La campana de la merienda resonó por la Academia, liberando a los niños de primaria y, por un momento, aliviando la tensión en el aula de Ritmo Libre. Margaretã, aunque todavía roja por el llanto, se había marchado aferrada a Isis, consolada por las palabras vehementes de Sergi.
Sergi Sergueth se quedó un momento, respirando el aire de la sala, que todavía olía a sudor infantil y a la rabia contenida de Arthur. No esperó a que le insistieran. Sabía que la visita a la oficina de Magnus Clerk no era opcional. Recogió su carpeta y, con el corazón latiéndole fuerte en el pecho, se dirigió al ala administrativa.
Llegó a la puerta de madera oscura del despacho del vicedirector y tocó dos veces, con firmeza.
—Adelante, profesor Sergueth. Le esperaba con puntualidad suiza —dijo la voz áspera de Magnus desde dentro.
Sergi entró. La oficina de Magnus era el polo opuesto al vibrante caos de la Academia. Paredes gris pálido, escritorio pulcro, sin un solo objeto personal. Magnus estaba sentado detrás de su gran mesa, vestido con el traje de paño que parecía una armadura, y tenía una carpeta abierta en sus manos: el legajo personal de Sergi.
—Siéntese, Profesor.
Sergi se sentó en la silla de visitante, que era incómodamente rígida.
Magnus levantó la carpeta, sin dejar de mirarlo. La luz del mediodía se reflejaba en el papel satinado.
—Permítame revisarle. Sergi Sergueth. Profesor titular desde hace siete años. Promedio académico de 8.50. Impecable. Materias impartidas: Ritmo Libre y Literatura Infantil. Ambas artes blandas, debo añadir.
Magnus cerró el legajo y leyó en voz alta la línea final.
—Estado Civil: Casado. Y aquí... la ficha del menor: Hijos: Chloé Matamba, de diez años. Interesante combinación de apellidos, Profesor.
Sergi se mantuvo imperturbable, aunque sentía que el escrutinio de Magnus era como una aguja fría en su piel. Miraba a Magnus como quien mira al juez a punto de dar un veredicto.
—Vicedirector Clerk, mi vida personal está perfectamente asentada en mis papeles.
Magnus sonrió, pero la expresión no llegó a sus ojos. Era una mueca tensa y despectiva.
—Claro que lo está. Es legal. Y el mundo, Profesor Sergueth, se ha vuelto muy tolerante. Demasiado. Usted y el señor Matamba, el rastafari de Diseño, haciendo gala de su... unión... frente a los estudiantes.
La homofobia de Magnus ya no era sutil. Era una declaración de guerra.
—Permítame ser claro, Vicedirector. Jandey es mi esposo y Chloé es nuestra hija. Si tiene algún problema con el amor y la estabilidad familiar que le ofrecemos a la Academia, su problema es con la legislación de este país y con la ética, no conmigo.
Magnus se recostó en la silla, entrelazando las manos.
—La ética es lo que intento restaurar aquí. Y ese comportamiento no es ético. Es una... muestra innecesaria. El propósito de la educación es moldear. No mostrar. Pero eso no es lo más urgente ahora, Profesor Sergueth. Hablemos de su clase.
Sergi aprovechó la apertura, canalizando su rabia por la ofensa anterior.
—Hablemos de mi clase. Pero antes, quiero que hablemos de su comportamiento en el aula. Usted le faltó al respeto a Margaretã Gerard. Una niña de ocho años. ¿Qué le da derecho a criticar el físico de una estudiante? ¿"Gordita"? ¿Para eso vino usted? ¿Para sembrar inseguridad en los niños?
Magnus frunció el ceño, el punto tocado.
—Fue una observación objetiva sobre la necesidad de disciplina física para la danza, Profesor. Si la niña se ofendió, es porque tiene un padre demasiado... blando. Y usted, por cierto, usted está aquí por la influencia de la señora Chéjov y el Director Gerard. Es el amigo de la familia. Es el padrino de Eros, su hijo menor. Eso no es profesionalismo; es nepotismo amistoso.
Sergi se levantó de golpe, golpeando la mesa con la palma abierta.
—¡Basta de insinuaciones! Estoy aquí por mis notas y por mi experiencia. ¡Y soy un profesional! Arthur y Katrina son mis amigos porque nos conocimos en la Academia, en la danza. Y sí, soy el padrino de Eros, un niño de tres años que es lo más importante en la vida de Arthur y Katrina. Pero mi currículo no lo escribió Katrina.
Sergi se acercó al borde del escritorio.
—Mi clase de Ritmo Libre no es anarquía, es expresión. Es enseñar a niños a no tener miedo de moverse en un mundo que les dice que deben ser estilizados, delgados y rígidos. ¡Exactamente lo que usted pretende imponer! ¿Cree que la educación es solo memorizar gramática y obedecer?
Magnus se mantuvo frío, sin inmutarse por el estallido. Recogió su bolígrafo, usándolo para señalar a Sergi.
—Profesor Sergueth, yo creo en la estructura. Y su clase es una invitación al descontrol. Una invitación a que la hija del Director General le grite a un superior. Guarde las formas. Su vida privada y sus pasiones artísticas deben quedarse en su casa, no en el aula.
Magnus finalmente cerró la carpeta, dándole el golpe final.
—Profesor Sergueth. Es mejor guardar las formas. Y le sugiero... reformular su currículum de Ritmo Libre y Literatura Infantil para la próxima semana. Deberá incluir objetivos medibles, uniformidad y cero Afrobeat. Debe demostrar que su materia es esencial, o será eliminada.
Sergi sintió el peso de la amenaza. Era su trabajo. Su pasión. Su forma de vida.
—Lo haré. Y mi currículo será tan sólido que usted no podrá tocarlo.
Sergi salió ofuscado, sin despedirse. Necesitaba aire. Al doblar la esquina, en el pasillo que llevaba a la zona de arte, se encontró con Jandey Matamba, quien lo estaba esperando.
Jandey notó la rigidez de su cuerpo y la furia en sus ojos.
—¿Cómo fue? ¿Te mordió el viejo soldado? —preguntó Jandey, tocándole suavemente el brazo.
Sergi miró a su esposo, el cansancio cubriendo la ira.
—Algo peor. Me desnudó con el legajo en la mano. Y usó a Chloé para atacarnos. Jandey, debemos hablar. Nos está apuntando. Y mi clase, mi clase es la próxima víctima.
Jandey asintió, su rostro grave. —Lo sé. Te escuché desde mi oficina. Vamos a mi estudio. Esto no es solo por tu currículo. Esto es por nosotros.