Pov Cecilia Pérez
¿Han sentido que la monotonía con el tiempo te crea dudas?
Para ser específica, sí, hablo de una relación. Cuando estamos enamoradas solemos entregarnos por completo al amor de nuestra vida: novio, pareja, esposo... Damos todo de nosotras sin condición, pero, lamentablemente, a veces sentimos que no recibimos lo mismo de su parte. ¿Cuándo cambió? Ya uno no se lo recuerda o tal vez siempre fue así y uno se inventó su propia historia de amor tan perfecto como algunas novelas. Pero, seamos sinceras, nosotras no esperamos que hagan exactamente nuestras acciones, pero al menos mediante pistas u actos desearíamos sentir que el amor aún es correspondido. Creo que solo eso sería suficiente para eliminar el bicho de la incertidumbre.
Exacto, sueno deprimente. A veces pienso que le doy muchas vueltas a cosas no tan necesarias en la vida, ¿cierto? Sé que cada una de nosotras no convivimos la misma situación, cada relación es muy distinta, pero ya irán entendiendo por qué soy de esta manera.
En fin, comencemos por el inicio. Me llamo Cecilia, soy de nacionalidad peruana. Vivo en Lima, en el distrito de San Miguel. Mi economía se podría decir que no es mala, soy ante la sociedad una mujer de promedio con ciertos lujos.Tengo 38 años y estuve casada por 13 largos años, sí, la misma edad de mi hija Mía, que ahora se encuentra cursando el segundo año de secundaria.
Estudié Administración de Empresas y, con la herencia que me dejó mi padre al morir hace 15 años, pude establecer con el tiempo un pequeño restobar-karaoke al que llamé “La Odisea”. En esa temporada estaba en mi mejor momento. Me centré específicamente en hacer crecer mi propio negocio. Mis sueños estaban comenzando a cumplirse de la mejor forma. Solo ese era mi plan hasta que todo se tornó como menos lo esperaba.
8 de enero del 2007
A mis 25 años, estaba segura de que podía manejar un negocio y lo estaba logrando. Me había convertido finalmente, en la memoria de mi padre, en una joven empresaria.
Mi restaurante se encontraba en un lugar céntrico. Por ello la vida nocturna también era sustentable así que decidí aprovechar esa oportunidad. Es entonces que comenzamos a trabajar en horario de día y de noche. De día, las personas podían almorzar nuestro Menú y platos exclusivos en media serenidad del Jazz. De noche se apagaban las luces de los candelabros amarillos y se encendían las de colores para abrir el karaoke con variación de géneros musicales. Como yo, mi local contenía una variedad de personalidades.
Mi restaurante se encontraba al frente del enorme Mall de San Miguel, un centro comercial muy conocido que se posicionaba en medio de las grandes lápidas de condominios residenciales. Así que era un lugar de no tan mala categoría.
El lugar no era tan grande, pero contaba con dos espacios regulares; uno era el VIP, y el más grande era para las personas en general ¡ah!, y sin olvidar la barra para aquellas personas que venían a beber solas. Nuestras instalaciones estaban bien equipadas para que los sonidos del VIP no se combinaran con el del general, así que cada sección disfrutaba de su velada con mejor estadía.
Aunque no nos comparábamos a otros lugares de lujo que habían cerca, por supuesto que teníamos lo nuestro, las personas venían por el buen sabor de nuestros platos ejecutivos, snacks a base de quesos, embutidos y, bebidas deliciosas. Repito, el lugar no era enorme, pero las personas llegaban por la comodidad cálida del ambiente y de nuestro personal. Definitivamente, el personal que siempre contrataba casi nunca me fallaba, tenia buen ojo.
Para cumplir con este proyecto digamos que tuve que arriesgar a todo con todo. El alquiler no era nada bajo que digamos, pero a pesar de ello, pienso que sí fue una buena inversión. Era fiel a la idea que en el futuro se verían los frutos. Aún era nuestro comienzo, así que ya iba analisando que si seguíamos teniendo ese éxito, nos ibamos a poder expandir.
Todo iba bien, hasta que llegó ese día. El día en que él y su grupo de amigos vinieron a celebrar el cumpleaños de uno de ellos. Rentaron a último momento toda la sección VIP así que planifiqué todo con cuidado. Cuando vi llegar al grupo, decidí atender yo misma. Algo me decía que habría problemas. Se veían jóvenes y no de economía promedio, sino alta, con comportamientos déspotas e aires muy exquisitos. Típico de niños ricos.
—Buenas noches, bienvenidos al restobar-karaoke La Odisea, —sonreí—nos esforzaremos en servirles minuciosamente para darles una noche muy agradable.
Ellos comenzaron a leer la carta de lo que le brindábamos. Mientras decidían iba tomando sus pedidos, cuando de pronto, comenzó aparecer alrededor nubes y nubes de humo. Sin parar de escribir observé de reojo, había un tipo que tenia un cigarrillo encendido. ¿Cómo era posible? El chico parecía no interesado en nada, de nada, ni siquiera había cogido la carta para ver lo que desearía. Solo se encontraba perdido en su satisfactorio cigarrillo. A pesar de los anuncios en todo el karaoke de “Prohibido fumar”. Era un hecho, no le importaba un rábano.
Cada vez se intensificaba el olor entonces al terminar el pedido de su último amigo, me acerqué a él.
—Disculpe, ¿usted aún no ha realizado su pedido? —dije, haciéndome la desentendida. Trataba de alguna forma comenzar la conversación con cortesía para luego advertirle del mal acto que estaba cometiendo.
—No se me antoja nada—dijo con tono déspota—. Al parecer no creo encontrar nada agradable aquí.
Su amigo le dio un pequeño empujón con el codo, en forma de reclamo. En voz baja le decía que no debería decir esas cosas. Por supuesto no le importó, dio a entender que estaba ahí por obligación. Sus cosas no me imcunbían, sin embargo su comentario insolente hacia mi servicio de degustaciones, evidentemente me había dado fastidio.
Con inteligencia lo ignoré y ahora sí decidí actuar por el problema principal.
—Señor —respondí forzando mi sonrisa y le señalé un cartel— ¿Puede ver a su lado derecho? Indica que no se puede fumar aquí. Por favor, le invito a salir afuera a la zona de fumadores.
Fui directa, desafiante y educada al mismo tiempo.
El tipo soltó una carcajada recostándose con los brazos bien extendidos sobre el mueble aún con el cigarrillo en la mano. Los demás amigos se burlaban también de la situación. Él entonces después de eso, mirándome abanicó su mano como dando a entender de que me vaya y siga con lo mío, pero yo terca y ya muy enojada no me moví ni por un poco. Era una estatua con el ceño fruncido delante suyo. Él sonrió con incredibilidad, y tiró un chasquido al darse cuenta de que aquello se había convertido en una incómoda batalla de miradas.
El tipo con aires arrogantes asintió la cabeza y finalmente se levantó. Pensé que había entendido el mensaje.
—Camarera —dijo acercándose a mí—. Si yo quiero fumar... —continuó desafiante hasta quedar casi a 10 centímetros cara a cara, incluso se dobló un poco por la gran diferencia de altura que nos interponía—. Lo hago, y lo hago donde se me dé la gana.
Sin esperar un segundo me lanzó todo su humo sobre el rostro. Comencé a toser. Estaba por romper la regla más importante que siempre les recalcaba a los empleados: la regla de tener una compostura ante cualquier situación.