimas y les comencé a agradecer. Después de ello, comenzaron a partir el pastel para todos, y Vilma, la cocinera y mi mejor amiga, trajo una bolsa con un regalo dentro. —Esto es para ti —comentó ella con picardía. —Gracias, no debiste... —Es para que lo uses dentro de un rato. —¿Dentro de un rato? —¡Sí...! —gritó la desquiciada alzando las manos—. ¡Nos vamos todos a la discoteca! —¿Es en serio?—exclamé con sorpresa. —¡Sí...! —gritaron todos al unísono y se levantaron corriendo a los baños para cambiarse. Estos chicos tenían todo fríamente calculado. No terminaba de comer mi pastel y Vilma con un jalón, me llevó al baño de inmediato para cambiarme. Saqué el vestido de la bolsa y me percaté de que era un vestido demasiado sexy, acompañado de un encaje n***o. —¿Voy a usar esto?—pregunté. Yo en general no solía vestirme de tal forma. —Claro que sí, debes mostrar tus grandiosos atributos. Año nuevo, gustos nuevos... —Bueno, no está nada mal —dije con timidez. Era un vestido demasiado hermoso, no lo podía negar—. ¿Pero también me sirve el encaje? —Claro que sí, una nunca sabe qué pueda ocurrir en una noche desenfrenada —rodeé los ojos y ella comenzó a reír.—Toda la vida, Vilma... Negué con la cabeza observando a detalle cada prenda. Al probarme toda la vestimenta completa, vimos que me quedaba espectacular, mostraba completamente mi fina figura contorneada y el escote en V me hacía demasiado sensual. Solté mi cabello ondeado, que mantenía en un firme moño, e inicié a maquillarme. Delineé los párpados de mis ojos, utilicé la máscara de pestañas y al final pinté con un hermoso palo rosa mis labios. —¿Son la una y treinta de la madrugada? ¿En serio vamos a ir a esta hora? —pregunté mientras guardaba mis cosas en la cartera. —Claro, ya hicimos la prenotación. Además estaremos hasta las cinco o seisde la mañana. Ya sabes, en estos lugares nos sirven el desayuno—reímos juntas—. Dale Cecilia al menos unas horas de baile no nos hará daño. Diviértete un poco después de tan complicada semana. Ella me aconsejaba en tanto se terminaba de delinear sus labios rojo vivo. Mi amiga Vilma tenía veintisiete años, estaba en la flor de su juventud tanto como yo. Ella era una mujer pelirroja, muy hermosa. Era nuestra cocinera estrella porque hacía para nosotros unos platos gourmet deliciosos. Yo la conocí en la universidad y nos volvimos muy amigas. Ella me apoyó cuando quise poner este negocio y accedió a ser mi socia minoritaria. Definitivamente no sé qué haría sin su apoyo. La considero como una hermana mayor, y mi madre la quiere mucho también como a una hija. —¿Bien, todos listos? —gritó mi amiga con la adrenalina. —¡Sí...! —gritaron los chicos emocionados. —Gracias a todos por prepararme esta sorpresa. Sé que no serán muchas horas las que nos iremos a divertir, pero disfrutémoslo al máximo —dije con el corazón encogido. Todos comenzaron a aplaudir. —¡Jefa!, ¡jefa!, ¡jefa! —gritaron con entusiasmo al unísono animándome. Sentía un sentimiento muy bonito al ser reconocida por ellos. Nos fuimos a una discoteca cercana, ya que el bulevar estaba a pocos minutos de nosotros. Las personas aún recurrían las calles como si nada, por supuesto, era sábado. Llegamos al lugar y la música resonaba con fuerza, mientras todos bailaban desenfrenadamente. Para ser sincera, ya llevaba conmigo unas copas encima debido a que no había tenido un buen día. Pues la verdad, para incrementar mi pesar, un día antes me había escrito mi ex diciéndome que se iba a casar. Aunque no parezca aquello si me afectó, mi historia con él fue diferente. Kevin y yo fuimos mejores amigos desde la secundaria, estuvimos cuando teníamos diecinueve años, pero después de haber estado por un año juntos, terminamos. Él dijo que no iba a funcionar, ya que me veía como una mejor amiga más que otra cosa. Me dolió definitivamente, pero me callé e hice como que tenía razón. Le hice creer que estaba de acuerdo con lo que decía. Después él viajó a Estados Unidos a seguir sus estudios, y desde dos años estuvo saliendo con una chica que incluso me la presentó cuando vino a Perú a visitar a su familia. Decirme que se casaría fue la gota que derramó el vaso. Llevaba enamorada de él casi seis años después de lo nuestro y aún no lo terminaba de superar. Nos fuimos a sentar a una mesa y todos comenzaron a bailar sin esperar más. Yo suelo ser una persona de más charla, me gusta conversar y beber algo en el trayecto. Soy muy poco de bailar, pero eso sí, si en caso estaba ebria, era otra historia. Me convierto totalmente en otra. Y en esa circunstancia lo estaba, así que comencé a bailar como trompo descontrolado con mi grupo hazta que me cansé y me apegué a mi compañero: el whisky. Me mantuve sentada por veinte minutos, en tanto recordaba mis penas cuando de repente una mano se extendió delante de mí. —¿Señorita, acepta un baile conmigo? Un hombre muy apuesto, ojos negros, penetrantes, y cabello castaño, me extendía la mano. ¡Dios! Pero qué atractivo era... Ya un poco subida de tono Vilma por detrás me dio un pellizco para que aceptara. —Está bien —respondí sosteniendo su mano. Iniciamos a bailar al compás de la música de modo sensual, no nos separamos como por dos largas canciones. Habíamos tenido un clic a mi parecer. Al rato de muchas risas y coqueteo me acompañó a mi mesa y él regresó a la suya. Estaba con un amigo más, pero no dejaba de quitarme la mirada de encima y yo le correspondía, imposible no mirar a un hombre así de corpulento y sexy. —Voy al baño —les avisé a las chicas y me alcé. Me dirigí a mi destino tambaleándome un poco, cuando de repente la pequeña tira de mi taco que rodeaba mi pie me causaba un dolor enorme. Entonces me detuve, y me lo acomodé rápidamente doblándome de cuclillas. Sin tomar atención de lo que había al frente mío seguí mi recorrido chocando así con una persona. Su trago que tenía en la mano se desbordó al impacto de nosotros, bañándonos así tanto él como a mí. —Perdón, perdóneme —repliqué observando su camisa mojada. Me puse nerviosa y alcé mi vista desde su pecho hacia el rostro para seguir implorando. Él era una persona de una altura considerable. Entonces apenas nos identificamos fruncimos el rostro al mismo tiempo. —¿¡QUÉ HACES AQUÍ!? —gritamos al unísono el mal educado hombre de hace unas horas y yo.
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